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La Cosa del Tejado

Robert E. Howard


Cuento


Avanzan pesadamente a través de la noche
Con su paso elefantino;
Tiemblo atemorizado
Y me acurruco en la cama.
Elevan alas colosales
Sobre los tejados a dos aguas
Que retumban bajo las pisadas
De sus pezuñas mastodónticas.

Justin Geoffrey: Lo que procede del País Antiguo
 

Empezaré diciendo que me sorprendió la llamada de Tussmann. Nunca habíamos sido amigos íntimos; sus instintos mercenarios me repelían; y desde nuestra amarga polémica de tres años antes, cuando intentó desacreditar mi Pruebas de la cultura Nahua en el Yucatán, que había sido el resultado de años de cuidadosa investigación, nuestras relaciones habían sido cualquier cosa menos cordiales. Sin embargo, le recibí y sus modales me parecieron apremiantes y bruscos, pero más bien distraídos, como si su disgusto hacia mí hubiera sido dejado de lado por alguna pasión obsesiva que se hubiera adueñado de él.

Pronto expuso la razón que le había traído ante mí. Deseaba que le prestara ayuda para obtener un ejemplar de la primera edición de los Cultos Sin Nombre de Von Junzt, la edición conocida como el Libro Negro, no por su color, sino por sus oscuros contenidos. Igual me podría haber pedido la traducción griega original del Necronomicon. Aunque desde mi regreso del Yucatán había dedicado prácticamente todo mi tiempo a mi vocación de coleccionismo de libros, no había tropezado con nada que indicase que el volumen de la edición de Dusseldorf siguiera estando disponible.


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11 págs. / 20 minutos / 119 visitas.

Publicado el 13 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Túmulo en el Promontorio

Robert E. Howard


Cuento



Y al instante siguiente aquel gran loco pelirrojo me sacudía como un perro a una rata. «¿Dónde está Meve MacDonnal?», gritaba. Por todos los santos que es horrible oír gritar a un loco en un lugar solitario a medianoche, aullando el nombre de una mujer muerta hace trescientos años.

La historia del pescador de altura
 

Este es el túmulo que busca —dije, posando precavidamente mi mano sobre una de las ásperas piedras que componían el montículo extrañamente simétrico.

Un ávido interés ardía en los oscuros ojos de Ortali. Su mirada barrió el paisaje y volvió para descansar en la gran pila de enormes peñascos desgastados por la intemperie.

—¡Qué lugar más extraño, salvaje y desolado! —dijo—. ¿Quién habría pensando en hallar un sitio así excepto en esta comarca? ¡Salvo por el humo que se alza a lo lejos, apenas osaría uno soñar que una gran ciudad se encuentra más allá de ese promontorio! Aquí a duras penas si se divisa la choza de un pescador.

—La gente rehúye el túmulo como lo ha hecho durante siglos —repliqué.

—¿Por qué?

—Ya me lo ha preguntado antes —contesté con impaciencia—. Sólo puedo responder que ahora evitan por costumbre lo que sus antepasados evitaban por sabiduría.

—¡Sabiduría! —rió despectivamente—. ¡Superstición!

Le contemplé sombríamente con un odio sin disimular. Dos hombres a duras penas podrían haber sido de dos tipos más opuestos. Él era delgado, seguro de sí mismo, inequívocamente latino con sus ojos oscuros y su aspecto sofisticado. Yo soy pesado, torpe y de aspecto ursino, con fríos ojos azules y revuelta cabellera rojiza. Éramos paisanos porque habíamos nacido en la misma tierra, pero los hogares de nuestros antepasados estaban tan alejados como el sur del norte.


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25 págs. / 44 minutos / 117 visitas.

Publicado el 14 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Almuric

Robert E. Howard


Novela


Prefacio

Al principio yo no tenía intención de contar lo que le había pasado a Esau Cairn, ni siquiera de disipar el misterio que rodeó su desaparición. Fue Cairn en persona quien me hizo cambiar de opinión. Sin duda, sintió el deseo natural y humano de contar al mundo —un mundo del que había renegado, lo mismo que de sus habitantes— su extraña historia y la de aquel planeta que estos nunca podrán alcanzar. Lo que él deseaba decir y narrar es su historia. Por mi parte, rehúso divulgar el papel que he desempeñado en este intercambio; por ello callaré los medios por los que pude transportar a Esau Cairn desde su tierra natal a un planeta que forma parte de un sistema solar desconocido incluso por los astrónomos más avanzados. Tampoco revelaré de qué forma conseguí posteriormente comunicarme con él y escuchar su historia por su propia boca, con una voz que se oía espectralmente a través del cosmos.

Sí puedo certificar una cosa: nada de todo esto fue premeditado. Encontré el Gran Secreto totalmente por azar, durante una experiencia científica, y jamás había soñado en utilizarlo de un modo práctico hasta la famosa noche en que Esau Cairn se introdujo en mi laboratorio al amparo de la oscuridad... un hombre acorralado y al que la sangre humana le cubría las manos. Fue el azar lo que le condujo allí, el ciego instinto del animal que busca una guarida en la que pueda librar un último combate.


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159 págs. / 4 horas, 39 minutos / 113 visitas.

Publicado el 9 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Aparición en el Cuadrilátero

Robert E. Howard


Cuento


Los lectores de esta revista probablemente recordarán a Ace Jessel, el enorme boxeador negro al que representé hace unos años. Era un gigante de ébano, de casi dos metros de altura y un peso de ciento cinco kilos. Se movía con la suavidad de un leopardo gigante y sus flexibles músculos de acero palpitaban bajo su brillante piel. Un boxeador muy inteligente para ser un hombre tan grande, que descargaba el impacto devastador de un martillo pilón con cada uno de sus enormes puños.

Por aquel entonces estaba totalmente seguro de que no tenía igual en el cuadrilátero… excepto por un defecto fatal. Carecía de instinto asesino. Poseía mucho coraje, como dejó probado en más de una ocasión, pero se contentaba simplemente con boxear, sacando más puntos que sus oponentes y acumulando la ventaja suficiente para no perder.

En bastantes ocasiones el público le abucheaba, pero sus provocaciones sólo conseguían que su sonrisa bonachona se ensanchase. Sin embargo, sus peleas siempre aseguraban una buena caja. En las escasas ocasiones en las que se veía forzado a abandonar su papel defensivo, o cuando era igualado por un rival astuto al cual debía noquear para conseguir la victoria, los aficionados entonces podían disfrutar de un combate épico que conseguía ponerles los pelos de punta. E incluso en esas ocasiones se apartaba una y otra vez del rival abatido, dándole tiempo al derrotado para recuperarse y volver al ataque… mientras el público despotricaba y yo me tiraba de los pelos.

La única lealtad inquebrantable en la plácida vida de Ace era su fanático fervor por Tom Molyneaux, el primer campeón americano; un robusto luchador negro que según algunos entendidos había sido el púgil más grande de todos los tiempos.


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16 págs. / 28 minutos / 109 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

La Raza Perdida

Robert E. Howard


Cuento


Cororuc examinó lo que le rodeaba y apresuró el paso. No era un cobarde, pero el lugar no le gustaba. Altos árboles se alzaban a su alrededor, sus ramas taciturnas bloqueando la luz del sol. El oscuro sendero entraba y salía entre ellos, a veces rodeando el borde de un precipicio, donde Cororuc podía contemplar las copas de los arboles más abajo. Ocasionalmente, a través de un claro en el bosque, podía ver a lo lejos las formidables montañas que dejaban presentir las cordilleras mucho más lejanas, al oeste, que constituían las montañas de Cornualles.

En esas montañas se suponía que acechaba el jefe de los bandidos, Buruc el Cruel, para caer sobre las víctimas que pudieran pasar por ese camino. Cororuc aferró su lanza y avivó la zancada. Su premura no se debía sólo a la amenaza de los forajidos, sino también al hecho de que deseaba hallarse de nuevo en su tierra nativa. Había estado en una misión secreta entre los salvajes tribeños de Cornish; y aunque había tenido cierto éxito, estaba impaciente por encontrarse fuera de su poco hospitalario país. Había sido un viaje largo y agotador, y aún tenía que atravesar toda Inglaterra. Lanzó una mirada de aversión a los alrededores. Sentía nostalgia de los agradables bosques a los que estaba acostumbrado, con sus ciervos huidizos y sus pájaros gorjeantes. Anhelaba el alto acantilado blanco, donde el mar azul chapaleaba animadamente. El bosque que estaba cruzando parecía deshabitado. No había pájaros ni animales; y tampoco había visto señal alguna de viviendas humanas.

Sus camaradas permanecían aún en la salvaje corte del rey de Cornish, disfrutando de su tosca hospitalidad, sin ninguna prisa por marcharse. Pero Cororuc no estaba contento. Por eso les había dejado seguir su capricho y se había marchado solo.


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16 págs. / 29 minutos / 108 visitas.

Publicado el 16 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Mono de Jade

Robert E. Howard


Cuento


Había llegado a Hong Kong apenas hacía hora y media cuando alguien me golpeó en la cabeza con una botella. No fue algo que me sorprendiera especialmente... los puertos asiáticos están llenos de tipos que buscan a Dennis Dorgan, marinero de segunda clase, a causa del uso poco considerado que les he dado a mis puños... Sin embargo, aquello me irritó.

Iba caminando por un callejón sombrío, ocupándome de mis propios asuntos, cuando alguien dijo «¡Psst!» y, cuando me volví y dije «¿Qué?»... ¡bang! cayó sobre mi cráneo la susodicha botella. Aquello me exasperó tanto que le largué un porrazo a mi invisible agresor y luego nos enzarzamos y luchamos en la oscuridad durante un buen rato, y el modo en que gruñía y resollaba cuando hundí en su blando cuerpo mis puños de acero, fue música celestial para mis oídos. Finalmente, sin soltarnos el uno del otro, salimos titubeando de la calleja para seguir abanicándonos bajo un farol de luz tenue donde me libré de él y le lancé un gancho con la derecha, y la única razón por la que mi puño no le noqueó fue porque contuve el golpe en el último instante. Y la razón por la que contuve mi golpe fue porque en mi agresor reconocí no a un enemigo, sino a un compañero de a bordo... una mancha para la reputación del Python. Jim Rogers, para ser más precisos.

Me incliné sobre él para ver si seguía con vida... porque bloquear con la mandíbula uno de mis ganchos de derecha, aunque lo frenase en el último segundo, no era un asunto para desdeñar... pasado un momento, parpadeó y abrió los ojos, y declaró, completamente groggy:

—¡Esa última ola debe haberse llevado todo lo que había sobre el puente!

—No estamos a bordo del Python, merluzo —repliqué irritado—. Levántate y explícame por qué te has ido a meter con un hombre de tu misma tripulación, cuando tienes a tu disposición toda una ciudad llena de chinos.


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16 págs. / 29 minutos / 97 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Sauce Llorón

Robert E. Howard


Cuento


—Quítate esos guantes para niñas y ponte los de siete onzas —le ordené—. ¡Soy el famoso Mono Costigan, mánager siete no campeones! Quiero ver lo que tienes en las tripas... si es que tienes algo.

Se sacó sus guantes ligeros —guantes para pegarle a un punching-ball— y se puso los reglamentarios de boxeo, mostrando en la tarea muy poco entusiasmo. Sin embargo, tuve la impresión de ver un destello de interés en sus ojos tristes.

Avanzamos uno hacia el otro y adoptó una posición que ya estaba pasada de moda cuando John L. Sullivan lloriqueaba en la cuna. Le hice una finta al cuerpo y me irritó largándome un torpe zurdazo que me rebotó en el mentón. Le lancé un golpe corto a la nariz y una expresión lúgubre apareció en su rostro y le empezaron a correr las lágrimas por las mejillas.

¡Aquello me pilló completamente desprevenido! Bajé los puños y...

—Tendría que haberte avisado —me dijo Joe Harper, masajeándome la nuca—. ¡Ese merluzo es una verdadera fuente! En cuanto cruza los guantes, se pone a llorar.

—Bueno, de acuerdo —dije aturdido—. ¿Y qué fue aquel temblor de tierra?

—Bajaste la guardia cuando empezó a llorar —me explicó Joe pacientemente— y te pegó con un directo en el mentón y otros dos del mismo calibre mientras caías.

Me levanté algo envarado y contemplé al «llorón», cuyo aspecto era más melancólico que nunca.

—Es más fuerte que yo —declaró—. Siempre lloro cuando boxeo, particularmente si alguien me pega en la nariz. El hecho mismo de golpear a uno de mis semejantes —y todavía más si el golpeado soy yo— me pone triste y melancólico.

—Entonces, ¿por qué boxeas? —quise saber, atónito.

—Me gusta —replicó sin más.


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7 págs. / 12 minutos / 94 visitas.

Publicado el 22 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Las Enredaderas Serpiente

Robert E. Howard


Cuento


Esta es la historia que Hansen me contó cuando salió tambaleándose de aquella jungla negra y repugnante de Indochina, se derrumbó a mis pies y se retorció murmurando sonidos inarticulados. Cuando hubo recobrado un poco de lucidez, se quedó tumbado en mi jergón de campaña y entrecortó sus frenéticos gemidos con grandes tragos de whisky que bebía directamente de la botella. Y esto es lo que me dijo:

—¡Amigo mío, yo salí en busca de orquídeas! ¡Orquídeas... Señor! ¡Encontré el horror y la demencia! ¡Por el amor del cielo, no dejes que se me acerque!

—¿Impedir que se te acerqué qué?

—¡La jungla! Esa obscenidad oscura, fétida, ciega y monstruosa... ¡en este mismo momento extiende sus tentáculos de serpiente para alcanzarme! ¡Me busca a tientas en las tinieblas!

Su voz se transformó en un grito penetrante, y uno de mis soldados gurkha se despertó sobresaltado y empezó a disparar a tontas y a locas contra las sombras, convencido de que estábamos siendo atacados por las tribus de las colinas. Conseguí tranquilizar a mis hombres no sin cierto esfuerzo, porque el campamento estaba sobresaltado desde que Hansen salió de la espesura en aquel lamentable estado; sus gritos no ayudaron a arreglar las cosas.

Sin embargo, los disparos parecieron tranquilizar ligeramente a mi amigo, medio loco de terror.

—Vamos, muchacho —dijo, jadeando y tiritando—. No sirve de nada acribillarlas a balazos... pero de ese modo uno se siente mejor.

»Sí, Haldred y yo partimos en busca de orquídeas. En el seno de esa horrible jungla... lejos, muy lejos... en una región donde nunca se había aventurado ningún hombre blanco. Tuvimos algunos problemas con los indígenas, pero nada serio. Maldita sea, hubiera preferido que nos masacraran a los dos antes de que...


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4 págs. / 7 minutos / 90 visitas.

Publicado el 9 de julio de 2018 por Edu Robsy.

El Negro Sabueso de la Muerte

Robert E. Howard


Cuento


1. El que mata en la oscuridad

¡Las tinieblas de Egipto! Unas palabras que bastan para que nazca la inquietud. Sugieren no solamente la oscuridad, sino las cosas invisibles ocultas en el seno de dicha oscuridad; cosas que se deslizan entre las sombras espesas y evitan la luz del día; formas furtivas que acechan más allá de la frontera de la vida normal.

Tales pensamientos atravesaban fugitivamente mi mente aquella noche mientras seguía lentamente el estrecho sendero que se retorcía entre los tupidos pinos. Tales pensamientos acuden de manera natural al hombre que se atreve a aventurarse de noche en aquella región a las orillas del río, una zona arbolada que los negros llaman Egipto por alguna oscura razón conocida solo por ellos.

No existen, en este lado del abismo no iluminado del Infierno, tinieblas tan absolutas como las de los bosques de pinos. El sendero era tan solo una pista medio borrada que serpenteaba entre murallas de sólido ébano. La seguía guiado más por mi instinto —siempre he vivido en esta región— que por mis sentidos. Andaba tan deprisa como me atrevía a hacerlo, pero la prudencia se mezclaba con el apresuramiento, y escuchaba atentamente. Aquella prudencia no era resultado de especulaciones inquietas que traicionaran lo sobrenatural, suscitadas por la oscuridad y el silencio. Tenía una buena razón, concreta, para mostrarme prudente. Quizá vagaban algunos aparecidos por aquellos bosques, con la garganta abierta y ensangrentada, impulsados por el hambre caníbal —como pretenden los negros—, pero no era de un aparecido de lo que yo tenía miedo. Escuchaba atentamente, dispuesto a detectar el crujido de una ramita bajo un gran pie, o cualquier otro ruido que anunciara la llegada del asesinato surgiendo de entre las espesas sombras. La criatura que acechaba en Egipto —como temía— era todavía más aterradora que cualquier aparecido de repulsiva apariencia.


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35 págs. / 1 hora, 1 minuto / 90 visitas.

Publicado el 9 de julio de 2018 por Edu Robsy.

Los Moradores Bajo la Tumba

Robert E. Howard


Cuento


Me desperté de repente y me incorporé en la cama, preguntándome somnoliento quién podría estar aporreando la puerta con tanta violencia; amenazaba con romper las jambas. Se oyó un grito, afilado intolerablemente por un terror demencial.

—¡Conrad! ¡Conrad! —gritaba alguien al otro lado de la puerta—. ¡Por amor de Dios! ¡Déjame entrar! ¡Lo he visto!… ¡Lo he visto!

—Suena a la voz de Job Kiles —dijo Conrad levantando su robusto cuerpo del diván en el que había estado durmiendo tras cederme su cama—. ¡No tires la puerta abajo! —gritó cogiendo las zapatillas—. Ya voy.

—¡Date prisa! —berreó el visitante invisible—. ¡Acabo de mirar al mismísimo infierno a los ojos!

Conrad encendió la luz y abrió la puerta de par en par; y medio cayéndose, medio tambaleándose, entró una figura con los ojos desorbitados, que reconocí como el hombre agrio y tacaño que vivía en la pequeña hacienda vecina a la de Conrad. Ahora se observaba un espeluznante cambio en el anciano, normalmente tan circunspecto y comedido. Con el ralo cabello erizado y gotas de sudor sobre su piel cenicienta, su cuerpo se convulsionaba con violentos espasmos.

—En el nombre de Dios, ¿qué ocurre, Kiles? —exclamó Conrad, mirándole fijamente—. ¡Parece que hubieras visto un fantasma!

—¡Un fantasma! —la aguda voz de Kiles se rompió y se tornó en un estertor de risa histérica—. ¡He visto un demonio del infierno! Créeme, lo he visto… ¡esta noche! ¡Hace tan sólo unos minutos! ¡Miró por la ventana y se rió de mí! ¡Oh, Dios mío… su risa!

—¿La risa de quién? —gruñó Conrad impaciente.

—¡De mi hermano Jonas! —gritó el viejo Kiles.


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26 págs. / 46 minutos / 89 visitas.

Publicado el 12 de julio de 2018 por Edu Robsy.

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