Textos más populares esta semana de Pablo Palacio | pág. 3

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autor: Pablo Palacio


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Gente de Provincias

Pablo Palacio


Cuento


Santiago Maya

Aquel pobre señor de provincia, Santiago Maya, andaba siempre en chancleta y fumaba largos y renegridos puros… Pobre de dinero, no: cinco mil barras, como dicen, hacen en los pueblos una fortuna bastante respetable. Da para echar vientre; ponerse la gorra o el sombrero de paja a media testa; hundir las manos en los bolsillos, sonando las llaves y alguna que otra moneda; arrastrar grave y concienzudamente las zapatillas, y hablar de política y mujeres.

Santiago Maya tuviera más, mucho más, si no habría sido por la maldita hernia, que le obligaba a tener prendido a la carne, como un apéndice, el insoportable braguero.

Cuando mozo fuera ayudante de su padre en un molino, que a la cabecera del pueblo metía la bulla del siglo: las grandes piedras remordiéndose ruidosamente para triturar el grano; los remiendos de las bandas azotando como foetes los volantes durante las vueltas interminables. Santiago llevaba de uno a otro lado los ventrudos costales de trigo y los hondos cajones de harina. Se hizo fuerte como un toro. Una mañana, en unión de algunos jornaleros, vacilaba ante una pesada carga:

—A que no alzan ustedes este saco.

—Ni usted lo alza, patrón.

Lo que menos le gustaba era las charlas. Al grano, al grano, y en verdad que al grano había que ir. Y que «lo alzo», que «no lo alza»… Santiago levantó el saco poniéndose muy rojo; luego emplasteció un poquillo, y no hubo más.

A los pocos días, durante el baño, reparó en una pequeña bolita junto al bajo vientre, que después fue hinchándose poco a poco. Las amigos le dieron bromas, pero él se puso serio y un sí es no es asustado. Decaían sus fuerzas, y en esa ocasión, lleno de vergüenza, casi no pudo atravesar el río a nado.


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8 págs. / 14 minutos / 27 visitas.

Publicado el 10 de mayo de 2026 por Edu Robsy.

Una Mujer y Luego Pollo Frito

Pablo Palacio


Cuento


Me es preciso volver al tiempo en que conocí a este hombre, cuando era escribiente y comía en un Casino de Oficiales. Recuerdo que petardeaba la comida. Esa tarde yo estaba frente a él y tratábamos de política. De improviso pude ver que se entusiasmaba y acompañaba su conversación de manotadas. Púsose a hablar del Presidente y nos dijo que era un nadador formidable. Entonces se abrió un gran sitio entre sus vecinos:

—Su modo de nadar era así:


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Dominio público
19 págs. / 33 minutos / 166 visitas.

Publicado el 17 de mayo de 2024 por Edu Robsy.

Rosita Elguero

Pablo Palacio


Cuento


I

Aquel amor hondo y bravío se le entró en el corazón con todo el fuego del trópico.

La había visto crecer desde niña, había visto redondearse sus líneas y ponerse cada vez más negros sus ojos… Y, de improviso, al descubrir una sonrisa furtiva de ella se había enamorado con toda la vehemencia impulsiva de su alma, con todo el ardor hondo del trópico. De la muchacha traviesa de antaño había pasado a ser señorita, y la indiferencia con que antes él la miraba, habíase tornado en un deseo avasallador de sondear desde cerca el misterio de sus ojos.

Y cuando desde las regiones del ensueño descendió a la prosaica realidad, al oír la invitación que le hiciera su amigo Alfredo para ir a casa de Rosita, se detuvo un momento vacilante, meditó mirando fijamente la rica alfombra, mientras dejaba transparentar en su rostro las violentas emociones que sufría, y se decidió por fin, no sin poner antes algunos reparos, que fueron fácilmente allanados.

II

Al otro día, Juliano se levantó bastante tarde, y con la cabeza demasiado pesada por los efectos del vino.

Se incorporó en el lecho y se puso a divagar… Lo veía todo como a través de un sueño, le parecía imposible o dudoso lo de la noche anterior. Recordaba el poco azoramiento que tuvo al entrar, sus miradas dulces y esquivas; luego la animación de las primeras libaciones, el vals, sus movimientos, torpes al principio debido a la emoción; los hombros blanquísimos de ella, la alegría de los padres, su salida a la terraza, la luna, la tranquila unción de la ciudad, y después de aquellas palabras que va repitiendo la humanidad entera de boca en boca, el beso que le hizo estremecer y dudar de sí mismo, en un aniquilamiento involuntario de su personalidad. Luego su tristeza, sus palabras inocentes, aquellas palabras que tuvieron en el silencio de la noche el temblor de una melopea trágica.


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6 págs. / 11 minutos / 69 visitas.

Publicado el 19 de mayo de 2024 por Edu Robsy.

El Frío

Pablo Palacio


Cuento


Para la buena hermana —no contada— de Víctor, Ramón y María. Es fina, pálida, morenuca. Y ha sido embrujada con un bebedizo de indiferencia.

—¡Víctor! ¡Ramón! ¡María! ¡Muchachos! Todos aquí. —Es la voz argentada de Rosario que llama a sus pequeñines. Juegan junto a la cancela del jardín.

Mariquita entra la primera. Es un angelito de Dios. Hecha de cielo y sol, áurea como la luz dorada del crepúsculo. Tiene el cabello rubio cortado en la nuca; las mejillas sonrosadas, manzanas maduras; los labios entreabiertos; los dientes finos y blancos, collar menudito de estrellas: la nariz pequeñina, carnosa y ligeramente levantada hacia arriba; gordita, blanca y los ojos de añil.

Como un rayo de luz, juguetona y frágil, zalamera y risueña, abriendo los bracitos de nácar, cae sobre el regazo de su mamacita. Levantándola en alto la hace mil de mimos, caricias y besos.

Víctor entra después corriendo como un gamo y colocándose detrás de Rosario se acurruca lo más que puede; ésta, maliciosa y sonriente, lo tapa de las miradas de Ramón que entra de puntillas y con la sonrisa en los labios. Daniel, el padre, le avisa con los ojos en donde se oculta Víctor; éste, que tiene el dedo sobre los labios, ve la indicación y lloriquea:

—No quiero. ¡Vaya! Fuera de avisadas.

Ramón, al oír la voz de Víctor, suelta la carcajada, y en esa carcajada, contenida a duras penas por un minuto, hay de todos los matices y todas las dulzuras.


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Dominio público
4 págs. / 7 minutos / 84 visitas.

Publicado el 17 de mayo de 2024 por Edu Robsy.

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