Textos más vistos de Robert E. Howard publicados por Edu Robsy | pág. 4

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autor: Robert E. Howard editor: Edu Robsy


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El Túmulo en el Promontorio

Robert E. Howard


Cuento



Y al instante siguiente aquel gran loco pelirrojo me sacudía como un perro a una rata. «¿Dónde está Meve MacDonnal?», gritaba. Por todos los santos que es horrible oír gritar a un loco en un lugar solitario a medianoche, aullando el nombre de una mujer muerta hace trescientos años.

La historia del pescador de altura
 

Este es el túmulo que busca —dije, posando precavidamente mi mano sobre una de las ásperas piedras que componían el montículo extrañamente simétrico.

Un ávido interés ardía en los oscuros ojos de Ortali. Su mirada barrió el paisaje y volvió para descansar en la gran pila de enormes peñascos desgastados por la intemperie.

—¡Qué lugar más extraño, salvaje y desolado! —dijo—. ¿Quién habría pensando en hallar un sitio así excepto en esta comarca? ¡Salvo por el humo que se alza a lo lejos, apenas osaría uno soñar que una gran ciudad se encuentra más allá de ese promontorio! Aquí a duras penas si se divisa la choza de un pescador.

—La gente rehúye el túmulo como lo ha hecho durante siglos —repliqué.

—¿Por qué?

—Ya me lo ha preguntado antes —contesté con impaciencia—. Sólo puedo responder que ahora evitan por costumbre lo que sus antepasados evitaban por sabiduría.

—¡Sabiduría! —rió despectivamente—. ¡Superstición!

Le contemplé sombríamente con un odio sin disimular. Dos hombres a duras penas podrían haber sido de dos tipos más opuestos. Él era delgado, seguro de sí mismo, inequívocamente latino con sus ojos oscuros y su aspecto sofisticado. Yo soy pesado, torpe y de aspecto ursino, con fríos ojos azules y revuelta cabellera rojiza. Éramos paisanos porque habíamos nacido en la misma tierra, pero los hogares de nuestros antepasados estaban tan alejados como el sur del norte.


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25 págs. / 44 minutos / 117 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Halcones de Ultramar

Robert E. Howard


Cuentos


1. Vuelve un hombre


Blanco y quedo serpentea el camino,
marcado con huesos de hombres yacientes.
¡Tanta apostura y poder han caído
para enlosar la calzada hasta Oriente!
La gloria de un millar de guerras libradas,
Los corazones de un millón de amantes formaron,
El polvo de la ruta a tierras lejanas.

Vansittart
 

—¡Alto! —el barbado centinela balanceó su lanza, gruñendo como un mastín rabioso. Más le valla a uno ser prudente en la ruta que conduce a Antioquía. Las estrellas relucían rojas a través de la densa noche y su fulgor no era suficiente para que el guardia distinguiera con nitidez qué clase de hombre se erguía ante él con un porte tan gigantesco.

Un guantelete de hierro se cerró bruscamente sobre la cota de mallas del hombro del soldado, paralizando todo su brazo. Bajo aquel yelmo, el centinela vislumbró el destello de unos ojos azules y feroces que parecían arder incluso en la oscuridad.

—¡Que los santos nos asistan! —exclamó aterrado—. ¡Cormac FitzGeoffrey! ¡Atrás! ¡Vuelve al averno como un buen caballero! O te juro que…

—¡A mí no me jures! —gruñó el caballero—. ¿Qué es toda esa cháchara?

—¿No eres pues un espíritu incorpóreo? —boqueó el soldado—, ¿Acaso no te mataron los corsarios moros durante tu travesía de vuelta a casa?

—¡Por todos los dioses malditos! —gruñó FitzGeoffrey—. ¿Acaso esta mano te parece de humo? —y hundió sus dedos enguantados de hierro en el brazo del soldado, sonriendo como un lobo cuando este lanzo un quejido—, ¡Basta de estupideces! Dime quién hay en esa taberna.

—Tan solo mi señor, Sir Rupert de Vaile, señor de Rúen.

—Me vale —gruñó el otro—. Es uno de los pocos hombres que puedo contar entre mis amigos, ya sea en Oriente como en cualquier otro lugar.


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39 págs. / 1 hora, 8 minutos / 61 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Amante de la Muerte

Robert E. Howard


Cuento


Ante mí, en la sombría calleja, un chasquido metálico retumbó y un hombre lanzó un grito como los que lanzan sólo los hombres mortalmente heridos. Surgiendo de una esquina de la sinuosa callejuela, tres formas envueltas en capas llegaron corriendo desesperadamente, como corren los seres dominados por el pánico y el terror. Me pegué contra la pared para dejarles pasar. Dos de ellos me rozaron sin verme, jadeando y lanzando secas exclamaciones; el tercero, corriendo con la cabeza baja, me golpeó de lleno.

Gritó como un alma condenada; evidentemente, se creía atacado y me agarró salvajemente e intentó morderme, como un perro rabioso. Con una imprecación, me arranqué de su abrazo y le arrojé violentamente contra la pared. Pero mi propio impulso me arrastró y mi pie resbaló en un charco entre los adoquines del piso. Perdí el equilibrio y caí de rodillas.

Huyó gritando hacia la entrada de la calleja. Cuando me levantaba, una silueta alta surgió por encima de mí, como un fantasma saliendo de las espesas sombras. La luz de una antorcha lejana lanzó un reflejo oscuro sobre el capacete y la espada que blandía sobre mi cabeza. Apenas tuve tiempo para detener el golpe; las chispas volaron cuando chocaron nuestras hojas. Contraataqué, lanzando una estocada tan violenta que la punta de mi espada se hundió en su boca, entre los dientes, atravesando su nuca y chocando contra el borde de su casco de acero.


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23 págs. / 40 minutos / 51 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Casa de Arabu

Robert E. Howard


Cuento


A la casa de donde nadie sale,
al camino sin retorno,
a la morada donde sus habitantes son privados de la luz,
el lugar donde el polvo es su sustento, y su alimento el barro.
No tienen luz y habitan en una densa oscuridad,
y están ataviados como aves, con mantos de plumas.
Allá, donde traspasando verjas y cerrojos, el polvo se extiende.

Leyenda babilónica de Ishtar

—¿Acaso ha visto un espíritu nocturno, o está escuchando los susurros de los que habitan en la oscuridad?

Extrañas palabras para ser murmuradas en el salón de fiestas de Naram-ninub, en medio de la música de los laúdes, el chapoteo de las fuentes, y el tintineo de las risas de las mujeres. El gran salón atestiguaba las riquezas de su propietario, no sólo por sus vastas dimensiones, sino también por el esplendor de los ornamentos. La superficie vidriada de las paredes ofrecía un sorprendente abigarramiento de esmaltes de color azul, rojo y naranja, rematados con juntas de oro bruñido. El aire estaba cargado de incienso, mezclado con la fragancia de flores exóticas de los jardines del exterior. Los festejantes, nobles de Nippur con túnicas de seda, estaban tumbados sobre cojines de satén, bebiendo vino escanciado de vasijas de alabastro, y acariciando a las jóvenes juguetonas repintadas y enjoyadas que la riqueza de Naram-ninub había traído desde todos los rincones del Oriente.

Había docenas de ellas. Sus blancas extremidades campanilleaban al bailar, o brillaban como marfil entre los cojines donde se tumbaban. Una tiara con piedras preciosas enganchada sobre una mata bruñida de cabello negro como la noche, un brazalete con una gema incrustada de oro macizo, pendientes de jade tallado… tales objetos constituían su única indumentaria. Su fragancia era mareante. Provocadoras al bailar, festejando y haciendo el amor, sus risas ligeras llenaban el salón con ondas de sonido argénteo.


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30 págs. / 53 minutos / 58 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Dentellada del Oso Negro

Robert E. Howard


Cuento


La noche caía sobre el río como una sombría amenaza, preñada de condenación. Me agazapé tras los arbustos y me estremecí en silencio. En algún lugar, en el interior de la gran casa oscura que había frente a mí, un gong sonó débilmente… una vez. Aquel gong había sonado hasta ocho veces desde me ocultara allí, al caer la noche. Había ido contando las notas, de un modo mecánico. Observé sombrío la gran masa oscura de la mansión. Se trataba de la Casa del misterio… la morada del misterioso Yotai Yun, el príncipe mercader chino… y qué siniestros negocios se cocían entre aquellos muros, era algo que ningún hombre blanco sabía. Bill Lannon se lo había preguntado —antaño había pertenecido al Servicio Secreto Británico, y, al resultarle fácil volver a sus antiguos hábitos, había realizado investigaciones por su cuenta—. Me había hablado vagamente acerca de los turbios sucesos que tenían lugar tras las paredes de la casa de Yotai Yun… nos había confiado sus descubrimientos a Eric Brand y a mí, hablándonos de misteriosos movimientos, planes insidiosos, y de un terrible Monje Encapuchado perteneciente a algún oscuro culto, que prometía un imperio amarillo…

Eric Brand, un aventurero delgado y de ojos vivarachos, se había reído de Lannon, pero yo no. Sabía que mi amigo era como un sabueso que se hallara tras la pista de algo siniestro y misterioso. Una noche, mientras los tres nos sentábamos en el salón del European Club, trasegando unos whiskys con soda, nos anunció que pretendía deslizarse, esa misma noche, en el interior de la casa de Yotai Yun, para descubrir de una vez por todas qué se cocía allí dentro. Encontraron su cadáver a la mañana siguiente, flotando en las aguas sucias y amarillentas del río Yangtze… con una daga delgada clavada hasta el fondo entre sus omóplatos.


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18 págs. / 32 minutos / 55 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Mano de la Diosa Negra

Robert E. Howard


Cuento


1

Kirby se detuvo con un pie en el umbral. El emplazamiento le resultaba familiar: un vestíbulo en penumbra, oficinas con puertas de cristal en el extremo opuesto y, en aquel lado, la escalera que conducía a su propia oficina. Pero la figura que se interponía ante él resultaba bizarramente poco familiar. De forma instintiva, Kirby supo que el hombre que había en el pasillo estaba fuera de lugar en aquel emplazamiento, y resultaba ajeno a él de un modo exótico, a pesar de su vestimenta convencional. No se trataba solo de que su piel morena y su acento extranjero sugirieran su procedencia oriental; flotaba a su alrededor la intangible aura de Oriente… una vaga sugestión de cosas que no eran del todo naturales, ni sanas, de acuerdo con el modo de pensar habitual del hombre blanco.

—¿Es usted el señor Kirby? —la voz era rica y profunda, como el retumbar de la campana de un templo, pero había una indefinida pizca de hostilidad en su resonancia. Y un fulgor de burla y amenaza bailaba en las profundidades de sus ojos oscuros.

—Sí, soy Kirby —intentó reprimir su antagonismo irracional, para que no se reflejara en su voz.

—No le entretendré. Tan solo deseo sugerirle que es mejor dejar que el Destino siga su curso elegido, en lugar de entrometerse en cosas que no le conciernen.

—¿Qué quiere decir con eso? —quiso saber Kirby—. Jamás le había visto antes…


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45 págs. / 1 hora, 20 minutos / 48 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Perdición de Dermod

Robert E. Howard


Cuento


Si tu corazón se marchita en tu interior y una opaca cortina oscura de aflicción se interpone entre tu cerebro y tus ojos, haciendo que la luz del sol llegue pálida y leprosa a tu mente… ve a la ciudad de Galway del condado del mismo nombre, en la provincia de Connaught, en el país de Irlanda.

En la gris Ciudad de las Tribus, como así la llaman, pervive un hechizo reconfortante y ensoñador que actúa como un encantamiento; si corre por tus venas la sangre de Galway, no importa desde cuán lejos llegues, tu pesar se desvanecerá lentamente como si fuera un mal sueño, dejando tan sólo un dulce recuerdo similar al perfume de una rosa marchita. Hay una neblina de vetustez flotando sobre la antiquísima ciudad que se mezcla con la melancolía y le hace a uno olvidar. También puedes dirigirte a las colinas azules de Connaught y saborear el penetrante sabor de la sal en el viento que llega del Atlántico; entonces la vida se torna más débil y lejana, con todas sus punzantes alegrías y amargas penas, y no parece más real que las sombras que proyectan las nubes al pasar.

Llegué a Galway como una bestia herida que se arrastra hasta su madriguera en las colinas. La ciudad de mis ancestros se alzaba ante mis ojos por primera vez, pero no me pareció extraña o desconocida.

Tuve la sensación de regresar al hogar y, cada nuevo día que pasaba allí, la tierra de mi nacimiento me parecía más y más lejana, y la tierra de mis antepasados más y más próxima.

Llegué a Galway con el corazón roto. Mi hermana gemela, a la que amaba más que a nadie, había muerto. Su marcha fue rápida e inesperada, para mayor agonía, ya que tenía la impresión de que tan sólo unos segundos antes reía junto a mí con viva sonrisa y brillantes ojos grises irlandeses, y al instante siguiente la hierba ya crecía sobre ella. ¡Oh, Señor, toma mi alma, tu Hijo no es el único que ha sufrido la crucifixión!


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6 págs. / 12 minutos / 60 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Raza Perdida

Robert E. Howard


Cuento


Cororuc examinó lo que le rodeaba y apresuró el paso. No era un cobarde, pero el lugar no le gustaba. Altos árboles se alzaban a su alrededor, sus ramas taciturnas bloqueando la luz del sol. El oscuro sendero entraba y salía entre ellos, a veces rodeando el borde de un precipicio, donde Cororuc podía contemplar las copas de los arboles más abajo. Ocasionalmente, a través de un claro en el bosque, podía ver a lo lejos las formidables montañas que dejaban presentir las cordilleras mucho más lejanas, al oeste, que constituían las montañas de Cornualles.

En esas montañas se suponía que acechaba el jefe de los bandidos, Buruc el Cruel, para caer sobre las víctimas que pudieran pasar por ese camino. Cororuc aferró su lanza y avivó la zancada. Su premura no se debía sólo a la amenaza de los forajidos, sino también al hecho de que deseaba hallarse de nuevo en su tierra nativa. Había estado en una misión secreta entre los salvajes tribeños de Cornish; y aunque había tenido cierto éxito, estaba impaciente por encontrarse fuera de su poco hospitalario país. Había sido un viaje largo y agotador, y aún tenía que atravesar toda Inglaterra. Lanzó una mirada de aversión a los alrededores. Sentía nostalgia de los agradables bosques a los que estaba acostumbrado, con sus ciervos huidizos y sus pájaros gorjeantes. Anhelaba el alto acantilado blanco, donde el mar azul chapaleaba animadamente. El bosque que estaba cruzando parecía deshabitado. No había pájaros ni animales; y tampoco había visto señal alguna de viviendas humanas.

Sus camaradas permanecían aún en la salvaje corte del rey de Cornish, disfrutando de su tosca hospitalidad, sin ninguna prisa por marcharse. Pero Cororuc no estaba contento. Por eso les había dejado seguir su capricho y se había marchado solo.


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16 págs. / 29 minutos / 109 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Lágrimas Escarlata

Robert E. Howard


Cuento


1. Un grito en la noche

Kirby lanzó un juramento, y retorció el volante del pequeño descapotable cuando los neumáticos resbalaron en la tierra suelta de la carretera comarcal. Junto a él, la muchacha jadeó y se aferró a su brazo. Momentos después, había recuperado el control del automóvil, y ambos respiraron más tranquilos.

—Ya deberíamos estar muy cerca de la mansión de su tío —musitó el corpulento detective, mientras guiaba el vehículo por la brumosa noche, con los faros arrojando sendos conos de luz que penetraban en la niebla espectral. La muchacha de cabello oscuro se estremeció, y asintió.

—Ya no está lejos —dijo la joven—. ¡Pronto lo verá usted mismo, y dejará de dudar de mi historia!

Kirby sonrió; era un relato enloquecido el que había escuchado de labios de la muchacha de cabello negro en su polvorienta oficina… siniestros cultistas orientales que acechaban por entre los arbustos, sitiando una mansión en el campo, intentado poner sus bronceadas manos sobre algo que había sido traído de Oriente… ¡Y la muchacha ni siquiera sabía qué! Según afirmaba, unos hombres oscuros y extranjeros habían estado observándoles desde la maleza, se había producido numerosos intentos de robo, y los perros guardianes de su tío, cuatro mastines fieros y enormes, habían aparecido muertos con dardos envenenados.

Lo peor de la historia de la muchacha era que su tío estaba… aterrorizado. Casi hasta la muerte. Y, según todo lo que Brent Kirby había leído en los periódicos acerca de Richard Corwell, explorador y aventurero, no parecía el tipo de hombre que se asustara con facilidad.

Una señal de carretera apareció ante el resplandor de los faros. Mostraba el nombre de una ciudad cercana llamada Baskerton.


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33 págs. / 59 minutos / 42 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Cobras Amarillas

Robert E. Howard


Cuento


Cuando el Python atracó en el puerto de Busán yo estaba dispuesto a pasar una plácida estancia en tierra porque, por lo que sabía, no había ninguna sala de boxeo en Corea. No obstante, yo acababa de encontrar un bar muy adecuado —yo y mi bull-dog blanco, Spike, estábamos saboreando una cerveza tostada— cuando Bill O'Obrien apareció y me dijo con voz excitada.

—¡Grandes noticias, Dennis! ¿Conoces a Dutchy Grober, de Nagasaki? Bien, actualmente es propietario de un bar aquí mismo y, para poder reunir dinero para pagar todas sus deudas, está organizando combates de boxeo. Te he concertado un combate contra un inglés coriáceo, del Ashanti. ¡Demos un paseo en rickshaw para celebrarlo!

—¡Sal de mi vista! —gruñí irritado. Yo tenía otros planes... aspiraba a un poco de calma, de tranquilidad—. Vete tú solo de fiesta, si es lo que quieres... pero llévate a Spike. A él le encanta montar en rickshaw.

Bill y Spike se marcharon, y yo me puse en busca de algún lugar donde poder echar un sueñecito, porque ya sabía que me esperaba un duro combate aquella misma noche. Mientras pasaba ante la puerta abierta de la trastienda del local, me fijé en un hombre sentado a una mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. Me pareció reconocerle; entré en la sala para mirarle más de cerca. No me había equivocado, le conocía de antiguo... era Jack Randall, un ingeniero de minas. Le di una buena palmada en la espalda y aullé:

—¡Salud, Jack!

—¡Oh, eres tú, Dorgan! —dijo, suspirando aliviado—. Me has dado un susto de muerte. Debí quedarme dormido en la silla... No duermo mucho últimamente. Siéntate, te pediré algo de beber.

—Dime, Jack —le pregunté mientras sorbíamos alcohol—, pareces agotado. ¿Problemas?


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14 págs. / 26 minutos / 35 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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