Primera parte
I
Dios, Nuestro Señor, daba un día audiencia a los santos que iban a
interceder por sus devotos, por los pueblos que patrocinaban y por todos
los pecadores. La Santísima Virgen, sentada al lado de su querido y
Hijo, recomendaba los múltiples memoriales de los visitantes, a los
cuales acogía el Ser Supremo con la bondad del que es fuente de todas
las misericordias. Fueron entrando en el salón del trono del Altísimo
santos y más santos, basta que le tocó el turno a Santiago el Mayor.
—¡Hola, Jaime! —le dijo el Todopoderoso—: ¿qué te trae por aquí?
¡Cosas de España, tal vez! ¿Qué pasa por aquella tierra? ¿Están en paz
tus clientes?
—Bien sabe Vuestra Divina Majestad, —contestó el Apóstol, haciendo
tan profunda reverencia que el sombrero lleno de conchas y reliquias que
tenía en la mano barrió el suelo—, que aquello anda malillo, y que, si
Dios no pone remedio, yo no sé lo que va a ser de España, de los
españoles y de sus descendientes, que se han establecido en el Nuevo
Mundo, a todos los cuales protejo y amparo en sus cuitas; porque, eso
sí, ni unos ni otros nos han perdido la afición, y si no, aquí está la
excelsa Madre de Vuestra Divina Majestad, patrona de las Españas y de
las Indias, que no me dejará decir una cosa por otra.
—Cierto es —dijo Nuestra Señora—, que en pocas partes del mundo se me
venera tanto como en las tierras de que habla Santiago, y, a decir
verdad, yo quisiera hacer hasta los imposibles a favor de aquellos para
mí muy amados hijos.
—¡Vamos, di lo que solicitas, Diego —exclamó el Eterno dando una
cariñosa palmada en la mejilla del santo—; basta que mi amantísima Madre
sea intercesora, para que yo te conceda cuanto desees, con tal que no
me pidas gollerías.
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