Textos más vistos de Joseph Conrad | pág. 4

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autor: Joseph Conrad


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El Oficial Negro

Joseph Conrad


Cuento


Hace un buen puñado de años había varios barcos cargando en el puerto de Londres. Me refiero a los años ochenta del siglo pasado, una época en la que aún había un buen número de magníficos barcos en los muelles, aunque no edificios tan espléndidos en sus calles.

Los barcos del muelle eran realmente magníficos. Estaban atados unos junto a otros y el Sapphire, el tercero desde el fondo, era tan bueno como el resto. Como es lógico, cada uno de los barcos que había en el muelle tenía su primer oficial. Igual que el resto de los barcos del puerto.

Los policías que estaban en las puertas los conocían a todos de vista, aunque no pudieran decir directamente a qué barco pertenecía cada hombre en concreto. En realidad lo oficiales de los barcos que permanecían durante aquellos años en el puerto de Londres eran como la mayoría de los oficiales de la marina mercante: hombres tranquilos, laboriosos, incondicionales y nada románticos que pertenecían a distintas clases sociales, pero con una profesión que acababa borrando todas las características personales, que, en cualquier caso, tampoco eran muy marcadas.

Aquello era algo que se cumplía en todos los casos, menos en el del oficial del Sapphire. A la policía no le cabía ni la menor duda: aquél en concreto tenía su presencia.

Cuando caminaba por la calle, llamaba la atención a mucha distancia, y cuando cruzaba el muelle dirigiéndose a su barco, tanto los estibadores como los trabajadores del puerto que estaban cargando mercancía y llevando carretillas con bultos se decían unos a otros:

—Por ahí viene el oficial negro.

Le daban aquel nombre porque eran hombres rudos y poco capaces de apreciar la distinción de aquel hombre. Llamarlo negro no eran más que la expresión superficial de su ignorancia.


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37 págs. / 1 hora, 4 minutos / 88 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

El Pirata

Joseph Conrad


Novela


A G. Jean Aubry en prueba de amistad este relato de los últimos días de un Hermano de la Costa francés.

Capítulo 1

Después de entrar, al amanecer, en la dársena interior del puerto de Tolón, y una vez que intercambió a voz en grito unos saludos con uno de los botes de ronda de la flota, que le dirigió hasta el punto de anclaje, el artillero mayor Peyrol largó el ancla del arruinado buque a su cargo entre el arsenal y la ciudad, en plena perspectiva del muelle principal. El curso de su vida, que a cualquier persona le hubiera parecido llena de incidentes maravillosos (sólo que a él jamás le maravillaron), le había hecho tan reservado que ni siquiera dejó escapar un suspiro de alivio ante el estruendo de la cadena. Y, sin embargo, así concluían seis esforzados meses de errática travesía a bordo de un casco averiado, cargado de valiosa mercadería, casi siempre escaso de comida, siempre a la espera de los cruceros ingleses, una o dos veces al borde del naufragio y más de una al filo del abordaje. Pero en cuanto a este último, el viejo Peyrol había decidido al respecto, y desde el primer momento, hacer saltar su valiosa carga por los aires, sin que tal decisión representara para él perturbación alguna de su espíritu, forjado bajo el sol de los mares de la India en desaforados litigios con gentes de su ralea por un pequeño botín que se desvanecía tan pronto se cobraba, o, más aún, por la simple supervivencia, casi igualmente incierta en sus altibajos, a lo largo de los cincuenta y ocho ajetreados años que ahora contaba.


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273 págs. / 7 horas, 58 minutos / 219 visitas.

Publicado el 19 de julio de 2016 por Edu Robsy.

El Regreso

Joseph Conrad


Novela corta


El metro procedente de la City emergió impetuosamente del interior del oscuro túnel y se detuvo entre chirridos bajo la sucia luz crepuscular de una estación del West End de Londres. Cuando se abrieron las puertas salió de los vagones una multitud de hombres. Llevaban sombreros de copa, abrigos negros, botas relucientes, manos enguantadas con las que transportaban finos paraguas y diarios matutinos parecidos a trapos sucios de color blanquecino, rosáceo o verdusco y tenían rostros de una sana palidez. Entre ellos salió también Alvan Hervey, con un puro entre los labios. Una pequeña mujer vestida de un negro desvaído corrió a lo largo de todo el andén y se metió a toda prisa en el vagón de tercera antes de que el metro reanudara la marcha. El golpe de las puertas al cerrarse sonó violento y rencoroso como una carga de artillería, y una gélida ráfaga de viento envuelta en el humo del barrio recorrió el andén de parte a parte e hizo detenerse a un anciano con una bufanda que tosió con violencia. Nadie se tomó ni siquiera la molestia de volverse hacia él.

Alvan Hervey cruzó el torniquete. Entre las desnudas paredes de aquella lúgubre escalera los hombres subían con prisa y sus espaldas se parecían todas entre sí, como si a todos los hubiesen vestido de uniforme. Es cierto que sus rostros eran distintos, pero aun así guardaban cierta semejanza, como si se tratara de una multitud de hermanos que por desagrado, indiferencia, prudencia o dignidad, hiciesen caso omiso unos de otros, pero cuyos ojos, brillantes o fatigados, aquellos ojos que apuntaban hacia lo alto de las mugrientas escaleras, aquellos ojos marrones, negros o azules no fueran capaces de evitar una idéntica expresión ensimismada e insulsa, presuntuosa y vacía.


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72 págs. / 2 horas, 7 minutos / 131 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Il Conde

Joseph Conrad


Cuento


«Vedi Napoli e poi mori».

La primera vez que conversamos fue en el Museo Nacional de Nápoles, en una de las salas de la planta baja en la que se expone la famosa colección de esculturas de bronce encontradas en Herculano y Pompeya, ese maravilloso legado del arte antiguo cuya delicada perfección nos ha sido preservada de la catastrófica furia de un volcán.

Fue él quien comenzó la charla a propósito del célebre Hermes yacente. Lo habíamos estado contemplando juntos y dijo lo que suele comentarse sobre esa pieza tan admirable. Nada demasiado profundo. Su gusto era en realidad más natural que cultivado. Resultaba evidente que había visto muchas cosas delicadas en su vida y que las apreciaba: pero no usaba la jerga del dilettante o del connoisseur, una tribu odiosa, por otra parte. Hablaba como un hombre de mundo inteligente, el perfecto caballero al que nada perturba.

Nos conocíamos de vista desde hacía ya varios días. Estábamos alojados en el mismo hotel —un lugar razonable, no exageradamente de moda— y yo me había percatado ya de su presencia en el vestíbulo un par de veces. Supuse que se trataba de un cliente antiguo y respetable. La reverencia del conserje del hotel era lo bastante deferente y él respondía con una cortesía familiar. Para los criados era II Conde. En esos días se produjo cierto episodio sobre el parasol de un hombre —de seda amarilla con forro blanco— que los camareros habían descubierto junto a la puerta del comedor. Nuestro portero, un hombre con un uniforme cubierto de reflejos dorados, lo reconoció y escuché que se dirigía a uno de los ascensoristas para que alcanzara corriendo al Conde y se lo diera. Tal vez fuera el único conde alojado en el hotel, o simplemente que su fidelidad a la casa le hubiese conferido la distinción de ser el Conde par excellence.


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20 págs. / 35 minutos / 98 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Juventud

Joseph Conrad


Cuento


Nota del autor

… (Juventud) supone la primera aparición en el mundo del personaje de Marlow, con quien mi relación a lo largo de los años ha llegado a ser muy íntima. Los orígenes de este caballero (no sé de nadie que haya sugerido nunca que fuera otra cosa) han sido objeto de ciertas especulaciones literarias, me alegra decirlo, de índole amistosa.

Se podría creer que soy la persona indicada para arrojar luz sobre la materia pero, descubro que, en realidad, no es tan fácil. Es agradable recordar el hecho de que nadie le haya atribuido intenciones fraudulentas o lo haya menospreciado por ser un charlatán. Al margen de esto, ha suscitado toda suerte de cosas: que se trataba de un hábil encubrimiento; una simple invención; un «doble»; un espíritu familiar; un demonio maldiciente. Yo mismo he sido sospechoso de haber urdido un meditado plan para apropiármelo.

Esto no es así. No he urdido ningún plan. El personaje de Marlow y yo nos encontramos accidentalmente, como sucede con esos encuentros en los balnearios que, a veces, fructifican en amistad. El nuestro fructificó.

Pese a toda la firmeza de sus opiniones, no es un entrometido. Frecuenta mis horas de soledad cuando, en silencio, reclinamos nuestras cabezas cómoda y armoniosamente. Sin embargo, cada vez que nos separamos al concluir un relato, nunca estoy seguro de que no sea esa la última vez que lo hagamos. Creo, incluso, que a ninguno de los dos le importase mucho sobrevivir al otro. En cualquier caso, se quedaría sin ocupación, y le pesaría, pues sospecho en él cierta vanidad. No hablo de vanidad en sentido salomónico. De todos mis personajes es el único que no ha supuesto enojo alguno para mi espíritu. Un personaje de lo más discreto y comprensivo…


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44 págs. / 1 hora, 17 minutos / 159 visitas.

Publicado el 31 de enero de 2018 por Edu Robsy.

Karain: un Recuerdo

Joseph Conrad


Cuento


I

Lo conocimos en aquella época imprevisible en la que nos contentábamos con mantener la vida y las posesiones. Ninguno de nosotros, hasta donde yo sé al menos, tiene ya propiedad alguna y sé que muchos han perdido negligentemente sus vidas, pero estoy seguro de que a los pocos que sobrevivieron no les falla tanto la vista como para no ver más de una insinuación de revueltas indígenas en el Archipiélago Oriental en medio de la nebulosa respetabilidad de los periódicos. Se puede ver brillar el sol entre las líneas de esos párrafos escuetos, los rayos del sol y el temblor de las olas del mar. Un nombre desconocido despierta los recuerdos, las frases impresas perfuman de una manera sutil la contaminada atmósfera de hoy con su fragancia intensa, como de brisas marinas que renacen bajo las estrellas de noches pasadas; en el alto borde del acantilado, en la oscuridad, brilla como una piedra preciosa un fuego de señales; los grandes árboles avanzan desde los bosques como centinelas inmensos y se inclinan vigilantes e inmóviles por encima de los soñolientos estuarios; retumba el rompiente de las playas vacías y las aguas se espuman en los arrecifes sobre la superficie de todo ese esplendoroso mar; esparcidos bajo la luz vertical del mediodía se observan los verdes islotes como si se tratara de una guarnición de esmeraldas engarzadas en el acero de un escudo.


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55 págs. / 1 hora, 36 minutos / 65 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Bestia

Joseph Conrad


Cuento


Entré en el bar de Las Tres Cornejas huyendo de la tormenta que estaba descargando en la calle e intercambié una mirada y una sonrisa con la señorita Blank, un intercambio que se produjo con el máximo decoro. Asusta pensar que la señorita Blank, si es que vive todavía, habrá traspasado ya los sesenta. ¡Cómo vuela el tiempo!

Al verme mirar pensativo hacia el tabique de madera barnizada y hacia los cristales, la señorita Blank me animó cariñosamente:

—En el salón sólo están el señor Jermyn, el señor Stonor y otro señor al que nunca he visto.

Me encaminé hacia la puerta y pude escuchar a alguien que hablaba al otro lado. —El tabique era de madera y la voz se elevó tanto, que las última palabras pudieron escuchar con toda claridad y en todo su horror:

—Ese tipo, Wilmot, le reventó materialmente los sesos, ¡y bien merecido que lo tenía!

Aquella inhumana declaración ni siquiera logró —puesto que no había en ella nada que fuera blasfemo ni indecoroso— apaciguar el ligero bostezo que la señorita Blank intentaba tapar con la mano y se quedó abstraída, mirando cómo se deslizaba la lluvia por los cristales.

Cuando abrí la puerta del salón la voz prosiguió con la misma entonación cruel:

—Me alegré cuando me dijeron que al fin alguien había acabado con ella, aunque sí lo sentí mucho por el pobre Wilmot. Fuimos buenos camaradas en su época, aunque como es lógico aquello fue su fin. Era un caso claro como hay pocos. No tenía solución posible. Absolutamente ninguna.


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29 págs. / 51 minutos / 268 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Laguna

Joseph Conrad


Cuento


El hombre blanco, apoyado con los dos brazos sobre el techo de popa, le comentó al timonel:

—Pasaremos la noche en el claro de Arsat. Es tarde.

El malayo gruñó sin más y permaneció con la mirada fija en el río. El hombre blanco apoyó la barbilla y contempló la estela. Al final de la recta avenida selvática dividida por el intenso resplandor del río, el sol brillaba diáfano y cegador cerniéndose sobre las aguas que destacaban discretamente como una franja de metal. La selva, sombría y tranquila, se alzaba silenciosa a ambos lados de la corriente. A los pies de aquellos árboles altos como torres crecían palmas de nipa con racimos de hojas enormes y pesadas que colgaban sobre los reflujos de oscuros remolinos en medio del fango de la ribera. En la inmovilidad de aquel aire, todo árbol, rama, hoja, hilo de enredadera y hasta pétalo de flor parecía sumergido como bajo un encantamiento en aquella ausencia total de movimiento. En aquel río no se movía absolutamente nada, con única excepción de los ocho remos que se elevaban con la sincronía de un relámpago y caían a la vez en un único chapoteo, mientras a derecha e izquierda del timonel se iba abriendo un luminoso semicírculo. Las aguas removidas por los remos se cubrían de una espuma confusa y murmurante. La canoa de aquel hombre blanco iba remontando las aguas en medio de aquel pequeño disturbio producido por ella misma como si estuviese cruzando el umbral de una tierra de la que hubiese desaparecido para siempre toda memoria del movimiento.


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18 págs. / 32 minutos / 255 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

Los Idiotas

Joseph Conrad


Cuento


Corríamos a lo largo del camino que va de Treguier a Kervande. Pasamos a trote ligero entre las enredaderas que cubren las tapias que flanquean la carretera; luego, al pie de la pronunciada pendiente que se encuentra antes de Floumar, el caballo aminoró la carrera y el conductor saltó pesadamente del asiento.

Hizo chasquear el látigo y trepó la pendiente, marchando torpemente, colina arriba, al lado del vehículo, con una mano en el estribo y los ojos en el suelo. A poco levantando la cabeza, señaló a lo alto del camino con el extremo de su látigo y exclamó:

—¡El idiota!

Sobre la superficie ondulante de la tierra el sol brillaba con violencia. Las prominencias del terreno se veían coronadas de árboles delgados, con las ramas levantadas hacia el cielo, como prendidas sobre zancos. Los breves campos, cortados por matorrales y muros zigzagueantes sobre las lomas, se extendían en manchas rectangulares de vividos verdes y amarillos, semejantes a los torpes brochazos de una ingenua pintura. Dividía en dos al paisaje el cordón—blanco de un camino, que se extendía en grandes vueltas a lo lejos, como un río de polvo surgiendo a rastras entre las colinas, en su camino al mar.

—Aquí está —anunció el cochero nuevamente.

En el largo césped que bordeaba el camino al paso del carruaje brilló un rostro al nivel de las ruedas. Era rojo el rostro imbécil; la cabeza en forma de bala, de cabellos cortados al rape, parecía hallarse sola, con el mentón metido en el polvo. El cuerpo se perdía entre las matas, que crecían espesas a lo largo de la profunda zanja.

Era un rostro de muchacho. A juzgar por su estatura podría haber tenido dieciséis años, quizá menos, quizá más. A tales criaturas las olvida el tiempo y viven respetadas de los años hasta que la muerte las recoge en su seno piadoso; la muerte fiel, que jamás, en la urgencia de su obra, olvida al más insignificante de sus hijos.


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28 págs. / 50 minutos / 240 visitas.

Publicado el 20 de julio de 2016 por Edu Robsy.

Por Culpa de los Dólares

Joseph Conrad


Cuento


Capítulo I

Mientras pasábamos el rato cerca de la orilla, como hacen los marineros ociosos en tierra (era en la explanada frente a la comandancia de un importante puerto de Oriente), un hombre vino hacia nosotros desde la fachada principal de las oficinas, dirigiéndose oblicuamente a los escalones de desembarque. Atrajo mi atención porque entre el movimiento de gente con trajes de dril blanco en la acera por la que él andaba, su ropa, la túnica y el pantalón habituales, hechos de franela gris clara, le hacía destacar.

Tuve tiempo de observarlo. Era rechoncho, pero no grotesco. Su cara era redonda y suave, su tez muy clara. Cuando se acercó más distinguí un pequeño bigote que las muchas canas hacían más claro. Y tenía, para ser un hombre rechoncho, una buena barbilla. Al pasar a nuestro lado intercambió saludos con el amigo con el que me encontraba y sonrió.

Mi amigo era Hollis, el tipo que había corrido muchas aventuras y había conocido gente tan singular en esa zona del (más o menos) maravilloso Oriente en sus días de juventud. Dijo: «Ése es un buen hombre. No quiero decir bueno en el sentido de listo o habilidoso en su oficio. Quiero decir un hombre realmente bueno».

Me giré inmediatamente para mirar al fenómeno. El «hombre realmente bueno» tenía una espalda muy ancha. Lo vi haciendo señas a un sampán para que se acercara a su lado, subir en él y partir en dirección a un grupo de barcos de vapor de la zona anclados cerca de la costa.

Dije: «Es un marino, ¿verdad?».


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41 págs. / 1 hora, 12 minutos / 45 visitas.

Publicado el 30 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

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