Meditaciones
Marco Aurelio
Filosofía
Libro I
Aprendí de mi abuelo Vero el ser de honestas costumbres y no enojarme con facilidad. De la buena fama y loable memoria de mi padre, el portarme con modestia y varonilmente.
De mi madre, la religión para con Dios; la liberalidad para con todos; el abstenerme, no sólo de ejecutar acción mala, sino también de cebarme en el pensamiento de ella, y, además, el ser frugal en la comida y estar lejos de hacer una vida opulenta.
De mi bisabuelo, el no desdeñarme de frecuentar las escuelas públicas, y en casa echar mano de los mejores maestros, bien persuadido de que en este particular no se debe perdonar gasto alguno.
Del ayo aprendí el no tomar partido en los juegos públicos, no siendo del bando de los prasinos ni venecianos, ni inclinándome a los parmularios o scutarios. Enseñóme también la tolerancia en el trabajo, el contentarme con poco, el servirme a mí mismo, el no implicarme en los negocios ajenos, y no ser fácil en dar oídos a los chismosos.
Habiendo aprendido de Diogneto el desprecio de ciertas artes inútiles y vanas, me mantuve en no dar crédito a nada de cuanto dicen los encantadores y magos acerca de sus hechizos y arte de espantar los demonios y otras supercherías de esta clase. Jamás me entretuve en la que llaman pelea de codornices, ni me dejé embaucar de semejantes bagatelas. El mismo me habituó a saber llevar la zumba en las conversaciones, el familiarizarme con la filosofía, dándome por maestros, primero a Bacchio, después a Tandasis y a Marciano, que, de niño, me ejercitase en componer diálogos morales; que, en vez de asiento blando, usase de unas duras tablas cubiertas con una piel; que, en fin, pusiese por obra cuanto lleva consigo la profesión de filósofo griego.
Dominio público
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Publicado el 8 de febrero de 2026 por Fernando Guzmán.
