Textos más vistos de Juana Manuela Gorriti | pág. 2

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autor: Juana Manuela Gorriti


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Los Mellizos del Illimani

Juana Manuela Gorriti


Cuento


Eran dos; y en efecto, se les hubiera creído gemelos. Sin embargo, Álvarez y Loaiza eran solo amigos.

Pero amigos, con esa amistad de la infancia, lazo más fuerte que el parentesco y que el amor.

Hijos de dos familias unidas por una larga vecindad, nacidos en un mismo día, meciolos la misma cuna, y de ella bajaron asidos de las manos para recorrer los senderos de la vida.

Juntos entraron en la escuela; juntos lloraron ante el terrible problema del alfabeto; juntos atravesaron el monótono espacio que se extiende desde el Ba hasta el Zun. Juntos hicieron las primeras travesuras, y juntos recibieron los condignos palmetazos. Juntos dejaron la miga para pasar al colegio; y juntos se rellenaron de griego y de latín; juntos hicieron su entrada en el mundo; juntos corrieron la vida borrascosa de solteros, y juntos pidieron, obtuvieron y recibieron en matrimonio a dos buenas mozas, amadas con idéntico amor, y con igual entusiasmo.

Pero ¡ay! que aquí esa doble existencia se bifurcó de una manera dolorosa para aquellos dos corazones fundidos en uno solo.

Las esposas se rebelaron contra esa amistad llevada al terreno de lo sublime; creyéronse defraudadas en sus derechos al amor que contaran monopolizar; y la mujer de Álvarez miró de reojo a Loaiza; y la mujer de Loaiza dio a Álvarez con la puerta en las narices.

Pero ellos estaban demasiado habituados a esta vida de intimidad inalterable, para resignarse a romperla y si el hogar del uno estaba vedado al otro, la ciudad les ofrecía su larga alameda, sombrosa y perfumada, donde los dos amigos pasaban largas horas entregados a las encantadas reminiscencias del pasado.

Vestidos con la rigorosa igualdad que usaron desde la infancia hasta la vejez, bajo cuya apariencia los presentamos, cubría sus hombros una capa española de color turquí, que contrastaba singularmente con sus cabelleras blancas de largos y plateados bucles.


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2 págs. / 3 minutos / 119 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Yerbas y Alfileres

Juana Manuela Gorriti


Cuento


—Doctor ¿cree usted en maleficios? —dije un día a mi antiguo amigo el esclarecido profesor Passaman. Gustábame preguntarle, porque de sus respuestas surgía siempre una enseñanza, o un relato interesante.

—¿Que si creo en maleficios? —respondió—. En los de origen diabólico, no: en los de un orden natural, sí.

—Y sin que el diablo tenga en ellos parte, ¿no podrían ser la obra de un poder sobrenatural?

—La naturaleza es un destello del poder divino; y como tal, encierra en su seno misterios que confunden la ignorancia del hombre, cuyo orgullo lo lleva a buscar soluciones en quiméricos desvaríos.

—¿Y qué habría usted dicho si viera, como yo, a una mujer, después de tres meses de postración en el lecho de un hospital, escupir arañas y huesos de sapo?

—Digo que los tenía ocultos en la boca.

—¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¿Y aquellos a quienes martirizan en su imagen?

—¡Pamplinas! Ese martirio es una de tantas enfermedades que afligen a la humanidad, casualmente contemporánea de alguna enemistad, de algún odio; y he ahí que la superstición la achaca a su siniestra influencia.

He sido testigo y actor en una historia que es necesario referirte para desvanecer en ti esas absurdas creencias... Pero, ¡bah! tú las amas, son la golosina de tu espíritu, y te obstinas en conservarlas. Es inútil.

¡Oh! ¡no, querido doctor, refiera usted, por Dios, esa historia! ¿Quién sabe? ¡Tal vez me convierta!

—No lo creo —dijo él, y continuó.

Hallábame hace años, en la Paz, esa rica y populosa ciudad que conoces.

Habíame precedido allí, más que la fama de médico, la de magnetizador.

Multitud de pueblo vagaba noche y día en torno a mi morada. Todos anhelaban contemplar, sino probar los efectos de ese poder misterioso, del que solo habían oído hablar, y que preocupábalos ánimos con un sentimiento, mezcla de curiosidad y terror.


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6 págs. / 10 minutos / 314 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

El Día de Difuntos

Juana Manuela Gorriti


Cuento


Si queréis sorprender los misterios de la vida, visitad este día la morada de los muertos.

A fin de que su memoria no estorbe en las alegrías del año, los vivos la han relegado al reducido espacio de una jornada. En esas veinte y cuatro horas de conmemoración, todos, inconsolables y consolados, todos acuden al cementerio y se agrupan en torno a los sepulcros; los unos para borrar con otras lágrimas las huellas de sus lágrimas; los otros para reemplazar con guirnaldas de hermosas flores la triste yerba del olvido.

Los estragos de la peste han aumentado la lúgubre peregrinación, que desde el alba llenaba las calles vecinas a Maravillas y el prolongado callejón que se extiende fuera de la portada.

A la seis la verja que cierra el recinto exterior del panteón ábrese dando paso a la multitud que lo invade silenciosa, derramándose en sus esplendidos jardines, perfumados con las flores de todas las zonas.

Óyese por todos lados un ruido de puertas como el despertar natural de una populosa metrópoli. Es la ciudad de la muerte, que abre sus sepulcros a la ofrenda del recuerdo.

Y el silencio se puebla de rumores; y se escuchan gritos mezclados de sollozos; y los callados ecos de aquellas bóvedas repiten nombres borrados ya del libro de la vida. El tumulto crece; la multitud se entrega a bulliciosas pláticas, razonadas con extrañas consejas sugeridas por la lectura de los epitafios, esos jeroglíficos del dolor.

¡Murió mártir!

—Decía un mármol, donde ostentaba su belleza soberana una mujer en cuya frente brilla el sol de diez y ocho primaveras.

¡Los días de mi peregrinación fueron cortos y malos!

—Decía otro. Y sobre la bíblica leyenda, un nombre poético entrelazado a una lira, sonaba al oído como una deliciosa melodía.

¡Ay!


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2 págs. / 4 minutos / 129 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

El Emparedado

Juana Manuela Gorriti


Cuento


Éramos diez. Habíanos reunido la casualidad y nos retenía en un salón, en torno a una estufa improvisada, el más fuerte aguacero del pasado invierno.

En aquel heterogéneo círculo doblemente alumbrado por el gas y las brasas del hogar, el tiempo estaba representado en su más lata acción. La antigüedad, la edad media, el presente, y aun las promesas de un riente porvenir, en los bellos ojos de cuatro jóvenes graciosas y turbulentas, que se impacientaban, fastidiadas con la monotonía de la velada.

El piano estaba, en verdad, abierto, y el pupitre sostenía una linda partitura y valses a discreción; pero hallábanse entre nosotros dos hombres de iglesia; y su presencia intimidaba a las chicas, y las impedía entregarse a los compases de Straus y las melodías de Verdi. Ni aun osaban apelar al supremo recurso de los aburridos: pasearse cogidas del brazo, a lo largo del salón; y cuchicheaban entre ellas ahogando prolongados bostezos.

—Hijas mías —díjoles el venerable vicario de J., que notó su displicencia—, no os mortifiquéis por nosotros. Os lo ruego, divertíos a vuestra guisa. Yo, de mí, sé decir que me placería oíros cantar.

¡Cantar! Bien lo quisieran ellas; pero arredrábalas el repetido io t’amo de los maestros italianos, en presencia de aquellas adustas sotanas, y se miraban sin saber cómo excusarse.

—¡Y bien! —continuó el vicario—, si os detiene la elección, que lo decida la suerte.

Y levantándose, fue a tomar del repertorio el primer cuaderno que le vino a la mano.

—¡Coincidencias! —exclamaron las niñas, riendo—. Ea, pues, hijas mías, a cantar las coincidencias.

Las jóvenes rieron de nuevo.

—Bueno, ¡os alegráis al fin!

—Señor, el cuaderno está en blanco —dijo la niña de la casa—. Su inscripción es el proyecto de una fantasía para dedicarla al profesor que me enseña el contrapunto.


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3 págs. / 5 minutos / 187 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Un Viaje al País del Oro

Juana Manuela Gorriti


Cuento


Al niño Ernesto Quesada

I. La leontina

Un día, a la última hora de la tarde, cansada, enferma y helada de frío, azuzaba yo mi caballo para llegar a la capilla subterránea de Uchusuma, larga y forzosa etapa de diez y ocho leguas, atravesada como una amenaza en el camino de Bolivia a Tacna.

Había ya dejado atrás el Mauri, y las ásperas serranías que lo aprisionan, y cruzaba corriendo las áridas llanuras barridas por el cierzo y cortadas de pantanos, que avecinan al grupo de piedras rocallosas, arrojadas por algún cataclismo, en cuyo centro se halla la entrada de esa especie de cueva, único albergue para el viajero en aquel fingido yermo.

De pronto, y al través de las ráfagas de viento que me cegaban, vi relumbrar un objeto entre los guijarros del camino.

Volvime atrás, y desmontando, para examinar lo que era, recogí una elegante y excéntrica joya. Era una leontina compuesta de doce pepas de oro de forma y colores diversos. Engarzábanlas anillos mates del mismo metal, y en algunas de ellas había incrustadas partículas de pizarra y cuarzo.

Juzgué, desde luego, que aquella alhaja había sido perdida recientemente, y me proponía averiguarlo adelante, cuando vi venir a lo lejos un hombre, que, inclinado sobre el cuello de su caballo, y apartando con la mano las ramas de los tolares, parecía buscar algo en el suelo.

Al divisarme, corrió hacia mí con visibles muestras de angustia, que yo abrevié yendo a su encuentro, y presentándole la joya.

Imposible sería pintar la expresión de gozo que al verla brilló en sus ojos. Me la arrebató, más bien que la tomó de mis manos; estrechola contra el corazón, y la enganchó en el reloj y el ojal de su chaleco con un anhelo que se balanceaba entre la veneración y la codicia.

Enseguida, y como si saliera de un éxtasis, volviose a mí, y me saludó dándome gracias y rogándome perdonara su preocupación.


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64 págs. / 1 hora, 52 minutos / 136 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Belzu

Juana Manuela Gorriti


Cuento


I

Al escribir estas líneas, que bosquejan a grandes rasgos la figura del hombre ilustre cuyo nombre las encabeza, he creído cumplir un deber. Mientras las traza mi humilde mano, dos plumas magistrales se ocupan del mismo objeto, y desarrollarán de un modo brillante los detalles de aquella esplendorosa existencia. Pero la vida humana, y notablemente la de que nos ocupamos tiene dos faces: una de luz, otra de sombra. Una iluminada por los rayos de la dicha, de la fortuna, de la gloria; la otra perdida en la oscuridad de la pobreza, en las tinieblas de los días de dolor y de prueba. Los dos ilustrados biógrafos, fueron testigos y parte integrante de la primera: yo, compañera inseparable de la segunda.

Por tanto, y esperando que este modesto relato sirva en algo al complemento de aquellos importantes trabajos, lo he seguido, y le doy cima.

Manuel Isidoro Belzu nació en la Paz el 4 de abril de 1811. Fueron sus padres don Gaspar Belzu y doña, Manuela Umeres. Recibió su educación primaria en las aulas que los Padres franciscanos tenían en el convento de este orden. Su grande inteligencia le habría hecho distinguir con brillo en la carrera de las letras, si desde muy temprano el joven Belzu no hubiese manifestado un carácter inquieto, aventurero y caballeresco, que se avenía mal en los bancos escolares, y pedía instintivamente una espada y un corcel.

En efecto, apenas a la edad de 13 años, se escapó un día del aula, fue a reunirse al ejército independiente pocos días antes de la batalla de Zepite, y con el fusil al hombro, combatió como soldado en aquella gloriosa jornada. Después, envuelto en el desastre que la siguió, disperso, a pie, y ocultándose de pueblo en pueblo, fue reconocido y arrestado por un oficial amigo de su familia, que lo trajo a la Paz y lo entregó a su madre.


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25 págs. / 44 minutos / 129 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Caer de las Nubes

Juana Manuela Gorriti


Cuento


Al niño Washington Carranza


Mamá Teresa no era el solo cronista de las nocturnas reuniones a la luz de la luna, bajo los algarrobos del patio.

La vieja nodriza tenía días de sombría tristeza, dolorosos aniversarios que le recordaban la muerte de sus padres, de su marido, de sus hijos.

—Don Gerónimo —decía entonces a un contemporáneo suyo, antiguo, capataz de mulas—, cuente usted un caso a estos niños que yo tengo hoy el alma dolorida y quebrantado el corazón.

—Y cerrando los ojos, inclinada la cabeza y el rosario entre las manos, hundíase en silenciosa plegaria.

Don Gerónimo Banda, tan bueno para una trova como para una conseja, sentábase en medio al turbulento círculo y nos refería las escenas de su vida nómada, historias portentosas que escuchábamos maravillados tendido el cuello, conteniendo el aliento, y la vista fija en la masa de blancas barbas que ocultaba la boca del narrador.

Hoy era la persecución de un bandido que amparándose de las selvas, emprendía una fuga aérea sobre las copas de los árboles; mañana el terrible encuentro de un tigre, y las peripecias de la formidable lucha en que las garras de la fiera le destrozaban las espaldas, en tanto que él, puñal en mano, y el brazo hundido en las horribles fauces, rompíale las entrañas y la arrojaba sin vida a sus pies.

Otras veces, era la vertiginosa carrera sobre las alas de un avestruz, al través del espacio inmensurable de la pampa, huyendo ante las hordas salvajes, que en numerosa falange perseguían al extraño jinete sobre sus veloces corceles, como una cacería fantástica. Otras aun, descrita con gráfica expresión, la disparada de diez mil mulas, espantadas por la aparición de un alma en pena en las hondas gargantas de los Andes.


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7 págs. / 13 minutos / 111 visitas.

Publicado el 2 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Escenas de Lima

Juana Manuela Gorriti


Cuento


Risas y gorjeos

¡Helas ahí! Como las golondrinas en una mañana de primavera, llegan riendo, cantando y derramando en todas partes a su paso, luz y alegría; en todas partes... ¡hasta en mi corazón! Sus nombres mismos son armoniosos y dulces como una caricia: ¡Emma! ¡Julia! ¡Rosa! ¡Eleodora! ¡Cristina! ¡Florinda! El alma rejuvenece al contacto de esas jóvenes flores que comienzan a abrir su cáliz a las promesas de la vida; y plácele seguir el vuelo vagaroso de sus ilusiones, como a la mirada el de esas bandadas de blancas aves que cruzan el cielo en las tardes de verano.

—¡Qué trozo tan bello es ese que acabas de cantar, querida mía! No lo conozco. ¿A qué partitura pertenece?

—Es una romanza de la ópera Guaraní, la última pieza de mi estudio. Cierto que es una música deliciosa, llena de dulzura, y de un carácter original. Sin embargo, la música no es para mí realmente bella, sino cuando refleja el recuerdo.

—¿No es verdad?... Pero, ¡ah! tus recuerdos, risueños, frescos, datan de ayer, y los encierra una aurora.

Julia suspiró profundamente; y dejando la romanza de Guaraní entonó, con los ojos llenos de lágrimas —Caro nome que el mio cor— esa cascada de perlas del Rigoletto.

Entre las compañeras de Julia, una voz murmuró un nombre: Maximiano. Recordé entonces, que no hacía mucho tiempo, una mano aleve dio la muerte a ese bello joven tan querido en la sociedad. ¡Pobre Julia! ¡En el riente miraje de sus recuerdos, alzábase ya una cruz!

—¡Al viento las penas! —exclamó Florinda, pasando su pañuelo sobre los húmedos ojos de la cantora—. ¡Oh! si cada una fuera a hablar de las suyas, el cuartel de Santa Ana, en el cementerio, puede decir si yo tengo derecho de estar entre los vivos.


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12 págs. / 21 minutos / 73 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

La Ciudad de los Contrastes

Juana Manuela Gorriti


Crónica


En un oasis asentado entre las arenas del mar y las primeras rocas de los Andes, extiéndese la opulenta metrópoli.

Capital de la más rica de las repúblicas sudamericanas, cuenta a granel los millones que afluyen a su tesoro, por centenas los palacios de mármol que se alzan en su recinto; pero se rehúsa una casa para sus recepciones oficiales, un teatro donde recibir los grandes artistas, que atraídos por su esplendor vienen a visitarla.

En el flanco septentrional de una bella plaza adornada con fuentes, jardines y estatuas, álzase apenas del suelo un ruinoso, sucio y grotesco edificio coronado de una baranda de madera carcomida, y flanqueado de tiendas atestadas de telas vistosas y de una profusión de objetos heterogéneos. Diríase un bazar de Oriente.

Llámanlo Palacio de Gobierno. Sus huéspedes, curándose muy poco de esa transitoria morada, conténtanse con forrarla interiormente de seda, oro y mármol para su propio confort, dejando a sus sucesores el cuidado de la parte monumental.

Cinco cuadras de allí distante, un engañoso frontispicio da entrada a un caserón vetusto, informe, cuarteado en todos sentidos, y con las más pronunciadas apariencias de un granero:

¡Es el teatro!

Y sin embargo, con la cuarta parte del oro y las pedrerías que en su espléndido entusiasmo ha derramado Lima en ese escenario sobre sus artistas favoritos, habría podido construir el más hermoso teatro del mundo.

Y sin embargo, aun, en las noches de estrenos cuando las encantadoras hijas del Rímac llenan las tres líneas de palcos, que el gas resplandece, y los abanicos se agitan, y las miradas se cruzan, un prestigio extraño, casi divino, trasforma el derruido edificio; y ningún joven abonado lo cambiaría entonces por el más suntuoso teatro de París, por el más aristocrático de Londres.


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2 págs. / 3 minutos / 101 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

Una Querella

Juana Manuela Gorriti


Cuento


Era una noche de enero, calurosa y sin estrellas. El cielo estaba cargado de sofocantes vapores, y ni la más tenue ráfaga de brisa venía a refrescar la atmósfera, abrasada por el sol de un largo día.

En las sombras revueltas del camino que conduce de la Magdalena a la portada de Juan Simón, corría un jinete montado en un brioso caballo negro.

El noble corcel parecía comprender la impaciencia de su dueño, y devoraba el espacio en fogoso galope. Sin embargo, a estar dotado de reflexión, habríale asombrado el encontrarse corriendo a esa hora, él, habituado a reposar hasta el mediar de la noche en una fresca pesebrera, cercada de rosales, tapizada de sabrosa yerba, y acariciado por una blanca manita, en cuya palma comía bizcochos exquisitos.

¿Por qué aquella noche le había faltado todo eso? ¿Por qué había cólera en el movimiento de la brida que lo conducía? Y lo que era peor aun, ¿por qué inusitados golpes de acicate, venían de vez en cuando a lastimar sus lucientes ijares?

Todo esto habría podido explicar la expresión pintada en el semblante del nocturno caballero, su frente, ora cubierta de mortal palidez, ora encendida con el rubor de la indignación; su sonrisa, que él habría querido tornar irónica y que era solo dolorosa.

El valiente potro, siempre, aguijoneado por la inmerecida espuela, cruzó como una exhalación las calles de Lima, flanqueó la plazoleta del teatro, espléndidamente iluminada para una función de beneficio, y entró en una de las más bellas casas de Valladolid.

Al echar pie a tierra, su amo, que lo cuidaba con el anhelo cariñoso de un árabe, apartose de él con despego abandonándolo en manos de un criado, sin darle siquiera una mirada; y taciturno, sombrío, atravesó el patio y se dirigió al principal.


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15 págs. / 27 minutos / 94 visitas.

Publicado el 3 de enero de 2021 por Edu Robsy.

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