Textos más vistos de Katherine Mansfield publicados por Edu Robsy | pág. 4

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autor: Katherine Mansfield editor: Edu Robsy


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Esta Flor

Katherine Mansfield


Cuento


Ya le conté a usted, mi querido y necio señor,
cómo de aquella ortiga peligrosa recogimos esta flor de seguridad.
 

¡Cuánto había esperado aquel momento! Lo que ahora sentía no tenía ningún punto de contacto con nada de lo que había sentido anteriormente: era algo único, maravilloso. Algo así como una perla perfecta puesta junto a otra de notoria imperfección... ¿Cómo podría ella describir su felicidad? Imposible. Era como un sueño del que aún no había despertado del todo. Había tenido valor para luchar contra los acontecimientos y ahora, de repente, se daba cuenta de que su lucha había terminado. Y no era sólo esto, sino que ahora sabía que aquella lucha le iba a producir unos frutos inmediatos, que había alcanzado la meta que se había fijado hacía mucho tiempo. Sentía que formaba parte de aquella habitación, de «su» habitación, del gran ramo de anémonas que la adornaba, de la blanca cortina que se agitaba a impulsos de la ligera brisa, de los espejos, de las mullidas alfombras. Que formaba parte del glorioso tañido de campanas que era la vida, que ella misma era una partícula de la vida, de la luz...

El doctor volvió a entrar. Su pequeña figura resultaba ridícula con el estetoscopio colgado al cuello —ella le había pedido que examinara su corazón—, frotándose una contra otra sus manos recién lavadas...

Había cumplido eficientemente con lo que Roy le había pedido. Ni siquiera había sido doloroso. No podían permitirse el tener un hijo. Roy había obtenido, no sabía cómo, las señas de aquel sospechoso doctorcillo.


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3 págs. / 5 minutos / 116 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Felicidad

Katherine Mansfield


Cuento


A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada.

¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?

“No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir—pensó mientras subía corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón—. Y no lo expresa porque…”

—¡Gracias, Mary! —Entró en el vestíbulo—. ¿Ha vuelto la niñera?

—Sí, señora.

—¿Han traído la fruta?

—Sí, señora; ya está aquí.

—Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré antes de vestirme.

El comedor estaba ya en penumbra y en él se sentía algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó el abrigo: no podía soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó sus brazos.


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16 págs. / 29 minutos / 123 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Abandonada o la Mujer Solitaria

Katherine Mansfield


Cuento


Durante todo el día, el calor fue terrible. El viento soplaba a ras del suelo, rastreando entre las matas de hierba y deslizándose todo a lo largo del camino, de modo que el polvo blanquecino y volcánico, agitado en remolinos, nos fustigaba el rostro, depositándose en él, endureciéndose y formando una especie de piel reseca que pugnaba por extenderse a todo el cuerpo. Los caballos avanzaban penosamente tosiendo y resoplando. El que llevaba la impedimenta estaba enfermo; tenía una llaga enorme y sangrante bajo el vientre, producida por el roce de la cincha, y de vez en cuando se quedaba parado en seco, volvía la cabeza para mirarnos, como si fuera a quejarse, y relinchaba. El cielo era pizarroso y en él chirriaban cientos de alondras, de modo que me recordaban el chirriar del pizarrín al escribir en la pizarra. No se alcanzaba a ver otra cosa que oleadas y oleadas de herbazal, salpicado por orquídeas purpúreas y matas de manuka, recubiertas de espesas telarañas.

Jo cabalgaba en cabeza. Llevaba una camisa de galatea azul, pantalón de pana y botas de montar. Se había anudado alrededor del cuello un pañuelo blanco moteado de rojo, que daba la impresión de haber servido para enjugar una hemorragia nasal. De su flexible de fieltro con anchas alas se escapaban mechones de cabello cano, y su bigote y cejas podía decirse que eran blancos. Iba ladeado en la silla y rezongando. Ni una sola vez había cantado en todo el día su estribillo:


No podía. Pues, ¿qué?, ¿no comprendes?,
estaba mi suegra delante de mí.
 


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13 págs. / 23 minutos / 103 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Casa que No Era

Katherine Mansfield


Cuento


«Dos al revés, dos al derecho, el-hilo-por-delante-de-la-aguja y coger dos puntos a un tiempo.» Como una vieja canción, como una canción que hubiera repetido tantas veces, que no tuviera sino que exhalar la voz para cantarla, iba musitando las rutinas del ganchillo. Otra camiseta casi terminada para el paquete de las misiones.

—Sus camisetas, señora Bean, son algo que tiene tan buena acogida. Mire a estos pobrecillos bichejos sin un trapo —y la esposa del pastor le había mostrado la foto de unas repulsivas cosillas negras con vientres abultados como limones...

«Dos al revés, dos al derecho.» Dejó caer el tejido en el regazo, dio un gran suspiro y se quedó mirando ante sí un momento. Luego volvió a cogerlo y empezó de nuevo. ¿En qué pensaba cuando suspiraba así? En nada. Era su costumbre. Siempre estaba suspirando. Cuando iba por la escalera, sobre todo. Ya bajara o subiera, solía detenerse, y, alzándose el vestido con una mano, la otra en el barandal, se quedaba mirando los escalones y suspiraba.

«Elhilopordelantedelaaguja...» Se sentó junto a la ventana del comedor que daba a la calle. Era un desagradable día de otoño. El viento corría por la calle como un perro flaco. Las casas de enfrente parecían haber sido recortadas con unas malvadas tijeras de acero, y pegadas sobre el papel gris del cielo. No se veía un alma.


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4 págs. / 7 minutos / 91 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Doncella y la Señora

Katherine Mansfield


Cuento


Las once. Llaman a la puerta.

… Espero no haberla molestado, señora. No estaría dormida, ¿verdad? Es que acabo de llevarle el té a la señora, y había sobrado una tacita tan rica que he pensado que quizá…

… No, en absoluto, señora. La taza de té siempre es lo último de todo. Se la toma en cama, después de las oraciones, para entrar en calor. Pongo la pavera al fuego en cuanto se arrodilla y siempre le advierto: «Tú no hace falta que te des mucha prisa en decir tus oraciones». Pero el agua siempre rompe a hervir antes de que la señora haya llegado a la mitad de sus rezos. Verá usted, señora, como que conocemos a tanta gente y hay que rezar por todos, por todos, la señora tiene un librito rojo en el que anota la lista de los nombres por los que tiene que rezar. ¡Dios mío!, cuando viene alguien de visita y luego la señora me dice: «Ellen, dame el librito rojo», me pongo furiosa, lo juro. «Otro más», pienso, «que va a tenerla al pie de la cama haga el tiempo que haga». Y no quiere un cojín ni nada, señora; se arrodilla sobre la dura alfombra. Me da unos escalofríos tremendos verla así, sobre todo conociéndola como la conozco. Algunas veces he intentado hacerle trampa, tendiendo el edredón en el suelo. Pero la primera vez que lo hice, ¡uy!, me miró de un modo…, una mirada de santa, señora, de santa. «¿Acaso Nuestro Señor se arrodilló en un edredón, Ellen», me dijo. Pero yo, que entonces era más joven, me sentí inclinada a responder: «No, señora, pero Nuestro Señor no tenía la edad de usted, y no sabía lo que era tener un lumbago como el suyo, señora». Respondona, ¿eh? Pero ella es demasiado buena, señora. Ahora mismo cuando la he arreglado y la he visto…, acostada, con las manos fuera y la cabeza sobre la almohada, tan hermosa, no he podido evitar pensar: «¡Ahora está igualita que su querida madre cuando la amortajé!»


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7 págs. / 12 minutos / 150 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Lección de Canto

Katherine Mansfield


Cuento


Desesperada, con una desesperación gélida e hiriente que se clavaba en el corazón como una navaja traidora, la señorita Meadows, con toga y birrete y portando una pequeña batuta, avanzó rápidamente por los fríos pasillos que conducían a la sala de música. Niñas de todas las edades, sonrosadas a causa del aire fresco, y alborotadas con la alegre excitación que produce llegar corriendo a la escuela una espléndida mañana de otoño, pasaban corriendo, precipitadas, empujándose; desde el fondo de las aulas llegaba el ávido resonar de las voces; sonó una campana, una voz que parecía la de un pajarillo llamó: «Muriel». Y luego se oyó un tremendo golpe en la escalera, seguido de un clong, clong, clong. Alguien había dejado caer las pesas de gimnasia.

La profesora de ciencias interceptó a la señorita Meadows.

—Buenos días —exclamó con su pronunciación afectada y dulzona—. ¡Qué frío!, ¿verdad? Parece que estamos en invierno.

Pero la señorita Meadows, herida como estaba por aquel puñal traicionero, contempló con odio a la profesora de ciencias. Todo en aquella mujer era almibarado, pálido, meloso. No le hubiera sorprendido lo más mínimo ver a una abeja prendida en la maraña de su pelo rubio.

—Hace un frío que pela —respondió la señorita Meadows, taciturna.

La otra le dirigió una de sus sonrisas dulzonas.

—Pues tú parece que estás helada —dijo. Sus ojos azules se abrieron enormemente, y en ellos apareció un destello burlón. (¿Se habría dado cuenta de algo?)

—No, no tanto —respondió la señorita Meadows, dirigiendo a la profesora de ciencias, en réplica a su sonrisa, una rápida mueca, y prosiguiendo su camino…


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7 págs. / 13 minutos / 94 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Señorita Brill

Katherine Mansfield


Cuento


Aunque hacía un tiempo maravilloso el azul del firmamento estaba salpicado de oro y grandes focos de luz como uvas blancas bañaban los Jardins Publiques. La señorita Brill se alegró de haber cogido las pieles. El aire permanecía inmóvil, pero cuando una abría la boca se notaba una ligera brisa helada, como el frío que nos llega de un vaso de agua helada antes de sorber, y de vez en cuando caía revoloteando una hoja —no se sabía de dónde, tal vez del cielo—. La señorita Brill levantó la mano y acarició la piel. ¡Qué suave maravilla! Era agradable volver a sentir su tacto. La había sacado de la caja aquella misma tarde, le había quitado las bolas de naftalina, la había cepillado bien y había devuelto la vida a los pálidos ojitos, frotándolos. ¡Ah, qué agradable era volverlos a ver espiándola desde el edredón rojo…! Pero el hociquito, hecho de una especie de pasta negra, no se conservaba demasiado bien. No acababa de ver cómo, pero debía haber recibido algún golpe. No importaba, con un poquito de lacre negro cuando llegase el momento, cuando fuese absolutamente necesario… ¡Ah, picarón! Sí, eso era lo que en verdad sentía. Un zorrito picarón que se mordía la cola junto a su oreja izquierda. Hubiera sido capaz de quitárselo, colocarlo sobre su falda y acariciarlo. Sentía un hormigueo en los brazos y las manos, aunque supuso que debía ser de caminar. Y cuando respiraba algo leve y triste —no, no era exactamente triste— algo delicado parecía moverse en su pecho.


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6 págs. / 12 minutos / 77 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Las Hijas del Coronel Difunto

Katherine Mansfield


Cuento


I

La semana siguiente fue una de las más atareadas de su vida. Incluso cuando se acostaban, lo único que permanecía tendido y descansaba eran sus cuerpos; porque sus mentes continuaban pensando, buscando soluciones, hablando de las cosas, interrogándose, decidiendo, intentando recordar dónde…

Constantia permanecía yerta como una estatua, con las manos estiradas junto al cuerpo, los pies apenas cruzados y la sábana hasta la barbilla. Miraba al techo.

—¿Crees que a papá le molestaría si diésemos su sombrero de copa al portero?

—¿Al portero? —saltó Josephine—. ¿Y por qué tenemos que dárselo al portero? ¡A veces tienes cada idea…!

—Porque seguramente —replicó lentamente Constantia— debe tener que ir bastante a menudo a entierros. Y en…, en el cementerio vi que llevaba un sombrero hongo. —Hizo una pausa—. Entonces se me ocurrió que estaría muy agradecido si pudiese tener un sombrero de copa. Además tendríamos que hacerle algún regalo. Siempre se portó muy bien con papá.

—¡Por favor! —sollozó Josephine, incorporándose en la almohada y mirando hacia Constantia a través de la oscuridad—. ¡Piensa en la cabeza que tenía papá!

E, inesperadamente, durante un horrendo segundo, estuvo a punto de echarse a reír. Aunque, por supuesto, no tenía las menores ganas de reír. Debió haber sido la costumbre. En otros tiempos, cuando se pasaban la noche despiertas charlando, sus camas no cesaban de crujir bajo sus risas. Y ahora, al imaginarse la cabeza del portero tragada, como por ensalmo, por el sombrero de copa de su padre, como una vela apagada de un soplido… Las ganas de reír aumentaban, le subían por el pecho; apretó con fuerza las manos; luchó por vencerla; frunció severamente el ceño en la oscuridad y se dijo con voz terriblemente adusta: «Recuerda».

—Podemos decidirlo mañana —añadió, dirigiéndose a su hermana.


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24 págs. / 43 minutos / 312 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Los Vestidos Nuevos

Katherine Mansfield


Cuento


Sentadas ante la mesa del comedor, la señora Carsfield y su madre daban los últimos toques a los vestidos de casimir verde que las dos señoritas Carsfield estrenarían al día siguiente, para ir a la iglesia, con el complemento de unos cinturones verde manzana y sendos sombreros de paja con cintas colgantes. La señora Carsfield había puesto toda el alma en ellos y como aquella noche Henry volvería tarde, porque había ido a una reunión de la Liga Política, su madre y ella podían disponer a sus anchas del comedor y, como decían, tenerlo todo revuelto sin molestar a nadie. El tapete rojo había sido retirado de la mesa, y en ella habían instalado la máquina de coser, su regalo de bodas, un cesto de costura obscuro, el género y algunas revistas de modas con hojas arrancadas. La señora Carsfield hacía que la máquina fuera despacio, para que el hilo verde no se rompiera; conservaba la vaga esperanza de hacerlo durar más, si lo empleaba poco a poco. Y la anciana, sentada en una mecedora, la falda recogida y los pies abrigados con zapatillas de fieltro, posados sobre un cojín, iba anudando los hilos rotos de la máquina y cosía una tira de encaje en los puños y cuello de un vestido. Cuando la llama del gas oscilaba y disminuía, la anciana levantaba la vista para mirar al mechero.

—Debe de haber agua en la tubería, Anne —dijo. Y tras breve pausa insistió de nuevo—: Anne, tiene que haber agua en la tubería.

Otro silencio seguido de una verdadera explosión de energía.

—Sí, eso es, estoy segura.

Anne, ante la máquina, frunció el ceño. «Me ataca los nervios —pensó—, esa manía de repetir tanto las cosas. Y siempre cuando no hay posibilidad humana de evitarlo. Sin duda es cosa de la edad, pero resulta molestísimo.» Luego en voz alta:


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15 págs. / 26 minutos / 55 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Seis Peniques

Katherine Mansfield


Cuento


Los niños son seres incomprensibles. ¿Por qué un chiquillo como Dicky, de ordinario más bueno que el pan, sensible, cariñoso, dócil y extraordinariamente sensato para su edad, tenía aquellas rarezas, y, sin que nada pudiera hacerlo prever, súbitamente, se convertía, como decían sus hermanas, en un «perro rabioso», y entonces no había nada que hacer con él?

—¡Dicky, ven aquí! ¡Venga usted aquí ahora mismo! ¿No estás oyendo que te llama tu madre? ¡Dicky!

Pero Dicky no hacía caso. Y había oído de sobra. Mas su única respuesta era una risita clara, tintineante. Salía corriendo a esconderse entre el heno sin segar del prado, atravesaba luego a todo correr el cobertizo de la leña, pasaba como un torbellino hacia la huerta, y allí, escabullándose, asomaba la cabeza tras los musgosos troncos de los manzanos para mirar a su madre, y se ponía a dar saltos como un indio bravo.

Había empezado a la hora del té. Mientras su madre y la señora Spears, que había ido a pasar la tarde con ella, estaban en la sala tranquilamente ocupadas con sus labores, he aquí lo que, según la criada, ocurrió cuando los niños tomaban el té. Estaban comiendo las primeras rebanadas de pan con mantequilla tan modositos y tan tranquilos que daba gusto verlos, y ella acababa de servirles la leche y el agua, cuando, de repente, Dicky cogió la fuente del pan, se la puso del revés sobre la cabeza, y, apoderándose también del cuchillo, gritó:

—¡Miradme!

Sus hermanas le miraron muy asustadas y antes de que la criada pudiera cogerlo, el plato se tambaleó, y, resbalando, fue a parar al suelo, donde se hizo añicos. Y en aquel crítico instante se alzaron las voces de las niñas, gritando a más no poder:

—¡Madre, ven a ver lo que ha hecho!

—¡Dicky ha roto un plato muy grande!

—¡Ven a sujetarlo!


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7 págs. / 12 minutos / 117 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

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