Textos más populares esta semana de Robert E. Howard que contienen 'u' | pág. 7

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El Fantasma del Anillo

Robert E. Howard


Cuento


Al entrar en el estudio de John Kirowan me encontraba demasiado absorto en mis pensamientos para darme cuenta de la demacrada apariencia de su visitante, un alto y atractivo joven que yo conocía bien.

—Hola, Kirowan —saludé—. Hola Gordon. No te veía desde hace bastante tiempo… ¿cómo está Evelyn? —y antes de que contestase, en el calor del entusiasmo que me había llevado hasta allí, exclamé—: Mirad esto, amigos; os mostraré algo que os dejará boquiabiertos. Me lo vendió aquel ladrón, Ahmed Mektub, y le pagué un precio alto por ello, pero vale la pena. ¡Mirad!

De debajo de mi abrigo saqué la daga afgana con incrustaciones de piedras preciosas en el mango que me tenía fascinado como coleccionista de armas raras.

Kirowan, que conocía mi pasión, mostró tan sólo un interés educado, pero la reacción de Gordon fue espeluznante.

Pegó un brinco a la vez que lanzaba un grito ahogado, derribando la silla con gran estruendo al impactar contra el suelo. Con los puños apretados y el rostro lívido se volvió hacia mí, gritando:

—¡Atrás! Aléjate de mí o…

Me quedé petrificado.

—¡Qué diablos…! —comencé a decir estupefacto, cuando Gordon, tras otro asombroso cambio de actitud, se derrumbó sobre una silla y hundió la cabeza entre las manos. Vi cómo le temblaban los voluminosos hombros. Le miré desconsolado y luego miré a Kirowan, que estaba igualmente enmudecido—. ¿Está borracho? —pregunté.

Kirowan negó con la cabeza y, tras llenar una copa de brandy, se la ofreció al joven. Gordon le devolvió la mirada con ojos hundidos, tomó la copa y se la bebió de un trago, como si estuviera medio famélico. Luego se irguió y nos miró avergonzado.

—Siento haber perdido los estribos, O’Donnel —dijo—. Fue la impresión cuando sacaste ese cuchillo.


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20 págs. / 35 minutos / 60 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Perdición de Dermod

Robert E. Howard


Cuento


Si tu corazón se marchita en tu interior y una opaca cortina oscura de aflicción se interpone entre tu cerebro y tus ojos, haciendo que la luz del sol llegue pálida y leprosa a tu mente… ve a la ciudad de Galway del condado del mismo nombre, en la provincia de Connaught, en el país de Irlanda.

En la gris Ciudad de las Tribus, como así la llaman, pervive un hechizo reconfortante y ensoñador que actúa como un encantamiento; si corre por tus venas la sangre de Galway, no importa desde cuán lejos llegues, tu pesar se desvanecerá lentamente como si fuera un mal sueño, dejando tan sólo un dulce recuerdo similar al perfume de una rosa marchita. Hay una neblina de vetustez flotando sobre la antiquísima ciudad que se mezcla con la melancolía y le hace a uno olvidar. También puedes dirigirte a las colinas azules de Connaught y saborear el penetrante sabor de la sal en el viento que llega del Atlántico; entonces la vida se torna más débil y lejana, con todas sus punzantes alegrías y amargas penas, y no parece más real que las sombras que proyectan las nubes al pasar.

Llegué a Galway como una bestia herida que se arrastra hasta su madriguera en las colinas. La ciudad de mis ancestros se alzaba ante mis ojos por primera vez, pero no me pareció extraña o desconocida.

Tuve la sensación de regresar al hogar y, cada nuevo día que pasaba allí, la tierra de mi nacimiento me parecía más y más lejana, y la tierra de mis antepasados más y más próxima.

Llegué a Galway con el corazón roto. Mi hermana gemela, a la que amaba más que a nadie, había muerto. Su marcha fue rápida e inesperada, para mayor agonía, ya que tenía la impresión de que tan sólo unos segundos antes reía junto a mí con viva sonrisa y brillantes ojos grises irlandeses, y al instante siguiente la hierba ya crecía sobre ella. ¡Oh, Señor, toma mi alma, tu Hijo no es el único que ha sufrido la crucifixión!


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6 págs. / 12 minutos / 60 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Pueblo Oscuro

Robert E. Howard


Cuento


Pues ésta es la noche en que sacamos las espadas.
Y la torre pintada de las hordas paganas.
Se inclina ante nuestros martillos,
nuestros fuegos y nuestras cuerdas.
Se inclina un poco y cae.

Chesterton
 

Un viento cortante agitaba la nieve al caer. El oleaje rugía a lo largo de la costa áspera, y más allá las grandes olas de plomo gemían sin cesar. A través del gris amanecer que se deslizaba sobre la costa de Connacht, un pescador llegó caminando penosamente, un hombre tan áspero como la tierra que le había engendrado. Llevaba los pies envueltos en burdo cuero curado; un único atavío de piel de ciervo apenas protegía su cuerpo. No llevaba más ropas. Mientras recorría imperturbable la costa, prestando tan poca atención al frío atroz como si realmente fuera la bestia peluda que parecía a primera vista, se detuvo. Otro hombre surgió del velo de nieve y bruma marina. Turlogh Dubh estaba delante de él.


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34 págs. / 1 hora / 60 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Señor de Samarcanda

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1

El rugido de la batalla había expirado; el sol colgaba sobre las colinas del oeste como una bola de oro carmesí. A través del hollado campo de batalla ningún escuadrón resonaba, ningún grito de guerra reverberaba. Solo los alaridos de los heridos y los quejidos de los moribundos se alzaban hasta los círculos de buitres cuyas negras alas se acercaban más y más hasta que rozaban sus pálidas cabezas en su vuelo.

En su enorme semental, sobre la ladera de una colina repleta de matorrales, Ak Boga el tártaro oteaba atentamente, como ya lo había hecho desde abajo, cuando las huestes acorazadas de los francos, con su bosque de lanzas y pendones flameantes, había avanzado sobre la planicie de Nicópolis para enfrentarse con las siniestras hordas de Bayazid.

Ak Boga, observando la formación de batalla, había chascado sus dientes con sorpresa cuando vio que los relucientes escuadrones de caballeros montados se estiraron en un frente compacto como si fueran la infantería. Estaba la flor y nata de Europa: caballeros de Austria, Alemania, Francia e Italia; pero Ak Boga había sacudido su cabeza con desaprobación.

Había visto a los caballeros cargar con un atronador rugido que agitó incluso los cielos, les había visto embestir a la avanzada de Bayazid como una ráfaga fulminante y barrer la larga pendiente bajo el fuego de los arqueros turcos de la cima. Les había visto cosechar a los arqueros como maíz maduro, y lanzar todo su poder contra los spahis que se les acerca ban, la caballería ligera turca. Y había visto a los spahis doblarse, romperse y esparcirse como espuma en una tormenta; los jinetes provistos de armaduras ligeras arrojaron a un lado sus lanzas y espolearon fuera de la refriega como perros locos. Pero Ak Boga había mirado atrás, donde, algo más lejos, los robustos piqueros húngaros se apostaban, buscando mantener cierta distancia de la avanzada de los caballeros.


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47 págs. / 1 hora, 22 minutos / 60 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Espadas del Mar del Norte

Robert E. Howard


Cuento


I

—¡Salud!

Las vigas manchadas de hollín se estremecieron con aquel profundo bramido. Copas de asta brindaban y las empuñaduras de las espadas golpeaban la mesa de roble. Había dagas clavadas en los numerosos trozos de carne y, bajo los pies de los comensales, perros lobo peludos y demacrados se peleaban por los restos.

A la cabecera de la mesa se sentaba Rognor el Rojo, azote de los Mares Estrechos. El ciclópeo vikingo se mesó pensativamente la barba bermeja, mientras paseaba sus grandes y arrogantes ojos por la sala, abarcando la escena que le era familiar: cientos de guerreros festejaban, servidos por mujeres de cabello amarillo y mirada atrevida y por esclavos temblorosos; tesoros de las tierras del Sur circulaban profusa y descuidadamente: raros tapices y brocados, balas de seda y especias, mesas y bancos de fina caoba, curiosas armas engastadas y delicadas obras de arte competían con trofeos de caza, cuernos y cabezas de animales del bosque. Así proclamaban los vikingos su dominio sobre hombres y bestias.

Las naciones del Norte estaban ebrias de victoria y conquista. Roma había caído; francos, godos, vándalos y sajones habían saqueado las más bellas posesiones del mundo. Y ahora estas razas defendían a duras penas sus trofeos, frente a los pueblos aún más salvajes y feroces que se arrojaban sobre ellas desde las nieblas azuladas del Norte. Los francos, ya asentados en la Galia y con signos visibles de latinización, se encontraban con las grandes y estilizadas galeras de los noruegos guerreando en sus ríos; los godos, más al Sur, sentían el peso de la reciente furia de sus allegados; y los sajones, empujando a los britanos al oeste, se veían asediados por un enemigo aún más fiero desde la retaguardia.

Al este, al oeste y al sur, hasta los confines del mundo, llegaban los grandes barcos vikingos coronados por cabezas de dragón.


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32 págs. / 56 minutos / 59 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Casa de Arabu

Robert E. Howard


Cuento


A la casa de donde nadie sale,
al camino sin retorno,
a la morada donde sus habitantes son privados de la luz,
el lugar donde el polvo es su sustento, y su alimento el barro.
No tienen luz y habitan en una densa oscuridad,
y están ataviados como aves, con mantos de plumas.
Allá, donde traspasando verjas y cerrojos, el polvo se extiende.

Leyenda babilónica de Ishtar

—¿Acaso ha visto un espíritu nocturno, o está escuchando los susurros de los que habitan en la oscuridad?

Extrañas palabras para ser murmuradas en el salón de fiestas de Naram-ninub, en medio de la música de los laúdes, el chapoteo de las fuentes, y el tintineo de las risas de las mujeres. El gran salón atestiguaba las riquezas de su propietario, no sólo por sus vastas dimensiones, sino también por el esplendor de los ornamentos. La superficie vidriada de las paredes ofrecía un sorprendente abigarramiento de esmaltes de color azul, rojo y naranja, rematados con juntas de oro bruñido. El aire estaba cargado de incienso, mezclado con la fragancia de flores exóticas de los jardines del exterior. Los festejantes, nobles de Nippur con túnicas de seda, estaban tumbados sobre cojines de satén, bebiendo vino escanciado de vasijas de alabastro, y acariciando a las jóvenes juguetonas repintadas y enjoyadas que la riqueza de Naram-ninub había traído desde todos los rincones del Oriente.

Había docenas de ellas. Sus blancas extremidades campanilleaban al bailar, o brillaban como marfil entre los cojines donde se tumbaban. Una tiara con piedras preciosas enganchada sobre una mata bruñida de cabello negro como la noche, un brazalete con una gema incrustada de oro macizo, pendientes de jade tallado… tales objetos constituían su única indumentaria. Su fragancia era mareante. Provocadoras al bailar, festejando y haciendo el amor, sus risas ligeras llenaban el salón con ondas de sonido argénteo.


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30 págs. / 53 minutos / 58 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Un Caballerete de Bear Creek

Robert E. Howard


Novela


I. Camisas a rayas y corazones rotos

Si Joel Braxton no hubiera blandido su cuchillo mientras yo golpeaba su cabeza con un tarugo de abeto, creo que no habría reñido con Gloria McGraw y que las cosas habrían sido muy diferentes. Pá siempre dijo que los Braxton eran gente desconsiderada y tiene toda la razón. Primero oí gritar a Jim Garfield:

—¡Cuidado, Breck, ese perro sarnoso tiene un cuchillo! —En eso sentí una especie de aguijonazo, miré hacia abajo y vi que Joel había desgarrado mi camisa de ante y rascaba mi pellejo tratando de alcanzarme las entrañas. Le aticé en el cogote, arrojé su cuchillo a un grupo de árboles y él lo siguió volando. Los robles negros no le arañaron la barriga como él hizo conmigo, porque ambos encontraron un buen tronco en su camino. No sé cómo esperaba estrellarse en un robledal sin magullarse un poco el pellejo.

Pero yo soy un hombre de buen carácter, e incluso entonces era un muchachote reflexivo, así que ignoré las brutales amenazas de Joel mientras su hermano, Jim Garfield, y los demás lo sacaban del robledal y lo zambullían en el arroyo para lavarle la sangre. Me subí sin más a mi mulo Alexander y continué mi camino hacia la cabaña del viejo McGraw, adonde me dirigía cuando me dejé embaucar por aquellos idiotas.

El de los McGraw es el único clan de Bear Creek, además del de los Reynolds y los Braxton, con el que no tengo lazos de sangre, y había estado enamorado de Gloria McGraw desde que fui lo suficientemente grande para usar pantalones. Ella era la muchachita más alta, fina y bonita de las montañas Humbolt —que cubren un territorio considerable—. No había una chica en Bear Creek, ni siquiera mis hermanas, que manejara un hacha como ella, friera un bistec de oso más sabroso o preparase una sémola de maíz tan buena; ni tampoco hombre o mujer que corriera más rápido que ella; ni siquiera yo.


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280 págs. / 8 horas, 10 minutos / 57 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Huéspedes de la Habitación Maldita

Robert E. Howard


Cuento


1

Butch Cronin suspiró mientras miraba por encima de su periódico a la harapienta figura de Smoky Slade.

—Menudo momento has escogido para venir a hablarme de un supuesto misterio en Stockley Street —declaró Cronin—. Ahora mismo, lo que más me interesaría sería embolsarme la pasta que Wiltshaw, el acaudalado armador, ha ofrecido a toda persona que logre encontrar a su hija —agitó el periódico bajo la nariz de Smoky con aire acusador. El vagabundo percibió fugazmente los gruesos titulares que pregonaban la desaparición de la hija del naviero.

—Sí —reconoció Smoky con tristeza, hundiendo sus manos mugrientas en los deformes bolsillos de su gabán—. Cuando un gordo mandamás desaparece de la circulación, empleamos todos los medios posibles para encontrarle, y se pone a todo el mundo en pie de guerra, de una punta a otra del país. Pero cuando el desaparecido es un pobre hombre, lo más que sus amigos puedan obtener de la poli, es un «Ah sí, ¿y qué más da?». Escucha, Butch, eres el único a quien podía dirigirme. Fui a ver a los polis; me dieron una palmadita en el hombro y me aconsejaron que dejara de beber tintorro barato. No tengo un centavo, pero…

—No hablemos más del tema, Smoky —le interrumpió Cronin, volviendo a suspirar. Dobló el periódico y lo dejó sobre el escritorio, al lado de sus grandes pies, en un gesto de renuncia—. ¿Me estás diciendo que han desaparecido tres hombres en el asilo para los sin hogar de Big Joe Daley?


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68 págs. / 2 horas / 57 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los que Siembran el Trueno

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1


Vientos acerados, fuego y ruina
Y un jinete agitándose con enorme alegría
Sobre los cadáveres esparcidos, tierra ennegrecida
Acechando desnuda, viene la Muerte
Como una nube de tormenta aplastando los barcos
Todavía permanece erguido el jinete.
Pálido con la sonrisa de un rey muerto en los labios.
Como el alto caballo blanco que montaba.

La Balada de Baibars
 

Los holgazanes de la taberna observaban la figura apostada en el marco de la puerta. Allí se alzaba un hombre alto y robusto, con las sombras de las antorchas y el clamor del bazar a sus espaldas. Sus vestiduras eran una simple túnica y unos cortos calzones de cuero; un manto de pelo de camello colgaba de sus anchos hombros y sus pies estaban calzados con sandalias. Desentonando con su atuendo de pacífico viajero, una corta y afilada espada recta colgaba de su faja. Un gigantesco brazo, muy musculoso, se extendió, con la fornida mano sujetando un bastón de peregrino, mientras permanecía con sus poderosas piernas tensas en la entrada.

Sus piernas desnudas eran peludas, nudosas como árboles talados. Su fosco pelo rojizo estaba recogido por una sencilla tela azulada, y desde su cuadrado rostro moreno, sus extraños ojos azules brillaban con una alegría imprevisible y temeraria, reflejada por la media sonrisa que curvaba sus finos labios.


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51 págs. / 1 hora, 30 minutos / 56 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Dios de Jade

Robert E. Howard


Cuento


Me desperté sobresaltado, emergiendo de un sueño profundo, sacudido por un horror innombrable. La luz de la luna iluminaba mi habitación, dotando a mis objetos familiares de una cualidad espectral y, mientras me preguntaba a mí mismo qué me había despertado, lo recordé… y, al hacerlo, me quedé paralizado cuando, una vez más, otro alarido espeluznante, como el que me había sacado de mi sueño, resonó de forma horrible en el silencio de la media noche. Parecía provenir de la casa de mi excéntrico y taciturno vecino, William Dormouth. No esperé a vestirme; agarrando un pesado bastón de madera de espino, descendí a toda prisa por las escaleras y corrí por mi jardín en dirección a la casa oscura que se perfilaba, siniestra, contra las estrellas. Según me acercaba al porche, otra figura apareció por entre las sombras de la barandilla, y comprobé que se trataba de mi amigo y vecino John Conrad.

—¿Qué este todo este ruido, Kirowan? —me preguntó, casi sin aliento, y divisé el fulgor de un revólver en su mano.

—Lo ignoro, —repuse—. Parece que alguien ha gritado.

—La puerta principal está cerrada, —dijo, frunciendo el ceño.

—¡Escucha! —desde algún lugar en el interior de la casa se escuchaban de nuevo ruidos de lucha… junto con un grito horripilante y lastimero y el indescriptible sonido de algo desgarrándose.

—¡Echa la puerta abajo! —gritó Conrad—. ¡Están asesinando a Dormouth mientras estamos aquí plantados!

No pude hacer más que arrojarme con todo mi peso contra la puerta la cual, con gran estrépito, saltó de sus goznes, cayendo hacia el interior. Me catapulté en el vestíbulo en sombras con Conrad pegado a mis talones, y nos dirigimos hacia la escalera.

—¡Por aquí! —exclamó—, Dormouth siempre duerme arriba…


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13 págs. / 24 minutos / 56 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

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