Medio de fonte leporum
Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus augat.
(Lucretii. De nat. rer. libr. IV).
I
En tres distintas y muy apartadas épocas de mi vida, peregrinando yo
por diversos países de Europa y América, o residiendo en las capitales,
he tratado al vizconde de Goivo-Formoso, diplomático portugués, con
quien he tenido amistad afectuosa y constante. En nuestras
conversaciones, cuando estábamos en el mismo punto, y por cartas, cuando
estábamos en punto distinto, discutíamos no poco, sosteniendo las más
opuestas opiniones, lo cual, lejos de desatar los lazos de nuestra
amistad, contribuía a estrecharlos, porque siempre teníamos qué
decirnos, y nuestras conversaciones y disputas nos parecían animadas y
amenas.
Firme creyente yo en el libre albedrío, aseguraba que todo ser humano,
ya por naturaleza, ya por gracia, que Dios le concede si de ella se hace
merecedor, puede vencer las más perversas inclinaciones, domar el
carácter más avieso y no incurrir ni en falta ni en pecado. El Vizconde,
por el contrario, lo explicaba todo por el determinismo; aseguraba que
toda persona era como Dios o el diablo la había hecho, y que no había
poder en su alma para modificar su carácter y para que las acciones de
su vida no fuesen sin excepción efecto lógico e inevitable de ese
carácter mismo.
Los ejemplos, en mi sentir, nada prueban. De ningún caso particular
pueden inferirse reglas generales. Por esto creo yo que siempre es falsa
o es vana cualquier moraleja que de una novela, de un cuento o de una
historia se saca.
Mi amigo quería sacarla de los sucesos de la vida de cierta dama que
ambos hemos conocido y tratado con alguna intimidad, y quería probar su
tesis y la verdad trascendente del refrán que dice: genio y figura,
hasta la sepultura.
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