En aquel tiempo Jesús aún no se ausentara de Galilea y de las dulces,
luminosas márgenes del lago de Tiberiades; mas la nueva de sus Milagros
penetrara ya hasta Enganim, ciudad rica, de fuertes murallas, entre
olivares y viñedos, en el país de Isacar.
Una tarde, un hombre de ojos ardientes y deslumbrados pasó por el
fresco valle y anunció que un nuevo Profeta, un Rabí hermoso, recorría
los campos y las aldeas de Galilea, prediciendo la llegada del Reino de
Dios, curando todos los males humanos. Mientras descansaba, sentado al
borde de la Fuente de los Vergeles, contó que ese Rabí, en el
camino de Magdala, sanó de la lepra a un siervo de un Decurión Romano
solo con extender sobre él la sombra de sus manos; y que en otra mañana,
atravesando en una barca para la tierra de los Gerasenios, en donde
comenzaba la recolección del bálsamo, resucitó a la hija de Jairo,
hombre docto y considerable que comentaba los libros en la Sinagoga.
Asombrados todos los que se hallaban en derredor, labradores,
pastores y mujeres trigueñas con el cántaro al hombro, preguntáronle si
ese era, en verdad, el Mesías de la Judea, y si delante de él refulgía
la espada de fuego, y si le acompañaban, caminando como las sombras de
dos torres, las sombras de Gog y de Magog. El hombre, sin beber siquiera
de aquella agua tan fría de que bebiera Josué, recogió el cayado,
sacudió los cabellos y encaminose pensativamente por bajo el Acueducto,
luego sumido en la espesura de los almendros en flor.
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