Textos más populares esta semana de Juan José Morosoli disponibles | pág. 7

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autor: Juan José Morosoli textos disponibles


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El Retobador

Juan José Morosoli


Cuento


Menchaca vivía en un rancho de mojinete sillón con la crimera de paja despareja y erizada. A pocos pasos del rancho crecía un tunal de higos chumbos, al que los muchachos arrojaban desde la calle trozos de lata y vidrio. Con sol fuerte, latas y vidrios hacían cerrar los ojos con su juego de reflejos. El desorden de tunas terminaba en un cerco de cina cina. Cicutas e hinojos crecían entre un osario de cabezas de vaca.

Se le veía dos veces por semana. Era cuando iba al mercado seguido por su perro, un "pelado" lleno de costras, con algunos pelos sobre los ojos pitañosos y en el tronco de la cola. Del mercado volvía con una cabeza de vaca, sin sesos y sin lengua, donde los ojos parecían escapar de la corteza rojiza, y los dientes de la carretilla parecían adelantarse en un avance de voracidad grotesca. La marcha del hombre con su carga, su perro lento y los ojos aquellos de la vaca, que no parecían estar muertos sino muriendo, daban al grupo una espantosa apariencia de vida y muerte, unidas y fraternas.

Después el rancho agresivo y triste, los guardaba como la vaina gusanera guarda al gusano.


* * *


Menchaca no tenía amigos, ni a su rancho llegaban vendedores de cosa alguna. La excepción era Melgarejo que llegaba alguna vez, para salir luego a comprar yerba o galleta. O cuando iba a llevarle perros para sacrificar.

Entonces entraba conduciendo el perro por la parte de atrás del rancho, donde nacía un zanjón que iba a morir en la culata del cementerio, entre las tablas medio podridas de los cajones que dejaban las "reducciones" y el orín de las coronas de lata y alambres.

Tenía Melgarejo una manera especial de amansar perros. Aun aquéllos más acobardados por el hombre, "de ésos que ven venir un cristiano y cambian de rumbo", le seguían luego de dos o tres encuentros, cabrestiando tras un simple piolín de remontar cometas.


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Publicado el 17 de abril de 2025 por Edu Robsy.

El Casero

Juan José Morosoli


Cuento


—La visita que le hicieron sus inquilinos a Don Elías, el comprador de chatarra, huesos y trapos viejos, fue como la que le hicieron los animales al gato montés cuando se descaderó...

—¿Y cómo fue?

—Cuando estuvieron seguros que el gato no podía moverse fueron a visitarlo... ¡Hasta la paloma que nunca pudo ver volar un hijo por culpa de él!...

Álvarez, —el propio narrador, que le debía al enfermo nada menos que tres meses de alquiler, encabezó el grupo.

—Venimos a ofrecernos... Estamos a la orden...

—Don Elías estaba en la cama —puro armazón y poca ropa— con la boca torcida y medio cuerpo inmóvil. Lo tendió "un bruto ataque".

—Lo agarró almorzando, porque el hombre era tacaño que daba asco pero comía que daba miedo.

El pobre tras el ofrecimiento de Álvarez hace un esfuerzo para mover la boca. Quiere contestar. Pero no puede.

—Uno se va a quedar con usted —dice Álvarez. Y luego, a gritos como si el enfermo estuviera a tres cuadras:

—¡Ya fueron a buscar el doctor!

Y dirigiéndose a los otros:

—Vamos a retirarnos si no capaz que cree que se va a morir...

Doña Rosaura le hace una seña poniéndose el índice en los labios.

Y Álvarez tranquilo responde:

—¿Usted cree que oye?... ¡Va a ver que el doctor dice que no oye!...


* * *


Don Elías es propietario de diez casillas de tablas de cajón y chapas viejas negras de orín. Cobra por estos refugios unos alquileres brutales. Además se pasa el mes murmurando:

—El mes termina el último día... El primero es otro mes...

Y el primero anda ya con los recibos reclamando su pago.

—Antes que el sol, entra el viejo con el recibo, dicen los inquilinos.

—Un desgraciado que vive peor que nosotros, dice Álvarez.

—Eso es. Tiene rentas... ¿pero le sirven para algo?

—Para hacerse odiar...


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Publicado el 10 de junio de 2025 por Edu Robsy.

Olmedo

Juan José Morosoli


Cuento


Amores, lo que se dice amores, nunca llevó Olmedo. Ni cultivó amistades, ni gastó tardes en trucos o carreras. Fue siempre un hombre sin domingos.

Pero por aquellos días Juana —la ahijada del patrón— le empezó a llenar el ojo. Hasta que ella se dio cuenta. No le disgustó el interés del hombre.

Entonces Olmedo empezó a juntar plata. Poca, eso sí. Diez pesos por mes. Calculaba que con doscientos pesos podía parar un rancho y casarse. No le dijo nada a ella, porque no le gustaba andar haciendo perder el tiempo a nadie. Y sin rancho, no se puede pensar en gozar mujer.

Ya estaba cerca de aquella cantidad, cuando una tarde fue al rancho paterno.

Fue cuando su hermana le salió con aquello, de que "andaba con ganas de quitarse la vida por lo que había hecho".

Conversó con el novio de ella, "que había hecho el barro de abombao nomás", le dio el dinero para que se casara y abandonó la estancia.

De Juana ni se despidió.


* * *


Fue a dar a los montes de Soria. Ya desmoralizado, porque es más difícil juntar resolución para hacer una cosa grande, que juntar plata. Allí hizo una iguala con dos negros para hacer carbón. Al poco tiempo se dio cuenta que lo único que podía juntar allí era vejez, porque los negros eran más picaros que Pedro Malasartes. Ventajeros en el trabajo y en el reparto del dinero que resultaba de la venta, pues vendían el carbón y compraban las provisiones en el boliche.

Salió del monte con unos pocos pesos, el caballo que llevaba cuando entró, y una perra que un día se le allegó al fogón y no se fue más.


* * *


Fue a dar a un boliche que estaba como a tres leguas del monte y preguntó si no sabían "de algún trabajo para un hombre general". Le indicaron lo de Sosa, donde el hombre podía necesitarlo porque estaba enfermo.


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Publicado el 10 de junio de 2025 por Edu Robsy.

Ciriaco

Juan José Morosoli


Cuento


Un día Don Alejandro volvió del acopio con Ciriaco. El padre de este quería que se formara en la “güeya”, al lado del viejo, que era un hombre derecho.

Ciriaco era grandote, reservado, sin vicios, hijo de buena gente.

A poco de llegar el muchacho empezó a sustituir tan bien a Don Alejandro que este le fue dejando el galpón por cuenta de él.

El patrón era un hombre viejo, muy fuerte, sanguíneo, con un desparramo de venillas en las mejillas. Había envejecido en el galpón entre cueros, sudores y tarros de veneno. Hablaba con desprecio de las mujeres, pero siempre andaba procurándolas o haciéndolas buscar con gancheras de profesión.


* * *


Don Alejandro comía, bebía, y salía “por ahí”… Ciriaco “agachaba el lomo”, cumplía meses sin sacar plata, sin andar con mujeres, sin dar quejas al viejo. Vivía días planos.

Ahora está “meta y ponga” en el galpón, curando cueros. Con el calor y la mosca está como loco, genioso. Los cueros se habían amontonado por razón de que él había estado una semana sin trabajar, medio descaderado de acarrear medias reses en el matadero. Fue a causa de una jugada que hicieron los otros para taparle la boca a un tal Espino, muy balaca. Él va al matadero a recibir los cueros de la carneada. El otro siempre está diciendo “que no hay hombre para él, en fuerza”…


* * *


Lo venció pero quedó “resentido”. Según le dijo “un hombre viejo que sabía”, se le habían abierto los músculos de la espalda. Le aconsejó se hiciera una cruz con cinta roja “en la mesma parte lisiada”.

Fue como con la mano.


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Publicado el 26 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Las Caballadas

Juan José Morosoli


Cuento


Venían los ejércitos. Pasaban por las calles del pueblo y acampaban en los campos de Lavalleja o del Campanero.

Tras ellos venían grandes caballadas. Muchos animales iban quedando por los caminos, agotados, con los lomos deshechos, o quebrados. Los arreadores, de chiripá, barbudos y bien montados, nos saludaban con los rebenques de zotera chata, de cuero crudo. Al fin de la arreada venían las yeguas, con potrillos de patas largas y cabezas finas y nerviosas, con cascos claros que parecían romperse en las piedras.

Nosotros llevábamos ropa vieja a los hombres y éstos nos regalaban potrillos. Pero en casa nos obligaban a devolverlos para que no se murieran lejos de las madres.

Tras muchos ruegos solían darnos algún petiso maceta, sillón o chapinudo.

Eramos felices con ellos, hasta que venía otro ejército escaso de caballos y se los llevaba.

En la guerra lo que un ejército regalaba se lo llevaba el otro. Porque siempre eran dos ejércitos.


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1 pág. / 1 minuto / 21 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Romance

Juan José Morosoli


Cuento


Velásquez golpeó y se corrió hacia el costado de la puerta, como si temiera ser visto al abrir.

Se asomó apenas una mujer.

—Pase —dijo.

Él se acercó al cuadro de luz, que al abrirse la puerta se había tirado sobre la noche. Fue cuando ella advirtió el traje de soldado.

—¡Ah!… —dijo—. Disculpe… no va poder entrar…

—¿Eh?

—Sí. Soldados y negros… no son órdenes mías…

—Yo creo que mi plata es igual a la de los otros…

—Será, sí…

—Será, no. ¡Es!

La mujer frente a la aparente energía del hombre se ablandó.

—Sí, es… ¡Claro!… Pero yo no puedo…

Como él no decía nada, y para consolarlo un poco, agregó:

—Más abajo hay casas generales… para todos…

El pobre Velásquez, después que alegó aquello de que su plata era igual a la de los otros, se había quedado entristecido y estaba allí, frente a aquella luz tan caliente que venía de adentro de la pieza, llena de olor a mujer y jabones olorosos.

Afilado el rostro medio indio, menudo, abrumado bajo el peso del capote militar que le había puesto una barrera entre la calle y la casa.

La mujer también, tras lo que dijo, se quedó allí, sin resolución.

—Bueno —terminó—, ¿que estamo haciendo?… pa usté

es igual una que otra. ¿Noverdá?

—La vide pasar cuando estaba de guardia… No es igual, no…

Una desolación terrible le venía desde el fondo. Una desolación para ella más linda que las risas que venían de adentro.

—Bueno, adiós…

—¡Adiós!… —Y cerró la puerta. ¡Tras!

Se asomó un poco después, a luz apagada. Él iba entrando despacio en la calle negra, empujado por la luz del farol colgado en la cruz de las calles. Sus zapatos de brega iban goteando pasos en la calzada empedrada primero, y, después, apagados y planos en el secante del polvo.


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5 págs. / 9 minutos / 20 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Loreta

Juan José Morosoli


Cuento


¡Pobre Loreta! ¡Qué insignificante era!… ¡Qué infeliz fue y con qué poco hubiera sido dichosa!… Le hubiera bastado con un vestido blanco. De novia… Para ella el vestido hacía la novia… Y nunca pudo haberlo. Fue siempre un poco de pena que despertó risa.

La nariz ganchuda, el pañuelo muy coloreado, anudado en el cuello, las puntas endurecidas de sonarse.

Yo evoco las siestas de mi pueblo. El arroyo. Los cigarros “pectorales” o “Don Pepe”, a medio la cajilla… Y después aquellos bordes del arroyo con violetas sencillas donde sentimos en Loreta el gusto a morirse.

Pienso en las “tendidas” de ropa blanca que mirábamos con curiosidad.

—¿Che, “Lora”, ¿de quién son “aquellos”?…

—¿Verdá que son de…?

Amenazaba al Vasco chico que andaba de amoríos con la posible dueña de la prenda íntima.

—¡Mirá, desgraciado!…


* * *


Voy al colegio con Pedro, con Raúl, con Leocadio. Siesta. Apretadas del sol duermen las casas. Tamborileando en las piedras de la calzada va el aguatero. Las latas que cuelgan a los lados de los “limones” de la rastra cantan y se menean en la luz.

El aguatero va con “la pera” clavada en el pecho, sobre el overillo apunado. Desde el arroyo al café de Irisarri, donde vacía, hay cinco boliches… El copeo y el sol lo tienen “pescando” sobre el “enteco”.

Pedro toma una piedra chatita, que son las chatitas las más certeras y las que mejor cortan el aire, y ¡zas!… Suena la lata. Se recobra el aguatero. Disparamos. Nos siguen los insultos… La boca del hombre es un ají puntiagudo…

Luego el colegio. Un camoatí cuelga de la mocheta. Otra pedrada. Un vidrio cae en pedazos. Los ruidos son como una estrella que se abre en el silencio. Claritos. Y disparamos todos.

Constituíamos la sociedad “Orejas de burro” —según don Abelardo, el maestro irascible del traje verdoso y la familia numerosísima…


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3 págs. / 6 minutos / 18 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El Domador

Juan José Morosoli


Cuento


<p>En el mar hay cementerios de barcos.</p>
<p>–Sí. Y en mi pago hay cementerios de caballos. Como en la India hay cementerios de elefantes. Una cañada, unos sauces criollos y unas piedras que están al borde de la huella parecen tentar con su paz a los viejos caballos in querencia que ambulan por los caminos...</p>
<p>–Mi pueblo es el cementerio de los circos...</p>
<p>Es un pueblo perdido en el campo. Trasmano de toda huella. Para allí no vienen ni van caminos. Los circos llegaban allí a reparar sus fuerzas. Como los barcos en los diques careneros. A veces no lo lograban y se morían allí. Restos de sus lonas y de sus letreros estaban por los bordes del pueblo como restos de un naufragio. Frente a la pulpería de las carretas hay un letrero que dice: Fenómenos, bestias y leones...</p>
<p>Por eso mi pueblo está lleno de viejos artista que no tienen sino recuerdos. Uno de estos hombres –el domador Arbelo– es quintero.</p>
<p>Tenía treinta años cuando llegó allí por primera vez. Me dijo que cuando juntara algún dinero compraría tierra y haría una quinta.</p>
<p>Cuando llegó allí por última vez, viejo ya, se le murió el último león. Entonces era domador y caramelero, pues el dueño no dejaba vender dentro de la carpa sino caramelos que fabricaban allí. Como llovió durante varios días seguidos, el circo quedó cercado por el barro. Uno a uno comenzaron a irse los artistas. A Arbelo se le enfermó el león. Decía que lo había muerto la humedad. La noche se llenaba de unos rugidos mezclados de golpes de tos que daban mucha lástima.</p>
<p>Arbelo terminaba:</p>
<p>–Perdí el león que era lo único que quería en el mundo, pero si el circo no hubiera terminado, nunca hubiera sido quintero...</p>


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El Garcero

Juan José Morosoli


Cuento


El garcero entra en el esteral como un gato montés en la maraña. Se desliza más que camina. En vez de hundir las maciegas, se paso blando parece levantarlas. Apenas si alguna flor de espadaña, rozada al pasar, echa a volar sus mil estrellas diminutas. Tras su paso queda un resuello de burbujas. El esteral lo recibe como un amigo cómplice.

Allí está el hombre callado y quieto, estirando su atención en miradas que rastrean a los mil habitantes que hierven entre el matorral de sagitarias, paja y caraguatáes. Un croar unánime sube hasta su vivienda que tiene algo de nido. La forman palos y ramas cruzadas entre los árboles que disputan las pocas tierras firmes.

Otras veces, un ruido de flautas sube desde el fondo, en glusglus verdes que revientan en la superficie de aguas muertas. Parece respirar la tierra en aquellas burbujas de música.

Los días nacen y mueren frente a su silencio, que más es de planta que de hombre.

Un día oscuro collar aparece cerrándose y abriéndose en graciosos vuelos en el horizonte lejano. Puntea, centrando aquel tornear de miles de alas, un rutero, más negro en la soledad azul de la amanecida.

Son los maragullones que inician el regreso de sus viajes lejanos, llamados por los primeros vientos primaverales.

Llegan al fin las garzas en pequeñas bandadas, largas y serenas, tendiéndose en vuelos lentos como nadadores del aire.

El garcero en su aripuca lacustre afilaba su puntería. Un plomo agujereaba el sonido, que el algodón verde del estero parecía sorber de inmediato. El silencio parecía escuchar pero el hombre no repetía nunca el tiro. El ave alcanzada se doblaba y se moría como una flor en leves aleteos. Cuando la noche llegaba el hombre hacía su cosecha.

Una brisa lenta iniciaba un concierto de cuerdas asordinadas al cruzar los matorrales de paja brava...

El hombre salía ahora hacia tierras altas. Parecía venir de una enfermedad.


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Encuentro

Juan José Morosoli


Cuento


Decía Correa que al terminar la “quema” el cuerpo le pedía goces. Y él le hacía el gusto. Ocurría siempre así. Comenzaba a sentir deseos de comer cosas diferentes. Se despertaba a deshora llamado por sueños con mujeres y bailes. Era la señal de rumbear hacia el pueblo. Vendía el carbón, cobraba, y luego iba al boliche del turco Natividad a cenar a lo rico. Comía sardinas con masitas “María”, pasas de higo y ticholos; bebía vino seco y fumaba “lengüitas” de Bahía.

Después salía a caminar por ahí…

Músicas de guitarras y acordeones, con la sordina de las puertas cerradas, vagaban lentas como nieblas por las calles sin luz. Por el tajo caliente de una puerta, Correa entraba “a sacarse el monte de dentro”.

La aventura duraba una noche y media mañana, pues salía de hacer noche con el sol muy alto. Tomaba en dirección al arroyo, eludiendo conocidos, y llegaba nuevamente al boliche a “comprar surtido” y volvía al monte donde le aguardaban nuevamente tres o cuatro meses de soledad.

Hacía años que su vida transcurría así. Siempre así.


* * *


Fue una de esas noches que tuvo aquel encuentro. Era una mujer delgada. Sin afeites. Vestida de otra manera. Sin aquellos perfumes que se calentaban entre trapos rojos y que a él le empezaban a dar en cara cuando salía a la calle.

La mujer no era de allí. Esto se notaba en seguida, porque las mujeres de la casa eran siempre de la ranchada cercana —un pueblo “de ratas”, fronterizo.

Mujeres que aparecían un día, hacían unos pesos y luego desaparecían como habían venido. Algunas regresaban a sus casas simplemente. Otras eran llevadas de allí por soldados o contrabandistas.


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

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