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autor: Leónidas Andréiev etiqueta: Cuento textos disponibles


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Sobremortal

Leónidas Andréiev


Cuento


I

El día del vuelo comenzó bajo los mejores presagios: un rayo de sol naciente que acababa de penetrar en la obscura alcoba conyugal y un sueño matutino extraordinario, luminoso, lleno de alusiones misteriosas y alegres, un sueño conmovedor.

Yury Mijailovich Puchkarev era un piloto aviador experimentado: en año y medio había volado veintiocho veces (el número de años que llevaba en el mundo) y estaba aún vivo y no se había quedado, como tantos otros, manco o cojo. El sabía mejor que nadie, mejor que su misma mujer, cuán menguada era aquella experiencia y cuán engañadora aquella calma que, después de cada descenso feliz a la tierra, parecía borrar de la memoria las desgracias de otros aviadores y llenaba al público de una tranquilidad, por lo excesiva, un poco cruel. Pero era un hombre valeroso y no quería, pensando en eso, debilitar su voluntad, ni quitarle a la vida—breve de suyo—su sentido. «Puedo caer y matarme—decíase—. Demasiado lo sé. Pero ¿qué voy a hacerle...? Quizá se invente antes algo que evite las caídas. Entonces podréllegar a viejo, como cualquier otro mortal. No hay que preocuparse.»

La noche anterior, después de cenar, había dado, con su mujer, un paseo dulce y poético por las calles apartadas—obscuras y verdes—de la pequeña ciudad donde vivían hacía algún tiempo. A cosa de las once y media se había acostado, y se había dormido en seguida. Había oído, entre sueños, entrar, desnudarse y acostarse a su mujer. Un rato después le había parecido que algo como un pájaro inmenso aleteaba sobre la casa, llenaba la estancia de un ruido monótono y diríase que la ensanchaba. Sin despertarse del todo, había comprendido que era una tempestad. Pesadas gotas de lluvia tamborileaban en el tejado. Al amanecer, cuando los gorriones empezaban a cantar tras los cristales, había tenido aquel sueño, que ya había sido dos veces para él un augurio feliz.


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Dominio público
17 págs. / 30 minutos / 97 visitas.

Publicado el 22 de abril de 2020 por Edu Robsy.

El Regalo

Leónidas Andréiev


Cuento


I

—¡Vuelve!—suplicó por tercera vez Senista.

Y por tercera vez, Sazonka se apresuró a responder:

—¡Claro que volveré! No tengas cuidado. Ya te he dicho que volveré.

Y callaron de nuevo.

Senista estaba acostado boca arriba, cubierta hasta la barbilla por una sábana gris de hospital, y no apartaba los ojos de Sazonka. Deseaba que su visitante permaneciese allí todo el tiempo posible, que no se marchase. Imploraban los ojos la promesa de no dejarle abandonado a la soledad, al dolor y al miedo.

Sazonka se aburría y quería marcharse; pero no sabía cómo hacerlo sin ofender al muchacho enfermo. Tan pronto empezaba a levantarse de la silla con la intención firme de irse, como se sentaba de nuevo decididamente, cual si lo hiciese para toda la vida. Seguiría aún un rato, si tuviera de qué hablar; pero no sabía qué decirle al enfermo, todos sus pensamientos eran tan estúpidos que le avergonzaban. Se le ocurría, por ejemplo, llamar a Senista Semeño Erofeevith, como a un personaje, lo que sería cómico y tonto; pues Senista no era sino un aprendiz, mientras que Sazonka era el ayudante del maestro, bebía artísticamente "vodka" y si le llamaban Sazonka era por una añeja costumbre, que el tiempo había consagrado. Se consideraba punto menos que jefe del taller, y no hacía quince días que le había dado a Senista la última bofetada. Aquello estuvo mal, pero no era cosa tampoco de ponerse a hablar de ello.

Sazonka empezó, resueltamente, a levantarse de la silla con intención de irse; pero, sin haber acabado de separar las posaderas del asiento, volvió sobre su acuerdo, tomó de nuevo una postura reposada y dijo, con un tono mitad de reproche, mitad de consuelo:

—¡Qué diversión! ¿Te duele?

Senista hizo un signo afirmativo con la cabeza, y dijo suavemente:

—Bueno, tienes que irte ya; si no te reñirán.


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Dominio público
9 págs. / 16 minutos / 92 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

Así Fue...

Leónidas Andréiev


Cuento


I

En la plaza se alzaba una enorme torre negra con gruesos muros de fortaleza y raras ventanas. Había sido construida por caballeros-bandidos; pero el tiempo habíales hecho desaparecer, y a la sazón servía, en parte de prisión para criminales peligrosos, y en parte, de vivienda. En el transcurso de los siglos se habían ido añadiendo a la torre nuevos edificios, que se apoyaban contra el grueso muro ó unos contra otros. Y poco a poco, la torre se había convertido en una pequeña ciudad, asentada sobre una roca, con todo un bosque regular de chimeneas, de torrecillas y de tejados.

Cuando la parte oeste del cielo se iluminaba con los rayos del sol poniente, y brillaban luces en las ventanas, ora arriba, ora abajo, la enorme masa de la torre adquiría contornos fantásticos; dijérase que a sus plantas no se extendía un suelo ordinario, sino el mar, el océano infinito. En tales momentos se pensaba, involuntariamente, en las edades remotas, hacía tanto tiempo muertas y olvidadas.

En lo alto de la torre había un viejo reloj de enorme tamaño, visible de muy lejos. Su mecanismo complicado ocupaba un piso entero. Le cuidaba un buen anciano tuerto, lo cual le permitía mejor mirar con la lupa. Como sólo tenía un ojo, habíase hecho relojero, y, antes de que se le confiase el gran reloj, había arreglado no pocos pequeños. Junto al enorme reloj se hallaba muy a gusto y visitaba con frecuencia, de día y de noche, la habitación donde giraban las ruedas de la máquina y cortaba el aire, con amplio y acompasado balanceo, el péndulo.

Al llegar al punto más alto, el péndulo decía:

—Así fué.

Luego caía, subía de nuevo, pero en sentido opuesto, y añadía:

—Así será. Así fué, así será. Así fué, así será.


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Dominio público
32 págs. / 56 minutos / 71 visitas.

Publicado el 20 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.

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