Textos más populares este mes de Narciso Segundo Mallea | pág. 2

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autor: Narciso Segundo Mallea


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El "Loco Castro"

Narciso Segundo Mallea


Cuento


Mi madre debió hacer ese año la cosecha. Mi padre estaba ausente. Las vacaciones nos llamaban a mi hermana y a mí al asoleo, a la fruta, al baño tras largo correr, descalzos, por la arena candente, con grandes sombreros de paja y echarnos en el agua del canal, sombreado por los duraznos cargados de fruto velludo, polvoriento, delicioso.

No éramos ricos. Sólo había en casa un poco de orgullo. Fué por eso que nuestra ida a la viña se realizó sin ostentación, sin ruido, desvistiendo a un santo para vestir a otro... como que allá fueron con nosotros algunos trastos para dar vida a lo que casi todo el año permanecía inhospitalario y solo.

La casa era grande: un corredor largo y ancho, muchas piezas que daban a él, un patio con un estanque, una obscura bodega, una sala con dos ventanas a la calle por donde se veían la acequia y muchos sauces llorones, cuyas ramillas verdes, fragantes, entraban y salían por entre los barrotes, mecidas apenas en la calma de aquellas siestas octavianas.

Mi madre se levantaba al amanecer. Ella debía ver entrar la gente al trabajo, recorrer el lagar, la bodega, y sólo entonces se unía a nosotros para tomar juntos el desayuno. Hecho ésto, corríamos a ver descargar la uva llevada desde los plantíos al lagar, y verla después pisar por recios mozos al son de alegres cantares. Más tarde nos llamaba el trasiego a la bodega, y allí nos quedábamos jugando en el suelo terrizo hasta que algún murciélago nos espantaba con su grito diabólico.

Al anochecer el corredor era alumbrado pálidamente por la luz de un farol adosado al muro y un perfume suave mundaba toda la casa. Aquella noche mi madre cosía a la luz de una lámpara. Estaba contenta. Había recibido carta de nuestro padre. Nosotros la dijimos:

—Madre, cuéntenos Vd. la historia del "loco Castro". Siempre nos lo prometió y nunca lo hizo.


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3 págs. / 5 minutos / 24 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

La Mujer de Tres Caras

Narciso Segundo Mallea


Cuento


Vivían en una alegre casita (que hasta un jardineito tenía) tres ladrones, o más bien tres rateros, que coincidencias del oficio llevaron a vivir en estrecha comunidad.

No eran gente de pelo en pecho, ni eran ladrones "con fractura", ni de aquellos de "la bolsa o la vida", no; era gente que tomaba para sí lo ajeno sin dejar rastros de sangre y sin ocasionar mayores ayes.

Los tres eran jóvenes y llevaban a cabo sus hazañas en pueblos o ciudades de menor cuantía, donde la policía es lerda y bisoña. Convertido el producto del robo en dinero contante, volvían al punto de su residencia y entonces entregábanse al juego fullero. Si en el juego les iba bien, el robo se dejaba para otra oportunidad, quedando como un recurso supremo.

A poco de vivir en común, diéronse cuenta nuestros pajarracos de la necesidad que tenían de una criada que les guardara la casa en sus ausencias y que corriera con los quehaceres domésticos. Uno de ellos, Pérez (a) el "Zurdo", propuso para el objeto a una modista sin trabajo que él conocía por haber hecho vida con un amigo suyo.

—Es bonita?, dijo García (un hombręcillo de unos 24 años, cenceño, medio gibado), poniendo los ojos como balas.

—Bonita, no; —respondió el "Zurdo"—; pero simpática sí... Es una mujer de unos 45 años...

—Es vieja; hay que buscar otra, respondió García.

—No, dijo Ramírez. El amor hay que hacerlo fuera de casa. Que venga la modista.

Juana, que asi se llamaba la mujer propuesta por el "Zurdo", era uno de esos seres que nacen con una inquietud peligrosa en el alma. Desde niñera hasta modista (título como doctoral que había adoptado para el último tercio de su galantería) todo había sido, todo había hecho, menos vivir con ladrones. Fué por eso que aceptó gustosa el ir a la misteriosa casita, como escondida en las afueras de la gran metrópoli, en la seguridad de que pronto sería más que una doméstica.


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Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

El Manco Rodrigo

Narciso Segundo Mallea


Cuento


Rodrigo llegó a la estación de su pueblo al anochecer, con una cara de estudiada satisfacción. Pero estaba triste. El viaje sólo habíale servido para gastar sus únicos ahorros. Atravesó el andén por entre el ralo gentío y fuése a una fonda vecina.

No pudo conciliar el sueño. Pensaba en lo infructuoso del viaje... Si en vez de pasar dos meses en Buenos Aires en busca de trabajo se hubiera comprado un brazo de palo o de goma que rellenara esa manga hueca, loca, de su saco, que menoscababa su aspecto de mucamo criollo, bien parecido, respetuoso... señoril... El que había soñado siempre con un brazo artificial, de mano eternamente enguantada...

No le quedaba otro recurso que ir al otro día bien temprano a lo del señor Guzmán y rogarle le tomara otra vez. No había estado en su casa veinte años?... "Veinte años!" —exclamaba Rodrigo, y se revolvía en un ímpetu de energía.

Guzmán recibió al antiguo criado tomando el fresvo de la mañana en aquel día de diciembre, bajo el amplio corredor de la casa provinciana, arrellanado en su sillón de paralítico, al que le condenara un grave ataque apoplético.

Refirió Rodrigo a su patrón el viaje con sus peripecias y andanzas. Díjole que había presentado sus cartas de recomendación, pero que todo fué inútil. Se le dijo invariablemente que volviera, que esperara..y el tiempo pasó. El creía que su defecto físico fué el motivo principal de su falta de suerte. Concluyó por arrepentirse de haber dejado la casa donde tantos años sirviera y por pedir a Guzmán le ocupara nuevamente.

Pensó el paralítico unos instantes, y dijo a Rodrigo que lo hablaría con Fernanda (su mujer); que permaneciera en la fonda hasta que él le llamara.


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Dominio público
3 págs. / 5 minutos / 19 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2024 por Edu Robsy.

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