Textos más vistos de Marcel Schwob publicados el 28 de marzo de 2017

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autor: Marcel Schwob fecha: 28-03-2017


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Vidas Imaginarias

Marcel Schwob


Biografía, Cuento


La ciencia de la historia nos sume en la incertidumbre acerca de los individuos. No nos los muestra sino en los momentos que empalmaron con las acciones generales. Nos dice que Napoleón estaba enfermo el día de Waterloo, que hay que atribuir la excesiva actividad intelectual de Newton a la absoluta continencia propia de su temperamento, que Alejandro estaba ebrio cuando mató a Klitos y que la fístula de Luis XIV pudo ser la causa de algunas de sus resoluciones. Pascal especula con la nariz de Cleopatra —si hubiese sido más corta— o con una arenilla en la uretra de Cromwell. Todos esos hechos individuales no tienen valor sino porque modificaron los acontecimientos o porque hubieran podido cambiar su ilación.

Son causas reales o posibles. Hay que dejarlas para los científicos.

El arte es lo contrario de las ideas generales, describe sólo lo individual, no desea sino lo único. No clasifica, desclasifica.


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95 págs. / 2 horas, 46 minutos / 400 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Libro de Monelle

Marcel Schwob


Cuento


I. PALABRAS DE MONELLE

Monelle me halló en el páramo en donde yo erraba y me tomó de la mano.

—No debes sorprenderte —dijo—, soy yo y no soy yo.

Volverás a encontrarme y me perderás;

Regresaré una vez más entre los tuyos; pues pocos hombres me han visto y ninguno me ha comprendido;

Y me olvidarás, y me reconocerás, y me olvidarás.

Y Monelle dijo: Te hablaré de las pequeñas prostitutas, y conocerás el comienzo.

A los dieciocho años, Bonaparte el asesino se encontró a una pequeña prostituta bajo las puertas de hierro del Palais Royal. Tenía el semblante pálido y temblaba de frío. Pero «había que vivir», dijo. Ni tú ni yo conocemos el nombre de aquella pequeña que Bonaparte llevó a su cuarto del hotel de Cherbourg, en una noche de noviembre. Ella era de Nantes, en Bretaña. Estaba débil y cansada, su amante la había abandonado. Era simple y buena; un sonido muy dulce tenía su voz: de todo eso se acordó Bonaparte. Y pienso que después el recuerdo del sonido de su voz lo emocionó hasta las lágrimas, y que la buscó largo tiempo en las noches de invierno, pero no volvió a verla jamás.


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64 págs. / 1 hora, 52 minutos / 230 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Rey de la Máscara de Oro

Marcel Schwob


Cuento


El Rey De La Mascara De Oro

A Anatole France

El rey enmascarado de oro se alzó del negro trono en el que estaba sentado desde hacía horas y preguntó la causa del tumulto. Los guardias de las puertas habían cruzado las picas y se oía entrechocar el hierro. Alrededor del brasero de bronce también se alzaron los cincuenta sacerdotes situados a la derecha y los cincuenta bufones situados a la izquierda, y las mujeres agitaban las manos en semicírculo ante el rey. La llama rosa y púrpura que relumbraba en la alambrera de bronce del brasero hacía brillar las máscaras de los rostros. Imitando al descarnado rey, mujeres, bufones y sacerdotes llevaban inmutables caras de plata, cobre, madera y tela. Las máscaras de los bufones se abrían de risa mientras que las máscaras de los sacerdotes se obscurecían de preocupación. Cincuenta rostros sonrientes florecían a la izquierda y cincuenta rostros tristes fruncían al ceño a la derecha. No obstante, los claros tejidos que cubrían la cara de las mujeres imitaban rostros eternamente graciosos y animados por una sonrisa artificial. Pero la máscara de oro del rey era majestuosa, noble y verdaderamente real.

Ahora bien, el rey se mantenía silencioso y a causa de ese silencio se parecía a la raza de reyes de la cual era el último. En otro tiempo la ciudad estuvo gobernada por príncipes que llevaban la faz descubierta, pero largo tiempo atrás había surgido una amplia horda de reyes enmascarados. Ningún hombre había visto la cara de los reyes e incluso los sacerdotes ignoraban la razón. Pero en tiempos remotos se dio la orden de cubrir los rostros de todos los que acudían a la residencia real y aquella familia de reyes sólo conocía las máscaras de los hombres.

Mientras se estremecían los hierros de los guardias de la puerta y retumbaban sus sonoras armas, el rey preguntó con voz grave:


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104 págs. / 3 horas, 2 minutos / 421 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Barba Negra

Marcel Schwob


Cuento


Habíamos dejado Jamaica a finales de marzo de 1717, con un buen cargamento de quinquina y de ron. Y teníamos planeado comprar, a lo largo de la costa, variadas frutas de gran excelencia con el fin de venderlas en las islas que no las producen, como guayaba, papaya, mamey, junipa, combari y manzanas de caoba, de entre las cuales no hay nada mejor que los zapotes, que tienen el tamaño de una pera y la carne carmesí. El dueño de nuestra chalupa, la Aventure, era David Harriot y llevábamos a bordo a dos mujeres de alegre vida, españolas, llamadas Machilla y Machillón. Conocían bien la región, y visitaban las posadas para animar a los señores marineros a beber su ron; cada una llevaba en su pecho una pequeña bolsa de piel cosida llena de monedas de a ocho.


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3 págs. / 6 minutos / 113 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

En Lorena

Marcel Schwob


Artículo


Es un país duro. La hierba de la pasada estación amarillea tristemente en los prados; las hojas de los viñedos enrojecen en las cepas antes de que broten los racimos acres y prietos. Monótonas líneas de álamos recorriendo la llanura por todas partes. Las colinas se elevan lentamente recortadas por pálidos campos, con alguna mancha oscura de un robledal. Otras, más escarpadas, están coronadas por un círculo de árboles negros. Las amplias mesetas aparecen cubiertas de bosques amenazadores. El indolente verde de un bosquecillo de pinos parece una joya.

El Mosela, cristalino y pedregoso, vagabundea por esta demacrada región. Destila suavemente desde Bussang, dejando el lecho medio seco bajo los cerros de Épinal y se ramifica en brazos que van a acariciar los pies de las viejas casas de madera con balcones adornados. Es tan transparente que aparecen bandadas inmóviles de lomos de pejes, percas y lucios. Los cantos afloran el filo del agua, de manera que por las noches se puede ver gatos pescando en mitad del río.

Maurice Barrès ya ha descrito, con elocuentes frases en L’homme libre, la lucha del pueblo paciente y fiel contra el estéril terruño de Lorena. No es un país de paz, donde germinen ramilletes de flores. Lorena es tierra de lucha. Todas sus rutas son antiguos pasos de ejércitos. Aún se puede encontrar en sus campos grandes espuelas oxidadas que en su día estuvieron acopladas a los talones de armaduras. Por aquí pasaron los Écorcheurs, y después los hombres de Carlos el Temerario, y el duque de Guise condujo a sus seguidores por esta corta hierba pisoteada por hombres armados.


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1 pág. / 3 minutos / 50 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Ensayos y Perfiles

Marcel Schwob


Crítica, Biografía


I. François Villon

Los poemas de Villon eran ya célebres a fines del siglo XV. El Pequeño y el Gran testamento eran conocidos de memoria. Rabelais llamaba a Villon “el buen poeta parisino”, aunque la mayoría de las alusiones satíricas de sus testamentos ya eran ininteligibles en el siglo XVI. Marot lo admiraba tanto que corrigió su obra y la editó. Boileau lo consideraba uno de los precursores de la literatura moderna. Ya en nuestra época, Théophile Gautier, Théodore de Banville, Dante Gabriel Rossetti, Robert Louis Stevenson y Algernon Charles Swinburne se apasionaron por él. Escribieron ensayos sobre su vida, y Rossetti tradujo varios de sus poemas. Pero hasta la publicación de los trabajos de Auguste Longnon y de Byvanck, editados entre 1873 y 1892, no se sabía a ciencia cierta casi nada sobre el texto de sus obras o sobre su verdadera biografía. Hoy podemos estudiar al hombre y su medio.


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165 págs. / 4 horas, 49 minutos / 113 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Los "Rojos" de Basilea

Marcel Schwob


Artículo


Basilea era una república y una ciudad libre, gobernada por una asamblea de notables, un cónsul y un obispo. Villa diplomática, se asentaba en la ribera baja del Rin, con sus pequeñas casas puntiagudas cubiertas de tejas estriadas en forma de ojivas, con innumerables ventanucos estrechos y enrejados, con sus atalayas de techos pintados de azul y de amarillo, su viejo puente de madera y su monasterio, parecido a una nube colorada y pulida, en el cual San Jorge, vestido de sangre, hunde su lanza en las fauces del dragón de gres rojo.

El Rin, amplio, luminoso y verde, rodeaba la ciudad como si de un malecón se tratara, entre las lejanas montañas nevadas y las pequeñas colinas de Basilea: Leonardberg, Kohlemberg y Munsterberg, hacia donde trepaban las calles empinadas con sus grandes insignias coloridas, calle del Yelmo y calle de la Corona, calle de los Cisnes y calle del Hombre salvaje, cerca del Mercado de los Peces y del León de Piedra que vomita su chorro de agua pura como un arco de cristal.

Ahí había honestas posadas donde mofletudas muchachas servían vino claro en jarras de estaño, donde colgaban trajes y mucetas dejadas como señal. Había una casa consistorial donde se reunían los burgueses con su capa de paño, su camisa de lino crudo, la alianza de oro en el anular, para hacer justicia y dar expeditiva cuenta a los malhechores. Alrededor de la Casa del Consejo dedaleaban callejuelas estrechas y apacibles frecuentadas por tenderetes de escribanos, repletos de pergaminos y de escritorios; por mujeres plácidas de ojos azules y húmedos, con el rostro ajado de ternura, su doble barbilla, tocadas con un pañuelo transparente que a veces velaba también su boca con una tira de tela fina; por muchachas juveniles vestidas de blanco, con pupas en los codos, cinturones de color cereza y que parecían alisarse su larga melena en una rueca; por niños pelirrojos de pálidos labios.


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3 págs. / 5 minutos / 52 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Buffalo Bill

Marcel Schwob


Artículo


En los tiempos en los que los Pieles Rojas aún reinaban en las llanuras, en los que las viejas ciudades americanas, negras y montuosas, temblaban esperando a medianoche el war-whoop de los salvajes, el alarido incendiario, las danzas feroces alrededor de hogueras humanas, la exhibición furiosa de los scalps sangrientos, el robo y aplastamiento de bebés, se alzó en el campo de América un ejército silencioso de pioneros de la civilización que abrió claros entre los árboles a golpes de hacha y vacíos entre los hombres a golpes de agua de fuego. Entonces los Pieles Rojas no querían ser civilizados; se iban retirando lentamente ante los invasores, emigraban hacia el centro, debilitados, diezmados, pero protagonizando a veces tumultuosas refriegas, siempre orgullosos, indomables, solemnes y burlones.

También había entonces poetas que cantaban la epopeya de los Pieles Rojas. Fenimore Cooper tomó la pluma y describió con colorido los sufrimientos de la raza oprimida. Longfellow hizo hablar al sabio Hiawatha en estrofas inolvidables, llenas de una melancolía grandiosa: el profeta fuma una pipa mezclado con los guerreros, aunque sea su Mesías, y del humo oloroso, del incienso que se eleva de la cazoleta, nacen las imágenes futuras, difuminadas en la niebla; se ve a los Rostros Pálidos avanzando, portadores de los funestos presentes de la civilización, de un nuevo mundo que se alza en el horizonte, unos hombres de piel extraña y con otros dioses. Entonces Hiawatha habla a su pueblo y lo calma, anunciando los tiempos que han de llegar. Los guerreros bajan la cabeza, entristecidos; cuando la vuelven a levantar, Hiawatha, el último Profeta Rojo, ya ha desaparecido en la gloria misteriosa del crepúsculo; tal vez haya ido al encuentro de las almas de los ancestros en las Praderas Eternas.


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4 págs. / 8 minutos / 91 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Corazón Doble

Marcel Schwob


Cuento


PREFACIO

1

La vida humana as interesante en primer lugar per sí misma; pero si el artista no quiere representar una abstracción, tiene que ubicarla en el medio que le corresponde. Todo organismo consciente posee profundas raíces personales; pero la sociedad ha desarrollado en él tantas funciones heterogéneas que sería imposible cortar esos miles de conductos por los cuales se nutre sin provocar su muerte. En el individuo existe un instinto egoísta de conservación; también la necesidad de los otros seres, entre los que se mueve.

El corazón del hombre es doble; el egoísmo es en él la contrapartida de la caridad; el individuo es la contrapartida de las masas; para su conservación, el ser cuenta con el sacrificio de los demás; los polos del corazón se hallan en el fondo del yo y en el fondo de la humanidad.

Así el alma va de un extremo al otro de la expansión de su propia vida a la de la vida de todos. Pero hay un camino que recorrer para llegar a la piedad, y este libro se propone marcar sus etapas.

El egoísmo vital experimenta temores personales: es el sentimiento que llamamos TERROR. El día en que el individuo llega a concebir en los otros seres los mismos temores que le atormentan, interpreta exactamente sus relaciones con la sociedad.

Pero la marcha del alma por el camino que lleva del error a la piedad, es lenta y difícil.


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195 págs. / 5 horas, 42 minutos / 215 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

La Cruzada de los Niños

Marcel Schwob


Cuento


Introducción

Entre la leyenda y la realidad histórica bascula la historia de la Cruzada de los niños:

En mayo del año oscuro de 1212, un adolescente llamado Esteban de Cloyes, se presentó en la corte del rey Felipe con una carta que, según afirmaba, le había sido entregada por Jesucristo en persona, junto con el encargo de predicar una cruzada. El rey, sin prestarle atención lo envió de regreso, pero el zagal, en vez de volver serenamente a su casa, cayó en un fervoroso delirio y anunció a los cuatro vientos que Dios le había ordenado organizar una cruzada de niños para recobrar de las manos infieles la ciudad santa de Jerusalén. En menos de un mes las prédicas de Esteban habían conseguido reunir a millares de niños; ante la mirada, unas veces atónita, otras burlona, de los adultos, cerca de 30 mil niños franceses, acompañados por algunos religiosos y de otros peregrinos, emprendieron con él una desastrosa marcha a través de Provenza con rumbo a Marsella, desde donde esperaban que el Señor separara las aguas, tal y como lo había hecho con el pueblo judío en el mar Rojo, para que ellos cruzaran el mediterráneo y llegaran a Tierra Santa sin siquiera mojarse los pies. El pastor Esteban viajaba a bordo de un carrito con toldo y los demás a pie.

Al conocerse la noticia, en Alemania, se desencadenó un movimiento semejante, éste al mando de un muchacho llamado Nicolás quien, al igual que Esteban predicaba que el mar se abriría ante ellos. En poco tiempo reunió un ejército de niños que marchaban gustosos a derrotar a los moros. Sólo el Papa Inocencio trató de disuadirlos, cuando un pequeño grupo llegó a Roma, pero, para entonces, ya nada se podía hacer.


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19 págs. / 34 minutos / 177 visitas.

Publicado el 28 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

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