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La Piedra Negra

Robert E. Howard


Cuento


Dicen que cosas horribles de Antaño todavía acechan
En los rincones oscuros y olvidados del mundo.
Y algunas noches las Puertas se abren para liberar
Seres enjaulados en el Infierno.

Justin Geoffrey
 

La primera vez que leí algo al respecto fue en el extraño libro de Von Junzt, el excéntrico alemán que vivió de forma tan peculiar y murió de manera tan atroz y misteriosa. Tuve la fortuna de acceder a sus Cultos Sin Nombre en la edición original, el llamado Libro Negro, publicado en Dusseldorf en 1839 poco antes de que el autor fuera víctima de un implacable Final. Los coleccionistas de literatura rara estaban familiarizados con los Cultos Sin Nombre principalmente a través de la traducción barata y defectuosa que fue pirateada en Londres por Bridewall en 1845, y por la edición cuidadosamente expurgada que publicó Golden Goblin Press en Nueva York en 1909. Pero el volumen con el que me tropecé era una de las copias alemanas sin expurgar, con pesadas tapas de cuero y oxidados pasadores de hierro. Dudo que hoy queden más de media docena de volúmenes en todo el mundo, pues la cantidad que se publicó no fue muy grande, y cuando corrieron los rumores sobre la forma en que se produjo el fallecimiento del autor, muchos poseedores del libro quemaron sus ejemplares, aterrorizados.


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21 págs. / 38 minutos / 379 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Sombra del Buitre

Robert E. Howard


Novela corta


Capítulo 1

—¿Han sido esos perros convenientemente vestidos y cebados?

—Sí, Protector de los Creyentes.

—Pues que los traigan y que se arrastren ante la presencia.

Y fue de aquel modo como los embajadores, pálidos tras los muchos meses de prisión, fueron conducidos ante el trono de Solimán el Magnífico, sultán de Turquía, y el monarca más poderoso en un tiempo de monarcas poderosos. Bajo el gran domo púrpura de la sala real brillaba el trono ante el que temblaba el mundo entero… revestido de oro y con perlas incrustadas. La fortuna en gemas de un emperador adornaba el palio de seda del que colgaba una red de perlas brillantes rematada con un festón de esmeraldas. Aquellas joyas formaban como un halo de gloria por encima de la cabeza de Solimán. Sin embargo, el esplendor del trono palidecía ante la presencia de la centelleante silueta que en él se sentaba, ataviada de pedrerías y con un turbante cuajado de diamantes y rematado con una pluma de garza. Sus nueve visires se encontraban cerca del trono, en actitud humilde. Los soldados de la guardia imperial se alineaban ante el estrado… Solaks con armadura, plumas negras, blancas y escarlatas ondeando por encima de los dorados cascos.


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56 págs. / 1 hora, 39 minutos / 247 visitas.

Publicado el 9 de julio de 2018 por Edu Robsy.

No Me Cavéis una Tumba

Robert E. Howard


Cuento


El estruendo de mi anticuado aldabón, reverberando tétricamente por toda la casa, me despertó de un sueño inquieto y plagado de pesadillas. Miré por la ventana. Bajo la última luz de la luna, el rostro blanquecino de mi amigo John Conrad me miraba.

—¿Puedo subir, Kirowan? —su voz era temblorosa y tensa.

—¡Por supuesto!

Salté de la cama y me puse un batín mientras le oía entrar por la puerta principal y subir las escaleras.

Un momento después lo tenía delante de mí, y bajo la luz que había encendido vi que sus manos temblaban y noté la palidez antinatural de su cara.

—El viejo John Grimlan ha muerto hace una hora —dijo bruscamente.

—¿Sí? No tenía idea de que estuviera enfermo.

—Ha sido un ataque repentino y virulento de naturaleza singular, una especie de acceso en cierto modo parecido a la epilepsia. Los últimos años había sufrido este tipo de crisis, ¿sabes?

Asentí. Algo sabía del viejo ermitaño que había vivido en la gran casa oscura en lo alto de la colina; de hecho, había sido testigo de uno de sus extraños ataques, y me horrorizaron las convulsiones, los aullidos y los gimoteos del desdichado, que se retorcía sobre el suelo como una serpiente herida, mascullando terribles maldiciones y negras blasfemias hasta que su voz se quebró en un chillido sin palabras que regó sus labios de espuma. Al ver esto, comprendí por qué la gente de épocas antiguas consideraba a semejantes víctimas como hombres poseídos por demonios.


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16 págs. / 29 minutos / 204 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Terrible Tacto de la Muerte

Robert E. Howard


Cuento


Cuando la medianoche cubra la tierra
con lúgubres y negras sombras
que Dios nos libre del beso de Judas
de un muerto en la oscuridad.
 

El viejo Adam Farrel yacía muerto en la casa en la que había vivido solo los últimos veinte años. Un silencioso y huraño recluso que en vida no conoció amigo alguno, y tan sólo dos hombres fueron testigos de su final.

El doctor Stein se levantó y observó por la ventana la creciente oscuridad.

—Entonces, ¿crees que podrás pasar la noche aquí? —le preguntó a su acompañante.

Este, de nombre Falred, asintió.

—Sí, por supuesto. Supongo que tendré que ocuparme yo.

—Una costumbre bastante inútil y primitiva esta de velar a un muerto —comentó el doctor, que se disponía a marcharse—, pero supongo que tendremos que respetar las costumbres, aunque sólo sea por decoro. Podría intentar encontrar a alguien que te acompañara en la vigilia.

Falred se encogió de hombros.

—Lo dudo mucho. Farrel no era muy popular… no tenía muchos amigos. Yo mismo apenas lo conocía, pero no me importa velar su cuerpo.

El doctor Stein estaba quitándose los guantes de goma y Falred observaba el proceso con un interés que era casi fascinación. Un ligero e involuntario temblor le sacudió al recordar el tacto de aquellos guantes… resbaladizos, fríos y húmedos, como el tacto de la muerte.

—Podrías sentirte demasiado solo esta noche si no encuentro a nadie más —afirmó el doctor al abrir la puerta—. No eres supersticioso, ¿verdad?

Falred rió.

—No mucho. Lo cierto es que, por lo que he oído acerca del trato de Farrel, prefiero estar ahora velando su cuerpo que haber sido uno de sus invitados cuando aún vivía.


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7 págs. / 12 minutos / 122 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Señor de la Muerte

Robert E. Howard


Cuento


I

La carnicería resultó tan inesperada como una cobra invisible. En un segundo, Steve Harrison caminaba con desenfado por el callejón a oscuras… y, al siguiente, luchaba desesperado por su vida contra una furia rugiente y babeante, que había caído sobre él con garras y colmillos. Aquella cosa era, obviamente, un hombre, aunque, durante los primeros y vertiginosos segundos de la contienda, Harrison incluso llegó a dudar de ello. El estilo de lucha del atacante resultaba apabullantemente cruel y bestial, hasta para Harrison, que estaba acostumbrado a los trucos sucios que se empleaban en los bajos fondos.

El detective sintió cómo las fauces de su asaltante se hundían en su carne y lanzó un alarido de dolor. Pero, además, empuñaba un cuchillo, que desgarró su abrigo y su camisa, haciendo brotar la sangre, y sólo la ciega casualidad, que le hizo cerrar los dedos alrededor de una muñeca nervuda, mantuvo la afilada punta alejada de sus órganos vitales. Estaba tan oscuro como la puerta trasera del Erebus. Harrison percibía a su asaltante tan solo como una mancha negra en la oscuridad que le envolvía. Los músculos que aferraban sus dedos eran tirantes y acerados como cuerdas de piano, y había una terrorífica robustez en el cuerpo que se enfrentaba al suyo, que llenó de pánico a Harrison. Rara vez el gran detective había encontrado a un hombre que se le pudiera igualar en fuerza; pero este ciudadano de la oscuridad no solo era tan fuerte como él, sino que era mucho más ágil… más veloz y más salvaje de lo que jamás podría ser un hombre civilizado.


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44 págs. / 1 hora, 17 minutos / 390 visitas.

Publicado el 17 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Gusanos de la Tierra

Robert E. Howard


Cuento


1

—¡Clavad los clavos, soldados, y que nuestro invitado descubra la verdad de nuestra hermosa justicia romana!

El orador envolvió su poderosa figura en la capa púrpura y se recostó en la silla oficial, igual que podría haberse recostado en su asiento en el Circo Máximo para disfrutar del choque de las espadas de los gladiadores. Cada uno de sus gestos era la materialización del poder. El orgullo cultivado formaba parte necesaria de la satisfacción de los romanos, y Tito Sula se sentía orgulloso con razón; era el gobernador militar de Eboracum y sólo respondía ante el Emperador de Roma. Era un hombre de complexión fuerte y estatura media, con los rasgos afilados propios de un romano de pura sangre. Una sonrisa burlona curvaba sus labios, incrementando la arrogancia de su aspecto altanero. De apariencia claramente militar, llevaba el corselete con escamas doradas y el peto tallado propios de su rango, con la espada corta al cinto, y sujetaba sobre la rodilla el casco de plata con su cresta emplumada. Detrás de él permanecía en pie un grupo de soldados impasibles con escudos y lanzas, titanes rubios de la Renania.

Ante él se desarrollaba la escena que aparentemente le proporcionaba tanta gratificación, una escena bastante común allá donde llegaban las alargadas fronteras de Roma. Había una burda cruz tirada en el suelo, y sobre ella estaba atado un hombre medio desnudo, de aspecto salvaje por sus miembros nudosos, sus ojos centelleantes y su mata de pelo revuelto. Sus ejecutores eran soldados romanos, y con pesados martillos se disponían a clavar las manos y pies de la víctima a la madera utilizando puntas de hierro.


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40 págs. / 1 hora, 11 minutos / 62 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Señor de Samarcanda

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1

El rugido de la batalla había expirado; el sol colgaba sobre las colinas del oeste como una bola de oro carmesí. A través del hollado campo de batalla ningún escuadrón resonaba, ningún grito de guerra reverberaba. Solo los alaridos de los heridos y los quejidos de los moribundos se alzaban hasta los círculos de buitres cuyas negras alas se acercaban más y más hasta que rozaban sus pálidas cabezas en su vuelo.

En su enorme semental, sobre la ladera de una colina repleta de matorrales, Ak Boga el tártaro oteaba atentamente, como ya lo había hecho desde abajo, cuando las huestes acorazadas de los francos, con su bosque de lanzas y pendones flameantes, había avanzado sobre la planicie de Nicópolis para enfrentarse con las siniestras hordas de Bayazid.

Ak Boga, observando la formación de batalla, había chascado sus dientes con sorpresa cuando vio que los relucientes escuadrones de caballeros montados se estiraron en un frente compacto como si fueran la infantería. Estaba la flor y nata de Europa: caballeros de Austria, Alemania, Francia e Italia; pero Ak Boga había sacudido su cabeza con desaprobación.

Había visto a los caballeros cargar con un atronador rugido que agitó incluso los cielos, les había visto embestir a la avanzada de Bayazid como una ráfaga fulminante y barrer la larga pendiente bajo el fuego de los arqueros turcos de la cima. Les había visto cosechar a los arqueros como maíz maduro, y lanzar todo su poder contra los spahis que se les acerca ban, la caballería ligera turca. Y había visto a los spahis doblarse, romperse y esparcirse como espuma en una tormenta; los jinetes provistos de armaduras ligeras arrojaron a un lado sus lanzas y espolearon fuera de la refriega como perros locos. Pero Ak Boga había mirado atrás, donde, algo más lejos, los robustos piqueros húngaros se apostaban, buscando mantener cierta distancia de la avanzada de los caballeros.


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47 págs. / 1 hora, 22 minutos / 59 visitas.

Publicado el 26 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Marca del Cabo

Robert E. Howard


Cuento


Y un segundo más tarde este enorme lunático me estaba sacudiendo como si fuera un perro sacudiendo a una rata. «¿Dónde está Meve MacDonnal?», chillaba. Por todos los santos, es espeluznante oír a un loco en un lugar solitario y a medianoche pronunciar el nombre de una mujer muerta hace trescientos años.

(La Fábula del Estibador)
 

—Esta es la marca de piedras que buscas —dije, pasando la mano con cautela sobre una de las ásperas rocas que formaban el montículo de extraña simetría.

Un ávido interés hervía en los oscuros ojos de Ortali. Paseó la mirada por el paisaje hasta posarla de nuevo en la enorme construcción de grandes pedruscos erosionados por el clima.

—¡Qué lugar más extraño y desolado! —dijo—. ¿Quién hubiera pensado encontrar semejante sitio en este emplazamiento? A excepción del humo que se eleva allí, ¿quién podría ni tan siquiera soñar que tras el cabo hay una gran ciudad? Desde aquí no se divisa ni una mísera cabaña de pescadores.

—Las gentes evitan la marca —respondí—, tal y como llevan haciéndolo desde hace siglos.

—¿Por qué?

—Ya me preguntaste lo mismo antes —repliqué impaciente—. Sólo puedo decirte que ahora evitan por costumbre lo que sus antepasados evitaron por conocimiento.

—¡Conocimiento! —rió con sorna—. ¡Supersticiones, más bien!

Lo miré seriamente sin disimular mi desprecio. Difícilmente se podrían encontrar dos hombres tan distintos entre sí. Él era delgado, sobrio, de indudable origen latino, con ojos oscuros y aire sofisticado. Yo soy corpulento, torpe y con pinta de oso, con fríos ojos azules y enmarañado pelo rojo. Eramos compatriotas simplemente por el hecho de haber nacido en la misma tierra; pero las patrias de nuestros antepasados estaban tan alejadas como el norte del sur.


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26 págs. / 47 minutos / 52 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Cabeza de Lobo

Robert E. Howard


Cuento


¿Miedo? Disculpen, Messieurs, pero ustedes desconocen el significado del miedo. No, me mantengo en lo que he dicho. Ustedes son soldados, aventureros. Han conocido cargas de regimientos de dragones, o el pánico en mares azotados por el viento. Pero miedo, el verdadero miedo de puro terror reptante y que pone los pelos de punta, ése lo desconocen. Yo sí he conocido ese miedo; pero hasta el día en que las legiones oscuras asciendan desde las puertas del infierno y el mundo arda en ruinas, ningún hombre volverá a enfrentarse a un miedo similar.

Escuchen, les contaré una historia, ya que ocurrió hace muchos años y a medio camino del otro lado del mundo; y ninguno de ustedes verá jamás al hombre del que les voy a hablar, o si lo ven, no lo reconocerán.

Retrocedan entonces conmigo unos cuantos años atrás en el tiempo, hasta el día en que yo, un caballero joven y temerario, bajé de la pequeña barcaza que me había acercado a tierra firme desde el barco fondeado en el puerto mar adentro, maldije el barrizal que cubría el rústico embarcadero, y recorrí la franja de tierra firme que llevaba hasta el castillo, en respuesta a la invitación de un viejo amigo, Dom Vincente da Lusto.

Dom Vincente era un hombre extraño, de carácter fuerte y amplitud de miras, un visionario adelantado a los conocimientos de su tiempo. En sus venas, quizás, corriese la sangre de aquellos antiguos fenicios que, como nos relatan los sacerdotes, dominaron los mares y construyeron ciudades en tierras lejanas en épocas inmemoriales. Su plan para enriquecerse era extraño y, sin embargo, tuvo éxito; a pocos hombres se les hubiera ocurrido, e incluso menos lo hubieran logrado. Y es que su hacienda se encontraba en la costa occidental de ese oscuro y místico continente, ese enigma para los exploradores… África.


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29 págs. / 50 minutos / 144 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Aguas Inquietas

Robert E. Howard


Cuento


Recuerdo como si fuera ayer aquella terrible noche en el Silver Slipper, a finales del otoño de 1845. Fuera el viento rugía en un gélido vendaval que traía granizo en su regazo, hasta repiquetear éste contra las ventanas como los nudillos de un esqueleto. Sentados alrededor del fuego en la taberna, podíamos oír por encima del ruido del viento y el granizo el tronar de relámpagos blancos que azotaban frenéticamente la agreste costa de Nueva Inglaterra. Los barcos amarrados en el puerto tenían echada doble ancla, y los capitanes buscaban el calor y la compañía que les ofrecían las tabernas de los muelles.

Aquella noche había en el Silver Slipper cuatro hombres, y yo, el friegaplatos. Estaba Ezra Harper, el tabernero; John Gower, capitán del Sea-Woman; Jonas Hopkins, abogado procedente de Salem; y el capitán Starkey del Vulture. Estos cuatro hombres estaban sentados frente a una mesa de roble delante de un gran fuego que crepitaba en la chimenea, mientras yo correteaba por la taberna atendiendo a los clientes, llenando jarras y calentando licores especiados.

El capitán Starkey estaba sentado de espaldas al fuego y miraba a la ventana contra la que golpeaba y repiqueteaba el granizo. Ezra Harper estaba sentado a su derecha, al final de la mesa. El capitán Gower estaba en el otro extremo, y el abogado, Jonas Hopkins, estaba sentado justo enfrente de Starkey, dando la espalda a la ventana y mirando el fuego.

—¡Más brandy! —bramó Starkey, golpeando la mesa con su enorme y nudoso puño. Era un tosco gigante de mediana edad, con una barba espesa y negra y ojos que brillaban por debajo de gruesas cejas negras.

—Una noche fría para los que navegan por el mar —comentó Ezra Harper.


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7 págs. / 13 minutos / 205 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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