Textos más vistos de Katherine Mansfield | pág. 4

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autor: Katherine Mansfield


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Estampas Primaverales

Katherine Mansfield


Cuento


1

Llueve. Grandes gotas que salpican blandamente las manos y las mejillas. Goterones cálidos como estrellas derretidas. «¡Rosas! ¡Lirios! ¡Violetas!», grazna la vieja bruja en el arroyo. Pero los manojos de lirios, entre verdores escarolados, se asemejan a coliflores mustias, y de ellos se desprende un olor desagradable y enfermizo. Va y viene arrastrando el rechinante carretillo. Nadie quiere comprar aquello. Es necesario andar por en medio de la calle; no hay sitio en las aceras. Todas las tiendas están de bote en bote. Todas exhiben volantes andrajosos, encajes manchados, cintajos sucios; algo con que atraerle a uno. Han instalado fuera mesas con cañones de juguete, soldados y Zeppelines, o marcos para fotografías completados con bellezas que miran de soslayo. Hay enormes montones de amarillentos sombreros de paja, formando en pirámides de confitería, y ristras de botas de color y de zapatos, tan pequeños, que no le sirven a nadie. Hay una tienda repleta de saldos de pequeños impermeables, con un letrero —«Bebé»— en medio de ellos. Los azules para las niñas, los rosas para los chicos.

—¡Lirios, rosas, bonitas violetas! —gorjeaba la vieja bruja en el momento de tropezar con otro carretillo.

Pero éste no se mueve. Está abarrotado de lechugas, y su propietaria, una vieja gorda, duerme profundamente, tirada en él, todo a lo largo, con la nariz en las raíces de las hortalizas.

¿Quién va a comprar aquí nada? Las vendedoras son mujeres. Están sentadas en sus banquillos de tijera, pensativas, con la mirada perdida. De vez en cuando una de ellas se levanta, coge un plumero, como una antorcha humeante, y sacude esto o aquello. Luego vuelve a sentarse. Hasta el viejo con gafas color naranja, que tiene un balón por barriga y está dando vueltas al soporte de las postales cómicas, lo hace girar y girar sin decidirse.


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3 págs. / 6 minutos / 56 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Felicidad

Katherine Mansfield


Cuento


A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada.

¿Qué puede hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?

¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?

“No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir—pensó mientras subía corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón—. Y no lo expresa porque…”

—¡Gracias, Mary! —Entró en el vestíbulo—. ¿Ha vuelto la niñera?

—Sí, señora.

—¿Han traído la fruta?

—Sí, señora; ya está aquí.

—Haga el favor de llevarla al comedor; la arreglaré antes de vestirme.

El comedor estaba ya en penumbra y en él se sentía algo de frío; pero, a pesar de ello, Berta se quitó el abrigo: no podía soportarlo abrochado ni un momento más. El aire frío bañó sus brazos.


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16 págs. / 29 minutos / 123 visitas.

Publicado el 21 de octubre de 2016 por Edu Robsy.

La Abandonada o la Mujer Solitaria

Katherine Mansfield


Cuento


Durante todo el día, el calor fue terrible. El viento soplaba a ras del suelo, rastreando entre las matas de hierba y deslizándose todo a lo largo del camino, de modo que el polvo blanquecino y volcánico, agitado en remolinos, nos fustigaba el rostro, depositándose en él, endureciéndose y formando una especie de piel reseca que pugnaba por extenderse a todo el cuerpo. Los caballos avanzaban penosamente tosiendo y resoplando. El que llevaba la impedimenta estaba enfermo; tenía una llaga enorme y sangrante bajo el vientre, producida por el roce de la cincha, y de vez en cuando se quedaba parado en seco, volvía la cabeza para mirarnos, como si fuera a quejarse, y relinchaba. El cielo era pizarroso y en él chirriaban cientos de alondras, de modo que me recordaban el chirriar del pizarrín al escribir en la pizarra. No se alcanzaba a ver otra cosa que oleadas y oleadas de herbazal, salpicado por orquídeas purpúreas y matas de manuka, recubiertas de espesas telarañas.

Jo cabalgaba en cabeza. Llevaba una camisa de galatea azul, pantalón de pana y botas de montar. Se había anudado alrededor del cuello un pañuelo blanco moteado de rojo, que daba la impresión de haber servido para enjugar una hemorragia nasal. De su flexible de fieltro con anchas alas se escapaban mechones de cabello cano, y su bigote y cejas podía decirse que eran blancos. Iba ladeado en la silla y rezongando. Ni una sola vez había cantado en todo el día su estribillo:


No podía. Pues, ¿qué?, ¿no comprendes?,
estaba mi suegra delante de mí.
 


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13 págs. / 23 minutos / 103 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Casa que No Era

Katherine Mansfield


Cuento


«Dos al revés, dos al derecho, el-hilo-por-delante-de-la-aguja y coger dos puntos a un tiempo.» Como una vieja canción, como una canción que hubiera repetido tantas veces, que no tuviera sino que exhalar la voz para cantarla, iba musitando las rutinas del ganchillo. Otra camiseta casi terminada para el paquete de las misiones.

—Sus camisetas, señora Bean, son algo que tiene tan buena acogida. Mire a estos pobrecillos bichejos sin un trapo —y la esposa del pastor le había mostrado la foto de unas repulsivas cosillas negras con vientres abultados como limones...

«Dos al revés, dos al derecho.» Dejó caer el tejido en el regazo, dio un gran suspiro y se quedó mirando ante sí un momento. Luego volvió a cogerlo y empezó de nuevo. ¿En qué pensaba cuando suspiraba así? En nada. Era su costumbre. Siempre estaba suspirando. Cuando iba por la escalera, sobre todo. Ya bajara o subiera, solía detenerse, y, alzándose el vestido con una mano, la otra en el barandal, se quedaba mirando los escalones y suspiraba.

«Elhilopordelantedelaaguja...» Se sentó junto a la ventana del comedor que daba a la calle. Era un desagradable día de otoño. El viento corría por la calle como un perro flaco. Las casas de enfrente parecían haber sido recortadas con unas malvadas tijeras de acero, y pegadas sobre el papel gris del cielo. No se veía un alma.


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4 págs. / 7 minutos / 91 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Doncella y la Señora

Katherine Mansfield


Cuento


Las once. Llaman a la puerta.

… Espero no haberla molestado, señora. No estaría dormida, ¿verdad? Es que acabo de llevarle el té a la señora, y había sobrado una tacita tan rica que he pensado que quizá…

… No, en absoluto, señora. La taza de té siempre es lo último de todo. Se la toma en cama, después de las oraciones, para entrar en calor. Pongo la pavera al fuego en cuanto se arrodilla y siempre le advierto: «Tú no hace falta que te des mucha prisa en decir tus oraciones». Pero el agua siempre rompe a hervir antes de que la señora haya llegado a la mitad de sus rezos. Verá usted, señora, como que conocemos a tanta gente y hay que rezar por todos, por todos, la señora tiene un librito rojo en el que anota la lista de los nombres por los que tiene que rezar. ¡Dios mío!, cuando viene alguien de visita y luego la señora me dice: «Ellen, dame el librito rojo», me pongo furiosa, lo juro. «Otro más», pienso, «que va a tenerla al pie de la cama haga el tiempo que haga». Y no quiere un cojín ni nada, señora; se arrodilla sobre la dura alfombra. Me da unos escalofríos tremendos verla así, sobre todo conociéndola como la conozco. Algunas veces he intentado hacerle trampa, tendiendo el edredón en el suelo. Pero la primera vez que lo hice, ¡uy!, me miró de un modo…, una mirada de santa, señora, de santa. «¿Acaso Nuestro Señor se arrodilló en un edredón, Ellen», me dijo. Pero yo, que entonces era más joven, me sentí inclinada a responder: «No, señora, pero Nuestro Señor no tenía la edad de usted, y no sabía lo que era tener un lumbago como el suyo, señora». Respondona, ¿eh? Pero ella es demasiado buena, señora. Ahora mismo cuando la he arreglado y la he visto…, acostada, con las manos fuera y la cabeza sobre la almohada, tan hermosa, no he podido evitar pensar: «¡Ahora está igualita que su querida madre cuando la amortajé!»


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7 págs. / 12 minutos / 150 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Gorra Nueva

Katherine Mansfield


Teatro


Marido y mujer sentados para almorzar. Él lee tranquilamente el periódico mientras come. Pero ella está extraordinariamente nerviosa; viste traje de viaje y hace como si comiera.

Ella: Y si necesitas las camisas de franela, las tienes en el armario de la ropa blanca, en la balda de abajo a mano derecha.

Él (asistiendo en aquel momento a una junta de la Compañía Exportadora de Carnes): No.

Ella: Ni te has enterado de lo que he dicho. Decía que si necesitases camisas de franela, están en el armario de la ropa blanca, a mano derecha, en la balda de abajo.

Él (categórico): Enteramente de acuerdo.

Ella: ¿No es ya demasiado eso de que hasta el día en que voy a irme, no puedas dejar cinco minutos el periódico?

Él (amablemente): Mi querida esposa, yo no quiero que te vayas. Hasta te he suplicado que no te vayas. ¿Qué puedo hacer, por vida mía, si...?

Ella: Sabes muy bien que cuando voy es porque tengo que ir. He ido dejándolo y dejándolo, y el dentista me dijo la última vez que...

Él: Bueno, bueno. No volvamos a empezar de nuevo. Ya lo hemos discutido bien a fondo, ¿no es así?

La criada: Señora, ahí está el coche.

Ella: Haga el favor de poner en él mi equipaje.

La criada: Muy bien, señora.

(Ella da un terrible suspiro.)

Él: No te queda mucho tiempo si quieres coger ese tren.

Ella: Ya lo sé. Me voy. (Cambiando de tono.) Querido, no nos separemos así. Me hace sentirme tan desgraciada. No parece sino que encontrases un verdadero placer en amargarme siempre mis diversiones.

Él: No creía que ir a casa del dentista fuese cosa muy divertida.


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6 págs. / 11 minutos / 62 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

La Niña

Katherine Mansfield


Cuento


Era un ser aterrador, y cuya presencia quería eludir. Cada mañana, antes de irse a sus negocios, entraba en el cuarto de la niña para darle el beso de ritual, beso al que ella correspondía con un «adiós, papá». Y qué sensación de alivio cuando oía el ruido del coche que se alejaba e iba haciéndose más y más débil.

Por las noches, cuando esperaba su regreso asomada al barandal, oía abajo, en el vestíbulo, su voz retumbante:

—Que me lleven el té al salón de fumar. ¿Todavía no han traído el periódico? ¿Se lo han vuelto a llevar a la cocina? Mamá, ve a ver si anda por ahí el periódico. Y tráeme las zapatillas.

Mamá entonces la llamaba a ella:

—Kezia, sé buena y baja a quitarle las botas a papá.

Y ella bajaba despacito las escaleras, asiéndose muy fuerte con una mano al barandal, cruzaba el vestíbulo, más despacio todavía, y empujaba la puerta del salón de fumar.

Él tenía ya las gafas puestas y la miraba por encima de ellas de un modo que la asustaba.

—Vamos, Kezia, date prisa. Quítame las botas y llévatelas fuera. ¿Has sido buena hoy?

—N... no sé, papá.

—¿Tú n... no lo sabes? Si sigues tartamudeando de ese modo tendrá que llevarte mamá a ver al médico.

Con los demás nunca tartamudeaba; casi había dejado de tartamudear. Sólo con papá; porque se esforzaba demasiado en pronunciar bien las palabras.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué miras tan asustada? Mamá, quisiera que enseñaras a esta criatura a no poner esa cara. Cualquiera diría que estaba a punto de suicidarse. Vamos, Kezia, llévate mi taza de té y ponía en la mesa. ¡Con cuidado! Te tiemblan las manos como a una viejecita. Y procura guardar el pañuelo en el bolsillo, no en la manga.

—S... sí, papá.


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5 págs. / 8 minutos / 110 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Las Hijas del Coronel Difunto

Katherine Mansfield


Cuento


I

La semana siguiente fue una de las más atareadas de su vida. Incluso cuando se acostaban, lo único que permanecía tendido y descansaba eran sus cuerpos; porque sus mentes continuaban pensando, buscando soluciones, hablando de las cosas, interrogándose, decidiendo, intentando recordar dónde…

Constantia permanecía yerta como una estatua, con las manos estiradas junto al cuerpo, los pies apenas cruzados y la sábana hasta la barbilla. Miraba al techo.

—¿Crees que a papá le molestaría si diésemos su sombrero de copa al portero?

—¿Al portero? —saltó Josephine—. ¿Y por qué tenemos que dárselo al portero? ¡A veces tienes cada idea…!

—Porque seguramente —replicó lentamente Constantia— debe tener que ir bastante a menudo a entierros. Y en…, en el cementerio vi que llevaba un sombrero hongo. —Hizo una pausa—. Entonces se me ocurrió que estaría muy agradecido si pudiese tener un sombrero de copa. Además tendríamos que hacerle algún regalo. Siempre se portó muy bien con papá.

—¡Por favor! —sollozó Josephine, incorporándose en la almohada y mirando hacia Constantia a través de la oscuridad—. ¡Piensa en la cabeza que tenía papá!

E, inesperadamente, durante un horrendo segundo, estuvo a punto de echarse a reír. Aunque, por supuesto, no tenía las menores ganas de reír. Debió haber sido la costumbre. En otros tiempos, cuando se pasaban la noche despiertas charlando, sus camas no cesaban de crujir bajo sus risas. Y ahora, al imaginarse la cabeza del portero tragada, como por ensalmo, por el sombrero de copa de su padre, como una vela apagada de un soplido… Las ganas de reír aumentaban, le subían por el pecho; apretó con fuerza las manos; luchó por vencerla; frunció severamente el ceño en la oscuridad y se dijo con voz terriblemente adusta: «Recuerda».

—Podemos decidirlo mañana —añadió, dirigiéndose a su hermana.


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24 págs. / 43 minutos / 312 visitas.

Publicado el 8 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Los Vestidos Nuevos

Katherine Mansfield


Cuento


Sentadas ante la mesa del comedor, la señora Carsfield y su madre daban los últimos toques a los vestidos de casimir verde que las dos señoritas Carsfield estrenarían al día siguiente, para ir a la iglesia, con el complemento de unos cinturones verde manzana y sendos sombreros de paja con cintas colgantes. La señora Carsfield había puesto toda el alma en ellos y como aquella noche Henry volvería tarde, porque había ido a una reunión de la Liga Política, su madre y ella podían disponer a sus anchas del comedor y, como decían, tenerlo todo revuelto sin molestar a nadie. El tapete rojo había sido retirado de la mesa, y en ella habían instalado la máquina de coser, su regalo de bodas, un cesto de costura obscuro, el género y algunas revistas de modas con hojas arrancadas. La señora Carsfield hacía que la máquina fuera despacio, para que el hilo verde no se rompiera; conservaba la vaga esperanza de hacerlo durar más, si lo empleaba poco a poco. Y la anciana, sentada en una mecedora, la falda recogida y los pies abrigados con zapatillas de fieltro, posados sobre un cojín, iba anudando los hilos rotos de la máquina y cosía una tira de encaje en los puños y cuello de un vestido. Cuando la llama del gas oscilaba y disminuía, la anciana levantaba la vista para mirar al mechero.

—Debe de haber agua en la tubería, Anne —dijo. Y tras breve pausa insistió de nuevo—: Anne, tiene que haber agua en la tubería.

Otro silencio seguido de una verdadera explosión de energía.

—Sí, eso es, estoy segura.

Anne, ante la máquina, frunció el ceño. «Me ataca los nervios —pensó—, esa manía de repetir tanto las cosas. Y siempre cuando no hay posibilidad humana de evitarlo. Sin duda es cosa de la edad, pero resulta molestísimo.» Luego en voz alta:


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15 págs. / 26 minutos / 55 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

Millie

Katherine Mansfield


Cuento


Permaneció reclinada contra la veranda hasta que se perdieron de vista. Cuando habían andado un buen trozo de camino, Willie Cox se volvió en el caballo para hacerle señas con la mano. Pero ella no respondió del mismo modo; sólo movió un poco la cabeza e hizo un gesto. Aunque no era mal muchacho, lo encontraba demasiado desenvuelto y campechano. Pero, ¡vaya con el calor que hacía! Como para derretirle a una los sesos.

Millie se puso el pañuelo sobre la cabeza y miró, haciéndose sombra con la mano. A lo lejos, en el camino polvoriento, podía ver los caballos como puntitos negros bailoteando arriba y abajo. Y cuando dejaba de mirarlos y volvía la vista las praderas agostadas, aún los veía saltar como mosquitos delante de sus mismos ojos. Eran las dos y media de la tarde. El sol pendía del cielo pálidamente azul como un espejo ustorio, y allá, tras de las praderas, las montañas azuladas parecían agitarse y encresparse como el mar. »


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7 págs. / 12 minutos / 123 visitas.

Publicado el 9 de noviembre de 2017 por Edu Robsy.

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