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La Abadía

Robert E. Howard


Cuento


El sol se ponía entre los árboles cuando llegué a la abadía… un edificio chato, de tres plantas, de arquitectura claramente sajona. Me detuve asombrado. Había contemplado antes numerosas ruinas de abadías y capillas, pero esta se hallaba en un notable estado de conservación. No parecía rodeada de ninguna clase de claustro o pared perimetral, y los altos robles arrojaban sombras druídicas sobre su plementería. A poca distancia de ella había un estanque redondo, rodeado de piedras resbaladizas y cubiertas de musgo… evidentemente, había sido construido por el hombre. Pensé que resultaba muy probable que el edificio continuara en uso hoy en día. Pero el silencio reinaba por doquier y no acerté a ver a nadie.

Entré. Era como si todos sus ocupantes acabaran de ser evacuados, dejando el tosco mobiliario en el mismo lugar en el que lo habían empleado. Me fijé en un anticuado escritorio, como el que solían emplear aquellos monjes que iluminaban los manuscritos, y escribían sobre rollos de pergamino. Me fijé también en un pedazo de papel, que aparecía dejado allí por descuido, como si su propietario lo hubiera olvidado. Lo recogí, esperando de un modo infantil que se encontrara plagado de símbolos arcaicos. Pero estaba escrito en inglés, y con una letra innegablemente femenina. Comenzaba abruptamente.


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13 págs. / 22 minutos / 54 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Amante de la Muerte

Robert E. Howard


Cuento


Ante mí, en la sombría calleja, un chasquido metálico retumbó y un hombre lanzó un grito como los que lanzan sólo los hombres mortalmente heridos. Surgiendo de una esquina de la sinuosa callejuela, tres formas envueltas en capas llegaron corriendo desesperadamente, como corren los seres dominados por el pánico y el terror. Me pegué contra la pared para dejarles pasar. Dos de ellos me rozaron sin verme, jadeando y lanzando secas exclamaciones; el tercero, corriendo con la cabeza baja, me golpeó de lleno.

Gritó como un alma condenada; evidentemente, se creía atacado y me agarró salvajemente e intentó morderme, como un perro rabioso. Con una imprecación, me arranqué de su abrazo y le arrojé violentamente contra la pared. Pero mi propio impulso me arrastró y mi pie resbaló en un charco entre los adoquines del piso. Perdí el equilibrio y caí de rodillas.

Huyó gritando hacia la entrada de la calleja. Cuando me levantaba, una silueta alta surgió por encima de mí, como un fantasma saliendo de las espesas sombras. La luz de una antorcha lejana lanzó un reflejo oscuro sobre el capacete y la espada que blandía sobre mi cabeza. Apenas tuve tiempo para detener el golpe; las chispas volaron cuando chocaron nuestras hojas. Contraataqué, lanzando una estocada tan violenta que la punta de mi espada se hundió en su boca, entre los dientes, atravesando su nuca y chocando contra el borde de su casco de acero.


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23 págs. / 40 minutos / 50 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Amenaza Turca

Robert E. Howard


Cuento


Caía la noche y yo deambulaba por las calles, preguntándome cuándo el Python volvería a puerto. Ya estaba harto de arrastrarme por Shangai y tenía muchas ganas de volver a ver a Spike, mi bulldog blanco. Lo había dejado a bordo y había llegado a la ciudad china por mis propios medios, para enfrentarme a un chino que decía que era el Campeón de Oriente.

Los ignoré, como hago siempre que se trata de chinos, salvo si debo noquearlos, y ayudé al chico a levantarse, le limpié la sangre que le manchaba el rostro y le di mi última moneda de diez centavos. Cerró la mano descarnada sobre la moneda y echó a correr a toda velocidad.

El llamado «Campeón» se limitó a echarme un único vistazo a mis feroces ojos y salió corriendo del ring a toda velocidad, con lo que el organizador, muy corto de miras, se negó a darme ni un céntimo.

Meditaba sobre todas aquellas injusticias, andando con pasos majestuosos, cuando me di cuenta de que delante de mí estaba pasando algo muy raro. A pocos metros, un joven delgado y fornido andaba a buen paso; en la mano llevaba un saquito de cuero. Según le miraba, una silueta maciza apareció desde una calleja lateral y pude escuchar el impacto del golpe. El joven se derrumbó, y el otro le arrebató el saquito de cuero y volvió a la carrera al callejón del que había salido.

Deduje que el joven acababa de ser agredido y desvalijado —estoy muy dotado para este tipo de deducciones— y, lanzando un aullido, me adelanté.

La víctima no estaba muy grave, al parecer. Justo cuando llegué a su altura, el joven se apoyó en las manos y empezó a llamar a la policía. Al oírle, no me detuve a prestarle ayuda y me adentré en el callejón, tan negro como la boca de un lobo. Pero escuché el sonido de la carrera precipitada del fugitivo calle abajo, y me lancé en su busca.


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12 págs. / 22 minutos / 41 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Aparición Sobre el Cuadrilátero

Robert E. Howard


Cuento


Los lectores de esta revista se acordarán sin duda de Ace Jessel, el gran boxeador negro del que fui mánager hace algunos años. Era un gigante de ébano de un metro noventa y dos centímetros de altura y ciento quince kilos de peso. Se movía con la cómoda ligereza de un gigantesco leopardo y sus músculos de acero ondulaban bajo su brillante piel. Sorprendentemente rápido para un boxeador de su tamaño, tenía una pegada terrible y cada uno de sus enormes puños contenía la potencia de un martillo pilón.

En aquella época yo estaba convencido de que era tan bueno como cualquier otro hombre que pudiera subir a un cuadrilátero... salvo por un defecto capital. Carecía de instinto asesino. Tenía un enorme coraje, como demostró en numerosas ocasiones... pero se contentaba con boxear, las más de las veces, batiendo a sus enemigos por los puntos y lanzando los golpes exactos para no perder el combate.

De vez en cuando, los espectadores le insultaban, pero sus sarcasmos no hacían más que ampliar su jovial sonrisa. Sin embargo, sus combates seguían atrayendo a un público enorme porque, las raras veces que se encontraba en dificultades y se veía obligado a atacar, o cuando se enfrentaba a un peligroso adversario al que tenía forzosamente que dejar K. O. para conseguir la victoria, los espectadores asistían a un verdadero combate que les entusiasmaba de principio a fin. Incluso en aquellas ocasiones, su costumbre era apartarse de su adversario tambaleándose, dejando que el boxeador atontado por los golpes tuviera tiempo para recuperarse y volver al ataque... mientras la multitud aullaba enfurecida y yo me tiraba de los pelos.


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17 págs. / 29 minutos / 64 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Casa en el Robledal

Robert E. Howard


Cuento


—Por ese motivo, —dijo mi amigo James Conrad, mientras su pálido rostro brillaba de emoción—, continúo estudiando el extraño caso de Justin Geoffrey… intentando encontrar, ya sea en su propia vida, o en su árbol genealógico, el motivo de sus diferencias con el tipo de persona que hubiera debido ser, dada su familia. Intento averiguar qué fue lo que hizo que Justin fuera el hombre que fue.

—¿Has tenido éxito hasta ahora? —pregunté—. Veo que no te has limitado a estudiar su historia y su árbol genealógico, sino que tu reciente experiencia en Hungría te ha hecho considerarle de otro modo. No me cabe duda de que, con tu profundo conocimiento de la biología y la psicología, podrás explicar el comportamiento de ese extraño poeta, Geoffrey.

Conrad negó con la cabeza, y una extraña mirada brilló en sus ojos acuosos.

—Admito que no soy capaz de comprenderlo. Desde el punto de vista de un hombre normal, no debería haber ningún misterio… Justin Geoffrey era simplemente un tipo raro… un sujeto a mitad de camino entre un genio y un maníaco. El hombre normal diría que «sencillamente, él era así», del mismo modo en que no intentaría explicar cómo algunos árboles crecen adoptando una forma retorcida. Pero una mente retorcida no deja de tener más motivos para crecer de ese modo de los que pueda tener un simple árbol. Siempre existe un motivo… Y, salvo por su experiencia en Hungría, experiencia que he compartido, y que resulta de poca utilidad, dado que la vivió en una época tardía de su vida, no he encontrado en su biografía ningún otro hecho esclarecedor.


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23 págs. / 41 minutos / 55 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Cosa con Pezuñas

Robert E. Howard


Cuento


Marjory lloraba la pérdida de Bozo, su rechoncho gato maltés, que no había regresado tras su habitual ronda nocturna. Se había desatado recientemente una peculiar epidemia de desapariciones de gatos en el vecindario, y Marjory estaba desconsolada. Nunca pude soportar ver a Marjory llorar, así que salí en busca de la mascota extraviada, aunque con pocas esperanzas de encontrarla. Con demasiada frecuencia algún humano pervertido sacia sus instintos sádicos envenenando animales apreciados por otros humanos, y estaba seguro de que Bozo y la veintena o más que habían desaparecido durante los últimos meses habían sido víctimas de un lunático de ese tipo.

Saliendo del jardín de la casa de los Ash, crucé varias parcelas libres cubiertas de hierba crecida y maleza y llegué a la última casa del otro lado de la calle, un edificio ruinoso construido sobre un terreno irregular y que había sido ocupado recientemente, aunque sin restaurarlo, por un tal Stark, un oriental solitario y retraído. Mirando la vieja casa destartalada alzándose entre grandes robles y retirada unos cien metros aproximadamente de la calle, se me ocurrió que el señor Stark podría quizás arrojar algo de luz a este misterio.

Entré por la desvencijada verja de hierro oxidado y recorrí el agrietado camino, apreciando el abandono general del lugar. Poco se sabía sobre su propietario y, aunque habíamos sido vecinos durante más de seis meses, no había tenido oportunidad de verlo de cerca. Se rumoreaba que vivía solo, incluso sin servidumbre, a pesar de estar lisiado. Un estudioso excéntrico de naturaleza taciturna y con suficiente dinero como para satisfacer sus caprichos, ésa era la opinión general.


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26 págs. / 45 minutos / 101 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Cosa del Tejado

Robert E. Howard


Cuento


Avanzan pesadamente a través de la noche
Con su paso elefantino;
Tiemblo atemorizado
Y me acurruco en la cama.
Elevan alas colosales
Sobre los tejados a dos aguas
Que retumban bajo las pisadas
De sus pezuñas mastodónticas.

Justin Geoffrey: Lo que procede del País Antiguo
 

Empezaré diciendo que me sorprendió la llamada de Tussmann. Nunca habíamos sido amigos íntimos; sus instintos mercenarios me repelían; y desde nuestra amarga polémica de tres años antes, cuando intentó desacreditar mi Pruebas de la cultura Nahua en el Yucatán, que había sido el resultado de años de cuidadosa investigación, nuestras relaciones habían sido cualquier cosa menos cordiales. Sin embargo, le recibí y sus modales me parecieron apremiantes y bruscos, pero más bien distraídos, como si su disgusto hacia mí hubiera sido dejado de lado por alguna pasión obsesiva que se hubiera adueñado de él.

Pronto expuso la razón que le había traído ante mí. Deseaba que le prestara ayuda para obtener un ejemplar de la primera edición de los Cultos Sin Nombre de Von Junzt, la edición conocida como el Libro Negro, no por su color, sino por sus oscuros contenidos. Igual me podría haber pedido la traducción griega original del Necronomicon. Aunque desde mi regreso del Yucatán había dedicado prácticamente todo mi tiempo a mi vocación de coleccionismo de libros, no había tropezado con nada que indicase que el volumen de la edición de Dusseldorf siguiera estando disponible.


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11 págs. / 20 minutos / 119 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Dentellada del Oso Negro

Robert E. Howard


Cuento


La noche caía sobre el río como una sombría amenaza, preñada de condenación. Me agazapé tras los arbustos y me estremecí en silencio. En algún lugar, en el interior de la gran casa oscura que había frente a mí, un gong sonó débilmente… una vez. Aquel gong había sonado hasta ocho veces desde me ocultara allí, al caer la noche. Había ido contando las notas, de un modo mecánico. Observé sombrío la gran masa oscura de la mansión. Se trataba de la Casa del misterio… la morada del misterioso Yotai Yun, el príncipe mercader chino… y qué siniestros negocios se cocían entre aquellos muros, era algo que ningún hombre blanco sabía. Bill Lannon se lo había preguntado —antaño había pertenecido al Servicio Secreto Británico, y, al resultarle fácil volver a sus antiguos hábitos, había realizado investigaciones por su cuenta—. Me había hablado vagamente acerca de los turbios sucesos que tenían lugar tras las paredes de la casa de Yotai Yun… nos había confiado sus descubrimientos a Eric Brand y a mí, hablándonos de misteriosos movimientos, planes insidiosos, y de un terrible Monje Encapuchado perteneciente a algún oscuro culto, que prometía un imperio amarillo…

Eric Brand, un aventurero delgado y de ojos vivarachos, se había reído de Lannon, pero yo no. Sabía que mi amigo era como un sabueso que se hallara tras la pista de algo siniestro y misterioso. Una noche, mientras los tres nos sentábamos en el salón del European Club, trasegando unos whiskys con soda, nos anunció que pretendía deslizarse, esa misma noche, en el interior de la casa de Yotai Yun, para descubrir de una vez por todas qué se cocía allí dentro. Encontraron su cadáver a la mañana siguiente, flotando en las aguas sucias y amarillentas del río Yangtze… con una daga delgada clavada hasta el fondo entre sus omóplatos.


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18 págs. / 32 minutos / 54 visitas.

Publicado el 4 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

La Espadachina

Robert E. Howard


Cuento


1. Res adventura

—¡Agnès! Pelirroja del Infierno, ¿dónde estás?

Era mi padre, llamándome de la forma habitual. Eché hacia atrás los cabellos empapados en sudor que me caían sobre los ojos y volví a apoyarme las gavillas en el hombro. En mi vida había pocos momentos de descanso.

Mi padre apartó los arbustos y avanzó por el claro…

Era un hombre alto, de rostro demacrado, moreno por los soles de muchas campiñas, marcado por cicatrices recibidas al servicio de reyes codiciosos y duques ladrones. Me miró irritado y debo reconocer que no le habría reconocido si hubiera tenido otra expresión.

—¿Qué hacías? —rugió.

—Me enviaste a recoger madera al bosque —respondí amorosamente.

—¿Te dije que te ausentaras todo el día? —rugió, al tiempo que intentaba darme un golpe en la cabeza, cosa que evité sin esfuerzo gracias a la larga práctica—. ¿Has olvidado que es el día de tu boda?

Al oír aquellas palabras, mis dedos quedaron sin fuerza y soltaron la cuerda; las ramas cayeron y se esparcieron al golpear contra el suelo. El color dorado desapareció del sol y la alegría se alejó de los trinos de los pájaros.

—Lo había olvidado —murmuré, con los labios súbitamente secos.

—Bien, recoge las ramas y sígueme —rezongó mi padre—. El sol ya se pone por el oeste. Hija ingrata… desvergonzada… ¡que obligas a tu padre a seguirte por todo el bosque para llevarte junto a tu marido!

—¡Mi marido! —murmuré—. ¡François! ¡Por las pezuñas del diablo!

—¿Y juras, maldita? —siseó mi padre—. ¿Debo darte una nueva lección? ¿Te burlas del hombre que he elegido para ti? François es el muchacho más apuesto que puedes encontrar en toda Normandía.


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49 págs. / 1 hora, 27 minutos / 80 visitas.

Publicado el 11 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Hija de Erlik Kahn

Robert E. Howard


Novela corta


I

El inglés alto, Pembroke, trazaba signos en el suelo con su cuchillo de caza mientras hablaba con una voz entrecortada que indicaba una contenida agitación:

—No hay ninguna duda, Ormond; ese pico al oeste es el que buscamos. Mira, he dibujado un mapa en el suelo. Esta cruz de aquí representa nuestro campamento, y esta otra el pico. Hemos avanzando lo suficiente hacia el norte. Aquí, debimos desviarnos hacia el oeste…

—¡Silencio! —murmuró Ormond—. Borra el mapa. Aquí está Gordon. Pembroke hizo desaparecer las líneas trazadas en la tierra con un rápido movimiento de la palma de su mano. Se incorporó y arrastró como sin darse cuenta el pie para borrar las últimas líneas que quedaban en el suelo. Él y Ormond reían e intercambiaban naderías cuando se les unió el tercer hombre de la expedición.

* * *

Gordon era más bajo que sus compañeros, pero su físico soportaba fácilmente la comparación con el del rechoncho y macizo Ormond, o el de Pembroke, más fino y estilizado. Era uno de esos raros individuos que son a la vez delgados y poderosos. Su fuerza no daba la impresión de estar retenida y constreñida por su cuerpo, como suele pasar con los hombres fuertes. Se desplazaba con una fácil ligereza que indicaba su fuerza de un modo más sútil que lo que conseguiría con un cuerpo macizo y musculoso.

Iba vestido prácticamente como los dos ingleses, a excepción de un tocado árabe; sin embargo, estaba en perfecta armonía con el decorado que le rodeada, lo que no era su caso. Era un americano, pero parecía formar parte de aquellos altiplanos de relieve accidentado donde los feroces nómadas hacen pastar a sus rebaños de corderos en las laderas del Hindukush. Había seguridad en su mirada tranquila, economía en sus movimientos, cosas que indicaban un cierto parentesco con aquellas desérticas extensiones.


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85 págs. / 2 horas, 30 minutos / 49 visitas.

Publicado el 1 de agosto de 2018 por Edu Robsy.

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