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El Cura de Vericueto

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento


Primera parte

I

»como nunca da nada… de barato,
»dicen que tiene gato
»de viejas peluconas bien repleto… »

Así empezaba el pequeño poema burlesco, parodia campoamoriana, que estaba escribiendo mi amiguito Higadillos, paisano de Campoamor, estudiante de medicina y colaborador de tres o cuatro periódicos con momos y sin religión positiva.

Higadillos era un badulaque, por supuesto, que se creía un sabio positivo y positivista a los veinte años, porque había leído a Spencer traducido, y leía el Gil Blas, periódico de parís, y la Revue des Revues; además había estado en París una temporada, y con esto y no pagar a la patrona, aunque se hundiera el mundo, se consideraba más esprit fort que un roble, y de vuelta, como decía él, de todas las neurosis místicas y evangelizantes, de que se reía con delicia. Le parecía a él que después de tantas diabluras como se discurrían para buscar nuevos idealismos, después de las misas sacrílegas y otras barbaridades por el estilo, el género nuevo más original, más oportuno, era… volver simplemente, decía, al kulturkampf, al volterianismo y al realismo pornográfico y escéptico. ¡Guerra al clero! Esta era la sencilla novedad que se la ocurría.

¡Yo soy un primitivo! gritaba, dando a ese adjetivo un sarcástico sentido, con que, por antífrasis además, significaba todo lo contrario de lo que querían decir los pintores al llamar primitivos a los cristianos artistas del misticismo italiano de la Edad Media. Era un primitivo porque suponía la sencillez, la sinceridad y la naturalidad en el sensualismo y en la impiedad, en la ligereza filosófica del siglo XVIII.


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Dominio público
41 págs. / 1 hora, 13 minutos / 103 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Cuesta Abajo

Leopoldo Alas "Clarín"


Novela corta


Día 7 de enero de 18...

A las cinco de la tarde Ambrosio Carabín, portero segundo o tercero (no lo sé bien) de esta ilustre escuela literaria, cerraba la gran puerta verde de la fachada oriental, y, después de meterse la llave en el bolsillo, se quedaba contemplando al propietario de la cátedra de Literatura general y española, que bajaba, bien envuelto en su gabán ceniciento, por la calle de Santa Catalina. Carabín, es casi seguro, pensaba a su manera: —¡Y que este insignificante, que ni toga tiene, me obligue a mí, con mis treinta años de servicios, a estar de plantón toda la tarde porque a él se le antoje tener clase a tales horas en vez de madrugar como hacen otros que valen cien veces más, según lo tienen acreditado!

Si el propietario de la cátedra de Literatura general y española hubiera oído este discurso probable de Carabín, se hubiera vuelto a contestarle:

—Amigo Ambrosio, reconozco la justicia de tus quejas; pero si yo madrugara ¡qué sería de mí! Déjame la soledad de mis mañanas en mi lecho si quieres que siga tolerando la vida. Me has llamado insignificante. Ya sé que lo soy. ¿Ves este gabán? Pues así, del mismo color, soy todo yo por dentro: ceniza, gris. Soy un filósofo, Carabín. Tú no sabes lo que es esto: yo tampoco lo sabía hace algún tiempo cuando estudiaba filosofía y no sabía de qué color era yo. Pues sí: soy un filósofo y casi casi un naufragio de poeta (no te rías)... y por eso no puedo, no debo madrugar. En cuanto a que mi cátedra te estorba, te molesta, lo admito: me lo explico. También me estorba, también me molesta a mí. Intriga con el Gobierno para que me paguen sin poner cátedra, y habrás hecho un beneficio al país, a ti mismo y al propietario de esta asignatura, que ni tú, ni yo, ni los estudiantes sabemos para qué sirve.


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Dominio público
58 págs. / 1 hora, 41 minutos / 195 visitas.

Publicado el 8 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Los Señores de Casabierta

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento


¡Pero estos señores de Casabierta no tienen vida privada!

Así se explica lo que le sucedió con ellos á don Eufrasio Paleólogo, presidente del Casino de Villapidiendo, gran lector de periódicos y elector nato del señor de Casabierta, candidato nato también á la Diputación de Villapidiendo.

Pues señor, vino á Madrid Paleólogo á unos asuntos del común, ó del procomún, como él cree que se dice; y claro, en seguida, es decir, en cuanto se dejó dar lustre á las botas en la Puerta del Sol, junto al Imperial, se dirigió á casa del señor de Casabierta.

¡Entró!—El señor no está... Ya, ya lo sé; pero de seguro está la señora.—Caballero, ¿usted qué sabe?—Hombre, sepa usted que trata con una persona ilustrada que lee los periódicos y tiene coleccionados en un tomo los artículos de Almaviva... La señora se levanta á las nueve; hace su toilette—usted no sabe lo que es eso—hasta las diez; toma un piscolabis, que consiste en una copa de jerez seco, y versos de Grilo, mojados en el jerez. Á las once recibe en el salón verde, que tiene una consola Pompadour, una chimenea de la Regencia... de Espartero y muchos platos allá cerca del techo. Como si lo viera, hombre, como si lo viera. Ea, déjeme usted pasar.—Por aquí, caballero, por aquí.—No, señor, voy bien; los íntimos entran por aquí: á mí me recibirá en su boudoir chocolate claro, color serio, propio de señora leída al par que dettachée de las vanidades del mundo. ¿Usted qué se figura, hombre de Dios, que en Villapidiendo no sabemos francés españolizado y entrar en el boudoir por donde entran les intimes, y en francés como ellos?


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 58 visitas.

Publicado el 21 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

El Filósofo y la “Vengadora”

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento


I

Amigo mío: aunque vivo lejos del mundanal ruido, no dejo de enterarme por los periódicos de los sucesos públicos más interesantes, en particular de los que atañen á la vida literaria contemporánea, que sabes cuánto me llama la atención, por el gran valor social que atribuyo á sus manifestaciones. Pues bien: he leído el monólogo de Teresa, la vengadora de Sellés, y he visto que al público no le ha parecido inverosímil que una mujer de esa clase, de esa vida, sepa hablar tan bien y pensar tan profundamente. El buen éxito de la Teresa de Sellés me anima á publicar, por tu conducto, si aceptas el encargo, esta especie de Heroídas en prosa que adjuntas te remito y que son, como verás, una correspondencia entre una verdadera vengadora y este humilde filósofo, según tú y otros amigos me llamáis, tal vez por burlaros de mis aficiones. Mi vengadora es más sabia que Teresa, hasta es pedante y muy aficionada á psicologías, según consta en esos papeles. He tenido guardadas estas cartas porque, si bien me parece que tienen cierto sabor literario (y perdona la inmodestia, por lo que toca á las mías) no creí hasta ahora que el público pudiera encontrar verosímil esta clase de damas de las Camelias casi idealistas, retorcidas y alambicadas de espíritu, pero no arrepentidas ni tal vez enamoradas. Y que existe la mujer así es evidente: yo he conocido, he visto ésa, de carne y hueso, y para que tú la conozcas también, en espíritu, le dejo la palabra. Lee, y si te parece, publica.

Tuyo,

El filósofo.


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Dominio público
11 págs. / 19 minutos / 62 visitas.

Publicado el 21 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

Don Ermeguncio o la Vocación

Leopoldo Alas "Clarín"


Cuento


¿Cuándo y por qué se empezó á hablar de don Ermeguncio en los periódicos? Nadie lo sabe; yo sólo puedo asegurar que yo siempre oí llamarle literato distinguido.

La vez primera que su nombre significativo sonó en mis oídos, por lo demás era ya famoso, fué con motivo de unas oposiciones á una cátedra de Psicología, Lógica y Ética. Sí; yo lo vi en la Gaceta; estaba el último en la lista de jueces. Don Ermeguncio de la Trascendencia, autor de obras; don Ermeguncio era, pues, ya por aquel entonces autor de obras.

Eran los tiempos en que mandaban los krausistas. Por aquella época todo se dividía en parte general, especial y orgánica. Don Ermeguncio había escrito una Memoria sobre el arte de extirpar los caracoles en las huertas; y una Sociedad de Antropología general le dió un accésit por su trabajo, que se dividía, no faltaba más, en parte general, especial y orgánica. Ignoro por qué una Sociedad de Antropología perseguía los caracoles; pero consigno un hecho.

Otra vez le adjudicaron á Trascendencia una rosa natural, que le tuvieron que mandar á Madrid desde Alicante. La había ganado en un certamen escribiendo una oda en verso libre. Á la influencia de las bibliotecas populares en el adelanto general de la cultura. Por supuesto, la oda iba también dividida en parte general, especial y orgánica.

Por estas dos producciones principalmente llamaba la Gaceta autor de obras á don Ermeguncio de la Trascendencia.

Primero faltaba el sol que don Ermeguncio dejase de asistir á la clase de todos los catedráticos que habían sido ó estaban á punto de ser ministros. Él ya era doctor; ¡pero amaba tanto la ciencia!


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Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 67 visitas.

Publicado el 21 de febrero de 2021 por Edu Robsy.

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