A Gilberto Galindo
I
—¿Ónde vas, hermano?
—Por áhi, hermano, al banco!
—Entra a encachártela; te la convido. Luego dices que yo nunca me abro, y va lo ves, soy parejo. Ora tengo mis níqueles… ¡oye!
Y al decir esto, quien así discurría, se golpeaba suavemente el
bolsillo del pantalón, dejando oír el sonido argentino del dinero.
—Pero si el patrón me está aguardando y voy por el «Tordo».
—Ándale, entra; aquí está mi compadre Tiburcio. Anoche la corrimos juntos y ahoy venimos a rematarla.
—A curártela, manito; luego se te echa de ver que estás crudo.
—Anda, dijo el primero, empujando a su amigo, ¿de qué le la echas?
—Ya sabes… dulce; pero bien picadito…
Y lentamente, arrastrando los pies de un modo característico, y con
ese bamboleo particular que tienen para caminar los jinetes
consuetudinarios, semejante al que adquieren los marineros con el
compasado movimiento del inestable bajel, nuestros interlocutores
bajaron el quicio de una puerta y entraron en la tienda.
Esto pasaba en una de las más concurridas y de mejor parroquia, en la
de «La Poblanita», calle de la Angostura, centro de reunión de
artesanos que hacen san-lunes, de garroteros en descanso, de operarios
cesantes y de corredores al por menor de mercancías y productos
nacionales.
—Compadre, ¿de qué la toma?
—Yo, compadre, lo mesmo… «vaca».
—Ya lo oye, doña, dijo el que invitaba; mi compadre Tiburcio repite;
para nosotros… ya sabe mi constelación: «beso»… bien picadito.
La expendedora se apresura a servirlos. Frente al compadre puso un
gran vaso de fondo estrecho y ancha boca, lleno de plebeyo «tepache»
mezclado con rompope, y ante los afectuosos amigos otro mediano,
rebosando cierto líquido fragante y de color de topacio.
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