Textos de Robert Louis Stevenson publicados el 1 de marzo de 2017

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autor: Robert Louis Stevenson fecha: 01-03-2017


Las Desventuras de John Nicholson

Robert Louis Stevenson


Cuento


1. En el que John siembra vientos

John Varey Nicholson era un estúpido, aunque otros que lo son más que él están hoy repantigados en el Parlamento y se jactan de ser los autores de su propia distinción. Ya desde la niñez había tenido tendencia a la obesidad y se inclinaba a ver la vida de forma alegre y superficial, y es posible que esa actitud fuese la causa original de todas sus desdichas. Aparte de esa pista, la filosofía nada nos dice sobre su carrera, y la superstición adelanta la más fácil explicación de que los dioses lo detestaban.

Su padre —ese caballero tan férreo— hacía tiempo que se había entronizado en las alturas de los Principios de la Disrupción. No hay palabras que puedan hacer comprensible el significado de dichos principios (que, a pesar de su torvo nombre, son bastante inocentes) a una inteligencia inglesa sencilla, aunque para los escoceses a menudo resultan ser untuosamente nutritivos, y el señor Nicholson encontró en ellos la leche de los leones. En la época en que las iglesias celebran en Edimburgo sus asambleas anuales, se le veía descender del monte en compañía de varios clérigos pelirrojos, aunque solo contribuía a su elocuencia con proféticos movimientos de cabeza, breves negativas y el austero espectáculo de su fruncido labio superior. Los nombres de Candlish y Begg salían a relucir con frecuencia en aquellas reuniones, y de vez en cuando las conversaciones versaban acerca del Establecimiento Residual y los hechos de un tal Lee. Cualquiera que no estuviese familiarizado con el cerrado reino teológico de Escocia podría haberlas escuchado sin entender una palabra. El señor Nicholson (que no era ningún obtuso) lo sabía y eso le enfurecía. Sabía que el mundo era muy grande y que, para muchos de sus habitantes, los Principios de la Disrupción eran como la cháchara de los monos en lo alto de los árboles.


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Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Una Vieja Canción

Robert Louis Stevenson


Cuento


1

El teniente coronel John Falconer rompió con la tradición familiar al alistarse en el ejército y toda su juventud fue onerosa y catastrófica. Estuvo a punto de que lo expulsaran de su regimiento; se vio implicado en un escándalo acerca de los fondos del comedor de oficiales, incurrió en unas deudas espantosas; cuando su tía le envió un panfleto religioso, se lo devolvió con un comentario escrito en un seco estilo militar. Mediante aquellos destellos y reverberaciones su familia iba sabiendo de cuando en cuando de su tormentosa existencia, y, como nunca les escribía, cada carta desde la India equivalía a un nuevo escándalo.

De pronto, cumplidos ya los treinta años, se convirtió durante una reunión evangelista. Desde ese momento fue un hombre distinto. Le gustaba jactarse de que, desde ese día, jamás había omitido o abreviado sus rezos, y para quienes conocían sus hábitos anteriores, semejante afirmación era ciertamente impresionante. Al mismo tiempo que se volvió religioso, adquirió sentido del deber y se transformó en un buen oficial. Falconer pasaba por ser un hombre fiable, Napier ponía la mano en el fuego por él, y sus hombres le admiraban y le temían a partes iguales.

Cuando su padre murió y el coronel pasó a ser el último representante de su familia, aparte de dos sobrinos pequeños, consideró su deber volver a Inglaterra y hacerse cargo de los niños y las fincas. Para él, un deber desagradable era como para otros un placer furtivo: una especie de pasión a la que se consagraría sin dudarlo y que, cuanto más desagradable le resultara, más orgulloso se sentiría de cumplir. Vivir en Grangehead, ocuparse de las fincas, que lo importunaran dos chiquillos traviesos y tener que abandonar su regimiento, era lo mejor que le había ocurrido nunca, el mejor ejemplo de sacrificio imaginable, la imagen misma del martirio, y en su viaje de regreso...


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Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Historia de una Mentira

Robert Louis Stevenson


Cuento


1. En el que se presenta al almirante

En el tiempo que pasó en París, Dick Naseby hizo extrañas amistades, pues era de los que tienen oídos para oír y saben emplear los ojos tanto como la inteligencia. Tenía tantas ideas como Stuart Mill, pero su filosofía tenía que ver con los seres de carne y hueso y era tan experimental como su método. Era un cazador prototípico. Despreciaba las piezas menores y las personalidades insignificantes, ya fuese en la forma de duques o viajantes comerciales, y los dejaba pasar de largo como las algas junto al costado de un barco, pero, si veía un rostro enérgico o refinado, si oía una voz penetrante o llorosa, si reparaba en una mirada viva, un gesto apasionado o una sonrisa ambigua y significativa, su imaginación despertaba en el acto. «Érase una vez un hombre y una mujer», parecía decir, y se dedicaba a interpretarlo con el placer de un artista al consagrarse a su arte.

Y la verdad es que, bien pensado, aquel interés suyo no dejaba de ser artístico. El estudio personal de la naturaleza humana no tiene nada de científico. Toda comprensión es creación: la mujer a la que amo es, en parte, obra mía; y el gran amante, como el gran pintor, es aquel que sabe embellecer el objeto de su interés hasta convertirlo en algo más que humano, y tiene la astucia de basar su apoteosis en permitir que la mujer en cuestión siga siendo una mujer auténtica, dándole libertad para ser mezquina, o rencorosa, o para ambicionar los placeres vulgares, y, al mismo tiempo, continuar adorándola sin reparar en la incongruencia. Amar a alguien no es sino una forma heroica de comprenderlo. Cuando amamos, aprehendemos al otro por lo que hay de más noble en nosotros mismos, mediante un método noble o mediante la nobleza propia o ajena. Cuando nos limitamos a estudiar una excentricidad, el método de nuestro estudio no es más que una serie de concesiones.


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Publicado el 1 de marzo de 2017 por Edu Robsy.