Entre las casas de Naira y de Braulio, había un manzano; pero este
manzano pertenecía verdaderamente a la casa de Naira. Braulio y Naira
eran dos pequeños campesinos que se amaban:
Amábanse, pero eran desdichados. Pues Naira vivía minuciosamente
vigilada por la tía Miseración que era también su madrina y que la había
criado.
No abandonada aún con la timidez la sumaria correspondencia de los
suspiros, sorprendiólos la tía una tarde, muy arrobados y colorados, al
pie del árbol solariego; tan tembloroso él en la turbación de su dicha:
que las piernas se le volvieron longanizas y no pudo moverse,
sintiéndose horriblemente descubierto e idiota; anonadada ella por
emoción tan tumultuosa, que sólo supo arderse más en rubor como una
brasa soplada, y bajar mucho la cabeza, y denunciarse más con las dos
lágrimas clarísimas y grandes en que desbordaron sus párpados
presurosos.
Y para colmo, al airado "¿qué haces aquí?" de la tía, su confusión habíale impuesto la necedad de responder:
— Buscaba manzanas... —Manzanas en febrero! Cuando no son todavía más que bolitas verdes de insoportable acritud.
Todo lo cual fué empeorado aún por el aturullado Braulio, que añadió con la falsedad más visible de este mundo:
—Buscábamos manzanas...
La tía adoraba a Naira; pero tenía, respecto al decoro, escrúpulos
tiránicos, y hasta cierto inconsciente escándalo de solterona —quizás
inconsciente por cierto, pues gozaba de una inmensa bondad— ante el
esplendor de aquella primavera.
Así, no pudo menos, mientras endilgaba por un brazo a la chica en
autoritario rumbo de hogar defendido, no pudo menos de volverse hacia
Braulio, diciéndole con la indignación irónica que merecía su falsedad:
—¿Manzanas, atrevido? ¡Están verdes!
Leer / Descargar texto 'Las Manzanas Verdes'