I
Nunca como aquella mañana, había dado mejor fruto mi laboriosa soledad.
Acababa,
efectivamente, de hallar por mis propios medios la palabra secreta de
los iniciados drusos, el imperativo anagrama de la convocatoria, con que
pretendían llamarse por influencia mental, a despecho de la distancia y
de los obstáculos –verdadera llave de oro de su formidable hermandad–
los discípulos del Viejo de la Montaña.
Nadie ignora la existencia misteriosa, si no es mejor dicho obscura
hasta lo legendario, de aquella Orden de los Asesinos, que durante los
siglos XI a XIII aterrorizó el Oriente musulmán, imponiéndose a los
propios cruzados, hasta engendrar entre ellos mismos la hermandad filial
de los Templarios, no menos enigmática para la historia de la
cristiandad.
Difíciles estudios sobre su carácter sombríamente romántico, y sobre
su fundador, el Viejo de la Montaña, acababan de llevarme a ese
resultado más quimérico que histórico, pero, por lo mismo, más
interesante para un poeta. Precisamente, el Viejo de la Montaña fue
condiscípulo del famoso bardo persa Omar Khayam…
Fruto, pues, de una empeñosa labor, no exenta de peligros, según me
lo advirtiera como al pasar el egipcio Mansur bey, cuando me refirió la
historia que titulé "Los ojos de la reina", creo inútil añadir cuán
profundo era mi contento.
Peligros, dije, ya que toda exploración del misterio los comporta,
aun cuando sólo sean ellos la intranquiliad del alma o la excesiva
tensión del raciocinio, fuera del también posible influjo eventual sobre
fuerzas desconocidas. Así el descubridor de la pólvora cayó víctima de
su propio invento, y Riemann, el matemático genial del espacio esférico,
dio en el abismo de la locura.
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