El señor obispo de la diócesis, por razones muy dignas de respeto,
prohibió, hace algunos años, que el clero rural anduviera por prados y
callejas, costas y montañas, luciendo el levitón de anchos faldones y el
sombrero de copa alta, demasiado alta muchas veces. Hoy todos los curas de
mi verde Erín, de mi católica y pintoresca Asturias, usan traje talar,
sombrero de teja, de alas sueltas y cortas; y, a fuerza de humildad y con
prodigios de obediencia, consiguen montar a caballo con sotana o
balandrán, sin hacer la triste figura y sortear las espinas de los setos,
sin dejar entre las zarzas jirones del paño negro.
Pero en los tiempos a que me refiero, no lejanos, el cura de la aldea
ordinariamente parecía un caballero particular vestido de luto, con
alzacuello de seda o de abalorios menudos y con levita y chistera, de
remotísima moda las más veces.
El diputado Morales, cacique desde Madrid de una gran porción del
territorio del Norte, lo menos, del que abarca dos o tres arciprestazgos,
pasa los veranos en su magnífica posesión de la Matiella, en lo más alto
de una colina cercana al mar. Desde el palacio, que así lo llaman los
aldeanos, de los Morales se ve el cabo de Peñas, que avanza sobre el
Cantábrico con gallardía escultórica; y del otro lado, al Oriente, se
domina la costa accidentada, verde y alegre, hasta el cabo del Olivo. Y
por la parte de tierra asisten los pasmados ojos, por un momento, a la
sesión permanente que, en augusto conclave, celebran, por siglos de
siglos, los gigantes de Asturias, de las Asturias de piedra: el Sueve, los
Picos de Europa, el Aramo..., y tantas otras moles venerables que el buen
hijo de esta patria llega a conocer y amar como a sacras imágenes de un
augusto misterioso abolengo geológico... De barro somos, y no es mucho
pensar con respeto y cariño en la tierra, abuela...
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