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autor: Leónidas Andréiev etiqueta: Cuento textos disponibles


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Así Fue...

Leónidas Andréiev


Cuento


I

En la plaza se alzaba una enorme torre negra con gruesos muros de fortaleza y raras ventanas. Había sido construida por caballeros-bandidos; pero el tiempo habíales hecho desaparecer, y a la sazón servía, en parte de prisión para criminales peligrosos, y en parte, de vivienda. En el transcurso de los siglos se habían ido añadiendo a la torre nuevos edificios, que se apoyaban contra el grueso muro ó unos contra otros. Y poco a poco, la torre se había convertido en una pequeña ciudad, asentada sobre una roca, con todo un bosque regular de chimeneas, de torrecillas y de tejados.

Cuando la parte oeste del cielo se iluminaba con los rayos del sol poniente, y brillaban luces en las ventanas, ora arriba, ora abajo, la enorme masa de la torre adquiría contornos fantásticos; dijérase que a sus plantas no se extendía un suelo ordinario, sino el mar, el océano infinito. En tales momentos se pensaba, involuntariamente, en las edades remotas, hacía tanto tiempo muertas y olvidadas.

En lo alto de la torre había un viejo reloj de enorme tamaño, visible de muy lejos. Su mecanismo complicado ocupaba un piso entero. Le cuidaba un buen anciano tuerto, lo cual le permitía mejor mirar con la lupa. Como sólo tenía un ojo, habíase hecho relojero, y, antes de que se le confiase el gran reloj, había arreglado no pocos pequeños. Junto al enorme reloj se hallaba muy a gusto y visitaba con frecuencia, de día y de noche, la habitación donde giraban las ruedas de la máquina y cortaba el aire, con amplio y acompasado balanceo, el péndulo.

Al llegar al punto más alto, el péndulo decía:

—Así fué.

Luego caía, subía de nuevo, pero en sentido opuesto, y añadía:

—Así será. Así fué, así será. Así fué, así será.


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Dominio público
32 págs. / 56 minutos / 71 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

La Marsellesa

Leónidas Andréiev


Cuento


Era tímido como una liebre y paciente como una bestia de carga.

Cuando el Destino lo lanzó a nuestras negras filas, nos reímos como locos: la equivocación era verdaderamente cómica. El, naturalmente, no se reía. Lloraba. No he visto en mi vida un hombre tan provisto de lágrimas: le fluían de los ojos, de las narices, de la boca. Parecía una esponja empapada de agua. He conocido en nuestras filas hombres lacrimosos; pero sus lágrimas eran como el fuego, que ahuyenta a las fieras. Esas lágrimas viriles avejentan el rostro y rejuvenecen los ojos: semejantes a la lava de un volcán, dejan imborrables huellas y sepultan ciudades enteras de deseos mezquinos y de preocupaciones vanas. No así las de aquel hombre, cuyo llanto lo único que hacía era enrojecer su naricilla y mojar su pañuelo. Yo creo que luego lo ponía a secar en una cuerda; pues, si no, hubiera necesitado tres o cuatro docenas.

Visitaba casi diariamente a todas las autoridades, grandes y chicas, de la ciudad donde estábamos deportados, se prosternaba ante ellas, juraba que era inocente, suplicaba que se apiadasen de su juventud,prometía no despegar los labios en lo que le restaba de vida para nada que ni por asomo pudiera parecer subversivo. Las autoridades se burlaban de él como nosotros, y le llamaban Marranillo:

—¡Eh, Marranillo!—le gritaban.

El acudía, dócil, creyendo que iban a notificarle su indulto; pero le acogían siempre con una carcajada burlona. Aunque sabían, como nosotros, que era inocente, le trataban a la baqueta, a fin de inspiramos temor a los demás marranillos, que, en verdad, no necesitábamos ver pelar las barbas del vecino para echar a remojar las nuestras.

El pobre, huyendo de la soledad, iba a menudo a vernos; pero le poníamos cara de pocos amigos. Y cuando, tratando de romper el hielo, nos llamaba «queridos compañeros», le decíamos:

—¡Cuidado, que pueden oírte!


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Dominio público
2 págs. / 4 minutos / 113 visitas.

Publicado el 22 de abril de 2020 por Edu Robsy.

Juventud

Leónidas Andréiev


Cuento


El alumno de último año Chariguin le había dado una bofetada a su compañero Avramov. En la creencia de que le asistía un perfecto derecho para hacer aquello, estaba contento y hasta orgulloso.

Avramov, que había recibido la bofetada, estaba desesperado; pero suavizaba su desesperación el pensamiento de que había, como muchos otros, padecido por la causa de la verdad.

He aquí cómo ocurrió el incidente. A la entrada del aula estaba colgado, dentro de un marco negro, el horario de las clases. Aunque estaba allí desde que empezó el curso, no se fijaba nadie en él. Pero la víspera del incidente, el bedel conocido por el sobrenombre de Arenque observó que el horario había desaparecido. Se trataba seguramente de una travesura infantil.

Y los alumnos serios que tenían ya bigote y opiniones políticas acogieron la noticia con una sonrisa indulgente, como acostumbraban a acoger las toninadas de su compañero Okunkov, que atravesaba el aula cabeza abajo, sosteniéndose sobre las manos. Aunque se consideraban hombres graves, ninguno de ellos estaba seguro de que no sentiría momentos después la necesidad imperiosa de repetir el truco gimnástico.

El bedel Arenque estaba muy inquieto por la desaparición del horario, y, viéndole así, los alumnos reían y se burlaban de él bondadosamente. El horario desaparecido fué substituído por otro, que al día siguiente desapareció también. La cosa empezaba a ser enojosa. Cuando Arenque, lleno de cólera, señaló con ademán trágico al marco vacío, los estudiantes lo tomaron ya más en serio y le dijeron que el horario, según todas las probabilidades, debía de haber sido robado por los granujillas de primer año.


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Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 58 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

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