El angosto camino, tallado a pico en la desnuda roca, va serpenteando
sobre el abismo. A un lado empinados tormos y peñascales, y al otro
lado óyese en el fondo oscuro de la sima el rumor incesante de las
aguas, a las que no se alcanza a ver con los ojos. A trechos forma el
camino unos pequeños ensanches, lo preciso para contener una docena mal
contada de personas; son a modo de descansaderos para los caminantes
sobre la sima y bajo una tenada de ramaje. A lo lejos se destaca del
cielo el castillo empinado sobre una enhiesta roca. Las nubes pasan
sobre él, desgarrándose en las pingorotas de sus torreones.
Entre los romeros va Maquetas. Marcha sudoroso y apresurado, mirando
no más que al camino que tiene ante los ojos y al castillo de cuando en
cuando. Va cantando una vieja canción arrastrada que en la infancia
aprendió de su abuela, y la canta para no oír el rumor agorero del
torrente que corre invisible en el fondo de la sima.
Al llegar a uno de los reposaderos, una doncella que está en él, sentada sobre un cuadro de césped, le llama.
—Maquetas, párate un poco y ven acá. Ven acá, a descansar a mi lado,
de espalda al abismo, a que hablemos un poco. No hay como la palabra
compartida en amor y compañía para darnos fuerzas en este viaje. Párate
un poco aquí, conmigo. Después, refrescado y restaurado, reanudarás tu
marcha.
—No puedo, muchacha —le contesta Maquetas amenguando su marcha, pero
sin cortarla del todo-, no puedo; el castillo está aún lejos, y tengo
que llegar a él antes que el sol se ponga tras sus torreones.
—Nada perderás con detenerte un rato, hombre, porque luego reanudarás
con más brío y con nuevas fuerzas tu camino. ¿No estás cansado?
—Sí que lo estoy, muchacha.
—Pues párate un poco y descansa. Aquí tienes el césped por lecho, mi regazo por almohada. ¿Qué más quieres? Vamos, párate.
Y le abrió sus brazos ofreciéndole el seno.
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