Discurrid con el corazón, hijos míos, que
ve muy claro, aunque no muy lejos. Te llaman a atajar una riña de un
pueblo, a evitarle un montón de sangre, y oyes en el camino las voces de
angustia de un niño caído en un pozo: ¿le dejarás que se ahogue? ¿Le
dirás: «No puedo pararme, pobre niño; me espera todo un pueblo al que he
de salvar»? ¡No! Obedece al corazón: párate, apéate del caballo y salva
al niño. ¡El pueblo… que espere! Tal vez sea el niño un futuro salvador
o guía, no ya del pueblo, sino de muchos.»
Esto solía decir don Casiano, el maestro de Carrasqueda de Abajo, a
unos cuantos mozalbetes que, en la escuela, mientras se lo decía, le
miraban con ojos que parecían oírselo. ¿Le entendían acaso? He aquí una
cosa de que, a fuer de buen maestro, jamás se cuidó don Casiano cuando
ante ellos se vaciaba el corazón. «Tal vez no entiendan del todo la
letra — pensaba—; pero lo que es la música…» Había, sin embargo, entre
aquellos chicuelos uno para entenderlo: nuestro Quejana.
¡Todo un alma aquel pobre maestro de escuela de Carrasqueda de
Abajo! Los que le hemos conocido en este último tercio del siglo XX,
anciano, achacoso, resignado y humilde, a duras penas lograremos
figurarnos a aquel joven fogoso, henchido de ambiciones y de ensueños,
que llegó hacia 1920 al entonces pobre lugarejo en que acaba de morir, a
ese Carrasqueda de Abajo, célebre hoy por haber en él nacido nuestro
don Ramón Quejana, a quien muchos llaman el Rehacedor.
Cuando, el año veinte, llegó don Casiano a Carrasqueda, lo encontró
muy chico, e incapaces de sacramentos a los carrasquedeños. ¡Buen pelo
iba a echar raspándoles el de la dehesa! Lo primero enseñarles a que se
lavaran: suciedad por dondequiera; suciedad e ignorancia. Había que
mondarles el cuerpo y la mente; quitar, más que poner, tanto en ésta
como en aquél.
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