El flaco Matías se paró frente a la vidriera. Allí estaba la careta
de calavera. Era cierto. Medina le había dicho que él mismo la había
visto y que era el primer asombrado.
—Mirá, yo sé que caretas hay de todas clases. No hay cara que no
tenga su careta. ¡Con decirte que he visto la careta de Siete y Tres
Diez!
El flaco estuvo con ganas de no creer. Siete y Tres Diez era un rengo
feísimo y de mal genio. No encontraba pareja para el truco porque al
pasar la seña hacía reír al compañero y de yapa se enojaba.
—Pero de muerto, eso sí que no había visto… ¡Ni había pensado ver siquiera!
* * *
El Flaco no había querido disfrazarse nunca. Le parecía una
estupidez. Él no estaba de acuerdo en hacer reír a los demás. Pero allí,
frente a aquella careta, sintió el deseo de disfrazarse. Le había
gustado quién sabe por qué. Entró y la compró. El comerciante se la
vendió muy barata, eso sí, le fue franco. Le dijo que no la había tirado
a la basura porque el deber de él, como comerciante, era venderla y no
tirarla.
—Lo que uno compra es porque vale y el deber es hacerlo valer más.
Él lo entendía así, al menos. Sin embargo, se la dio por poco más de nada.
—Bueno –dijo el Flaco— ¿y esto qué traje lleva?
—¿Cómo qué traje?
—¡Pues! ¿O es que la muerte no tiene cuerpo?...
El asunto comenzó a conversarse.
—Mire, si quiere se pone un camisón blanco que vaya hasta el suelo. O uno negro.
Y agregó:
—Tiene que llevar guadaña, también…
Si quería, podía llevar bajo el camisón un tarro con gusanos. Él
había visto, siendo niño, en España, de donde era, un hombre disfrazado
de Muerte, que hacía esto.
* * *
En la comisaría, cuando fue a pedir el permiso, le previnieron:
—Mire que no se puede disfrazar de general, ni de cura… ¿Oyó?
Leer / Descargar texto 'El Disfraz'