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autor: Katherine Mansfield etiqueta: Cuento textos no disponibles


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La Mujer del Almacén

Katherine Mansfield


Cuento


Durante todo el día hizo un calor terrible. El suelo levantaba un viento cálido, que silbaba entre los montecillos de hierba y se arrastraba por todo el camino, empujando. El blanco polvo calcáreo se elevaba en remolinos, impulsado por el viento, envolviéndonos la cara y posándose sobre nuestros cuerpos como otra piel reseca e irritante. Los caballos iban con paso lento, resoplando. El que llevaba la carga estaba enfermo, con una gran llaga abierta que hería su vientre. De vez en cuando se detenía en seco, giraba la cabeza para mirarnos, como a punto de llorar, ¿relinchando? Cientos de alondras gemían en el aire. El cielo se había teñido de un color brilloso y los gemidos de las alondras me parecieron los que hacía la tiza al escribir en un pizarrón. Se veía sólo una extensión de manojos de hierba, una fila tras otra de montones de hierba, con alguna flor púrpura perdida o zarzas secas cubiertas de telarañas densas.

Jo cabalgaba adelante. Llevaba una camisa azul de tela gruesa, pantalones de pana y botas altas de montar. Un pañuelo blanco con lunares rojos —parecía que acababa de limpiarse la sangre de las narices— le rodeaba el cuello. Bajo las alas anchas de su sombrero se veían mechones de cabellos blancos; sus cejas y el bigote estaban cubiertos de polvo. Jo cabalgaba balanceándose muy suelto sobre la silla y se quejaba de tanto en tanto. Ni una sola vez en el día, cantó aquello que decía:

“No me interesa, porque verás, tengo a mi suegra siempre delante”.


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16 págs. / 28 minutos / 69 visitas.

Publicado el 22 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

Un Viaje Indiscreto

Katherine Mansfield


Cuento


1

Se parecía a santa Ana. Sí, con aquel manto negro sobre la cabeza, los mechones grises colgándole y el quinqué humeante en la mano, mi portera parecía la imagen de santa Ana. Cosa realmente hermosísima, pensé sonriéndole. Pero ella dijo con severidad:

—Son las seis en punto. Sólo tiene el tiempo justo. Hay un tazón de leche sobre la mesa escritorio.

Salí de mi pijama para zambullirme en un lebrillo de agua fría como lo hace toda dama británica en las novelas francesas. La portera abrió las contraventanas persuadida de que iría a parar a la celda de una cárcel o moriría a punta de bayoneta, y, al hacerlo, penetró una fría claridad. En el río pitaba un vaporcillo; un carro tirado por dos caballos pasó a todo galope; los rápidos remolinos de las aguas; los altos árboles negros de la otra orilla, agrupados como negros conversando. «Siniestro, sin duda», pensé, mientras me abotonaba mi secular impermeable Burberry. (Aquel Burberry tenía mucha importancia. No era mío. Me lo había prestado una amiga. Mis ojos se encandilaron al verlo colgado en su diminuto y obscuro vestíbulo. Era lo que yo necesitaba. El disfraz perfecto y apropiado; un viejo Burberry. Con un Burberry usado se ha hecho frente a más de un león. Damas envueltas en Burberrys usados han sido salvadas de botes que hacían agua en mares agitados como montañas. Un Burberry usado se me antojaba el santo y seña de todo viajero que se respetara y fuera sin disputa tenido por tal. Y, así diciendo, dejé en su lugar mi abrigo púrpura con piel de foca auténtica en el cuello y las bocamangas.)

—No conseguirá llegar allí —decía mí portera al ver que me subía el cuello—. No, nunca.


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18 págs. / 32 minutos / 60 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Una Aventura Verídica

Katherine Mansfield


Cuento


«Ante la ávida mirada del viajero, la pequeña ciudad se extiende como un tapiz de tonos marchitos surcado por los hilos de plata de los canales y animado por las notas del carillón del Gran Campanario. En Brujas la vida se ha detenido hace tiempo y sólo ensueños fantásticos alientan sobre sus torres y portaladas medievales, que nos encantan la vista, inspiran el alma y colman la mente con la majestuosa belleza de lo contemplativo.»

Leí este párrafo de la guía mientras esperaba a Madame en el salón del hotel. Aquello resultaba extremadamente confortador y sentí que mi corazón, cohibido bajo las grises envolturas de mil y una ciudades, despertaba exultante.

Me pregunté si tendría ropa suficiente para quedarme cuando menos un mes. «Soñar durante todo el día —pensaba—. Tomar una barca y dejarla ir flotando de aquí para allá por los canales o amarrarla a un verde arbusto de los que crecen en matorral por las orillas, contemplar absorta las fachadas de las mansiones medievales, y luego, al toque de oración, hallarse tendida sobre el crecido césped de la pradera de Béguinage mirando los altos olmos cuyo follaje tocado por el oro crepuscular temblará en el aire azul. De la diminuta capilla llegarían los ecos de rezos monjiles y una quedaría saturada de poesía para todo el invierno.»

Me remontaba majestuosamente en las flamantes alas de mi fantasía, cuando Madame entró a decirme que no disponía de habitación para mí. Ni una cama ni un solo rincón estaban libres. Se mostró muy amable, y parecía encontrar en aquello algún secreto motivo de regocijo, pues me miraba como si esperase que fuera yo a echarme a reír de contento.

—Mañana —dijo— creo que habrá. Espero que se vaya del once un joven que se ha sentido indispuesto repentinamente. Ahora está en la farmacia. ¿Quiere tomarse la molestia de ver su habitación?


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7 págs. / 13 minutos / 42 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Viaje

Katherine Mansfield


Cuento


El barco de Picton salía a las once y media. Hacía una noche muy hermosa, templada, estrellada, y sólo cuando se apearon del taxi y empezaron a bajar por el muelle viejo que se adentraba en el puerto, una débil brisa que soplaba del mar jugueteó con el sombrero de Fenella, y tuvo que sostenerlo con la mano para que no le volase. En el muelle viejo todo estaba oscuro, muy oscuro; los cobertizos de la lana, los carromatos para el transporte del ganado, las grúas que se erguían muy alto, la locomotora bajita y rechoncha, todo parecía tallado en la solidez de la oscuridad. Acá y acullá un hato redondo de madera parecía el tallo de una enorme seta negra; más lejos una linterna, amedrentada de lanzar su luz tímida y zozobrante por toda aquella oscuridad, quemaba apaciblemente, como si sólo se diese luz a sí misma.

El padre de Fenella les llevaba con pasos rápidos y nerviosos. Tras él, su abuela se afanaba bajo el crujiente capote negro; iban tan aprisa que de vez en cuando tenía que dar unos saltitos absolutamente ridículos para seguirles el paso. Además del equipaje atado como una salchicha, Fenella también llevaba, cogido con fuerza, el paraguas de la abuela, cuya empuñadura, que era una cabeza de cisne, le iba dando unos agudos golpecitos en el hombro, como si también quisiera que se apresurase… Hombres con gorras caladas hasta las cejas y el cuello de los chaquetones vuelto hacia arriba pasaban con paso vacilante; unas pocas mujeres muy tapadas se escabullían presurosas; y un niñito muy pequeño, que sólo mostraba las piernecitas y los bracitos negros saliendo de una manta blanca de lana, mientras iba pasando violentamente de los brazos de su padre a los de su madre; parecía una mosca diminuta caída en la nata.


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10 págs. / 19 minutos / 961 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Las Hijas del Coronel Difunto

Katherine Mansfield


Cuento


I

La semana siguiente fue una de las más atareadas de su vida. Incluso cuando se acostaban, lo único que permanecía tendido y descansaba eran sus cuerpos; porque sus mentes continuaban pensando, buscando soluciones, hablando de las cosas, interrogándose, decidiendo, intentando recordar dónde…

Constantia permanecía yerta como una estatua, con las manos estiradas junto al cuerpo, los pies apenas cruzados y la sábana hasta la barbilla. Miraba al techo.

—¿Crees que a papá le molestaría si diésemos su sombrero de copa al portero?

—¿Al portero? —saltó Josephine—. ¿Y por qué tenemos que dárselo al portero? ¡A veces tienes cada idea…!

—Porque seguramente —replicó lentamente Constantia— debe tener que ir bastante a menudo a entierros. Y en…, en el cementerio vi que llevaba un sombrero hongo. —Hizo una pausa—. Entonces se me ocurrió que estaría muy agradecido si pudiese tener un sombrero de copa. Además tendríamos que hacerle algún regalo. Siempre se portó muy bien con papá.

—¡Por favor! —sollozó Josephine, incorporándose en la almohada y mirando hacia Constantia a través de la oscuridad—. ¡Piensa en la cabeza que tenía papá!

E, inesperadamente, durante un horrendo segundo, estuvo a punto de echarse a reír. Aunque, por supuesto, no tenía las menores ganas de reír. Debió haber sido la costumbre. En otros tiempos, cuando se pasaban la noche despiertas charlando, sus camas no cesaban de crujir bajo sus risas. Y ahora, al imaginarse la cabeza del portero tragada, como por ensalmo, por el sombrero de copa de su padre, como una vela apagada de un soplido… Las ganas de reír aumentaban, le subían por el pecho; apretó con fuerza las manos; luchó por vencerla; frunció severamente el ceño en la oscuridad y se dijo con voz terriblemente adusta: «Recuerda».

—Podemos decidirlo mañana —añadió, dirigiéndose a su hermana.


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24 págs. / 43 minutos / 312 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

En la Bahía

Katherine Mansfield


Cuento


I

Por la mañana, muy temprano. Aún no había salido el sol y toda la bahía de Crescent estaba oculta bajo la neblina blancuzca del mar. Las colinas cubiertas de maleza, en la parte de atrás, quedaban difuminadas. No se podía ver dónde terminaban y dónde empezaban los campos y los bungalows. La arenosa carretera había desaparecido y con ella los campos y bungalows del otro lado; a sus espaldas no se veían las blancas dunas cubiertas de matojos rojizos; no había nada que sirviese para distinguir lo que era la playa y dónde empezaba el mar. Había caído un fuerte rocío. La hierba era azulada. Gruesas gotas colgaban de la maleza, sin acabar de caer: el toi-toi, esponjoso y plateado, colgaba fláccido de sus largos tallos, y las caléndulas y claveles de los jardines de los bungalows se doblaban hacia el suelo rezumando humedad. Las frías fuscias estaban empapadas, y redondas perlas de rocío moteaban las llanas hojas de los berros, Parecía como si el mar hubiera subido pacíficamente durante la noche, como si una inmensa ola hubiera roto avanzando, avanzando… ¿hasta dónde? Tal vez si alguien se hubiese despertado en plena noche hubiera podido atisbar un gran pez coleteando junto a la ventana y volviendo a desaparecer…

¡Ah, aaah!, susurraba el adormecido océano. Y desde los matojos llegaba el rumor de pequeños arroyuelos que discurrían veloces, ligeros, culebreando entre los pulidos guijarros, borboteando en las charcas de los helechos y volviendo a manar; y se oían las grandes gotas salpicando entre las hojas anchas, y algo más —¿qué era?—, un débil temblor y una sacudida, el golpe de una ramita y luego un silencio tan profundo que parecía que alguien estuviese escuchando.


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45 págs. / 1 hora, 20 minutos / 184 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Una Familia Ideal

Katherine Mansfield


Cuento


Aquella tarde, por primera vez en su vida, al apretar los batientes de la puerta y descender los tres peldaños que llevaban a la acera, el anciano señor Neave sintió que era demasiado viejo para la primavera. La primavera —cálida, vivaracha, inquieta— había llegado y le esperaba en aquella luz dorada, dispuesta a correr delante de todo el mundo, a acariciarle la blanca barba, a tirarle amablemente del brazo. Pero él no podía seguirla, no; ya no podía alcanzarla y salir corriendo con ella, ágil como un jovenzuelo. Estaba cansado y, aunque todavía lucían los últimos rayos del sol, sentía frío y tenía una curiosa sensación de atontamiento. De pronto había descubierto que ya no tenía energía, ánimos suficientes para continuar soportando aquella alegría y aquel brillante movimiento; todo aquello le confundía. Quería permanecer quieto, apartarlo todo con su bastón, exclamar: «¡Anda, lárgate!» Inesperadamente le costaba un esfuerzo enorme tener que saludar como cada día —levantando levemente el sombrero de fieltro con el bastón— a toda la gente que conocía, amigos, conocidos, tenderos, carteros, cocheros. Pero la mirada alegre que acompañaba aquel gesto, aquella amable chispita que parecía decir: «Valgo tanto como cualquiera de vosotros, si no más», aquella mirada, el viejo señor Neave, va no podía lograrla. Continuó avanzando torpemente, levantando las rodillas como si estuviese caminando por una atmósfera que de algún modo misterioso se hubiese ido espesando y solidificando, como convirtiéndose en agua. La gente que regresaba a sus casas cruzó apresuradamente junto a él, los tranvías tintinearon, traquetearon las carretas, y los grandes coches de alquiler se deslizaban por las calles con la indiferencia desafiante y temeraria que encontramos en los sueños…


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8 págs. / 15 minutos / 178 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Veneno

Katherine Mansfield


Cuento


Se había retrasado mucho el cartero. Cuando volvimos de nuestro paseo de la mañana aún no había llegado.

—Pas encore, Madame —dijo Annette con voz cantarína, y escapó corriendo al fogón.

Llevamos nuestros paquetes al comedor. La mesa estaba puesta. Al ver los dos cubiertos sólo dos, y sin embargo tan bien dispuestos, tan perfectos que no había posibilidad de que cupiera un tercero, experimenté, igual que siempre, un extraño y fugaz escalofrío, como si hubiera sido herido por los rayos argentados que se desprendían de los blancos manteles, de la cristalería centelleante, del obscuro tazón de las fresas.

—¡Dichoso cartero! ¿Qué le habrá ocurrido? —dijo Beatrice—. Pon eso allí, querido.

—¿Dónde quieres que lo ponga?

Alzó la cabeza para sonreírme con aquella amable y burlona sonrisa.

—Donde quieras, tontín.

Pero yo sabía de sobra que allí no había sitio para aquello y hubiera seguido sosteniendo en vilo la panzuda botella de licor y los dulces durante meses, durante años antes que correr el riesgo de contrariar, aunque sólo fuera ligeramente, su exquisito sentido del orden.

—Vamos, trae —y los plantó sobre la mesa, juntamente con sus largos guantes y la canastilla de los higos—. «La mesa para la comida», novela corta por, por... —me cogió del brazo—. Vamos a la terraza —y al decirlo noté que se estremecía—. Ca sent la cuisine —concluyó con voz desmayada.

En los últimos días, había observado —hacía un par de meses que vivíamos en la Costa Azul— que cuando quería hablar de la comida, del clima o, en tono retozón, de su amor hacia mí, siempre recurría al francés.


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7 págs. / 12 minutos / 159 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

El Canario

Katherine Mansfield


Cuento


¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo, y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

…No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es sólo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar, se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final. Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la varanda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.


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4 págs. / 8 minutos / 155 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Doncella y la Señora

Katherine Mansfield


Cuento


Las once. Llaman a la puerta.

… Espero no haberla molestado, señora. No estaría dormida, ¿verdad? Es que acabo de llevarle el té a la señora, y había sobrado una tacita tan rica que he pensado que quizá…

… No, en absoluto, señora. La taza de té siempre es lo último de todo. Se la toma en cama, después de las oraciones, para entrar en calor. Pongo la pavera al fuego en cuanto se arrodilla y siempre le advierto: «Tú no hace falta que te des mucha prisa en decir tus oraciones». Pero el agua siempre rompe a hervir antes de que la señora haya llegado a la mitad de sus rezos. Verá usted, señora, como que conocemos a tanta gente y hay que rezar por todos, por todos, la señora tiene un librito rojo en el que anota la lista de los nombres por los que tiene que rezar. ¡Dios mío!, cuando viene alguien de visita y luego la señora me dice: «Ellen, dame el librito rojo», me pongo furiosa, lo juro. «Otro más», pienso, «que va a tenerla al pie de la cama haga el tiempo que haga». Y no quiere un cojín ni nada, señora; se arrodilla sobre la dura alfombra. Me da unos escalofríos tremendos verla así, sobre todo conociéndola como la conozco. Algunas veces he intentado hacerle trampa, tendiendo el edredón en el suelo. Pero la primera vez que lo hice, ¡uy!, me miró de un modo…, una mirada de santa, señora, de santa. «¿Acaso Nuestro Señor se arrodilló en un edredón, Ellen», me dijo. Pero yo, que entonces era más joven, me sentí inclinada a responder: «No, señora, pero Nuestro Señor no tenía la edad de usted, y no sabía lo que era tener un lumbago como el suyo, señora». Respondona, ¿eh? Pero ella es demasiado buena, señora. Ahora mismo cuando la he arreglado y la he visto…, acostada, con las manos fuera y la cabeza sobre la almohada, tan hermosa, no he podido evitar pensar: «¡Ahora está igualita que su querida madre cuando la amortajé!»


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Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

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