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autor: Robert E. Howard etiqueta: Cuento


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Las callejas de Singapur

Robert E. Howard


Cuento


Cuando el gong puso fin a mi combate con Kid Leary, en el Sweet Dreams, la sala de boxeo de Singapur, yo estaba agotado pero contento. Los siete primeros asaltos habían estado igualados, pero en los tres últimos había llevado al Kid por el ring de un lado a otro, batiéndole como si fuera yeso. Sin embargo, no conseguí dejarle K.O., como había hecho en Shangai unos meses antes, cuando le tumbé en el duodécimo asalto. El combate de Singapur estaba previsto a diez asaltos; uno más y le habría noqueado.

De todos modos, fui tan superior a él que supe que había justificado los pronósticos de los expertos que en las apuestas me daban ganador tres a uno. La multitud aplaudía frenéticamente, el juez se acercaba, y yo me adelanté levantando el puño derecho... cuando, para mi enorme estupor, ¡me apartó con un gesto brutal y levantó el brazo del Kid, atontado y sangrante!

Durante un instante reinó el más profundo silencio, un silencio que sólo fue roto por un grito aterrador que llegó desde la primera fila de asientos del ring. El árbitro, Jed Whithers, soltó a Leary, que se derrumbó sobre la lona del cuadrilátero; luego, Whithers se deslizó entre las cuerdas y se fue a la carrera como un conejo. Los espectadores se pusieron en pie aullando. Recuperándome de la sorpresa, dejé escapar una sarta de juramentos y salté del ring para lanzarme en pos de Whithers. Los espectadores gritaban sanguinarios, rompían los asientos, arrancaban las cuerdas del cuadrilátero y reclamaban la presencia de Whithers para colgarle de una viga. Pero había desaparecido y la multitud estaba enloquecida.


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18 págs. / 32 minutos / 35 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Cobras Amarillas

Robert E. Howard


Cuento


Cuando el Python atracó en el puerto de Busán yo estaba dispuesto a pasar una plácida estancia en tierra porque, por lo que sabía, no había ninguna sala de boxeo en Corea. No obstante, yo acababa de encontrar un bar muy adecuado —yo y mi bull-dog blanco, Spike, estábamos saboreando una cerveza tostada— cuando Bill O'Obrien apareció y me dijo con voz excitada.

—¡Grandes noticias, Dennis! ¿Conoces a Dutchy Grober, de Nagasaki? Bien, actualmente es propietario de un bar aquí mismo y, para poder reunir dinero para pagar todas sus deudas, está organizando combates de boxeo. Te he concertado un combate contra un inglés coriáceo, del Ashanti. ¡Demos un paseo en rickshaw para celebrarlo!

—¡Sal de mi vista! —gruñí irritado. Yo tenía otros planes... aspiraba a un poco de calma, de tranquilidad—. Vete tú solo de fiesta, si es lo que quieres... pero llévate a Spike. A él le encanta montar en rickshaw.

Bill y Spike se marcharon, y yo me puse en busca de algún lugar donde poder echar un sueñecito, porque ya sabía que me esperaba un duro combate aquella misma noche. Mientras pasaba ante la puerta abierta de la trastienda del local, me fijé en un hombre sentado a una mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. Me pareció reconocerle; entré en la sala para mirarle más de cerca. No me había equivocado, le conocía de antiguo... era Jack Randall, un ingeniero de minas. Le di una buena palmada en la espalda y aullé:

—¡Salud, Jack!

—¡Oh, eres tú, Dorgan! —dijo, suspirando aliviado—. Me has dado un susto de muerte. Debí quedarme dormido en la silla... No duermo mucho últimamente. Siéntate, te pediré algo de beber.

—Dime, Jack —le pregunté mientras sorbíamos alcohol—, pareces agotado. ¿Problemas?


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14 págs. / 26 minutos / 35 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Puertas del Imperio

Robert E. Howard


Cuento


I

El clangor de los amargados centinelas en las torretas, el irregular rugido de la brisa primaveral, no podían ser oídos por los ocupantes del sótano del castillo de Godofredo de Courtenay; y el ruido que hacían estas personas quedaba amortiguado por el espesor de los macizos muros.

Un fluctuante candil iluminaba las rugosas paredes, desnudas y poco acogedoras, flanqueadas con un entramado de toneles y barrilones sobre los que se extendía un velo de polvorientas telarañas. La parte superior de uno de los barriles había sido retirada, y unas manos, cada vez menos firmes, habían sumergido una y otra vez sus cazos de catar en el interior del espumoso líquido.

Agnes, una de las mozas del servicio, había robado del cinturón del mayordomo la descomunal llave de hierro que abría la puerta del sótano; y sintiéndose osados ante la ausencia de su señor, cierto grupo pequeño aunque no demasiado selecto estaba montando una buena juerga, sin pensar demasiado en lo que sucedería al día siguiente.

Agnes, sentada sobre las rodillas de Peter el paje, empleaba uno de los cazos para marcar el ritmo de una canción procaz que ambos balbuceaban en diferentes tonos y escalas. Caía cerveza por el borde del bamboleante cazo, así como por la barbilla de Peter, una circunstancia que estaba muy lejos de notar.

La otra moza, Marge la gorda, rodaba sobre su banco y se palmeaba los amplios muslos en rugiente apreciación por el relato picante que Giles Hobson acababa de contar. Este último individuo bien podría haber sido el señor del castillo, a juzgar por sus maneras, en lugar de un vagabundo pícaro empujado por los vientos de la adversidad. Con la espalda apoyada en un barril, y sus pies calzados con botas apoyados en otro, desató el cinturón que contenía su prominente barriga en el interior de su justillo de cuero, y volvió a sumergir el hocico en la espumeante cerveza.


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48 págs. / 1 hora, 25 minutos / 87 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Demonios del Lago Oscuro

Robert E. Howard


Cuento


1. El horror encarnado

Recuerdo, como si hubiera sucedido ayer mismo, la sofocante atmósfera de aquella tarde, en la que una tensa quietud parecía flotar sobre el bosque y el lago, como si la misma foresta contuviera el aliento en aterrada expectación. Incluso yo me encontraba afectado por aquella atmósfera; una innombrable premonición hacía que me embargara una incómoda inquietud, como cuando un hombre presiente la presencia de una serpiente oculta antes de poder verla u oírla. Cuando el teléfono de mi cabaña del lago resonó de un modo súbito y disonante, respingué de tal forma que mi carne casi se separó de la piel. Lo alcancé en un solo salto, pues sabía que aquel clamor tan inusual debía de significar algo que en absoluto era ordinario. Se trataba de una línea privada que conectaba mi cabaña con la de mis vecinos, los Grissom, cuya residencia se encontraba a unos cinco kilómetros al sur junto a la orilla del lago.

Al levantar el auricular, me quedé paralizado al escuchar la voz de Joan Grissom gritando al otro lado, denotando un horror frenético y un auténtico miedo a morir.

—¡Steve! ¡Steve! ¡Ven aquí, por amor de Dios!

—¿Qué sucede, Joan? —boqueé. Débilmente, pude escuchar extraños sonidos procedentes del otro lado de la línea… sonidos que me hicieron temblar con un temor sin nombre.

—¡Aquí hay algo! —gritó ella—. ¡Oh, Dios, está destrozando las ventanas! ¡Salió del bosque! ¡Ha matado a Jack y a Harriet! ¡Le he visto matarlos!

—¿Dónde está Dick? —grazné con la boca seca.

—¡Salió a pescar esta mañana y no ha regresado aún! —exclamó, al borde de la histeria—. ¡Oh, Steve, no es humano! ¡Ni tampoco es un animal! Le disparé… ¡Vacié contra él la pistola de Dick a través de la ventana! ¡Y se rió! ¡Oh, que Dios me ayude! ¡Ha entrado!


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34 págs. / 59 minutos / 47 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Hijos del Odio

Robert E. Howard


Cuento


1

—Este lugar es muy solitario al anochecer —comentó Butch Gorman, liando con indolencia un cigarrillo—. Tenemos la única oficina ocupada de todo un edificio, de otro modo vacío; no hay luces en los pasillos; una sola bombilla en la escalera. Digamos que un tipo fuera tras nosotros; podría esconderse allí abajo, en el pasillo de la planta baja, justo debajo de la escalera, y cosernos a tiros mientras subimos o bajamos. Ni le veríamos.

El comentario de Gorman era típico en él, y no denotaba cobardía, sino los instintos de un hombre que había pasado la mayor parte de su vida envuelto en peligrosas persecuciones.

Butch Gorman era pelirrojo y robusto como un toro, un producto de las tierras inhóspitas y salvajes de la tierra; demasiado duro y fibroso para ser un hombre civilizado.

Su compañero, Brent Kirby, contrastaba con él… de estatura ligeramente por encima de la media, era delgado aunque compacto de complexión; de cabello negro y rasgos finamente cincelados, poseía tal premura a la hora de hablar y actuar que reflejaba una intensa energía nerviosa.

—Unos pocos clientes más como el coronel John A. Pembroke —dijo Kirby—, y a lo mejor podremos movernos a unas oficinas más lujosas.

—Ya debería de estar aquí, ¿no? —inquirió Gorman. Kirby consultó su reloj.

—Debería venir en cualquier momento. Me dijo que se pasaría a las diez en punto, y ya es la hora. ¿Sabes algo acerca de él?

—Le conozco de vista, eso es todo. Habrás visto su mansión… está rodeada de una finca enorme, y se encuentra más allá de los límites de la ciudad. Por lo que he oído, solo lleva allí viviendo unos tres o cuatro años. Ignoro de dónde vino… de algún lugar de Oriente. Es un millonario retirado, según creo. ¿Qué quería?


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49 págs. / 1 hora, 26 minutos / 83 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Huéspedes de la Habitación Maldita

Robert E. Howard


Cuento


1

Butch Cronin suspiró mientras miraba por encima de su periódico a la harapienta figura de Smoky Slade.

—Menudo momento has escogido para venir a hablarme de un supuesto misterio en Stockley Street —declaró Cronin—. Ahora mismo, lo que más me interesaría sería embolsarme la pasta que Wiltshaw, el acaudalado armador, ha ofrecido a toda persona que logre encontrar a su hija —agitó el periódico bajo la nariz de Smoky con aire acusador. El vagabundo percibió fugazmente los gruesos titulares que pregonaban la desaparición de la hija del naviero.

—Sí —reconoció Smoky con tristeza, hundiendo sus manos mugrientas en los deformes bolsillos de su gabán—. Cuando un gordo mandamás desaparece de la circulación, empleamos todos los medios posibles para encontrarle, y se pone a todo el mundo en pie de guerra, de una punta a otra del país. Pero cuando el desaparecido es un pobre hombre, lo más que sus amigos puedan obtener de la poli, es un «Ah sí, ¿y qué más da?». Escucha, Butch, eres el único a quien podía dirigirme. Fui a ver a los polis; me dieron una palmadita en el hombro y me aconsejaron que dejara de beber tintorro barato. No tengo un centavo, pero…

—No hablemos más del tema, Smoky —le interrumpió Cronin, volviendo a suspirar. Dobló el periódico y lo dejó sobre el escritorio, al lado de sus grandes pies, en un gesto de renuncia—. ¿Me estás diciendo que han desaparecido tres hombres en el asilo para los sin hogar de Big Joe Daley?


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68 págs. / 2 horas / 57 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los que Siembran el Trueno

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1


Vientos acerados, fuego y ruina
Y un jinete agitándose con enorme alegría
Sobre los cadáveres esparcidos, tierra ennegrecida
Acechando desnuda, viene la Muerte
Como una nube de tormenta aplastando los barcos
Todavía permanece erguido el jinete.
Pálido con la sonrisa de un rey muerto en los labios.
Como el alto caballo blanco que montaba.

La Balada de Baibars
 

Los holgazanes de la taberna observaban la figura apostada en el marco de la puerta. Allí se alzaba un hombre alto y robusto, con las sombras de las antorchas y el clamor del bazar a sus espaldas. Sus vestiduras eran una simple túnica y unos cortos calzones de cuero; un manto de pelo de camello colgaba de sus anchos hombros y sus pies estaban calzados con sandalias. Desentonando con su atuendo de pacífico viajero, una corta y afilada espada recta colgaba de su faja. Un gigantesco brazo, muy musculoso, se extendió, con la fornida mano sujetando un bastón de peregrino, mientras permanecía con sus poderosas piernas tensas en la entrada.

Sus piernas desnudas eran peludas, nudosas como árboles talados. Su fosco pelo rojizo estaba recogido por una sencilla tela azulada, y desde su cuadrado rostro moreno, sus extraños ojos azules brillaban con una alegría imprevisible y temeraria, reflejada por la media sonrisa que curvaba sus finos labios.


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Publicado el 26 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Puños del Desierto

Robert E. Howard


Cuento


1. La Estación de Yucca

Una pequeña estación, con la pintura herrumbrosa y agrietada por el sol ardiente —al otro lado de la vía férrea, algunas cabañas de adobe y unas cuantas casas de madera—, así era la Estación de Yucca, expuesta al calor en medio del desierto que se extendía de un extremo al otro del horizonte.

Al Lyman recorría el apeadero a la sombra poco abundante y sofocante de la pequeña estación, con sus botas barnizadas crujiendo sobre la gravilla. El tal Lyman era un hombre bajo, de hombros estrechos y caídos; la vestimenta mugrienta, barata, el producto típico de los barrios bajos de una gran ciudad. La nariz ganchuda, como el pico de un depredador, con los ojos penetrantes, apestando a mercachifle a una legua de distancia.

Su sustento andaba a su lado... Spike Sullivan, conocido por los habituales de la Sala Atlética de la calle Barbary. Gigantesco, con los hombros como los de un buey, manos gruesas y caídas a lo largo del cuerpo, medio abiertas, como las de un simio, cubiertas de pelos hirsutos y negros. Un rostro ceñudo, mandíbula prominente, ojos negros y de mirada estúpida. Al igual que Lyman, desentonaba en aquel decorado, y su verdadero nombre no sonaba muy parecido a Sullivan.

Miraba a su alrededor mientras seguía lentamente a Lyman... los dos hombres se movían porque, en aquel horno, era más soportable hacerlo que permanecer inmóviles. Sullivan frunció el ceño hacia la minúscula ciudad que se extendía al otro lado de las vías férreas, hacia el hombre apenas visible que estaba en la sala de espera, hacia el chucho tumbado debajo de un banco junto al muro de la estación.

El perro despreció la mirada del hombre. Se estiró y salió de debajo del banco, agitando la cola. Sullivan le apartó con un irritado juramento. Su gruñido rabioso retumbó en el silencio; el hombre de la sala de espera se acercó a la puerta y miró con frialdad a los extranjeros.


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35 págs. / 1 hora, 1 minuto / 36 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Reyes de la Noche

Robert E. Howard


Cuento


1

Dormitaba el César en su trono de marfil…
Vinieron sus férreas legiones
para vencer a un rey en una tierra ignota
y una raza sin nombre.

La canción de Bran
 

La daga cayó con un destello. Un grito agudo se convirtió en un estertor. La figura que yacía en el tosco altar se retorció convulsivamente y quedó inmóvil. El mellado filo de pedernal desgarró el pecho enrojecido y unos dedos delgados y huesudos, horrendamente manchados, arrancaron el corazón aún Palpitante. Bajo unas espesas cejas blancas, dos ojos penetran-tes brillaban con feroz intensidad.

Junto al asesino había cuatro hombres al lado de la irregular pila de piedras que formaba el altar del Dios de las Sombras. Uno era de talla mediana y constitución esbelta, parcamente vestido, con la negra cabellera ceñida por una estrecha banda de hierro en el centro de la cual destellaba una solitaria piedra roja. De los demás, dos eran morenos como el primero, Pero así como él era esbelto, ellos eran rechonchos y deformes, con miembros nudosos y cabello enmarañado cayendo sobre frentes estrechas. El rostro de aquél indicaba inteligencia y una voluntad implacable; los suyos meramente una ferocidad parecida a la de las bestias. El cuarto hombre tenía poco en común con el resto. Les llevaba casi una cabeza de altura, aunque su cabellera era negra como la de ellos, su piel comparativamente más clara y los ojos grises. Contemplaba el ceremonial con expresión poco favorable.


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Publicado el 16 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Santuario de Buitres

Robert E. Howard


Cuento


Un viento errante levantaba pequeños remolinos de polvo allí donde el camino a California se confundía, durante unos pocos cientos de yardas, con la calle principal de ciudad Capitán. Unos cuantos perros mestizos descansaban a la sombra de los edificios de frente porticado; los caballos atados a los bebederos pateaban y espantaban las moscas; un niño holgazaneaba en una de las maltrechas aceras de tablones… A excepción de estos signos de vida, ciudad Capitán podría haber sido un pueblo fantasma, abandonado al sol y al viento del desierto.

Un carruaje cubierto crujía lentamente desde el este a lo largo de la polvorienta carretera. Los caballos, flacos y viejos, se inclinaban hacia adelante con cada una de sus renqueantes zancadas. La muchacha en el pescante llevóse una mano a la frente para protegerse del sol y habló con el anciano sentado junto a ella.

—Padre, estamos entrando en un pueblo.

El interpelado asintió con la cabeza y dijo:

—Es Capitán. No perderemos mucho tiempo aquí. Es un mal lugar; he oído hablar de él desde que cruzamos el Pecos. No impera ninguna ley aquí. Es un refugio de fugitivos y renegados. Sin embargo, deberemos detenernos el tiempo suficiente para comprar tocino y café.

Su voz vieja y cascada animó a los esforzados jamelgos; el polvo incrustado tras el larguísimo camino se desprendía del bastidor de la carreta, conforme esta se internaba rechinando en ciudad Capitán.

Cociéndose bajo un frente de incandescentes ondas caloríficas emanado por un sol implacable se alzaba Capitán. Dormitando entre los llanos páramos al sur y los desnudos Guadalupes se hallaba aquel pueblucho: hogar de fugitivos de toda ralea; mas no su santuario final, no el último y definitivo refugio para los desesperados y los condenados.


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25 págs. / 45 minutos / 49 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2018 por Edu Robsy.

7891011