Textos más populares esta semana de Katherine Mansfield publicados el 9 de noviembre de 2017 que contienen 'u' | pág. 3

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autor: Katherine Mansfield fecha: 09-11-2017 contiene: 'u'


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Violet

Katherine Mansfield


Cuento


«Hallé una virginal criatura
Que plañía tristemente...»
 

Hay un refrán inglés, muy untuoso y exasperante, según el cual «no hay nube que no esté por dentro revestida de plata». ¿Qué consuelo puede encontrar quien, empapándose hasta las cejas en las nubes, medite sobre su revestimiento interno, y qué ingrato marchamo de tarjeta postal ilustrada viene esto a estampar sobre la tragedia de cada cual, al convertirla en una cursilería de a medio penique, con una luna en el ángulo izquierdo, pretenciosa como una monedita de plata? Y sin embargo, como la mayoría de las cosas exasperantes y untuosas, el proverbio encierra una gran verdad. El revestimiento, se me mostró al despertar tras de mi primera noche en la pensión Séguin, cuando vi por encima del almohadón de plumas una estancia tan resplandeciente de sol, como si todos los rubicundos querubes del cielo se hubiesen puesto a volcar sobre la tierra amarillentas florecillas. «Qué fantasía más encantadora —me dije—. Cuánto más bonita que el proverbio. Viene a ser como un día de campo con Katherine Tynan.»

Y, como en un cuadro, me vi a su lado, cogiendo de manos de una mujer coloradota con un inmenso y abultado mandilón, sendos vasos de leche, mientras discutíamos sobre las rotundas verdades de los refranes frente a las falacias de los juguetones querubes. Pero en este caso hipotético yo me pondría de parte de los proverbios.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Gorra Nueva

Katherine Mansfield


Teatro


Marido y mujer sentados para almorzar. Él lee tranquilamente el periódico mientras come. Pero ella está extraordinariamente nerviosa; viste traje de viaje y hace como si comiera.

Ella: Y si necesitas las camisas de franela, las tienes en el armario de la ropa blanca, en la balda de abajo a mano derecha.

Él (asistiendo en aquel momento a una junta de la Compañía Exportadora de Carnes): No.

Ella: Ni te has enterado de lo que he dicho. Decía que si necesitases camisas de franela, están en el armario de la ropa blanca, a mano derecha, en la balda de abajo.

Él (categórico): Enteramente de acuerdo.

Ella: ¿No es ya demasiado eso de que hasta el día en que voy a irme, no puedas dejar cinco minutos el periódico?

Él (amablemente): Mi querida esposa, yo no quiero que te vayas. Hasta te he suplicado que no te vayas. ¿Qué puedo hacer, por vida mía, si...?

Ella: Sabes muy bien que cuando voy es porque tengo que ir. He ido dejándolo y dejándolo, y el dentista me dijo la última vez que...

Él: Bueno, bueno. No volvamos a empezar de nuevo. Ya lo hemos discutido bien a fondo, ¿no es así?

La criada: Señora, ahí está el coche.

Ella: Haga el favor de poner en él mi equipaje.

La criada: Muy bien, señora.

(Ella da un terrible suspiro.)

Él: No te queda mucho tiempo si quieres coger ese tren.

Ella: Ya lo sé. Me voy. (Cambiando de tono.) Querido, no nos separemos así. Me hace sentirme tan desgraciada. No parece sino que encontrases un verdadero placer en amargarme siempre mis diversiones.

Él: No creía que ir a casa del dentista fuese cosa muy divertida.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Los Vestidos Nuevos

Katherine Mansfield


Cuento


Sentadas ante la mesa del comedor, la señora Carsfield y su madre daban los últimos toques a los vestidos de casimir verde que las dos señoritas Carsfield estrenarían al día siguiente, para ir a la iglesia, con el complemento de unos cinturones verde manzana y sendos sombreros de paja con cintas colgantes. La señora Carsfield había puesto toda el alma en ellos y como aquella noche Henry volvería tarde, porque había ido a una reunión de la Liga Política, su madre y ella podían disponer a sus anchas del comedor y, como decían, tenerlo todo revuelto sin molestar a nadie. El tapete rojo había sido retirado de la mesa, y en ella habían instalado la máquina de coser, su regalo de bodas, un cesto de costura obscuro, el género y algunas revistas de modas con hojas arrancadas. La señora Carsfield hacía que la máquina fuera despacio, para que el hilo verde no se rompiera; conservaba la vaga esperanza de hacerlo durar más, si lo empleaba poco a poco. Y la anciana, sentada en una mecedora, la falda recogida y los pies abrigados con zapatillas de fieltro, posados sobre un cojín, iba anudando los hilos rotos de la máquina y cosía una tira de encaje en los puños y cuello de un vestido. Cuando la llama del gas oscilaba y disminuía, la anciana levantaba la vista para mirar al mechero.

—Debe de haber agua en la tubería, Anne —dijo. Y tras breve pausa insistió de nuevo—: Anne, tiene que haber agua en la tubería.

Otro silencio seguido de una verdadera explosión de energía.

—Sí, eso es, estoy segura.

Anne, ante la máquina, frunció el ceño. «Me ataca los nervios —pensó—, esa manía de repetir tanto las cosas. Y siempre cuando no hay posibilidad humana de evitarlo. Sin duda es cosa de la edad, pero resulta molestísimo.» Luego en voz alta:


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Estampas Primaverales

Katherine Mansfield


Cuento


1

Llueve. Grandes gotas que salpican blandamente las manos y las mejillas. Goterones cálidos como estrellas derretidas. «¡Rosas! ¡Lirios! ¡Violetas!», grazna la vieja bruja en el arroyo. Pero los manojos de lirios, entre verdores escarolados, se asemejan a coliflores mustias, y de ellos se desprende un olor desagradable y enfermizo. Va y viene arrastrando el rechinante carretillo. Nadie quiere comprar aquello. Es necesario andar por en medio de la calle; no hay sitio en las aceras. Todas las tiendas están de bote en bote. Todas exhiben volantes andrajosos, encajes manchados, cintajos sucios; algo con que atraerle a uno. Han instalado fuera mesas con cañones de juguete, soldados y Zeppelines, o marcos para fotografías completados con bellezas que miran de soslayo. Hay enormes montones de amarillentos sombreros de paja, formando en pirámides de confitería, y ristras de botas de color y de zapatos, tan pequeños, que no le sirven a nadie. Hay una tienda repleta de saldos de pequeños impermeables, con un letrero —«Bebé»— en medio de ellos. Los azules para las niñas, los rosas para los chicos.

—¡Lirios, rosas, bonitas violetas! —gorjeaba la vieja bruja en el momento de tropezar con otro carretillo.

Pero éste no se mueve. Está abarrotado de lechugas, y su propietaria, una vieja gorda, duerme profundamente, tirada en él, todo a lo largo, con la nariz en las raíces de las hortalizas.

¿Quién va a comprar aquí nada? Las vendedoras son mujeres. Están sentadas en sus banquillos de tijera, pensativas, con la mirada perdida. De vez en cuando una de ellas se levanta, coge un plumero, como una antorcha humeante, y sacude esto o aquello. Luego vuelve a sentarse. Hasta el viejo con gafas color naranja, que tiene un balón por barriga y está dando vueltas al soporte de las postales cómicas, lo hace girar y girar sin decidirse.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Pensión Seguin

Katherine Mansfield


Cuento


La criada que abrió era hermana gemela de aquella eficiente y odiosa criatura que en «La Mejor Pintura Francesa» llevaba una sopera. Su cara redonda brillaba como porcelana recién lavada. Tenía también un par de brazos enormes y desnudos y la abigarrada mata de pelo peinada formando una especie de lazo. Balbucí ridículamente, como el que se ha quedado sin aliento. Cualquiera hubiese creído que tenía a mis espaldas una manada de lobos siberianos, y no cinco pisos de escaleras francesas primorosamente enceradas.

—¿Tiene habitación?

La criada lo ignoraba. Tendría que preguntarlo a Madame. Pero Madame estaba comiendo.

—¿Quiere hacer el favor de pasar?

La seguí hasta la sala, cruzando un obscuro vestíbulo donde montaba la guardia una gran estufa negra, que parecía un gato sin cabeza con un ojo rojizo y omnividente en medio del estómago.

—Haga el favor de sentarse —dijo la muchacha, cerrando la puerta tras ella.

Oí como arrastraba sus zapatillas de orillo por el corredor adelante, y el ruido de una puerta al abrirse, seguido de un gritito prontamente sofocado. Después silencio.

La sala era estrecha y larga. El piso, dado de cera amarilla, estaba sembrado de alfombrillas blancas de ganchillo. Cortinas de muselina blanca ocultaban las ventanas, y las paredes, blancas también, estaban decoradas con pinturas de pálidas damiselas dirigiéndose por avenidas de cipreses hacia templos en ruinas y lunas alzándose sobre océanos sin límites. Una hubiera pensado que los largos años de virginidad de Madame habían estado dedicados a confeccionar blancas alfombrillas y su vocecita había aprendido los números contando los puntos del crochet.


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Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

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