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La Sangre de Belshazzar

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1


Brilló sobre el gran pecho del rey persa,
Al propio Iskander, en su camino iluminó;
Relució donde las lanzas se alzaban, prestas,
Con un destello enloquecido, embrujador.
Y a lo largo de sangrientos años cambiantes,
Atrajo a los hombres, que en alma y mente,
Sus vidas, en lagrimas y sangre se ahogaron,
Quebrando sus corazones nuevamente.
Oh, arde con la sangre de corazones bravos,
Cuyos cuerpos son de nuevo solo barro.

La Canción de la Piedra Roja.
 

En otro tiempo se le llamaba Eski-Hissar, el Castillo Viejo, pues ya era antiguo incluso cuando los primeros selyúcidas surgieron por el horizonte oriental, y ni siquiera los árabes, que reconstruyeron sus desvencijadas ruinas en la época de Abu Bekr, sabía qué manos fueron las que erigieron esos bastiones descomunales en las sombrías colinas del Taurus. Ahora, dado que la antigua fortaleza se había convertido en un nido de bandidos, los hombres lo llamaban Bab-el-Shaitan, la Puerta del Diablo, y no sin un buen motivo.

Aquella noche tenía lugar un festín en el gran salón. Grandes mesas repletas de copas y jarras de vino, y enormes bandejas con viandas, se hallaban flanqueadas por una serie de catres que resultaban toscos para un banquete como aquel, mientras que, en el suelo, grandes cojines acomodaban las reclinantes formas de otros invitados.

Temblorosos esclavos se apresuraban en derredor, llenando los cálices con sus odres de vino y sirviendo grandes tajadas de carne asada y rebanadas de pan.


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40 págs. / 1 hora, 11 minutos / 45 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Sombra de la Bestia

Robert E. Howard


Cuento


¡Cuando brillen las estrellas malignas
O la luz de la luna ilumine el Oriente,
Que el Dios del Cielo nos guarde de
La Sombra de la Bestia!
 

La locura empezó con el estallido de una pistola. Un hombre cayó con una bala en el pecho, y el hombre que había hecho el disparo se volvió para huir, gruñendo una breve amenaza a la muchacha de cara pálida que permanecía en pie, paralizada por el horror; después se escurrió entre los árboles al borde del campamento, semejante a un simio con sus anchas espaldas y sus andares encorvados.

En menos de una hora, hombres de rostro serio estaban peinando los bosques de pinos con armas en la mano, y a lo largo de toda la noche continuó la horripilante cacería, mientras la víctima del fugitivo luchaba por su vida.

—Ahora está tranquilo; dicen que vivirá —dijo Joan al salir de la habitación donde yacía su hermano pequeño. Después se desplomó sobre una silla y dejó paso a un estallido de lágrimas.

Me senté junto a ella y la consolé como se consuela a una niña. La amaba, y ella había dado pruebas de que correspondía a mi afecto. Era mi amor por ella lo que me había arrastrado desde mi rancho de Texas hasta los campamentos de madera a la sombra de los bosques de pinos, donde su hermano vigilaba los intereses de su empresa. Yo había llegado a mi destino apenas una hora antes del tiroteo.

—Dame los detalles de lo que ha pasado —dije—. No he conseguido escuchar un relato coherente.


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14 págs. / 25 minutos / 75 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Última Canción de Casonetto

Robert E. Howard


Cuento


Le eché una mirada curiosa al paquete. Era fino y plano, y la dirección estaba escrita con la elegante letra curvilínea que había llegado a odiar tanto… por la mano que tan bien sabía que ahora yacía mortalmente fría.

—Será mejor que tengas cuidado, Gordon —dijo mi amigo Costigan—. Porque… ¿qué otra cosa podría mandarte ese siniestro diablo si no es algo para hacerte daño?

—Cuando lo vi pensé en una bomba o algo similar —respondí—, pero es un paquete demasiado fino para contener algo de ese tipo. Lo voy a abrir.

—¡Por todos los cielos! —Costigan dejó escapar una breve risotada—. ¡Te ha enviado una de sus canciones!

Ante nuestros ojos apareció un ordinario disco de fonógrafo.

¿Ordinario, dije? Debería haber dicho el más extraordinario disco del mundo. Porque, según tenía entendido, era el único que había capturado en su plana superficie la voz de oro de Giovanni Casonetto, aquel gran genio diabólico cuyo canto operístico había asombrado al mundo entero, y cuyos oscuros y misteriosos crímenes habían conmocionado a ese mismo mundo.

—La celda de los condenados a muerte que Casonetto ocupó espera ya al siguiente inquilino, y el oscuro cantante yace muerto —dijo Costigan—. ¿Qué tipo de maleficio contendrá este disco enviado al hombre que lo mandó a la horca?

Me encogí de hombros. No por mérito propio, sino por la más pura casualidad, tropecé con el monstruoso secreto de Casonetto. Involuntariamente encontré la caverna en la que practicaba abominaciones milenarias y ofrecía sacrificios humanos al demonio que adoraba. Todo cuanto vi fue testificado en el juicio, y antes de que el verdugo corriera el nudo de la soga, Casonetto juró que me tenía preparado un destino nunca antes sufrido por mortal alguno.


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4 págs. / 8 minutos / 48 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Voz de El-Lil - Howard

Robert E. Howard


Cuento


Muskat, como muchos otros puertos, da cobijo a los vagabundos de numerosas naciones que traen consigo sus peculiaridades y sus costumbres tribales. Los turcos se mezclan con los griegos y los árabes discuten con los hindúes. Las lenguas de medio Oriente resuenan en el ruidoso y maloliente bazar. Por lo tanto, no me pareció incongruente oír, al inclinarme sobre una barra atendida por un eurasiático sonriente, las notas musicales de una canción china sonando claramente a través del zumbido perezoso del tráfico nativo. Ciertamente no había nada tan sorprendente en esos tonos suaves como para provocar que el gran inglés que tenía a mi lado se sobresaltase, jurase y derramara su whisky con agua sobre mi manga.

Se disculpó y censuró su torpeza con rotundas obscenidades, pero noté que estaba alterado. Me interesaba como siempre me ha interesado su tipo; era un individuo gallardo, de más de seis pies de altura, hombros anchos, cintura estrecha, miembros pesados, el luchador perfecto, de rostro moreno, ojos azules y pelo tostado. Su estirpe es antigua en Europa, y su misma figura traía a la mente borrosos personajes legendarios —Hengist, Hereward, Cedric—, viajeros y luchadores natos salidos del molde bárbaro original.

Aún más, noté que estaba de humor parlanchín. Me presenté, pedí bebidas y esperé. El sujeto me dio las gracias, murmuró entre dientes, se bebió su licor apresuradamente y rompió a hablar de forma brusca.

—Usted se preguntará por qué un hombre adulto se siente tan repentinamente afectado por algo de tan poca monta… Bueno, reconozco que ese maldito gong me ha dado un susto. Es ese idiota de Yotai Lao, que trae sus espantosos pebetes y sus budas a una ciudad decente… Por medio penique sobornaría a algún fanático musulmán para cortarle esa garganta amarilla y hundir su maldito gong en el golfo. Y le contaré por qué odio ese chisme.


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31 págs. / 55 minutos / 63 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las callejas de Singapur

Robert E. Howard


Cuento


Cuando el gong puso fin a mi combate con Kid Leary, en el Sweet Dreams, la sala de boxeo de Singapur, yo estaba agotado pero contento. Los siete primeros asaltos habían estado igualados, pero en los tres últimos había llevado al Kid por el ring de un lado a otro, batiéndole como si fuera yeso. Sin embargo, no conseguí dejarle K.O., como había hecho en Shangai unos meses antes, cuando le tumbé en el duodécimo asalto. El combate de Singapur estaba previsto a diez asaltos; uno más y le habría noqueado.

De todos modos, fui tan superior a él que supe que había justificado los pronósticos de los expertos que en las apuestas me daban ganador tres a uno. La multitud aplaudía frenéticamente, el juez se acercaba, y yo me adelanté levantando el puño derecho... cuando, para mi enorme estupor, ¡me apartó con un gesto brutal y levantó el brazo del Kid, atontado y sangrante!

Durante un instante reinó el más profundo silencio, un silencio que sólo fue roto por un grito aterrador que llegó desde la primera fila de asientos del ring. El árbitro, Jed Whithers, soltó a Leary, que se derrumbó sobre la lona del cuadrilátero; luego, Whithers se deslizó entre las cuerdas y se fue a la carrera como un conejo. Los espectadores se pusieron en pie aullando. Recuperándome de la sorpresa, dejé escapar una sarta de juramentos y salté del ring para lanzarme en pos de Whithers. Los espectadores gritaban sanguinarios, rompían los asientos, arrancaban las cuerdas del cuadrilátero y reclamaban la presencia de Whithers para colgarle de una viga. Pero había desaparecido y la multitud estaba enloquecida.


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18 págs. / 32 minutos / 35 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Cobras Amarillas

Robert E. Howard


Cuento


Cuando el Python atracó en el puerto de Busán yo estaba dispuesto a pasar una plácida estancia en tierra porque, por lo que sabía, no había ninguna sala de boxeo en Corea. No obstante, yo acababa de encontrar un bar muy adecuado —yo y mi bull-dog blanco, Spike, estábamos saboreando una cerveza tostada— cuando Bill O'Obrien apareció y me dijo con voz excitada.

—¡Grandes noticias, Dennis! ¿Conoces a Dutchy Grober, de Nagasaki? Bien, actualmente es propietario de un bar aquí mismo y, para poder reunir dinero para pagar todas sus deudas, está organizando combates de boxeo. Te he concertado un combate contra un inglés coriáceo, del Ashanti. ¡Demos un paseo en rickshaw para celebrarlo!

—¡Sal de mi vista! —gruñí irritado. Yo tenía otros planes... aspiraba a un poco de calma, de tranquilidad—. Vete tú solo de fiesta, si es lo que quieres... pero llévate a Spike. A él le encanta montar en rickshaw.

Bill y Spike se marcharon, y yo me puse en busca de algún lugar donde poder echar un sueñecito, porque ya sabía que me esperaba un duro combate aquella misma noche. Mientras pasaba ante la puerta abierta de la trastienda del local, me fijé en un hombre sentado a una mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. Me pareció reconocerle; entré en la sala para mirarle más de cerca. No me había equivocado, le conocía de antiguo... era Jack Randall, un ingeniero de minas. Le di una buena palmada en la espalda y aullé:

—¡Salud, Jack!

—¡Oh, eres tú, Dorgan! —dijo, suspirando aliviado—. Me has dado un susto de muerte. Debí quedarme dormido en la silla... No duermo mucho últimamente. Siéntate, te pediré algo de beber.

—Dime, Jack —le pregunté mientras sorbíamos alcohol—, pareces agotado. ¿Problemas?


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14 págs. / 26 minutos / 35 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Puertas del Imperio

Robert E. Howard


Cuento


I

El clangor de los amargados centinelas en las torretas, el irregular rugido de la brisa primaveral, no podían ser oídos por los ocupantes del sótano del castillo de Godofredo de Courtenay; y el ruido que hacían estas personas quedaba amortiguado por el espesor de los macizos muros.

Un fluctuante candil iluminaba las rugosas paredes, desnudas y poco acogedoras, flanqueadas con un entramado de toneles y barrilones sobre los que se extendía un velo de polvorientas telarañas. La parte superior de uno de los barriles había sido retirada, y unas manos, cada vez menos firmes, habían sumergido una y otra vez sus cazos de catar en el interior del espumoso líquido.

Agnes, una de las mozas del servicio, había robado del cinturón del mayordomo la descomunal llave de hierro que abría la puerta del sótano; y sintiéndose osados ante la ausencia de su señor, cierto grupo pequeño aunque no demasiado selecto estaba montando una buena juerga, sin pensar demasiado en lo que sucedería al día siguiente.

Agnes, sentada sobre las rodillas de Peter el paje, empleaba uno de los cazos para marcar el ritmo de una canción procaz que ambos balbuceaban en diferentes tonos y escalas. Caía cerveza por el borde del bamboleante cazo, así como por la barbilla de Peter, una circunstancia que estaba muy lejos de notar.

La otra moza, Marge la gorda, rodaba sobre su banco y se palmeaba los amplios muslos en rugiente apreciación por el relato picante que Giles Hobson acababa de contar. Este último individuo bien podría haber sido el señor del castillo, a juzgar por sus maneras, en lugar de un vagabundo pícaro empujado por los vientos de la adversidad. Con la espalda apoyada en un barril, y sus pies calzados con botas apoyados en otro, desató el cinturón que contenía su prominente barriga en el interior de su justillo de cuero, y volvió a sumergir el hocico en la espumeante cerveza.


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48 págs. / 1 hora, 25 minutos / 87 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Buitres de Wahpeton

Robert E. Howard


Novela corta


I. Disparos en la oscuridad

Las desnudas paredes de madera del saloon Golden Eagle, vibraban aún con los ecos metálicos de las armas que habían hendido la repentina oscuridad con rojas llamaradas. Mas solo un nervioso pateo de pies calzados con botas de piel sonaba en el silencio tenso que siguió a las detonaciones. De súbito, en un rincón de la estancia, un fósforo fue rascado sobre el cuero y un parpadeo amarillo brotó, poniendo blanco sobre negro una mano temblorosa y un pálido rostro. Un instante después, una lámpara de aceite con la chimenea rota iluminó el local, añadiendo tensos rostros barbudos al contrastado relieve. La gran lámpara que colgaba del techo era una destrozada ruina; el queroseno goteaba sobre el suelo, formando un charco de grasa junto a una mancha aún más sombría y espeluznante.

Dos figuras ocupaban el centro de la sala bajo la lámpara rota. Una yacía boca abajo, con los brazos inmóviles extendiendo unas manos vacías. La otra pugnaba por incorporarse, parpadeando y boqueando estúpidamente como un hombre con la mente nublada por el alcohol. Su brazo derecho colgaba flácidamente al costado; una pistola de cañón largo temblaba entre sus dedos.


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101 págs. / 2 horas, 58 minutos / 46 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Demonios del Lago Oscuro

Robert E. Howard


Cuento


1. El horror encarnado

Recuerdo, como si hubiera sucedido ayer mismo, la sofocante atmósfera de aquella tarde, en la que una tensa quietud parecía flotar sobre el bosque y el lago, como si la misma foresta contuviera el aliento en aterrada expectación. Incluso yo me encontraba afectado por aquella atmósfera; una innombrable premonición hacía que me embargara una incómoda inquietud, como cuando un hombre presiente la presencia de una serpiente oculta antes de poder verla u oírla. Cuando el teléfono de mi cabaña del lago resonó de un modo súbito y disonante, respingué de tal forma que mi carne casi se separó de la piel. Lo alcancé en un solo salto, pues sabía que aquel clamor tan inusual debía de significar algo que en absoluto era ordinario. Se trataba de una línea privada que conectaba mi cabaña con la de mis vecinos, los Grissom, cuya residencia se encontraba a unos cinco kilómetros al sur junto a la orilla del lago.

Al levantar el auricular, me quedé paralizado al escuchar la voz de Joan Grissom gritando al otro lado, denotando un horror frenético y un auténtico miedo a morir.

—¡Steve! ¡Steve! ¡Ven aquí, por amor de Dios!

—¿Qué sucede, Joan? —boqueé. Débilmente, pude escuchar extraños sonidos procedentes del otro lado de la línea… sonidos que me hicieron temblar con un temor sin nombre.

—¡Aquí hay algo! —gritó ella—. ¡Oh, Dios, está destrozando las ventanas! ¡Salió del bosque! ¡Ha matado a Jack y a Harriet! ¡Le he visto matarlos!

—¿Dónde está Dick? —grazné con la boca seca.

—¡Salió a pescar esta mañana y no ha regresado aún! —exclamó, al borde de la histeria—. ¡Oh, Steve, no es humano! ¡Ni tampoco es un animal! Le disparé… ¡Vacié contra él la pistola de Dick a través de la ventana! ¡Y se rió! ¡Oh, que Dios me ayude! ¡Ha entrado!


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34 págs. / 59 minutos / 47 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Hijos del Odio

Robert E. Howard


Cuento


1

—Este lugar es muy solitario al anochecer —comentó Butch Gorman, liando con indolencia un cigarrillo—. Tenemos la única oficina ocupada de todo un edificio, de otro modo vacío; no hay luces en los pasillos; una sola bombilla en la escalera. Digamos que un tipo fuera tras nosotros; podría esconderse allí abajo, en el pasillo de la planta baja, justo debajo de la escalera, y cosernos a tiros mientras subimos o bajamos. Ni le veríamos.

El comentario de Gorman era típico en él, y no denotaba cobardía, sino los instintos de un hombre que había pasado la mayor parte de su vida envuelto en peligrosas persecuciones.

Butch Gorman era pelirrojo y robusto como un toro, un producto de las tierras inhóspitas y salvajes de la tierra; demasiado duro y fibroso para ser un hombre civilizado.

Su compañero, Brent Kirby, contrastaba con él… de estatura ligeramente por encima de la media, era delgado aunque compacto de complexión; de cabello negro y rasgos finamente cincelados, poseía tal premura a la hora de hablar y actuar que reflejaba una intensa energía nerviosa.

—Unos pocos clientes más como el coronel John A. Pembroke —dijo Kirby—, y a lo mejor podremos movernos a unas oficinas más lujosas.

—Ya debería de estar aquí, ¿no? —inquirió Gorman. Kirby consultó su reloj.

—Debería venir en cualquier momento. Me dijo que se pasaría a las diez en punto, y ya es la hora. ¿Sabes algo acerca de él?

—Le conozco de vista, eso es todo. Habrás visto su mansión… está rodeada de una finca enorme, y se encuentra más allá de los límites de la ciudad. Por lo que he oído, solo lleva allí viviendo unos tres o cuatro años. Ignoro de dónde vino… de algún lugar de Oriente. Es un millonario retirado, según creo. ¿Qué quería?


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49 págs. / 1 hora, 26 minutos / 83 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

89101112