La ciudad de Espeja
Cuando ya el pobre Turismundo se creía en el páramo inacabable, a
morir de hambre, de sed y de sueño al pie de un berrueco, al tropezar en
un tocón vio a lo lejos, derretidas en el horizonte, las torres de una
ciudad. Brotó sobre ellas, como una inmensa peonía que revienta, el Sol,
y la ciudad centelleaba. Recogió Turismundo lo que de vida le quedaba y
fue hacia la ciudad que, según él, se le acercaba, y el sol subía en el
cielo, engrandeciéndose ella. Mas cuando ya estaba a su entrada, el
aire parecía espesarse y oponerle un muro.
Era, en efecto, un muro transparente e invisible. Siguió a lo largo
de él, bordeando la ciudad, hasta que entró en ésta por una que parecía
puerta en el muro invisible.
Las calles, espaciosas y soleadas, estaban desiertas, aunque de vez
en cuando pasaban por ella vehículos vacíos y que marchaban solos, sin
nadie que los llevase ni guiase. Las casas, todas de un piso, tenían así
como fisonomía humana; con sus ventanas y puertas y balcones, todo ello
abierto de par en par, parecían observar al peregrino y a las veces
sonreírle. Turismundo había olvidado su hambre, su sed y su sueño.
Desde la calle podía verse el interior de las casas, abiertas a toda
luz y todo aire. En casi todas ellas, junto a muebles relucientes, al
lado de camas que convidaban al descanso, grandes cuadros con retratos
de los dueños acaso, o de sus antepasados. Y ni una sola persona viva.
De algunas casas salían tocatas como de armonio. Y llegó a ver por una
ventana de un piso bajo, el armonio que sonaba. Sonaba solo; nadie lo
tocaba.
Detrás de las tapias de los sendos jardinillos de las casas alzábanse
cipreses en que piaban y chillaban bandadas de gorriones. Y de todo
como que rezumaba una quietud apacible y luminosa.
Leer / Descargar texto 'Las Peregrinaciones de Turismundo'