Nada es tan sagrado en una familia como el honor de
sus miembros, pero si ese tesoro llega a empañarse, por precioso que
sea, aquellos a quienes importa su defensa, ¿deben ejercerla aun a costa
de cargar ellos mismos con el vergonzoso papel de perseguidores de las
desdichadas criaturas que les ofenden? ¿No sería más razonable compensar
de alguna otra forma las torturas que infligen a sus víctimas y también
esa herida, a menudo quimérica, que se lamentan de haber recibido? En
fin, ¿quién es más culpable a los ojos de la razón? ¿Una hija débil o
traicionada o un padre cualquiera que por erigirse en vengador de una
familia se convierte en verdugo de la desventurada? El suceso que vamos a
relatar a nuestros lectores tal vez aclarará la cuestión.
El conde de Luxeuil, teniente general, hombre de unos cincuenta y
seis a cincuenta y siete años, regresaba en una silla de posta de una de
sus posesiones en Picardía cuando, al pasar por el bosque de Compiégne,
a las seis de la tarde más o menos, a fines de noviembre, oyó unos
gritos de mujer que le parecieron proceder de las inmediaciones de una
de las carreteras próximas al camino real que atravesaba; se detiene y
ordena al ayuda de cámara que cabalgaba junto al carruaje que vaya a ver
de qué se trata. Le contesta que es una joven de dieciséis a diecisiete
años, bañada en su propia sangre, sin que, no obstante, sea posible
saber dónde están sus heridas y que ruega que la socorran; el conde se
apea él mismo en seguida y corre hacia la infortunada, debido a la
oscuridad no le resulta tampoco fácil averiguar de dónde procede la
sangre que derrama, pero por las respuestas que le da, advierte al fin
que está sangrando por las venas de los brazos.
Información texto 'La Crueldad Fraterna'