I
Dejaron el escritorio el sábado, al
anochecer; como llovía un poco, se refugiaron en la Plaza Nueva, donde
dieron la mar de vueltas, comentando el estado del tiempo próximo
futuro. Al separarse, dijo Michel a Pachi:
—Mañana a las seis, en el simontorio, ¿eh?
—¿En el sementerio? ¡Bueno!
—¡Sin falta!
El otro dio una cabezada, como quien quiere decir sí, y se fue.
—Reconcho, ¡qué noche!
Enfiló al cielo la vista: así, así. Soplaba noroeste, ¡maldito viento gallego! El cielo gris destilaba sirimiri,
con aire aburrido; pasaban nubarrones, también como aburridos; pero…,
¡quiá!, las golondrinas iban muy altas… Se frotó las manos, diciéndose:
—Esto no vale nada.
Subió de dos en dos las escaleras, y a la criada, que le abrió, le dijo:
—¡Nicanora, mañana ya sabes!
—¿Pa las cinco?
A eso de las diez, se levantó de la mesa, fue al balcón, miró al cielo y al fraile y se acostó. ¡El demonio dormía!
Revoloteaba por la alcoba un moscardón, zumbando a más y mejor.
Michel sintió tentaciones de levantarse, apostarse en un rincón y,
cuando pasara, ¡pum!, descerrajarle un tiro a quemarropa… A las seis en
el cementerio de Santiago. Había que levantarse, lavarse, vestirse,
revisar la escopeta, ya limpia; tomar chocolate, oír misa de cinco y
media en Santiago. ¡Pues no son pocas cosas! Lo menos había que
levantarse a las cinco… No; mejor a las cuatro y media. Estuvo por
levantarse e ir a dar la nueva orden al cuarto de la criada; sacó un
brazo, sintió el fresco y se arrepintió; dio media vuelta y cerró los
ojos con furia, empezando a contar uno, dos, tres, etc… ¡Maldito moscón,
qué perdigonada se le podía meter en el cuerpo! ¡Qué mosconada bajo la
parra!
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