Aquel actor, Octavio Robleda, desconcertaba al público. No había
podido aprendérselo. En cada nuevo papel se esperaba una sorpresa de su
parte. «Llena la escena —había escrito un crítico-. Y, sin embargo,
parece que está ausente de ella, que está fuera del teatro». Veíasele
—en efecto— profundamente absorto en los personajes que representaba y
se adivinaba, sin embargo, que allí quedaba otro, que él, Octavio
Robleda, representa entre tanto otra tragedia más profunda. Cuando hacía
La vida es sueño, de Calderón, sentíase que la iba creando y que él,
Octavio Robleda, soñaba a Segismundo.
Los autores gustaban poco de Octavio. Decían, y no les faltaba razón
en ello, que sin quitar ni poner una palabra de lo que ellos, los
autores, habían escrito, Octavio les cambiaba el personaje y le hacía
ser otro que el por ellos concebido. Y que luego de creado un sujeto
así, de escena, por Octavio, no había ningún otro actor que se atreviese
a representarlo. Porque Octavio hacía llorar con personajes que el
autor concibió cómicos y hacía reír con los que concibió trágicos.
De su vida privada no se sabía casi nada. Vivía solo y solitario, sin
amigos, y en las horas que no pasaba en el teatro era casi imposible el
poderle ver. En sus temporadas de descanso, de vacaciones, íbase a una
casita de un pueblecillo de sierra y se pasaba casi todo el día en un
bosque, lejos de toda sociedad humana, estudiando las costumbres de los
insectos. Y cuando le preguntaban por qué no estudiaba a los hombres,
respondía: «¿Y para qué? No somos nosotros, los actores, los que
imitamos y representamos sus gestos, sus acciones y sus palabras, sino
que son ellos los que nos imitan. Es el teatro el que hace la vida. ¡Y
estoy harto de teatro!».
—¿Y de vida por lo tanto? —le dije una vez que se lo oí.
—¡Y de vida, sí! —me respondió Octavio.
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