Textos más populares este mes de Juan José Morosoli publicados por Edu Robsy | pág. 5

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autor: Juan José Morosoli editor: Edu Robsy


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El Retobador

Juan José Morosoli


Cuento


Menchaca vivía en un rancho de mojinete sillón con la crimera de paja despareja y erizada. A pocos pasos del rancho crecía un tunal de higos chumbos, al que los muchachos arrojaban desde la calle trozos de lata y vidrio. Con sol fuerte, latas y vidrios hacían cerrar los ojos con su juego de reflejos. El desorden de tunas terminaba en un cerco de cina cina. Cicutas e hinojos crecían entre un osario de cabezas de vaca.

Se le veía dos veces por semana. Era cuando iba al mercado seguido por su perro, un "pelado" lleno de costras, con algunos pelos sobre los ojos pitañosos y en el tronco de la cola. Del mercado volvía con una cabeza de vaca, sin sesos y sin lengua, donde los ojos parecían escapar de la corteza rojiza, y los dientes de la carretilla parecían adelantarse en un avance de voracidad grotesca. La marcha del hombre con su carga, su perro lento y los ojos aquellos de la vaca, que no parecían estar muertos sino muriendo, daban al grupo una espantosa apariencia de vida y muerte, unidas y fraternas.

Después el rancho agresivo y triste, los guardaba como la vaina gusanera guarda al gusano.


* * *


Menchaca no tenía amigos, ni a su rancho llegaban vendedores de cosa alguna. La excepción era Melgarejo que llegaba alguna vez, para salir luego a comprar yerba o galleta. O cuando iba a llevarle perros para sacrificar.

Entonces entraba conduciendo el perro por la parte de atrás del rancho, donde nacía un zanjón que iba a morir en la culata del cementerio, entre las tablas medio podridas de los cajones que dejaban las "reducciones" y el orín de las coronas de lata y alambres.

Tenía Melgarejo una manera especial de amansar perros. Aun aquéllos más acobardados por el hombre, "de ésos que ven venir un cristiano y cambian de rumbo", le seguían luego de dos o tres encuentros, cabrestiando tras un simple piolín de remontar cometas.


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2 págs. / 4 minutos / 24 visitas.

Publicado el 17 de abril de 2025 por Edu Robsy.

Encuentro

Juan José Morosoli


Cuento


Decía Correa que al terminar la “quema” el cuerpo le pedía goces. Y él le hacía el gusto. Ocurría siempre así. Comenzaba a sentir deseos de comer cosas diferentes. Se despertaba a deshora llamado por sueños con mujeres y bailes. Era la señal de rumbear hacia el pueblo. Vendía el carbón, cobraba, y luego iba al boliche del turco Natividad a cenar a lo rico. Comía sardinas con masitas “María”, pasas de higo y ticholos; bebía vino seco y fumaba “lengüitas” de Bahía.

Después salía a caminar por ahí…

Músicas de guitarras y acordeones, con la sordina de las puertas cerradas, vagaban lentas como nieblas por las calles sin luz. Por el tajo caliente de una puerta, Correa entraba “a sacarse el monte de dentro”.

La aventura duraba una noche y media mañana, pues salía de hacer noche con el sol muy alto. Tomaba en dirección al arroyo, eludiendo conocidos, y llegaba nuevamente al boliche a “comprar surtido” y volvía al monte donde le aguardaban nuevamente tres o cuatro meses de soledad.

Hacía años que su vida transcurría así. Siempre así.


* * *


Fue una de esas noches que tuvo aquel encuentro. Era una mujer delgada. Sin afeites. Vestida de otra manera. Sin aquellos perfumes que se calentaban entre trapos rojos y que a él le empezaban a dar en cara cuando salía a la calle.

La mujer no era de allí. Esto se notaba en seguida, porque las mujeres de la casa eran siempre de la ranchada cercana —un pueblo “de ratas”, fronterizo.

Mujeres que aparecían un día, hacían unos pesos y luego desaparecían como habían venido. Algunas regresaban a sus casas simplemente. Otras eran llevadas de allí por soldados o contrabandistas.


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3 págs. / 5 minutos / 12 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El Domador

Juan José Morosoli


Cuento


<p>En el mar hay cementerios de barcos.</p>
<p>–Sí. Y en mi pago hay cementerios de caballos. Como en la India hay cementerios de elefantes. Una cañada, unos sauces criollos y unas piedras que están al borde de la huella parecen tentar con su paz a los viejos caballos in querencia que ambulan por los caminos...</p>
<p>–Mi pueblo es el cementerio de los circos...</p>
<p>Es un pueblo perdido en el campo. Trasmano de toda huella. Para allí no vienen ni van caminos. Los circos llegaban allí a reparar sus fuerzas. Como los barcos en los diques careneros. A veces no lo lograban y se morían allí. Restos de sus lonas y de sus letreros estaban por los bordes del pueblo como restos de un naufragio. Frente a la pulpería de las carretas hay un letrero que dice: Fenómenos, bestias y leones...</p>
<p>Por eso mi pueblo está lleno de viejos artista que no tienen sino recuerdos. Uno de estos hombres –el domador Arbelo– es quintero.</p>
<p>Tenía treinta años cuando llegó allí por primera vez. Me dijo que cuando juntara algún dinero compraría tierra y haría una quinta.</p>
<p>Cuando llegó allí por última vez, viejo ya, se le murió el último león. Entonces era domador y caramelero, pues el dueño no dejaba vender dentro de la carpa sino caramelos que fabricaban allí. Como llovió durante varios días seguidos, el circo quedó cercado por el barro. Uno a uno comenzaron a irse los artistas. A Arbelo se le enfermó el león. Decía que lo había muerto la humedad. La noche se llenaba de unos rugidos mezclados de golpes de tos que daban mucha lástima.</p>
<p>Arbelo terminaba:</p>
<p>–Perdí el león que era lo único que quería en el mundo, pero si el circo no hubiera terminado, nunca hubiera sido quintero...</p>


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1 pág. / 1 minuto / 13 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Fronteriza

Juan José Morosoli


Cuento


El sueldo era bueno. Pero él —Cedrés— no tenía interés en el empleo.

—Soy enemigo de responsabilidades —dijo— . Y poco amigo de recibir órdenes de mujeres... Soy de la idea de que las mujeres son buenas para prosear, tomar mate dulce y echar hijos al mundo...

Sabía bastante de la vida de "Chiquiña", pero estaba buscándole la boca al almacenero que le había ofrecido el puesto.

—¿Prosear y tomar mate? —contestó el otro—. Puede estar seguro que Chiquiña es capaz de estar un día entero haciendo las dos cosas... ¿Echar hijos al mundo? Eso es lo que menos le gusta ... Al menos la historia que anda por el pago dice algo de eso...

—¿Entonces? —se afirmó Cedrés—, ¿tiene algún hecho feo?

Sí. Chiquiña había pasado de la cocina a la sala... De fregaollas a señora ... y parece que era verdad que entre ella y el Comandante "afrentaban" a la patrona.

También se supo que Chiquiña estuvo por ser madre y que de la noche a la mañana, quedó señorita otra vez... La pobre mujer del comandante murió más de disgustos, que de enfermedad... El comandante se casó con Chiquiña, cuando las coronas de la sepultura de la finada estaban aún sin deshacer...

Cedrés iba dejando caer "fijesés y mireusted" con aire inocente y distraído o colocaba preguntas que parecían no tener importancia.

—¿Medio derrepente murió el comandante?

—El pobre murió sin caracú en los huesos... Para algunos, la juventud ajena es una enfermedad... Enfermedad que no pueden curar los doctores...

—¿Por?

—No ve que ella no quiso abandonar la pieza... Calculo que Chiquiña con mirarlo nada más, lo debilitaba...

Así fue como un día la mujer se encontró con una estancia y un camposanto adentro.

Cedrés pensó un poco y dijo estas palabras:

—No está lejos que me dé una vuelta por allí... Total, a mí no me va a comer el caracú...


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5 págs. / 8 minutos / 35 visitas.

Publicado el 1 de marzo de 2025 por Edu Robsy.

Regreso

Juan José Morosoli


Cuento


Estaba fumando, sentado frente a la puerta, mirando hacia el mar donde moría la calle entre latas viejas y montones de basura. Como siempre. Cuando los tres compañeros están en la pieza él sale a la puerta a mirar el lugar donde muere la calle. Esto porque es poca prosa y porque lo único que tiene de común con los otros de la pieza, que alquilan juntos "porque una pieza para él sólo es mucho lujo". Los otros siempre juntos, conversando. Son conversaciones enredadas como de mujeres. Después está el Frigorífico lleno de hombres. El tranvía lleno de hombres. La casa donde come llena de hombres conversando. Y después la radio.


* * *


Una mañana se encontró con Alvariza. Este es un viejo amigo de su pago, allá por Carapé, donde hay talas, piedras y cañadas. Es un hombre conversador, un "desasosegado" que ha trabajado en mil cosas diferentes, que ha vivido en mil pagos. Bien en todos. Un "sin pago" según Almada. una vez se lo dijo y Alvariza contestó:

—No hermano... De todos los pagos.


* * *


—Viene siendo lo mismo —le respondió el. Ahí anda la conversación. Que "allá esto y aquello", dice Alvariza. Que "aquí esto y lo otro", responde Almada.

—¿Vivís solo?

Contesta que sí, pero se corrige en seguida:

—Semos cuatro en la pieza... Aquí te come el alquiler...

—Entonces estarás bien... ¡cuatro!

—No, eso no. ¿Va una a hablar con tres, de todo? Además, ¿va un hombre a aguantar lo que conversan tres? ¿Y bobadas?...

Alvariza ría y responde:

—Bueno, ¡pa hacerte hablar a vos!...

Se callan. Alvariza contenido por la respuesta seca de Almada y éste porque no tiene nada que decir.

Alvariza comprende que el amigo está desconforme con la vida. Algo hay en su actitud que se lo dice. Y como es hombre de "pienso y digo", le sale con esto:

—Pero entonces, ¿por qué te viniste?


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Publicado el 24 de febrero de 2025 por Edu Robsy.

El Perro

Juan José Morosoli


Cuento


Martiniano rara vez se acercaba al fogón de la estancia como lo hacían frecuentemente los otros puesteros. Y cuando lo hacía era para sentarse y quedarse callado, fumando, la cabeza medio levantada como haciendo un esfuerzo para acordarse de algo. No parecía oír ni ver. Recibía el mate, lo devolvía, lo volvía a recibir, y de repente, como si alguien lo llamara, salía al campo, montaba y partía.

Le acompañaba siempre el perro.

Con decir "el perro" ya se sabía que era el de Martiniano, pues los otros perros tenían nombre, o se distinguían por "el perro de tal o cual". El perro se parecía a Martiniano en muchas cosas. Ni al llegar ni al partir se acercaba a los otros perros. Ni los otros a él. Alguna cosa rara había en aquel perro que le alejaba de los demás.

Los dos —hombre y perro— parecían siempre encerrados dentro de ellos mismos. Una soledad que les salía de adentro los alejaba de hombres y cosas.

El único que solía conversar con Martiniano —lo necesario entre peón y patrón— era don Ramón, el dueño de la estancia.

Y para eso don Ramón iba al puesto, pues Martiniano no consideraba una obligación suya ir a dar cuenta de cómo iban las cosas en el campo a su cargo.

* * *

Al fondo del puesto estaba el pastoreo oficial a cuyo frente cruzaba el camino real. Algún carrero conocido que largaba allí la boyada, conversaba con él. Es decir, tomaba mate y hacía preguntas a Martiniano.

Fue en uno de esos encuentros que un carrero mirando el perro dijo esto:

—¡Mire que el perro es animal de buen aprender!... ¡Este parece hecho pa usté...!

Martiniano calló un segundo y respondió:

—¡Psss!... El perro es sin fin...

Hizo otra pausa y agregó:

—Al cristiano lo entiende aunque no hable...

El otro preguntó:

—¿Será verdad que es al único animal que no lo come ningún bicho?


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3 págs. / 6 minutos / 55 visitas.

Publicado el 25 de febrero de 2025 por Edu Robsy.

El Disfraz de Caballo

Juan José Morosoli


Cuento


Hay quien junta unas lonas deshechas, cuatro garras resecas y un pedazo de cojinillo y se disfraza de caballo. Gentes que si tuvieran vergüenza no saldrían a la calle. Porque esos no son caballos, son arrastra-mugre.

—Creen que con ponerse unos pingajos y comenzar a corcoviar ya son caballos.

Él se disfraza de caballo porque le gusta.

—Como otros se disfrazan de mujer.

—Una cosa que yo hallo que es poco de hombre...

—¡Pues!...

Sigue diciendo que él sabe la responsabilidad que se hecha encima. Si no fuera así, no haría los sacrificios que hace para salir a la calle con “un caballo como la gente”.

—¿Usté sabe lo que es llegar del horno, medio descaderao de cortar ladrillo de estrella a estrella?

Bueno. Eso es lo que hace el. Y luego se pone a hacer el caballo con herramientas viejas, en el rancho de dos por cuatro, donde apenas caben él, la mujer, cuatro hijos y dos perros.


* * *


La caja del cuerpo es fácil de hacer mimbres retorcidos, asegurados en dos largueros, vienen a ser las costillas. Luego se forra de lona. La tabla del pescuezo y la crinera, de paja mansa, finita y pareja, y al fin “lo más principal”: uní el brazuelo del caballo a la rodilla del hombre y todo liviano y seguro. Cosa que el animalito no lo “transija” a usted y no se le descogote en un corcovo y usted ande con la cabeza abajo del brazo.

Como le pasó a Saavedra hasta que un guardia civil lo hizo salir de la plaza.

—Pero amigo, le dijo, un nombre serio como usté haciendo esos papeles! ... ¿Usté no ve que es la risión de la gente?

Salió.

Otra cosa difícil de hacer es la cabeza —Porque si Ud se descuida le sale con cara de loco o de gente.

Siempre se acuerda que el Vasco Miguel apenas veía venir un caballo lo semblanteaba. Le pasó a él mismo. Venía corcoveando cuando Miguel le dijo a los otros:

—Miren, es igualito a Doña Gregoria, la del zapatero...


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Publicado el 28 de julio de 2025 por Edu Robsy.

El Garcero

Juan José Morosoli


Cuento


Pedro el garcero aprontaba su arma. Ya había ordenado sus bártulos y estaba pronto para partir hacia los bañados a hacer zafra de plumas.

Aprontar el arma era un trabajo delicado. Desarmar su mecanismo bañándole en fino aceite, tomaba tiempo. Ablandarla y hacerla celosa al dedo, era obra de paciencia y atención.

Fue entonces que llegó a la puerta de su rancho aquella mujer.

Era una parda retacona, de dulces curvas que hacían brotar firmes los senos y la manzana del vientre. Un milagro de la ropa hundía el centro de la fruta.

—La señora —se regañó— me pidió el mandao y vine…

Quería que él, Pedro, le trajera una bolsa de plumón de cisne.

—¡Hay que verla!… ¡Siempre durmiendo en chala y ahora quiere pluma!…

Pedro tomó el encargo sin convenir precio. Tenía el arma acostada en el brazo. Como a un niño. Deseaba terminar con la mujer. Que se fuera.

Pero ella buscaba atar prosa.

—Cuando vuelva, ¿cómo me anoticeo?

Él buscaba la contestación cuando ella volvió a hablar:

—Mire, mejor que vaya a casa… Golpée nomás.Yo estoy sola.

—¿Dónde?

—Es al lao del rancho largo…

El rancho largo tiene muy mala fama. Allí es donde los soldados van a divertirse cuando cobran. Casi siempre hay bailes que terminan mal.

Como si él hubiera dicho algo, ella continúa:

—¡Como yo vivo sola y no me meto con nadie!…

Además vive más en el arroyo que en la casa. Es lavandera.

—¡Ajá! —aprueba él.

—De lavandera es bravo, pero no tengo que aguantar a nadie…

—¡Pues!

Ella sabe que él también vive solo. Se lo ha contado el turco que vende cosas a plazos en aquel barrio.

—Sí —dice Pedro para terminar—; el turco Felipe…

Este le ha dicho delante de todos, en el boliche, que le tiene envidia:

—Daría mi capital por vivir como usté…


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Las Caballadas

Juan José Morosoli


Cuento


Venían los ejércitos. Pasaban por las calles del pueblo y acampaban en los campos de Lavalleja o del Campanero.

Tras ellos venían grandes caballadas. Muchos animales iban quedando por los caminos, agotados, con los lomos deshechos, o quebrados. Los arreadores, de chiripá, barbudos y bien montados, nos saludaban con los rebenques de zotera chata, de cuero crudo. Al fin de la arreada venían las yeguas, con potrillos de patas largas y cabezas finas y nerviosas, con cascos claros que parecían romperse en las piedras.

Nosotros llevábamos ropa vieja a los hombres y éstos nos regalaban potrillos. Pero en casa nos obligaban a devolverlos para que no se murieran lejos de las madres.

Tras muchos ruegos solían darnos algún petiso maceta, sillón o chapinudo.

Eramos felices con ellos, hasta que venía otro ejército escaso de caballos y se los llevaba.

En la guerra lo que un ejército regalaba se lo llevaba el otro. Porque siempre eran dos ejércitos.


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

Los Carboneros

Juan José Morosoli


Cuento


Por la noche veíamos el resplandor rojizo de las hornallas y el humo liviano y azulino de la “quema”, subir suavemente a las estrellas.

Adivinábamos las figuras negras y apresuradas como hormigas de los cuidadores de “las bocas”.

Algunas noches la música de un acordeón, lejano y leve como el humo, parecía salir del horno mismo y quedarse vagando por el monte.

Los carboneros eran los dueños del humo de la noche, de las bocas con fuego de las hornallas, de la música del acordeón vagabundo. Del monte entero donde de hora en hora cantaban algún pájaro sin sueño.

Deseábamos ser carboneros como aquellos hombres.

Un atardecer sin luz, cruzado de garúas, nos acercamos a ellos.

Sus chozas estaban mojadas. En el piso de barro hacían equilibrio míseros catres de guascas.

Vestían ropas absurdas y calzaban tamangos de lona. En sus caras erizadas de barba ardían los ojos febriles.

–Hace noches que vigilan, defendiendo su tesoro de vientos y lluvias –dijo mi padre...

Fogones abandonados rodeados de huesos iban señalando su camino de conquistadores de la selva...

Pensamos en las noches de sus chozas con barro y sin luz. En sus catres sin calor. En la vigilia entre garúas y vientos.

El calor de los viejos troncos que ardían bajo el retobo de barro de los hornos no sería para ellos.

Desde ese día dejamos de envidiarlos.

Empezamos a quererlos.


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Publicado el 27 de julio de 2025 por Edu Robsy.

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