Textos más populares esta semana de Robert E. Howard que contienen 'b' | pág. 4

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Aparición en el Cuadrilátero

Robert E. Howard


Cuento


Los lectores de esta revista probablemente recordarán a Ace Jessel, el enorme boxeador negro al que representé hace unos años. Era un gigante de ébano, de casi dos metros de altura y un peso de ciento cinco kilos. Se movía con la suavidad de un leopardo gigante y sus flexibles músculos de acero palpitaban bajo su brillante piel. Un boxeador muy inteligente para ser un hombre tan grande, que descargaba el impacto devastador de un martillo pilón con cada uno de sus enormes puños.

Por aquel entonces estaba totalmente seguro de que no tenía igual en el cuadrilátero… excepto por un defecto fatal. Carecía de instinto asesino. Poseía mucho coraje, como dejó probado en más de una ocasión, pero se contentaba simplemente con boxear, sacando más puntos que sus oponentes y acumulando la ventaja suficiente para no perder.

En bastantes ocasiones el público le abucheaba, pero sus provocaciones sólo conseguían que su sonrisa bonachona se ensanchase. Sin embargo, sus peleas siempre aseguraban una buena caja. En las escasas ocasiones en las que se veía forzado a abandonar su papel defensivo, o cuando era igualado por un rival astuto al cual debía noquear para conseguir la victoria, los aficionados entonces podían disfrutar de un combate épico que conseguía ponerles los pelos de punta. E incluso en esas ocasiones se apartaba una y otra vez del rival abatido, dándole tiempo al derrotado para recuperarse y volver al ataque… mientras el público despotricaba y yo me tiraba de los pelos.

La única lealtad inquebrantable en la plácida vida de Ace era su fanático fervor por Tom Molyneaux, el primer campeón americano; un robusto luchador negro que según algunos entendidos había sido el púgil más grande de todos los tiempos.


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16 págs. / 28 minutos / 110 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Raza Perdida

Robert E. Howard


Cuento


Cororuc examinó lo que le rodeaba y apresuró el paso. No era un cobarde, pero el lugar no le gustaba. Altos árboles se alzaban a su alrededor, sus ramas taciturnas bloqueando la luz del sol. El oscuro sendero entraba y salía entre ellos, a veces rodeando el borde de un precipicio, donde Cororuc podía contemplar las copas de los arboles más abajo. Ocasionalmente, a través de un claro en el bosque, podía ver a lo lejos las formidables montañas que dejaban presentir las cordilleras mucho más lejanas, al oeste, que constituían las montañas de Cornualles.

En esas montañas se suponía que acechaba el jefe de los bandidos, Buruc el Cruel, para caer sobre las víctimas que pudieran pasar por ese camino. Cororuc aferró su lanza y avivó la zancada. Su premura no se debía sólo a la amenaza de los forajidos, sino también al hecho de que deseaba hallarse de nuevo en su tierra nativa. Había estado en una misión secreta entre los salvajes tribeños de Cornish; y aunque había tenido cierto éxito, estaba impaciente por encontrarse fuera de su poco hospitalario país. Había sido un viaje largo y agotador, y aún tenía que atravesar toda Inglaterra. Lanzó una mirada de aversión a los alrededores. Sentía nostalgia de los agradables bosques a los que estaba acostumbrado, con sus ciervos huidizos y sus pájaros gorjeantes. Anhelaba el alto acantilado blanco, donde el mar azul chapaleaba animadamente. El bosque que estaba cruzando parecía deshabitado. No había pájaros ni animales; y tampoco había visto señal alguna de viviendas humanas.

Sus camaradas permanecían aún en la salvaje corte del rey de Cornish, disfrutando de su tosca hospitalidad, sin ninguna prisa por marcharse. Pero Cororuc no estaba contento. Por eso les había dejado seguir su capricho y se había marchado solo.


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16 págs. / 29 minutos / 109 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Cosa con Pezuñas

Robert E. Howard


Cuento


Marjory lloraba la pérdida de Bozo, su rechoncho gato maltés, que no había regresado tras su habitual ronda nocturna. Se había desatado recientemente una peculiar epidemia de desapariciones de gatos en el vecindario, y Marjory estaba desconsolada. Nunca pude soportar ver a Marjory llorar, así que salí en busca de la mascota extraviada, aunque con pocas esperanzas de encontrarla. Con demasiada frecuencia algún humano pervertido sacia sus instintos sádicos envenenando animales apreciados por otros humanos, y estaba seguro de que Bozo y la veintena o más que habían desaparecido durante los últimos meses habían sido víctimas de un lunático de ese tipo.

Saliendo del jardín de la casa de los Ash, crucé varias parcelas libres cubiertas de hierba crecida y maleza y llegué a la última casa del otro lado de la calle, un edificio ruinoso construido sobre un terreno irregular y que había sido ocupado recientemente, aunque sin restaurarlo, por un tal Stark, un oriental solitario y retraído. Mirando la vieja casa destartalada alzándose entre grandes robles y retirada unos cien metros aproximadamente de la calle, se me ocurrió que el señor Stark podría quizás arrojar algo de luz a este misterio.

Entré por la desvencijada verja de hierro oxidado y recorrí el agrietado camino, apreciando el abandono general del lugar. Poco se sabía sobre su propietario y, aunque habíamos sido vecinos durante más de seis meses, no había tenido oportunidad de verlo de cerca. Se rumoreaba que vivía solo, incluso sin servidumbre, a pesar de estar lisiado. Un estudioso excéntrico de naturaleza taciturna y con suficiente dinero como para satisfacer sus caprichos, ésa era la opinión general.


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26 págs. / 45 minutos / 104 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Sauce Llorón

Robert E. Howard


Cuento


—Quítate esos guantes para niñas y ponte los de siete onzas —le ordené—. ¡Soy el famoso Mono Costigan, mánager siete no campeones! Quiero ver lo que tienes en las tripas... si es que tienes algo.

Se sacó sus guantes ligeros —guantes para pegarle a un punching-ball— y se puso los reglamentarios de boxeo, mostrando en la tarea muy poco entusiasmo. Sin embargo, tuve la impresión de ver un destello de interés en sus ojos tristes.

Avanzamos uno hacia el otro y adoptó una posición que ya estaba pasada de moda cuando John L. Sullivan lloriqueaba en la cuna. Le hice una finta al cuerpo y me irritó largándome un torpe zurdazo que me rebotó en el mentón. Le lancé un golpe corto a la nariz y una expresión lúgubre apareció en su rostro y le empezaron a correr las lágrimas por las mejillas.

¡Aquello me pilló completamente desprevenido! Bajé los puños y...

—Tendría que haberte avisado —me dijo Joe Harper, masajeándome la nuca—. ¡Ese merluzo es una verdadera fuente! En cuanto cruza los guantes, se pone a llorar.

—Bueno, de acuerdo —dije aturdido—. ¿Y qué fue aquel temblor de tierra?

—Bajaste la guardia cuando empezó a llorar —me explicó Joe pacientemente— y te pegó con un directo en el mentón y otros dos del mismo calibre mientras caías.

Me levanté algo envarado y contemplé al «llorón», cuyo aspecto era más melancólico que nunca.

—Es más fuerte que yo —declaró—. Siempre lloro cuando boxeo, particularmente si alguien me pega en la nariz. El hecho mismo de golpear a uno de mis semejantes —y todavía más si el golpeado soy yo— me pone triste y melancólico.

—Entonces, ¿por qué boxeas? —quise saber, atónito.

—Me gusta —replicó sin más.


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7 págs. / 12 minutos / 95 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Negro Sabueso de la Muerte

Robert E. Howard


Cuento


1. El que mata en la oscuridad

¡Las tinieblas de Egipto! Unas palabras que bastan para que nazca la inquietud. Sugieren no solamente la oscuridad, sino las cosas invisibles ocultas en el seno de dicha oscuridad; cosas que se deslizan entre las sombras espesas y evitan la luz del día; formas furtivas que acechan más allá de la frontera de la vida normal.

Tales pensamientos atravesaban fugitivamente mi mente aquella noche mientras seguía lentamente el estrecho sendero que se retorcía entre los tupidos pinos. Tales pensamientos acuden de manera natural al hombre que se atreve a aventurarse de noche en aquella región a las orillas del río, una zona arbolada que los negros llaman Egipto por alguna oscura razón conocida solo por ellos.

No existen, en este lado del abismo no iluminado del Infierno, tinieblas tan absolutas como las de los bosques de pinos. El sendero era tan solo una pista medio borrada que serpenteaba entre murallas de sólido ébano. La seguía guiado más por mi instinto —siempre he vivido en esta región— que por mis sentidos. Andaba tan deprisa como me atrevía a hacerlo, pero la prudencia se mezclaba con el apresuramiento, y escuchaba atentamente. Aquella prudencia no era resultado de especulaciones inquietas que traicionaran lo sobrenatural, suscitadas por la oscuridad y el silencio. Tenía una buena razón, concreta, para mostrarme prudente. Quizá vagaban algunos aparecidos por aquellos bosques, con la garganta abierta y ensangrentada, impulsados por el hambre caníbal —como pretenden los negros—, pero no era de un aparecido de lo que yo tenía miedo. Escuchaba atentamente, dispuesto a detectar el crujido de una ramita bajo un gran pie, o cualquier otro ruido que anunciara la llegada del asesinato surgiendo de entre las espesas sombras. La criatura que acechaba en Egipto —como temía— era todavía más aterradora que cualquier aparecido de repulsiva apariencia.


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35 págs. / 1 hora, 1 minuto / 90 visitas.

Publicado el 9 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Moradores Bajo la Tumba

Robert E. Howard


Cuento


Me desperté de repente y me incorporé en la cama, preguntándome somnoliento quién podría estar aporreando la puerta con tanta violencia; amenazaba con romper las jambas. Se oyó un grito, afilado intolerablemente por un terror demencial.

—¡Conrad! ¡Conrad! —gritaba alguien al otro lado de la puerta—. ¡Por amor de Dios! ¡Déjame entrar! ¡Lo he visto!… ¡Lo he visto!

—Suena a la voz de Job Kiles —dijo Conrad levantando su robusto cuerpo del diván en el que había estado durmiendo tras cederme su cama—. ¡No tires la puerta abajo! —gritó cogiendo las zapatillas—. Ya voy.

—¡Date prisa! —berreó el visitante invisible—. ¡Acabo de mirar al mismísimo infierno a los ojos!

Conrad encendió la luz y abrió la puerta de par en par; y medio cayéndose, medio tambaleándose, entró una figura con los ojos desorbitados, que reconocí como el hombre agrio y tacaño que vivía en la pequeña hacienda vecina a la de Conrad. Ahora se observaba un espeluznante cambio en el anciano, normalmente tan circunspecto y comedido. Con el ralo cabello erizado y gotas de sudor sobre su piel cenicienta, su cuerpo se convulsionaba con violentos espasmos.

—En el nombre de Dios, ¿qué ocurre, Kiles? —exclamó Conrad, mirándole fijamente—. ¡Parece que hubieras visto un fantasma!

—¡Un fantasma! —la aguda voz de Kiles se rompió y se tornó en un estertor de risa histérica—. ¡He visto un demonio del infierno! Créeme, lo he visto… ¡esta noche! ¡Hace tan sólo unos minutos! ¡Miró por la ventana y se rió de mí! ¡Oh, Dios mío… su risa!

—¿La risa de quién? —gruñó Conrad impaciente.

—¡De mi hermano Jonas! —gritó el viejo Kiles.


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26 págs. / 46 minutos / 90 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Valle del Gusano

Robert E. Howard


Cuento


Os hablaré de Niord y el Gusano. Habéis oído la historia bajo muchas formas distintas antes. En ellas, el héroe se llamaba Tyr, o Perseo, o Sigfrido, o Beowulf, o San Jorge. Pero fue Niord quien se encontró con la abominable cosa demoníaca que salió arrastrándose repugnantemente del infierno, y de cuyo encuentro surgió el ciclo de relatos heroicos que ha ido girando por todas las eras hasta que la misma esencia de la verdad se ha perdido y ha pasado al limbo de las leyendas olvidadas. Sé de lo que hablo, pues yo fui Niord.

Mientras yazgo esperando la muerte, que se arrastra lentamente sobre mí como una babosa ciega, mis sueños se llenan con visiones deslumbrantes y con la pompa de la gloria. No es con la vida gris y afligida por las enfermedades de James Allison con lo que sueño, sino con todas las figuras resplandecientes de espléndida nobleza que le han precedido, y con las que le sucederán; pues he atisbado débilmente, no sólo las figuras que han dejado su rastro antes, sino también las figuras que vendrán después, como un hombre en un largo desfile atisba, en la lejanía, la hilera de figuras que le preceden doblando una remota colina, recortándose como una sombra contra el cielo. Yo soy uno de ellos y todo el despliegue de figuras, formas y máscaras que han sido, que son, y que serán las manifestaciones visibles de ese espíritu elusivo, intangible, pero vitalmente existente, está ahora desfilando ante el fugaz y temporal nombre de James Allison.


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28 págs. / 50 minutos / 88 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Corazón del Viejo Garfield

Robert E. Howard


Cuento


Estaba sentado en el porche cuando mi abuelo salió cojeando y se tumbó en su silla favorita, la del asiento acolchado, y empezó a llenar de tabaco su pipa de maíz.

—Creía que ibas a ir al baile —dijo.

—Estoy esperando a Doc Blaine —contesté—. Voy a acercarme a casa del viejo Garfield con él.

Mi abuelo chupó su pipa un rato antes de volver a hablar.

—¿Está mal el corazón del viejo Jim?

—Doc dice que es un caso perdido.

—¿Quién le cuida?

—Joe Braxton, contra los deseos de Garfield. Pero alguien tenía que quedarse con él.

Mi abuelo chupó su pipa ruidosamente, y miró los relámpagos de verano jugueteando en la lejanía de las colinas; después dijo:

—Crees que el viejo Jim es el mentiroso más grande del condado, ¿verdad?

—Cuenta unas historias muy exageradas —admití—. Algunas de las cosas en las que afirma haber tomado parte debieron de ocurrir antes de que naciera.

—Yo llegué a Texas desde Tennessee en 1870 —dijo bruscamente mi abuelo—. Vi cómo esta ciudad de Lost Nov crecía de la nada. Ni siquiera había un almacén de madera cuando llegué. Pero el viejo Jim Garfield ya estaba aquí, viviendo en el mismo sitio donde vive ahora, sólo que entonces era una cabaña de madera. No ha envejecido ni un solo día desde la primera vez que le vi.

—Nunca me habías contado eso —dije con cierta sorpresa.

—Sabía que lo achacarías a los desvaríos de un viejo —contestó—. El viejo Jim fue el primer blanco que se estableció en esta región. Construyó su cabaña a unas cincuenta millas de la frontera. Dios sabe cómo lo hizo, pues esas colinas estaban llenas de comanches por entonces.

—Recuerdo la primera vez que le vi. Por entonces todo el mundo ya le llamaba «viejo Jim».


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12 págs. / 21 minutos / 87 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Puertas del Imperio

Robert E. Howard


Cuento


I

El clangor de los amargados centinelas en las torretas, el irregular rugido de la brisa primaveral, no podían ser oídos por los ocupantes del sótano del castillo de Godofredo de Courtenay; y el ruido que hacían estas personas quedaba amortiguado por el espesor de los macizos muros.

Un fluctuante candil iluminaba las rugosas paredes, desnudas y poco acogedoras, flanqueadas con un entramado de toneles y barrilones sobre los que se extendía un velo de polvorientas telarañas. La parte superior de uno de los barriles había sido retirada, y unas manos, cada vez menos firmes, habían sumergido una y otra vez sus cazos de catar en el interior del espumoso líquido.

Agnes, una de las mozas del servicio, había robado del cinturón del mayordomo la descomunal llave de hierro que abría la puerta del sótano; y sintiéndose osados ante la ausencia de su señor, cierto grupo pequeño aunque no demasiado selecto estaba montando una buena juerga, sin pensar demasiado en lo que sucedería al día siguiente.

Agnes, sentada sobre las rodillas de Peter el paje, empleaba uno de los cazos para marcar el ritmo de una canción procaz que ambos balbuceaban en diferentes tonos y escalas. Caía cerveza por el borde del bamboleante cazo, así como por la barbilla de Peter, una circunstancia que estaba muy lejos de notar.

La otra moza, Marge la gorda, rodaba sobre su banco y se palmeaba los amplios muslos en rugiente apreciación por el relato picante que Giles Hobson acababa de contar. Este último individuo bien podría haber sido el señor del castillo, a juzgar por sus maneras, en lugar de un vagabundo pícaro empujado por los vientos de la adversidad. Con la espalda apoyada en un barril, y sus pies calzados con botas apoyados en otro, desató el cinturón que contenía su prominente barriga en el interior de su justillo de cuero, y volvió a sumergir el hocico en la espumeante cerveza.


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48 págs. / 1 hora, 25 minutos / 87 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Valle Perdido de Iskander

Robert E. Howard


Cuento


I. El valle perdido de Iskander

Fue el chasquido furtivo del acero al rozar una piedra lo que despertó a Gordon. Bajo la débil luz de las estrellas, una forma sombría se alzó por encima de él y algo brilló en su mano levantada. Gordon reaccionó en el acto, como un resorte de acero que se libera. Su mano izquierda se alzó y detuvo el puño que descendía —apretando un curvo machete— y, simultáneamente, se levantó y cerró salvajemente la mano derecha alrededor de un cuello velludo.

Un gorgoteo ronco se estranguló en aquella garganta. Gordon, resistiendo las terribles coces de su adversario, pasó una pierna alrededor de la rodilla de la su asaltante, la levantó y le derribó al suelo. No se produjo el menor ruido, salvo algunos carraspeos y los golpes sordos que provocaron los dos cuerpos al caer estrechamente soldados. Como siempre, Gordon luchaba ferozmente y en silencio. Ningún sonido salió de los labios crispados del hombre que tenía inmovilizado bajo su cuerpo. Su mano derecha era retorcida por la presa de Gordon y la izquierda tiraba en vano de la muñeca cuyos dedos de hierro se hundían cada vez más profundamente en la garganta que apretaban. Aquella muñeca parecía una grapa de hilos metálicos cuidadosamente trenzados para los dedos que se iban debilitando al tiempo que intentaban aflojar su presa. Gordon mantuvo su posición de un modo feroz, pasando toda la fuerza de sus poderosos hombros y brazos, cuyos músculos sobresalían como sogas, a los dedos que apretaban. Sabía que era su vida o la del hombre que se había deslizado hacia él en la oscuridad para apuñalarle. En aquella región inexplorada de las montañas afganas, todos los combates eran a muerte. Los dedos que le laceraban fueron cada vez más débiles. Un temblor convulso recorrió el cuerpo arqueado bajo el del americano. Luego, se aflojó del todo y permaneció inmóvil.


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33 págs. / 57 minutos / 87 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

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