Textos más vistos de Robert E. Howard etiquetados como Cuento | pág. 9

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autor: Robert E. Howard etiqueta: Cuento


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La Casa en el Robledal

Robert E. Howard


Cuento


—Por ese motivo, —dijo mi amigo James Conrad, mientras su pálido rostro brillaba de emoción—, continúo estudiando el extraño caso de Justin Geoffrey… intentando encontrar, ya sea en su propia vida, o en su árbol genealógico, el motivo de sus diferencias con el tipo de persona que hubiera debido ser, dada su familia. Intento averiguar qué fue lo que hizo que Justin fuera el hombre que fue.

—¿Has tenido éxito hasta ahora? —pregunté—. Veo que no te has limitado a estudiar su historia y su árbol genealógico, sino que tu reciente experiencia en Hungría te ha hecho considerarle de otro modo. No me cabe duda de que, con tu profundo conocimiento de la biología y la psicología, podrás explicar el comportamiento de ese extraño poeta, Geoffrey.

Conrad negó con la cabeza, y una extraña mirada brilló en sus ojos acuosos.

—Admito que no soy capaz de comprenderlo. Desde el punto de vista de un hombre normal, no debería haber ningún misterio… Justin Geoffrey era simplemente un tipo raro… un sujeto a mitad de camino entre un genio y un maníaco. El hombre normal diría que «sencillamente, él era así», del mismo modo en que no intentaría explicar cómo algunos árboles crecen adoptando una forma retorcida. Pero una mente retorcida no deja de tener más motivos para crecer de ese modo de los que pueda tener un simple árbol. Siempre existe un motivo… Y, salvo por su experiencia en Hungría, experiencia que he compartido, y que resulta de poca utilidad, dado que la vivió en una época tardía de su vida, no he encontrado en su biografía ningún otro hecho esclarecedor.


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23 págs. / 41 minutos / 55 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Cosa del Tejado

Robert E. Howard


Cuento


Avanzan pesadamente a través de la noche
Con su paso elefantino;
Tiemblo atemorizado
Y me acurruco en la cama.
Elevan alas colosales
Sobre los tejados a dos aguas
Que retumban bajo las pisadas
De sus pezuñas mastodónticas.

Justin Geoffrey: Lo que procede del País Antiguo
 

Empezaré diciendo que me sorprendió la llamada de Tussmann. Nunca habíamos sido amigos íntimos; sus instintos mercenarios me repelían; y desde nuestra amarga polémica de tres años antes, cuando intentó desacreditar mi Pruebas de la cultura Nahua en el Yucatán, que había sido el resultado de años de cuidadosa investigación, nuestras relaciones habían sido cualquier cosa menos cordiales. Sin embargo, le recibí y sus modales me parecieron apremiantes y bruscos, pero más bien distraídos, como si su disgusto hacia mí hubiera sido dejado de lado por alguna pasión obsesiva que se hubiera adueñado de él.

Pronto expuso la razón que le había traído ante mí. Deseaba que le prestara ayuda para obtener un ejemplar de la primera edición de los Cultos Sin Nombre de Von Junzt, la edición conocida como el Libro Negro, no por su color, sino por sus oscuros contenidos. Igual me podría haber pedido la traducción griega original del Necronomicon. Aunque desde mi regreso del Yucatán había dedicado prácticamente todo mi tiempo a mi vocación de coleccionismo de libros, no había tropezado con nada que indicase que el volumen de la edición de Dusseldorf siguiera estando disponible.


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11 págs. / 20 minutos / 119 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Espadachina

Robert E. Howard


Cuento


1. Res adventura

—¡Agnès! Pelirroja del Infierno, ¿dónde estás?

Era mi padre, llamándome de la forma habitual. Eché hacia atrás los cabellos empapados en sudor que me caían sobre los ojos y volví a apoyarme las gavillas en el hombro. En mi vida había pocos momentos de descanso.

Mi padre apartó los arbustos y avanzó por el claro…

Era un hombre alto, de rostro demacrado, moreno por los soles de muchas campiñas, marcado por cicatrices recibidas al servicio de reyes codiciosos y duques ladrones. Me miró irritado y debo reconocer que no le habría reconocido si hubiera tenido otra expresión.

—¿Qué hacías? —rugió.

—Me enviaste a recoger madera al bosque —respondí amorosamente.

—¿Te dije que te ausentaras todo el día? —rugió, al tiempo que intentaba darme un golpe en la cabeza, cosa que evité sin esfuerzo gracias a la larga práctica—. ¿Has olvidado que es el día de tu boda?

Al oír aquellas palabras, mis dedos quedaron sin fuerza y soltaron la cuerda; las ramas cayeron y se esparcieron al golpear contra el suelo. El color dorado desapareció del sol y la alegría se alejó de los trinos de los pájaros.

—Lo había olvidado —murmuré, con los labios súbitamente secos.

—Bien, recoge las ramas y sígueme —rezongó mi padre—. El sol ya se pone por el oeste. Hija ingrata… desvergonzada… ¡que obligas a tu padre a seguirte por todo el bosque para llevarte junto a tu marido!

—¡Mi marido! —murmuré—. ¡François! ¡Por las pezuñas del diablo!

—¿Y juras, maldita? —siseó mi padre—. ¿Debo darte una nueva lección? ¿Te burlas del hombre que he elegido para ti? François es el muchacho más apuesto que puedes encontrar en toda Normandía.


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49 págs. / 1 hora, 27 minutos / 80 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Isla de la Condenación de los Piratas

Robert E. Howard


Cuento


El primer día

El navío largo y bajo que se acercaba hacia la costa tenía un aspecto siniestro. Manteniéndome cuidadosamente a cubierto, me alegró no haber llamado a aquellos hombres. La prudencia me había inducido a ocultarme y a observar a sus tripulantes antes de revelar mi presencia. Empecé a dar gracias a mi ángel de la guarda. Vivimos en tiempos inciertos y hay muchos navíos que acechan en el mar de los Caribes.

Sin embargo, la escena era tranquila y bastante agradable de contemplar. Yo estaba agazapado entre unos arbustos verdes y aromáticos, en la cresta de una duna que descendía suavemente hacia la inmensa playa. Grandes árboles se alzaban a mi alrededor; llegaban de una parte a otra del horizonte. Por debajo, en la orilla, olas verdes se estrellaban con delicadeza en la blanca arena. Por encima de mi cabeza el cielo era azul, tan tranquilo como un sueño. Pero, como una víbora que se desliza por un apacible jardín, estaba aquella nave negra y poco atractiva, anclada a corta distancia de la orilla.

El navío tenía un aspecto descuidado y sucio, y sus aparejos necesitaban atención; aquello no decía mucho en favor de una tripulación honesta o de un capitán atento y concienzudo. Rudas voces atravesaron la extensión de agua que separaba el navío de la playa. En un momento, vi a un gordo patán que se acercaba a la borda con paso torpe, llevándose algo a los labios y arrojándolo luego al mar.

Al mismo tiempo, los tripulantes estaban arriando una chalupa llena de hombres. Cuando empezaron a remar y a alejarse del navío sus gritos roncos y las respuestas de los que se habían quedado a bordo llegaron hasta mí, aunque las palabras sonaban vagas e incomprensibles.


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42 págs. / 1 hora, 14 minutos / 55 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Luna del Zambebwei

Robert E. Howard


Cuento


1. El horror entre los pinos

El silencio en los pinares se extendía como una capa de melancolía sobre el alma de Bristol McGrath. Las negras sombras parecían estáticas, inmóviles, como el peso de las supersticiones que flotaban en esta remota y despoblada zona rural. La mente de McGrath era un torbellino de vagos terrores ancestrales; había nacido en los pinares, y en dieciséis años vagando por el mundo no había logrado librarse de sus sombras. Los aterradores cuentos que le estremecían de niño volvían a susurrarle en la conciencia; cuentos de oscuras figuras que acechaban en los claros a medianoche…

McGrath maldijo estos recuerdos infantiles y aceleró el paso. El sendero en penumbra serpenteaba tortuosamente entre densas paredes de árboles gigantescos. No era de extrañar que no hubiera podido contratar ningún transporte en el lejano pueblo del río para que lo trajera a la hacienda de Ballville. La carretera era intransitable para cualquier vehículo, surcada por raíces y vegetación crecida. A unos metros delante de él se veía una curva pronunciada.

McGrath paró en seco, totalmente petrificado. El silencio finalmente se había roto, tan desgarradoramente que un gélido cosquilleo le recorrió el dorso de las manos. Y es que el sonido era el gemido inequívoco de un ser humano agonizando. Durante unos segundos McGrath permaneció quieto, y después se deslizó hasta el comienzo de la curva con el mismo paso sigiloso de una pantera al acecho.

Un revólver de cañón corto había aparecido como por arte de magia en su mano derecha. La izquierda se tensó involuntariamente en el bolsillo, arrugando el trozo de papel que sostenía, y que era el responsable de su presencia en aquel lúgubre bosque. Ese papel era una desesperada y misteriosa llamada de auxilio; estaba firmado por el peor enemigo de McGrath, y contenía el nombre de una mujer muerta hacía mucho tiempo.


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39 págs. / 1 hora, 9 minutos / 49 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Luna Negra

Robert E. Howard


Cuento


I

—Y tal es la leyenda del Espíritu del Zorro Blanco, mi honorable amigo —entonó el viejo Wang Yun mientras cruzaba sus esqueléticas manos bajo su túnica de seda bordada—, y así la contaban los Hijos de Han. Ahora, debo dar de comer a mi viejo compañero.

Steve Harrison, corpulento y sombrío, incongruente ante las porcelanas y la delicada fragilidad de los jades de oriente apilados en la pequeña tienda, apoyó la recia mandíbula en su puño, que asemejaba un martillo. Observó a su anfitrión con una fascinación personal, mientras que el viejo Chino se dirigía arrastrando los pies hacia una jaula de bambú. La embarrotada caja se encontraba sobre el seno de un enorme Buda verde, apoyado contra la pared, en medio de innumerables jarrones Ming y de alfombras del Turkestán oriental. Wang Yun entrecerró sus ojos rasgados y entonó un extraño canturreo, mientras sacaba una botella de leche y un pequeño platillo de jade de algún nicho indeterminado. Involuntariamente, Harrison se estremeció.

—He contemplado los animales de compañía más bizarros que uno pueda imaginar en algunos rincones de River Street —declaró el detective—. Chow-chows, gatos persas, gallos de pelea, pavos reales blancos y bebés cocodrilos… ¡pero que me cuelguen si alguna vez vi a un hombre cuya mascota fuera una cobra real!

—Pan Chau es muy viejo y muy sabio —sonrió Wang Yun—. Recibió el nombre de un gran guerrero que habría destruido el imperio romano, de haber llegado a vivir un año más. Hice que le extrajeran los colmillos a mi viejo amigo, para evitar que pueda hacerme daño alguno, dada su ceguera y su avanzada edad.

—Es usted un hombre muy extraño, Wang Yun —gruñó Harrison.


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17 págs. / 31 minutos / 67 visitas.

Publicado el 17 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Noche del Lobo

Robert E. Howard


Cuento


I

La penetrante mirada de Thorwald Hiende-Escudos se desvió de la amenaza que brillaba en los expresivos ojos del hombre que estaba de pie frente a él, y recorrió la entera longitud del gran skalli. Se fijó en las largas filas de guerreros ataviados con cotas de malla y yelmos con cuernos, jefes con rostros de halcón que habían cesado su festín para escuchar. Y Thorwald Hiende-Escudos rio.

Pues, en verdad, el hombre que había hablado con rudeza ante las mismas fauces de los vikingos no parecía particularmente amenazador al lado de los gigantes armados que abarrotaban la sala. Era un hombre bajo, de fuerte musculatura, de facciones suaves y muy oscuras. Sus únicas ropas y ornamentos eran unas toscas sandalias que adornaban sus pies, un taparrabos de piel de ciervo, y un amplio tahalí de cuero del que pendía una espada con una curiosa forma de sierra. No llevaba armadura, y su negra cabellera cuadrada solo era recogida por una delgada banda de plata que le ceñía las sienes. Sus ojos fríos y negros brillaban con furia contenida, y sus impulsos interiores se reflejaban con claridad en un rostro habitualmente inmutable.


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33 págs. / 59 minutos / 79 visitas.

Publicado el 10 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Princesa Esclava

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1

En el exterior, el clamor resultaba ensordecedor. El clangor del acero contra el acero, mezclado con alaridos de sed de sangre y de triunfo salvaje. La joven esclava vaciló y examinó la cámara en que se encontraba. Su mirada mostraba una indefensa resignación. La ciudad había caído; los turcomanos, sedientos de sangre, cabalgaban por las calles, quemando, saqueando, masacrando. En cualquier momento, un grupo de victoriosos salvajes con las manos ensangrentadas, irrumpiría en la casa de su señor.

Un gordo mercader apareció corriendo, procedente de otra parte de la casa. Tenía los ojos dilatados por el terror, y respiraba entre jadeos. Llevaba las manos cargadas con gemas y cofrecillos engarzados… unas pertenencias que había elegido a ciegas, y al azar.

—¡Zuleika! —su voz era como el chillido de una comadreja atrapada—. ¡Abre la puerta, deprisa! Y luego ciérrala desde dentro… escaparé por la parte de atrás. ¡Allah ill Allah! Esos malditos turcos están matando a todo el mundo en las calles… los sumideros están anegados de sangre…

—¿Qué me pasará a mí, amo? —preguntó la moza con voz triste.

—¿Qué te va a pasar, ramera? —gritó el hombre, golpeándola con fuerza—. Abre la puerta. Abre la puerta, te digo… ¡Aaahh!

Su voz se quebró como un vidrio hecho añicos. Por la puerta que daba al exterior, penetró una figura indómita y aterradora… un desmañado y greñudo turcomano cuyos ojos eran los de un perro rabioso. Zuleika, paralizada por el terror, contempló sus ojos vidriosos, su cabello ensangrentado y la corta lanza para cazar jabalíes que empuñaba con una mano que goteaba sangre carmesí.


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40 págs. / 1 hora, 10 minutos / 86 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Sangre de Belshazzar

Robert E. Howard


Cuento


Capítulo 1


Brilló sobre el gran pecho del rey persa,
Al propio Iskander, en su camino iluminó;
Relució donde las lanzas se alzaban, prestas,
Con un destello enloquecido, embrujador.
Y a lo largo de sangrientos años cambiantes,
Atrajo a los hombres, que en alma y mente,
Sus vidas, en lagrimas y sangre se ahogaron,
Quebrando sus corazones nuevamente.
Oh, arde con la sangre de corazones bravos,
Cuyos cuerpos son de nuevo solo barro.

La Canción de la Piedra Roja.
 

En otro tiempo se le llamaba Eski-Hissar, el Castillo Viejo, pues ya era antiguo incluso cuando los primeros selyúcidas surgieron por el horizonte oriental, y ni siquiera los árabes, que reconstruyeron sus desvencijadas ruinas en la época de Abu Bekr, sabía qué manos fueron las que erigieron esos bastiones descomunales en las sombrías colinas del Taurus. Ahora, dado que la antigua fortaleza se había convertido en un nido de bandidos, los hombres lo llamaban Bab-el-Shaitan, la Puerta del Diablo, y no sin un buen motivo.

Aquella noche tenía lugar un festín en el gran salón. Grandes mesas repletas de copas y jarras de vino, y enormes bandejas con viandas, se hallaban flanqueadas por una serie de catres que resultaban toscos para un banquete como aquel, mientras que, en el suelo, grandes cojines acomodaban las reclinantes formas de otros invitados.

Temblorosos esclavos se apresuraban en derredor, llenando los cálices con sus odres de vino y sirviendo grandes tajadas de carne asada y rebanadas de pan.


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40 págs. / 1 hora, 11 minutos / 45 visitas.

Publicado el 27 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Sombra de la Bestia

Robert E. Howard


Cuento


¡Cuando brillen las estrellas malignas
O la luz de la luna ilumine el Oriente,
Que el Dios del Cielo nos guarde de
La Sombra de la Bestia!
 

La locura empezó con el estallido de una pistola. Un hombre cayó con una bala en el pecho, y el hombre que había hecho el disparo se volvió para huir, gruñendo una breve amenaza a la muchacha de cara pálida que permanecía en pie, paralizada por el horror; después se escurrió entre los árboles al borde del campamento, semejante a un simio con sus anchas espaldas y sus andares encorvados.

En menos de una hora, hombres de rostro serio estaban peinando los bosques de pinos con armas en la mano, y a lo largo de toda la noche continuó la horripilante cacería, mientras la víctima del fugitivo luchaba por su vida.

—Ahora está tranquilo; dicen que vivirá —dijo Joan al salir de la habitación donde yacía su hermano pequeño. Después se desplomó sobre una silla y dejó paso a un estallido de lágrimas.

Me senté junto a ella y la consolé como se consuela a una niña. La amaba, y ella había dado pruebas de que correspondía a mi afecto. Era mi amor por ella lo que me había arrastrado desde mi rancho de Texas hasta los campamentos de madera a la sombra de los bosques de pinos, donde su hermano vigilaba los intereses de su empresa. Yo había llegado a mi destino apenas una hora antes del tiroteo.

—Dame los detalles de lo que ha pasado —dije—. No he conseguido escuchar un relato coherente.


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14 págs. / 25 minutos / 75 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

7891011