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Los Muertos no Olvidan

Robert E. Howard


Cuento


Dodge City, Kansas,

3 de Noviembre, 1877

Sr. William L. Gordon,

Antioch, Texas.

Estimado Bill:

Te escribo porque tengo el presentimiento de que no duraré mucho tiempo más en este mundo. Esto probablemente te sorprenda, porque sabes que gozaba de buena salud cuando me marché con el ganado, y de momento no estoy enfermo, pero igualmente tengo el convencimiento de que pronto seré hombre muerto.

Antes de que te cuente por qué lo creo, te informaré del resto de lo que tengo que decir: llegamos a Dodge City sin problemas con las reses, que hacían un total de 3.400 cabezas, y el jefe de la expedición, John Elston, consiguió sacarle veinte dólares por cabeza al señor R.J. Blaine, pero Joe Richards, uno de los chicos, fue embestido por un novillo y murió cerca del Canadian. Su hermana, la señora Dick Westfall, vive cerca de Seguin y te rogaría que cabalgases a su hacienda y le contases lo ocurrido a su hermano. John Elston le enviará la silla de montar, la brida, la pistola y algo de dinero.

Ahora, Bill, intentaré relatarte por qué sé que acabaré pronto en el hoyo. Recordarás al viejo Joel, el que fue esclavo del coronel Henry, y que el pasado agosto, justo antes de que me fuera a Kansas con el ganado, lo encontraron a él y a su mujer muertos… era la pareja que vivía en aquel bosque de robles junto al riachuelo Zavalla. Ya sabes que la mujer se llamaba Jezebel y que la gente decía que era bruja. Era una mulata clara y bastante más joven que Joel. Adivinaba el futuro e incluso algunos blancos la temían. Yo nunca creí en esas historias.


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10 págs. / 18 minutos / 85 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Aguas Inquietas

Robert E. Howard


Cuento


Recuerdo como si fuera ayer aquella terrible noche en el Silver Slipper, a finales del otoño de 1845. Fuera el viento rugía en un gélido vendaval que traía granizo en su regazo, hasta repiquetear éste contra las ventanas como los nudillos de un esqueleto. Sentados alrededor del fuego en la taberna, podíamos oír por encima del ruido del viento y el granizo el tronar de relámpagos blancos que azotaban frenéticamente la agreste costa de Nueva Inglaterra. Los barcos amarrados en el puerto tenían echada doble ancla, y los capitanes buscaban el calor y la compañía que les ofrecían las tabernas de los muelles.

Aquella noche había en el Silver Slipper cuatro hombres, y yo, el friegaplatos. Estaba Ezra Harper, el tabernero; John Gower, capitán del Sea-Woman; Jonas Hopkins, abogado procedente de Salem; y el capitán Starkey del Vulture. Estos cuatro hombres estaban sentados frente a una mesa de roble delante de un gran fuego que crepitaba en la chimenea, mientras yo correteaba por la taberna atendiendo a los clientes, llenando jarras y calentando licores especiados.

El capitán Starkey estaba sentado de espaldas al fuego y miraba a la ventana contra la que golpeaba y repiqueteaba el granizo. Ezra Harper estaba sentado a su derecha, al final de la mesa. El capitán Gower estaba en el otro extremo, y el abogado, Jonas Hopkins, estaba sentado justo enfrente de Starkey, dando la espalda a la ventana y mirando el fuego.

—¡Más brandy! —bramó Starkey, golpeando la mesa con su enorme y nudoso puño. Era un tosco gigante de mediana edad, con una barba espesa y negra y ojos que brillaban por debajo de gruesas cejas negras.

—Una noche fría para los que navegan por el mar —comentó Ezra Harper.


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7 págs. / 13 minutos / 205 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Aparición en el Cuadrilátero

Robert E. Howard


Cuento


Los lectores de esta revista probablemente recordarán a Ace Jessel, el enorme boxeador negro al que representé hace unos años. Era un gigante de ébano, de casi dos metros de altura y un peso de ciento cinco kilos. Se movía con la suavidad de un leopardo gigante y sus flexibles músculos de acero palpitaban bajo su brillante piel. Un boxeador muy inteligente para ser un hombre tan grande, que descargaba el impacto devastador de un martillo pilón con cada uno de sus enormes puños.

Por aquel entonces estaba totalmente seguro de que no tenía igual en el cuadrilátero… excepto por un defecto fatal. Carecía de instinto asesino. Poseía mucho coraje, como dejó probado en más de una ocasión, pero se contentaba simplemente con boxear, sacando más puntos que sus oponentes y acumulando la ventaja suficiente para no perder.

En bastantes ocasiones el público le abucheaba, pero sus provocaciones sólo conseguían que su sonrisa bonachona se ensanchase. Sin embargo, sus peleas siempre aseguraban una buena caja. En las escasas ocasiones en las que se veía forzado a abandonar su papel defensivo, o cuando era igualado por un rival astuto al cual debía noquear para conseguir la victoria, los aficionados entonces podían disfrutar de un combate épico que conseguía ponerles los pelos de punta. E incluso en esas ocasiones se apartaba una y otra vez del rival abatido, dándole tiempo al derrotado para recuperarse y volver al ataque… mientras el público despotricaba y yo me tiraba de los pelos.

La única lealtad inquebrantable en la plácida vida de Ace era su fanático fervor por Tom Molyneaux, el primer campeón americano; un robusto luchador negro que según algunos entendidos había sido el púgil más grande de todos los tiempos.


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16 págs. / 28 minutos / 109 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Dagon Manor

Robert E. Howard


Cuento


Cuando yazca moribundo en mi lecho postrero, recordaré mi primera visión de Dagon Manor, la mansión maldita. Un frío cielo gris se cernía sobre ella, en medio de su emplazamiento, en la apartada extensión de los pantanos. Más allá de su solitaria oscuridad, se vislumbraba la sombría masa carmesí del sol, ocultándose tras las montañas.

Las marismas, de un color apagado y melancólico, nos rodeaban por doquier, y las malas hierbas se agitaban bajo el frío viento. Hasta donde podíamos ver, no había ningún otro signo de vida humana en los alrededores… tan solo aquella casa sombría, sin iluminar, que se alzaba enhiesta frente a la fría soledad.

El hermano de mi amigo Conrad se estremeció involuntariamente.

—¡Menudo lugar más desolado! ¿Por qué diablos elegiría este hombre un lugar tan insano para vivir?

Me encogí de hombros.

—A estas alturas ya deberías conocer mejor a Taverel, Conrad. Siempre ha sido un alma morosa, taciturna; siempre ha tenido algo de recluso, algo de misántropo y algo de místico. Este lugar tan triste y solitario es justo lo que más le complace, teniendo en cuenta que la herencia de su tío le ha facilitado el poder llevar a cabo sus mayores excentricidades. ¡Mira!

Una luz acababa de encenderse en la silenciosa casa.

—Vayamos dentro.


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25 págs. / 45 minutos / 86 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

El Dios de Jade

Robert E. Howard


Cuento


Me desperté sobresaltado, emergiendo de un sueño profundo, sacudido por un horror innombrable. La luz de la luna iluminaba mi habitación, dotando a mis objetos familiares de una cualidad espectral y, mientras me preguntaba a mí mismo qué me había despertado, lo recordé… y, al hacerlo, me quedé paralizado cuando, una vez más, otro alarido espeluznante, como el que me había sacado de mi sueño, resonó de forma horrible en el silencio de la media noche. Parecía provenir de la casa de mi excéntrico y taciturno vecino, William Dormouth. No esperé a vestirme; agarrando un pesado bastón de madera de espino, descendí a toda prisa por las escaleras y corrí por mi jardín en dirección a la casa oscura que se perfilaba, siniestra, contra las estrellas. Según me acercaba al porche, otra figura apareció por entre las sombras de la barandilla, y comprobé que se trataba de mi amigo y vecino John Conrad.

—¿Qué este todo este ruido, Kirowan? —me preguntó, casi sin aliento, y divisé el fulgor de un revólver en su mano.

—Lo ignoro, —repuse—. Parece que alguien ha gritado.

—La puerta principal está cerrada, —dijo, frunciendo el ceño.

—¡Escucha! —desde algún lugar en el interior de la casa se escuchaban de nuevo ruidos de lucha… junto con un grito horripilante y lastimero y el indescriptible sonido de algo desgarrándose.

—¡Echa la puerta abajo! —gritó Conrad—. ¡Están asesinando a Dormouth mientras estamos aquí plantados!

No pude hacer más que arrojarme con todo mi peso contra la puerta la cual, con gran estrépito, saltó de sus goznes, cayendo hacia el interior. Me catapulté en el vestíbulo en sombras con Conrad pegado a mis talones, y nos dirigimos hacia la escalera.

—¡Por aquí! —exclamó—, Dormouth siempre duerme arriba…


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13 págs. / 24 minutos / 56 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

El Horror del Túmulo

Robert E. Howard


Cuento


Steve Brill no creía en fantasmas ni en demonios. Juan López sí. Pero ni la precaución de uno ni el testarudo escepticismo del otro pudieron protegerlos contra el horror que recayó sobre ellos… un horror olvidado por los hombres durante más de trescientos años, un miedo demencial procedente de épocas perdidas había resucitado.

Sin embargo, mientras Steve Brill se hallaba sentado en su desvencijado porche aquella última noche, sus pensamientos estaban tan alejados de extrañas amenazas como los pensamientos de cualquier hombre puedan estarlo. Los suyos eran pensamientos amargos pero materialistas. Miró sus tierras y luego blasfemó en voz alta. Brill era alto, delgado y tan duro como la piel de unas botas… un digno descendiente de los pioneros de cuerpos acerados que arrebataron a la tierra virgen el oeste de Texas. Estaba tostado por el sol y era fuerte como un novillo de cuerno largo. Sus delgadas piernas y las botas que las sostenían delataban sus instintos de vaquero, y ahora se maldecía a sí mismo por no haber bajado de los lomos de su gruñón potro mesteño y haber dedicado su tiempo a sacar adelante una granja. El no era granjero, admitió el joven vaquero maldiciéndose una vez más.

Sin embargo, su fracaso no había sido totalmente culpa suya. Lluvia abundante en el invierno, tan escasa en el oeste texano, había creado fundadas esperanzas de buenas cosechas. Pero, como de costumbre, algo sucedió. Una helada tardía echó a perder toda la fruta. El grano que había prosperado tanto estaba ahora abierto, descascarillado y aplastado en el suelo tras una terrible granizada justo cuando ya estaba amarilleando. Un periodo de intensa sequía, seguido de otro granizo, acabó con el maíz.


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23 págs. / 41 minutos / 223 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Ídolo de Bronce

Robert E. Howard


Cuento


Aquella fantástica y espeluznante aventura comenzó de forma repentina. Me encontraba sentado en mi alcoba, escribiendo tranquilamente, cuando la puerta se abrió de sopetón y mi criado árabe, Alí, irrumpió en la estancia, sin aliento, y con la mirada desorbitada. Pegado a sus talones entró un hombre al que creía muerto desde hacía mucho tiempo.

—¡Girtmann! —me puse en pie, asombrado—. En el nombre del cielo, ¿qué…?

Tras hacerme callar con un gesto, se giró hacia la puerta y la cerró, echando el cerrojo con un suspiro de alivio. Durante un instante, respiró profundamente mientras yo parpadeaba y le examinaba con curiosidad. Los años no le habían cambiado… su figura, baja y fornida evidenciaba aún una dinámica fuerza física y su rostro, reciamente esculpido con una mandíbula prominente, nariz ganchuda y ojos arrogantes, reflejaba aún la testaruda determinación y la implacable seguridad del hombre. Pero ahora, sus ojos fríos aparecían sombríos y sus arrugas de tensión convertían su semblante en una máscara demacrada. Todo su aspecto denotaba tal tensión nerviosa que supe que debía de haber pasado por un trance terrible.

—¿Qué sucede? —inquirí, contagiándome en parte de su evidente nerviosismo.

—Ten cuidado con él, sahib —estalló Alí—. ¡No tengas tratos con aquellos que están malditos por el diablo, no sea que los demonios se interesen también por ti! Te digo, sahib…


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27 págs. / 47 minutos / 69 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Rebelde

Robert E. Howard


Novela


I

Era incapaz de no interesarse de buena gana en el partido a pesar de su cínica actitud hacia todas las actividades del colegio. Se sentía incluso algo avergonzado de aquel incontrolable entusiasmo y la mayor parte del tiempo intentaba abstraerse en medio de aquella agitación y considerar tanto a jugadores como a espectadores con la mirada fría del observador indiferente. Pero se daba cuenta de que aquello era imposible, y hacía responsable de ello a su fogoso temperamento celta. En todo caso, fuera cual fuese la competición, no tardaba en tomar partido por uno de los bandos con una parcialidad reconocida, y por eso mismo aullaba como un indio en pie de guerra animando al equipo de Gower-Penn. No se trataba de una vaga y pueril expresión del «espíritu del colegio», se daba cuenta de ello de un modo confuso, y no era tampoco admiración por los jugadores de football, a quienes despreciaba mayoritariamente. Se trataba de la acción, del enfrentamiento, del combate... del choque de los átomos, de la antiquísima lucha por la vida que simbolizaba todos los eones pasados de luchas y guerras encarnizadas. Steve Costigan sentía todo aquello de manera instintiva mientras apretaba los puños y aullaba con todos los demás:

—¡Vamos, muchachos, adelante! —¡Atacad, atacad! Añadiendo su grito muy personal: —¡Sacadles las tripas! ¡Machacad a esos bastardos! ¡Que el resto de los hinchas reclamasen un touchdown no era más que su forma de pedir sangre! Steve Costigan había ocupado su plaza en la tribuna para ver a los hombres golpearse violentamente y sangrar, y lo reconocía con toda franqueza. Desde aquel punto de vista era conscientemente honesto, mientras que los espectadores, hombres


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163 págs. / 4 horas, 46 minutos / 132 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Sauce Llorón

Robert E. Howard


Cuento


—Quítate esos guantes para niñas y ponte los de siete onzas —le ordené—. ¡Soy el famoso Mono Costigan, mánager siete no campeones! Quiero ver lo que tienes en las tripas... si es que tienes algo.

Se sacó sus guantes ligeros —guantes para pegarle a un punching-ball— y se puso los reglamentarios de boxeo, mostrando en la tarea muy poco entusiasmo. Sin embargo, tuve la impresión de ver un destello de interés en sus ojos tristes.

Avanzamos uno hacia el otro y adoptó una posición que ya estaba pasada de moda cuando John L. Sullivan lloriqueaba en la cuna. Le hice una finta al cuerpo y me irritó largándome un torpe zurdazo que me rebotó en el mentón. Le lancé un golpe corto a la nariz y una expresión lúgubre apareció en su rostro y le empezaron a correr las lágrimas por las mejillas.

¡Aquello me pilló completamente desprevenido! Bajé los puños y...

—Tendría que haberte avisado —me dijo Joe Harper, masajeándome la nuca—. ¡Ese merluzo es una verdadera fuente! En cuanto cruza los guantes, se pone a llorar.

—Bueno, de acuerdo —dije aturdido—. ¿Y qué fue aquel temblor de tierra?

—Bajaste la guardia cuando empezó a llorar —me explicó Joe pacientemente— y te pegó con un directo en el mentón y otros dos del mismo calibre mientras caías.

Me levanté algo envarado y contemplé al «llorón», cuyo aspecto era más melancólico que nunca.

—Es más fuerte que yo —declaró—. Siempre lloro cuando boxeo, particularmente si alguien me pega en la nariz. El hecho mismo de golpear a uno de mis semejantes —y todavía más si el golpeado soy yo— me pone triste y melancólico.

—Entonces, ¿por qué boxeas? —quise saber, atónito.

—Me gusta —replicó sin más.


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7 págs. / 12 minutos / 95 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Templo de la Abominación

Robert E. Howard


Cuento


I

—Todo tranquilo —gruñó Wulfhere Hausakliufr—. Veo el brillo de un edificio de piedra entre los árboles… ¡Por la sangre de Thor, Cormac! ¿Nos llevas a una trampa?

El alto gaélico sacudió la cabeza, con un gesto ceñudo que oscurecía su faz siniestra y llena de cicatrices.

—Nunca he oído que hubiese un castillo en estas tierras; las tribus britanas de los alrededores no construyen con piedra. Puede que sea una vieja ruina romana.

Wulfhere dudó, echando un vistazo a su espalda, a las compactas filas de guerreros barbudos con yelmos astados.

—Quizá sería mejor enviar a un explorador.

Cormac Mac Art lanzó una carcajada.

—Alarico condujo a sus godos a través del Foro hace veinte años, aunque vosotros los bárbaros aún os sobresaltáis al oír el nombre de Roma. No temas; no hay legiones en Britania. Creo que es un templo druida. No tenemos nada que temer de los druidas, más aún si nos dirigimos contra sus enemigos naturales.

—Y la gente de Cedric aullará como lobos cuando les ataquemos desde el oeste en lugar del sur o el este —dijo el Rompecráneos con una mueca— . Fue una astuta idea la tuya, Cormac, ocultar nuestro drakkar en la costa oeste y atravesar Britania para caer sobre los sajones. Pero también es una locura.


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15 págs. / 26 minutos / 78 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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