Textos más vistos de Robert E. Howard publicados por Edu Robsy publicados el 12 de julio de 2018 que contienen 'u' | pág. 3

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autor: Robert E. Howard editor: Edu Robsy fecha: 12-07-2018 contiene: 'u'


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Huracán Negro

Robert E. Howard


Cuento


1. «¡Me llevo a esta mujer!»

Emmett Glanton pisó a fondo los frenos de su viejo Ford modelo T y el vehículo se detuvo chirriando a menos de un metro de la aparición que se había materializado en mitad de la noche negra e impenetrable.

—¿Qué demonios pretendes saltando de ese modo frente a mi coche? —aulló iracundo, reconociendo a la figura que posaba de forma grotesca ante el resplandor de los faros dél auto. Se trataba de Joshua, el leñador de pocas luces que trabajaba para el viejo John Bruckman; pero Joshua se hallaba en un estado en el que Glanton no le había visto jamás. Bajo la blanca luminosidad de las luces, el rostro ancho y brutal de aquel tipo parecía convulsionado; mostraba espuma en los labios, y sus ojos estaban rojos, como los de un lobo rabioso. Agitaba los brazos y graznaba de forma incoherente.

Impresionado, Glanton abrió la puerta y se apeó del vehículo. De pie, era varios centímetros más alto que Joshua, pero su figura fibrosa y ancha de hombros no resultaba impresionante si se comparaba con la masa encorvada y simiesca del tarado.

Había algo amenazante en la actitud de Joshua. La expresión vacua y apática que solía lucir por lo general, había desaparecido por completo. Enseñaba los dientes y gruñía como una bestia salvaje, y se dirigió hacia Glanton.

—¡No te acerques a mí, condenado! —avisó Glanton—. Además, ¿qué demonios te pasa?

—¡Te diriges allí! —boqueó el tarado, gesticulando vagamente en dirección sur—. El viejo John te llamó por teléfono. ¡Le oí!

—Sí. Me llamó —repuso Glanton—. Me pidió que viniera lo más rápido que me fuera posible. No me dijo por qué. ¿Y qué? ¿Quieres que te lleve allí de vuelta?


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31 págs. / 55 minutos / 37 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Jugando a Ser Periodista

Robert E. Howard


Cuento


Cuando entré en la trastienda del bar Ocean Wave, Bill O'Brien, Mushy Hansen, Jim Rogers y Sven Larson levantaron la nariz de sus respectivas cervezas y se echaron a reír ruidosamente. Bill O'Brien exclamó:

—¡Si es el gran hombre de negocios!

—No hay más que ver el panamá y el bastón —dijo Jim Rogers, ahogándose de la risa—. ¡Y el collar de ricachón de Spike!

Mushy suspiró melancólicamente.

—Vivir para ver, ¡Dennis Dorgan pavonéandose como si fuera un vulgar pisaverde!

—¡Escuchadme todos, ratas de muelle! —dije, dominado por una legítima cólera—. Si he hecho un enorme esfuerzo para vestirme como un caballero, no es cosa que os tenga que permitir esos insultos. El camarero me ha dicho que os encontraría aquí. ¿Qué queréis?

—Si consigues sacar algo de tiempo de tus importantes transacciones —declaró Bill con un tono cáustico—, «Hard-cash» Clemants, aquí presente, tiene una proposición que hacerte.

El susodicho individuo estaba allí sentado, fumándose un enorme puro, barrigón y más coriáceo que nunca.

—No os canséis —dije—. He colgado los guantes. He peleado con gorilas con orejas de coliflor desde el día en que fui lo bastante alto para levantar los puños y...

—Sólo porque hayas tenido la suerte increíble de apostar por la yegua ganadora en Tía Juana, ya te crees lo bastante bueno como para no volver a boxear —se burló Rogers—. Quitar el pan de la boca a tus compañeros de a bordo, eso es algo...


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15 págs. / 27 minutos / 45 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Amenaza Turca

Robert E. Howard


Cuento


Caía la noche y yo deambulaba por las calles, preguntándome cuándo el Python volvería a puerto. Ya estaba harto de arrastrarme por Shangai y tenía muchas ganas de volver a ver a Spike, mi bulldog blanco. Lo había dejado a bordo y había llegado a la ciudad china por mis propios medios, para enfrentarme a un chino que decía que era el Campeón de Oriente.

Los ignoré, como hago siempre que se trata de chinos, salvo si debo noquearlos, y ayudé al chico a levantarse, le limpié la sangre que le manchaba el rostro y le di mi última moneda de diez centavos. Cerró la mano descarnada sobre la moneda y echó a correr a toda velocidad.

El llamado «Campeón» se limitó a echarme un único vistazo a mis feroces ojos y salió corriendo del ring a toda velocidad, con lo que el organizador, muy corto de miras, se negó a darme ni un céntimo.

Meditaba sobre todas aquellas injusticias, andando con pasos majestuosos, cuando me di cuenta de que delante de mí estaba pasando algo muy raro. A pocos metros, un joven delgado y fornido andaba a buen paso; en la mano llevaba un saquito de cuero. Según le miraba, una silueta maciza apareció desde una calleja lateral y pude escuchar el impacto del golpe. El joven se derrumbó, y el otro le arrebató el saquito de cuero y volvió a la carrera al callejón del que había salido.

Deduje que el joven acababa de ser agredido y desvalijado —estoy muy dotado para este tipo de deducciones— y, lanzando un aullido, me adelanté.

La víctima no estaba muy grave, al parecer. Justo cuando llegué a su altura, el joven se apoyó en las manos y empezó a llamar a la policía. Al oírle, no me detuve a prestarle ayuda y me adentré en el callejón, tan negro como la boca de un lobo. Pero escuché el sonido de la carrera precipitada del fugitivo calle abajo, y me lancé en su busca.


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12 págs. / 22 minutos / 41 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Cosa con Pezuñas

Robert E. Howard


Cuento


Marjory lloraba la pérdida de Bozo, su rechoncho gato maltés, que no había regresado tras su habitual ronda nocturna. Se había desatado recientemente una peculiar epidemia de desapariciones de gatos en el vecindario, y Marjory estaba desconsolada. Nunca pude soportar ver a Marjory llorar, así que salí en busca de la mascota extraviada, aunque con pocas esperanzas de encontrarla. Con demasiada frecuencia algún humano pervertido sacia sus instintos sádicos envenenando animales apreciados por otros humanos, y estaba seguro de que Bozo y la veintena o más que habían desaparecido durante los últimos meses habían sido víctimas de un lunático de ese tipo.

Saliendo del jardín de la casa de los Ash, crucé varias parcelas libres cubiertas de hierba crecida y maleza y llegué a la última casa del otro lado de la calle, un edificio ruinoso construido sobre un terreno irregular y que había sido ocupado recientemente, aunque sin restaurarlo, por un tal Stark, un oriental solitario y retraído. Mirando la vieja casa destartalada alzándose entre grandes robles y retirada unos cien metros aproximadamente de la calle, se me ocurrió que el señor Stark podría quizás arrojar algo de luz a este misterio.

Entré por la desvencijada verja de hierro oxidado y recorrí el agrietado camino, apreciando el abandono general del lugar. Poco se sabía sobre su propietario y, aunque habíamos sido vecinos durante más de seis meses, no había tenido oportunidad de verlo de cerca. Se rumoreaba que vivía solo, incluso sin servidumbre, a pesar de estar lisiado. Un estudioso excéntrico de naturaleza taciturna y con suficiente dinero como para satisfacer sus caprichos, ésa era la opinión general.


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26 págs. / 45 minutos / 101 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Luna del Zambebwei

Robert E. Howard


Cuento


1. El horror entre los pinos

El silencio en los pinares se extendía como una capa de melancolía sobre el alma de Bristol McGrath. Las negras sombras parecían estáticas, inmóviles, como el peso de las supersticiones que flotaban en esta remota y despoblada zona rural. La mente de McGrath era un torbellino de vagos terrores ancestrales; había nacido en los pinares, y en dieciséis años vagando por el mundo no había logrado librarse de sus sombras. Los aterradores cuentos que le estremecían de niño volvían a susurrarle en la conciencia; cuentos de oscuras figuras que acechaban en los claros a medianoche…

McGrath maldijo estos recuerdos infantiles y aceleró el paso. El sendero en penumbra serpenteaba tortuosamente entre densas paredes de árboles gigantescos. No era de extrañar que no hubiera podido contratar ningún transporte en el lejano pueblo del río para que lo trajera a la hacienda de Ballville. La carretera era intransitable para cualquier vehículo, surcada por raíces y vegetación crecida. A unos metros delante de él se veía una curva pronunciada.

McGrath paró en seco, totalmente petrificado. El silencio finalmente se había roto, tan desgarradoramente que un gélido cosquilleo le recorrió el dorso de las manos. Y es que el sonido era el gemido inequívoco de un ser humano agonizando. Durante unos segundos McGrath permaneció quieto, y después se deslizó hasta el comienzo de la curva con el mismo paso sigiloso de una pantera al acecho.

Un revólver de cañón corto había aparecido como por arte de magia en su mano derecha. La izquierda se tensó involuntariamente en el bolsillo, arrugando el trozo de papel que sostenía, y que era el responsable de su presencia en aquel lúgubre bosque. Ese papel era una desesperada y misteriosa llamada de auxilio; estaba firmado por el peor enemigo de McGrath, y contenía el nombre de una mujer muerta hacía mucho tiempo.


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39 págs. / 1 hora, 9 minutos / 49 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Mano de la Diosa Negra

Robert E. Howard


Cuento


1

Kirby se detuvo con un pie en el umbral. El emplazamiento le resultaba familiar: un vestíbulo en penumbra, oficinas con puertas de cristal en el extremo opuesto y, en aquel lado, la escalera que conducía a su propia oficina. Pero la figura que se interponía ante él resultaba bizarramente poco familiar. De forma instintiva, Kirby supo que el hombre que había en el pasillo estaba fuera de lugar en aquel emplazamiento, y resultaba ajeno a él de un modo exótico, a pesar de su vestimenta convencional. No se trataba solo de que su piel morena y su acento extranjero sugirieran su procedencia oriental; flotaba a su alrededor la intangible aura de Oriente… una vaga sugestión de cosas que no eran del todo naturales, ni sanas, de acuerdo con el modo de pensar habitual del hombre blanco.

—¿Es usted el señor Kirby? —la voz era rica y profunda, como el retumbar de la campana de un templo, pero había una indefinida pizca de hostilidad en su resonancia. Y un fulgor de burla y amenaza bailaba en las profundidades de sus ojos oscuros.

—Sí, soy Kirby —intentó reprimir su antagonismo irracional, para que no se reflejara en su voz.

—No le entretendré. Tan solo deseo sugerirle que es mejor dejar que el Destino siga su curso elegido, en lugar de entrometerse en cosas que no le conciernen.

—¿Qué quiere decir con eso? —quiso saber Kirby—. Jamás le había visto antes…


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45 págs. / 1 hora, 20 minutos / 47 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Perdición de Dermod

Robert E. Howard


Cuento


Si tu corazón se marchita en tu interior y una opaca cortina oscura de aflicción se interpone entre tu cerebro y tus ojos, haciendo que la luz del sol llegue pálida y leprosa a tu mente… ve a la ciudad de Galway del condado del mismo nombre, en la provincia de Connaught, en el país de Irlanda.

En la gris Ciudad de las Tribus, como así la llaman, pervive un hechizo reconfortante y ensoñador que actúa como un encantamiento; si corre por tus venas la sangre de Galway, no importa desde cuán lejos llegues, tu pesar se desvanecerá lentamente como si fuera un mal sueño, dejando tan sólo un dulce recuerdo similar al perfume de una rosa marchita. Hay una neblina de vetustez flotando sobre la antiquísima ciudad que se mezcla con la melancolía y le hace a uno olvidar. También puedes dirigirte a las colinas azules de Connaught y saborear el penetrante sabor de la sal en el viento que llega del Atlántico; entonces la vida se torna más débil y lejana, con todas sus punzantes alegrías y amargas penas, y no parece más real que las sombras que proyectan las nubes al pasar.

Llegué a Galway como una bestia herida que se arrastra hasta su madriguera en las colinas. La ciudad de mis ancestros se alzaba ante mis ojos por primera vez, pero no me pareció extraña o desconocida.

Tuve la sensación de regresar al hogar y, cada nuevo día que pasaba allí, la tierra de mi nacimiento me parecía más y más lejana, y la tierra de mis antepasados más y más próxima.

Llegué a Galway con el corazón roto. Mi hermana gemela, a la que amaba más que a nadie, había muerto. Su marcha fue rápida e inesperada, para mayor agonía, ya que tenía la impresión de que tan sólo unos segundos antes reía junto a mí con viva sonrisa y brillantes ojos grises irlandeses, y al instante siguiente la hierba ya crecía sobre ella. ¡Oh, Señor, toma mi alma, tu Hijo no es el único que ha sufrido la crucifixión!


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6 págs. / 12 minutos / 59 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Última Canción de Casonetto

Robert E. Howard


Cuento


Le eché una mirada curiosa al paquete. Era fino y plano, y la dirección estaba escrita con la elegante letra curvilínea que había llegado a odiar tanto… por la mano que tan bien sabía que ahora yacía mortalmente fría.

—Será mejor que tengas cuidado, Gordon —dijo mi amigo Costigan—. Porque… ¿qué otra cosa podría mandarte ese siniestro diablo si no es algo para hacerte daño?

—Cuando lo vi pensé en una bomba o algo similar —respondí—, pero es un paquete demasiado fino para contener algo de ese tipo. Lo voy a abrir.

—¡Por todos los cielos! —Costigan dejó escapar una breve risotada—. ¡Te ha enviado una de sus canciones!

Ante nuestros ojos apareció un ordinario disco de fonógrafo.

¿Ordinario, dije? Debería haber dicho el más extraordinario disco del mundo. Porque, según tenía entendido, era el único que había capturado en su plana superficie la voz de oro de Giovanni Casonetto, aquel gran genio diabólico cuyo canto operístico había asombrado al mundo entero, y cuyos oscuros y misteriosos crímenes habían conmocionado a ese mismo mundo.

—La celda de los condenados a muerte que Casonetto ocupó espera ya al siguiente inquilino, y el oscuro cantante yace muerto —dijo Costigan—. ¿Qué tipo de maleficio contendrá este disco enviado al hombre que lo mandó a la horca?

Me encogí de hombros. No por mérito propio, sino por la más pura casualidad, tropecé con el monstruoso secreto de Casonetto. Involuntariamente encontré la caverna en la que practicaba abominaciones milenarias y ofrecía sacrificios humanos al demonio que adoraba. Todo cuanto vi fue testificado en el juicio, y antes de que el verdugo corriera el nudo de la soga, Casonetto juró que me tenía preparado un destino nunca antes sufrido por mortal alguno.


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4 págs. / 8 minutos / 48 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Lágrimas Escarlata

Robert E. Howard


Cuento


1. Un grito en la noche

Kirby lanzó un juramento, y retorció el volante del pequeño descapotable cuando los neumáticos resbalaron en la tierra suelta de la carretera comarcal. Junto a él, la muchacha jadeó y se aferró a su brazo. Momentos después, había recuperado el control del automóvil, y ambos respiraron más tranquilos.

—Ya deberíamos estar muy cerca de la mansión de su tío —musitó el corpulento detective, mientras guiaba el vehículo por la brumosa noche, con los faros arrojando sendos conos de luz que penetraban en la niebla espectral. La muchacha de cabello oscuro se estremeció, y asintió.

—Ya no está lejos —dijo la joven—. ¡Pronto lo verá usted mismo, y dejará de dudar de mi historia!

Kirby sonrió; era un relato enloquecido el que había escuchado de labios de la muchacha de cabello negro en su polvorienta oficina… siniestros cultistas orientales que acechaban por entre los arbustos, sitiando una mansión en el campo, intentado poner sus bronceadas manos sobre algo que había sido traído de Oriente… ¡Y la muchacha ni siquiera sabía qué! Según afirmaba, unos hombres oscuros y extranjeros habían estado observándoles desde la maleza, se había producido numerosos intentos de robo, y los perros guardianes de su tío, cuatro mastines fieros y enormes, habían aparecido muertos con dardos envenenados.

Lo peor de la historia de la muchacha era que su tío estaba… aterrorizado. Casi hasta la muerte. Y, según todo lo que Brent Kirby había leído en los periódicos acerca de Richard Corwell, explorador y aventurero, no parecía el tipo de hombre que se asustara con facilidad.

Una señal de carretera apareció ante el resplandor de los faros. Mostraba el nombre de una ciudad cercana llamada Baskerton.


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33 págs. / 59 minutos / 41 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las callejas de Singapur

Robert E. Howard


Cuento


Cuando el gong puso fin a mi combate con Kid Leary, en el Sweet Dreams, la sala de boxeo de Singapur, yo estaba agotado pero contento. Los siete primeros asaltos habían estado igualados, pero en los tres últimos había llevado al Kid por el ring de un lado a otro, batiéndole como si fuera yeso. Sin embargo, no conseguí dejarle K.O., como había hecho en Shangai unos meses antes, cuando le tumbé en el duodécimo asalto. El combate de Singapur estaba previsto a diez asaltos; uno más y le habría noqueado.

De todos modos, fui tan superior a él que supe que había justificado los pronósticos de los expertos que en las apuestas me daban ganador tres a uno. La multitud aplaudía frenéticamente, el juez se acercaba, y yo me adelanté levantando el puño derecho... cuando, para mi enorme estupor, ¡me apartó con un gesto brutal y levantó el brazo del Kid, atontado y sangrante!

Durante un instante reinó el más profundo silencio, un silencio que sólo fue roto por un grito aterrador que llegó desde la primera fila de asientos del ring. El árbitro, Jed Whithers, soltó a Leary, que se derrumbó sobre la lona del cuadrilátero; luego, Whithers se deslizó entre las cuerdas y se fue a la carrera como un conejo. Los espectadores se pusieron en pie aullando. Recuperándome de la sorpresa, dejé escapar una sarta de juramentos y salté del ring para lanzarme en pos de Whithers. Los espectadores gritaban sanguinarios, rompían los asientos, arrancaban las cuerdas del cuadrilátero y reclamaban la presencia de Whithers para colgarle de una viga. Pero había desaparecido y la multitud estaba enloquecida.


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18 págs. / 32 minutos / 35 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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