Para el que se le cae el pelo
Qui n’a pas l’sprit de son age
De son age à tout le malheur.
La caída de la hoja seca es en los campos del
antiguo mundo imagen del otoño, precursora del invierno. El otoño de la
vida se anuncia con la caída del pelo. En el campo y en el hombre se
atrasa alguna vez esta estación, pero generalmente los hombres de este
siglo de las luces lo pierden todo a un tiempo, la juventud, el pelo,
las ilusiones, las creencias y el dinero. Estoy viendo en este instante
una carta escrita del puño y letra de un anciano de ochenta y cinco años
de edad, venerable padre de familia, que acuerda medio siglo de
desastres en su patria, que repelidas veces desempeñó cargos públicos,
que sacrificó su fortuna, su vida, en beneficio de su país, y hoy tiene
pelo, y escribe sin espejuelos, y anda una legua a pie, y goza de la
vida. Ahora los hombres no tienen pelo ni tienen ojos a los veinte años.
Así discurría yo tristemente, pensando en esa degeneración física
de la especie humana, de que no puede dudar el que tome en peso el casco
que llevaba a la guerra el cardenal Cisneros, o ver la armadura del
caballero español, que pesaba 20 arrobas, o contemple la espada de
Bernardo del Carpio, armadura y espada de gigantes.
Los descendientes del Cid y de Pelayo tenemos el cutis blanco,
musculatura menos pronunciada, mórbidos, puede decirse nuestros
miembros, débil, suave como la seda nuestro pelo. Hay hombres en este
siglo tan hermosos como una mujer. Así pues, como existen muchos que
aprecian sus ventajas físicas como en el bello sexo se aprecian, me he
propuesto hoy hacerles un servicio señalado, dándoles cuenta de una
pequeña aventura que me condujo al descubrimiento del remedio infalible
para el que se le cae el pelo. He aquí el hecho.
—Su pelo de usted está en estado de quiebra —me dijeron hace un mes unas hermosas niñas que estimo mucho.
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