Textos más populares este mes de Rafael Delgado publicados por Edu Robsy disponibles | pág. 2

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autor: Rafael Delgado editor: Edu Robsy textos disponibles


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Amor de Niño

Rafael Delgado


Cuento


A Cayetano Rodríguez Beltrán

¿Te ríes? Sí; un amor profundo, verdadero, que laceró cruelmente mi corazón de niño, y que ahora todavía, después de tantos años, si le evoco, hace palpitar mi corazón dolorido y humedece mis ojos. Oye: vida alegre la nuestra, vida regocijada y dichosa que tenía algo del vigor de la vegetación del trópico, que se desbordaba por todas partes como las trepadoras en las umbrías, ansiosas de aire y de luz.

De diario las tareas escolares, las rudas tareas del Colegio, encorvados sobre los clásicos, a vueltas con Horacio y Virgilio, rabiando con las dificultades de Terencio y maldiciendo de las pompas de Cicerón. Tarea ingrata, y a mi juicio estéril, y que ahora doy por bien cumplida porque me inició, sin que yo me diera cuenta de ello, en las mil bellezas de la gran literatura latina, sin lo cual no repitiera hoy, lamiéndome los labios, como si gustara de añejo vino, aquello del Mantuano:


Et jam summa procal villarum culmina fumant
Majoresque cadunt altis de montibus umbrae.
 

Mas para todo había tiempo: para salir a merodear por los solares baldíos ó deshabitados, a hurtar naranjas; para subir a lo más alto del cerro vecino; para tomar delicioso baño en las pozas más hondas y sombrías del turbio Albano, o ir a vocear en un llano desierto, a la sombra de un ceibo aparasolado y susurrante, la «Vida del campo» de Fray Luis de León, el «Israelita prisionero» de nuestro Pesado y la «Playera» de Justo Sierra.


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5 págs. / 10 minutos / 101 visitas.

Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Amistad

Rafael Delgado


Cuento


A Pancho Ariza

Entramos. El salón estaba casi obscuro. Gentes y cosas le robaban la luz meridiana, y el humo de los cigarros lo velaba todo; todo aparecía como a través de una gasa, tenue aquí, espesa allá, que todo lo envolvía y que por doquiera extendía sus pliegues azulosos. Daba náuseas el aire viciado de la cantina, la fetidez que lastimaba los más fuertes estómagos y en la cual se mezclaban hedores de gástricos despojos, alientos de borracho, olor de tabaco malo, aromas de ajenjo, de cognac y de bitter, tufo de salazones, y agradable perfume de fresas recién cortadas y de naranjas tempraneras.

Casi todas las mesas estaban ocupadas; sólo una, allá en el fondo, limpia y escueta, parecía esperar a los parroquianos amigos suyos, o a pacíficos transeuntes que entraban en la cantina más por buscar asiento que por tomar una copa.

Adentro, ir y venir de criados; los cantineros que servían atareados a los marchantes, mientras en inquieto y rumoroso hormigueo, en parejas o en grupos, los corredores de minas —los «coyotes», como los ha llamado el pueblo— redondeaban y afirmaban una operación, ponderando las excelencias de tal o cual papel en alza, charlando del porvenir de ésta o de la otra mina, y tratando de engañarse mutuamente, aguzaban el ingenio y apuraban los recursos supremos del oficio para decidir a un tímido o atemorizar a un valiente.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

La Gata

Rafael Delgado


Cuento


Al Sr. Don Manuel Blanc

Digno de la pluma festiva del Curioso Parlante, del estilo profundo de Fortún y de los pinceles de Valeriano Bécquer, es el tipo que hoy ofrezco al buen humor de los lectores.

Por desventura mía no tengo ni la verba salada de Mesonero, ni las tristes genialidades de Zarco, ni el colorido delicado del infortunado pintor, para presentaros, como es debido, con todas sus gracias y donaires y su más y su menos, esta nueva especie del reino femenil que pollos tempraneros, lechuguinos crónicos y solterones contumaces han clasificado entre los individuos de la raza felina.

Hace tres lustros —y apelo para justificar mi dicho al testimonio de los pisaverdes de antaño— designábanle todos con el nombre genérico de «garbancera»; con el de «garbancerita» si era guapa y coqueta, con el de «garbancito» si muy joven y tímida, y con el de «garbanzo» si pasaba de los veintiocho agostos, era recia de carnes y poco llevadera de bromas y chuleos en esquinas y mostradores.

¿Cuándo cambió de nombre? No he podido averiguarlo, por más que he puesto a contribución el saber de muchos amigos míos, muy estudiosos y eruditos, y peritísimos en eso de Zoología… doméstica.

Pero «gata» o «garbancera» —como os plazca llamarla— la servidora coquetuela y lista, que nos hace la cama, nos sirve la mesa y suele satisfacer nuestro apetito con los portentos de su talento culinario, es merecedora de un breve estudio por lo menos.

Debo principiar por deciros que, aunque a veces admiro sus ojitos negros y chispeantes y gozo con su ingenua alegría, si la veo ostentar en calles y espectáculos sus galas domingueras, y hasta llego a extasiarme, de cuando en cuando, con sus pies aristocráticamente calzados, no me apasiono por el género, y prefiero al plebeyo rebozo, la española mantilla, y el suave perfume de la Champaca de Lahor al aroma, delator de vulgar estirpe, de la Kananga del Japón.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Para Toros del Jaral

Rafael Delgado


Cuento


¡Guárdeme el cielo de pensar y decir que don Malaquías López, como le llamaban algunos, o «ñor» Malaquías, como le nombraban casi todos, era librepensador, espíritu fuerte, o algo así! ¡Nunca! ¡Hay tantos que lo parecen y que no lo son!

Además, ¡quién me ordena juzgar a las personas! Yo tengo mi propia particular psicología, la cual me sirve para explicarme muchas cosas, para darme cuenta de otras, y, por ende, para conceder a cada individuo justa y merecida estimación.

Don Malaquías era lo que Dios le había hecho, y si hablaba como hablaba de los párrocos de Villapaz, se debe a que es parlanchín y suelto de locuela; y que le placía lucirse delante del alcalde y le gustaba halagar el vibrante jacobinismo de Juanito Bolaños, el normalista director de la Escuela «Melchor Ocampo», y contentar al boticario, que era magnetizador y espiritista, y más dado a las cuarenta que a los capítulos y fórmulas de la farmacopea.

¡Qué había de hacer don Malaquías! El hombre tenía «fufú», y por ello le llamaba talentoso el desbravador de chicos; se carteaba con altos personajes, se leía de cabo a rabo los periódicos y tratábase, a las veces, con diputados arbitristas y con señorones metidos en el revuelto belén de la política. Item más: allá en sus floridas mocedades soltó el pelo de la dehesa y aprendió su cacho de latín en el Seminario Palafoxiano.

Más de un siglo —si las tradiciones no mienten— imperó en el pueblo la dinastía de los López, en cuyas manos habilísimas se mantuvieron siempre las navajas y el cetro, de todo poder de Villapaz. Con Malaquías iba a extinguirse tan ilustre familia; sí, pero se extinguiría gloriosamente, por manera digna de tan ilustre abolorio y de un pasado tan brillante.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Amparo

Rafael Delgado


Cuento


A Eliézer Espinosa

I

El padre, muy honrado y trabajador, antiguo empleado de un ferrocarril, pereció, como tantos otros, en un descarrilamiento. La infeliz viuda, abandonada en extraña tierra, dolorida y delicada, buscó y halló trabajo en una fábrica de cigarros; mas débil por naturaleza no soportó mucho aquella tarea superior a sus fuerzas y se enfermó. La tisis, esa enfermedad de los pobres y de los miserables, le echó la garra con tanta crueldad que pronto la infeliz viuda, antes tan activa y diligente, comenzó a languidecer de tal manera, que era cosa de milagro cómo se sostenía y atendía a todo.

Sin embargo, como podía iba a la fábrica.

Después de aquella horrible desgracia, después de aquella horrible noche en que le entregaron el cadáver de su marido destrozado por la locomotora y despedazado en el hospital por los médicos, la viuda se gastó cuanto tenía. Pasados tres meses, la miseria y el hambre entraron en aquella casa y tomaron posesión de ella.

El jornal era corto, hubiera sido fácil duplicarlo, pero la viuda se veía obligada a trabajar poco. Las fuerzas le faltaban. La calentura y los sudores eran continuos.

—¡Esto acabará en breve! —decía tristemente, cuando algunas compañeras le indicaban remedios—. No es la enfermedad lo que mata, es la tristeza. ¿Qué será de mi hija si yo me muero? Yo… pronto me he de morir.

Vino la primavera, la estación de la vida, y la pobre enferma mejoró de salud; alivio de algunos días que pasó como una nube desvanecida por el viento.

A las cinco ya estaba en pie, preparando el desayuno o vistiendo a la niña, porque al irse tenía que dejarla en casa de unas vecinas, las cuales cuidaban de la chiquitina y la mandaban a la escuela.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

En Legítima Defensa

Rafael Delgado


Cuento


Al Sr. Lic. Don Silvestre Moreno

—¡Buenas tardes! —dije, y detuve mi alazán delante del portalón. Nadie contestó. Volví la vista por todos lados y descubrí a un chicuelo casi desnudo que corría asustado hacia el jacal vecino.

—¡Buenas tardes! —repetí.

—¡Téngalas usted, señor! —contestóme entonces el anciano desde el interior de la casa, una casa de madera, nueva, bien dispuesta y cómoda.

—¡Apéese del caballo! ¡Y vaya si está bonito el animal! —prosiguió examinando atentamente mi caballería.

Obedecí al buen campesino, y eché pie a tierra.

—¡Tomás! —gritó con acento imperioso, revelador de un carácter enérgico y de un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido.

Acudió un mancebo.

—¡Toma ese caballo, y paséalo!

Y volviéndose a mí:

—¿Sigue usté el viaje o pasa usté la noche en esta pobre casa?

—Pernoctaré aquí.

—¡Ah! —me contestó—. Pues entonces que desensillen! ¡Pase usté!

Entré.

—¡Tome usté asiento! —díjome con rústica afabilidad—. Aquí, afuera, que hace mucho calor.

Estamos en mayo y no ha caído ni una gota de agua; los pastos están secos, el café no florea todavía, y por todas partes se está muriendo el ganado!

—¿Y a usted qué tal le ha ido?

—¿A mí? —repuso, arrimando un taburete de cedro, toscamente labrado—. ¡Gracias a Dios, bien! Tengo monte y agua por todas partes. ¿No oye usté el río? ¡Aquí no falta el agua!

Y sentándose a mi lado principió a tejer una conversación tan sencilla como interesante, acerca de sus faenas agrícolas, de sus ganados, de su trapiche, de lo que prometían sus cafetales, si Dios mandaba dos o tres aguaceritos sobre aquellos campos.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Bajo los Sauces

Rafael Delgado


Cuento


(Fragmentos de un diario)

A José P. Rivera

Muchos y muy hermosos sitios tiene el Albano en aquella margen, pero el que yo prefería, es, sin duda, el mejor. Está más allá de la Fábrica, río arriba, a la izquierda, en los términos de una dehesa siempre verde y mullida que se extiende hasta las faldas boscosas del San Cristóbal. Es un rincón formado por los derrumbes y ampliado por las crecientes, que la fecunda vegetación tropical no tardó en invadir, cubriéndole de verdura en pocos años. Poblóle de sauces y de álamos; regó en el cantil simientes de mil plantas diversas; sembró gramas perennes en el pedregoso suelo y ornó el peñón, que en el fondo se esconde acurrucado, con musgos y líquenes. Los sauces sueñan cosas tristes inclinados sobre la corriente adormecida y sesga; los álamos alardean de su esbeltez y de sus copas susurrantes.

Trajeron los vientos al peñón polen de orquídeas; brotaron por todas partes las begonias para ostentar sus hojas aterciopeladas, y los helechos prosperaron aquí y allá para lucir cada verano sus túnicas de seda. Los convólvulos treparon por todas partes, derrochando cráteras y festones; las aroideas hurañas buscaron abrigo y humedad, y mientras los lirios campesinos se instalaron con las ovas crinadas cabe el raudal silencioso, los romeros acuáticos vinieron rodando en busca de los islotes.

Sitio encantador como perdido en un barranco, lejos de la ciudad y no conocido de cazadores.

¡Cuántas mañanas de invierno, cuántas tardes de otoño, pasé a la sombra de aquellos sauces melancólicos! Tendido en la grana, a un lado el libro, dejaba yo vagar el pensamiento por las regiones encantadas de los mundos imaginarios.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Pancho el Tuerto

Rafael Delgado


Cuento


Después de aquel discurso tan erudito, repleto de citas de filósofos y de sociólogos, desde Aristóteles hasta lo más fresquito de los tomistas al uso, el Deán sorbió un polvo de lo más rico, se limpió las narices con el rico pañuelo de seda, doblóle poco a poco, arrellanóse en el comodísimo sillón y se preparó a escuchar atentamente, seguro de no ser vencido por su antagonista, y dispuesto a replicarle si era necesario.

El vejete, famoso gregoriano, discípulo de Rodríguez Puebla y compañero del «Nigromante», hizo una mueca, un gesto de mico, se colocó sobre las rodillas, asiéndole por los extremos, el bastoncillo de áureo puño y pulida contera, y, vivísimos y chispeantes los azules ojos, las cejas móviles, tremulillo el mentón, fluctuante de la sonrisa, se expresó en estos términos:

—¡Norabuena, señor y amigo mío! ¡Allá va un sucedido! Érase que se era, hace muchos años… en aquellos felices tiempos de Su Alteza Serenísima, cuando la ciencia y los saberes de todos residían en clérigos de campanillas, frailes graves, «doctores de la ley» y licenciados «in utroque», y ante todo y sobre todo, en mi grande y respetado amigo don Lucas Alamán, un cierto individuo, Francisco de nombre, a quien todos llamaban Pancho. Decidor y agudo cuando estaba en su juicio, subía y bajaba en pos de sus amigos (que los tenía por docenas y muy generosos), a quienes entretenía gratamente con dichos, coplas y cuentos, sazonados a veces con uno que otro remoque.

Pancho estaba en todas partes: en los corredores de Palacio y en el torno de las Capuchinas; en el pórtico del Gran Teatro Santa-Anna y en la portería de Santo Domingo: en los bancos de las cadenas, en conversación con pensionistas famélicos y estudiantes de tuna, o en la celebre alacena de don Antonio de la Torre, de charla con literatos y gaceteros.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

Mi Vecina

Rafael Delgado


Cuento


A Manuel Bringas

¡Fiesta de boda!… Ruidosa fiesta que ha dado que hablar a todo el barrio, que ha revuelto la calle entera, desde la especiería de don Venancio, hasta la casa de Chucho Carrasco, el sastre afamado de la gente obrera, y desde la carbonería de la tía Chepa hasta la Escuela de don Cleto de la Pauta, una escuela municipal, en la cual se ha desarrollado en estos últimos días el gusto por el canto de modo tan activo, que me tiene destrozados los tímpanos. Ruidosa fiesta cuyos ecos regocijados llegan hasta aquí, a turbar con sus interminables polcas y sus mazurcas lánguidas, el triste silencio de mi gabinete. Desde bien temprano hemos tenido música. ¡Y qué música! Un salterio vibrante, una flauta querellosa, un violín trémulo y un bajo enronquecido; cuatro instrumentos mal concertados que de pura alegría se hacen pedazos y que en dos por tres desgarran el repertorio zarzuelesco con sus correspondientes y populares derivados.

Esta mañana, muy de madrugada, se casó la chica, y a las cuatro y media todos los pacíficos vecinos despertamos al ruido de los simones. Se ha casado Clarita, la perla del barrio, la guapa morena de ojos negros y talle cimbrador. Ayer todavía era una chiquitína que, con la almohadilla bajo el brazo, salía para la amiga en puntito de las ocho.

Pálida, enclenque, enfermiza, tristemente traviesa y vivaracha, no prometía larga vida. Puedo decir que la he visto crecer. ¡Quince años! Tres lustros pasados como un soplo… ¡Y qué bien lograditos! La que hace poco tiempo parecía delicada y débil, es hoy una real moza, una muchacha encantadora en todo el esplendor de la belleza primaveral.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

El Caballerango

Rafael Delgado


Cuento


A Gilberto Galindo

I

—¿Ónde vas, hermano?

—Por áhi, hermano, al banco!

—Entra a encachártela; te la convido. Luego dices que yo nunca me abro, y va lo ves, soy parejo. Ora tengo mis níqueles… ¡oye!

Y al decir esto, quien así discurría, se golpeaba suavemente el bolsillo del pantalón, dejando oír el sonido argentino del dinero.

—Pero si el patrón me está aguardando y voy por el «Tordo».

—Ándale, entra; aquí está mi compadre Tiburcio. Anoche la corrimos juntos y ahoy venimos a rematarla.

—A curártela, manito; luego se te echa de ver que estás crudo.

—Anda, dijo el primero, empujando a su amigo, ¿de qué le la echas?

—Ya sabes… dulce; pero bien picadito…

Y lentamente, arrastrando los pies de un modo característico, y con ese bamboleo particular que tienen para caminar los jinetes consuetudinarios, semejante al que adquieren los marineros con el compasado movimiento del inestable bajel, nuestros interlocutores bajaron el quicio de una puerta y entraron en la tienda.

Esto pasaba en una de las más concurridas y de mejor parroquia, en la de «La Poblanita», calle de la Angostura, centro de reunión de artesanos que hacen san-lunes, de garroteros en descanso, de operarios cesantes y de corredores al por menor de mercancías y productos nacionales.

—Compadre, ¿de qué la toma?

—Yo, compadre, lo mesmo… «vaca».

—Ya lo oye, doña, dijo el que invitaba; mi compadre Tiburcio repite; para nosotros… ya sabe mi constelación: «beso»… bien picadito.

La expendedora se apresura a servirlos. Frente al compadre puso un gran vaso de fondo estrecho y ancha boca, lleno de plebeyo «tepache» mezclado con rompope, y ante los afectuosos amigos otro mediano, rebosando cierto líquido fragante y de color de topacio.


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Publicado el 1 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.

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