Cuando el "Caballo Verde" salió del puerto de Santa
Isabel, el noble anciano, apoyado de codos en la pasarela del
paquete, cargado de negros hediondos y pirámides de bananas, me
dijo al mismo tiempo que miraba entristecido cómo la isla de
Fernando Poo empequeñecía a la distancia:
—¡Cómo ha cambiado todo esto! ¡Cuánto! Y de qué
modo!
Clavé los ojos en el rostro del noble anciano, que en su
juventud había sido un conspicuo bandido, y moví también la cabeza,
como si participara de sus sentimientos. El viejo
continuó:
—Fue allá por el año 80. Entonces no existía el puerto que
usted ha visto ni la catedral con sus dos torres de cemento, ni el
hospital, ni la Escuela de Artes e Industrias, ni alumbrado
eléctrico en la calle de Sacramento, ni negros en bicicleta. No.
Nada de eso existía.
Fijé la mirada en el lomo de una ballena que se sumergía y
luego lanzaba un surtidor de agua al espacio, pero el viejo bandido
no vio a la ballena. Su mirada estaba detenida en el pasado.
Emocionado, prosiguió:
—Cuando llegué a Fernando Poo, la aduana era una valla de
bambú y la Casa de Gobierno una choza al pie de la colina. Algunos
indígenas descalzos, embutidos en fracs donde habían zurcido
charreteras de oro y sombreros de copa, desempeñaban funciones
burocráticas con un puñal en el cinto y un paraguas en la mano En
el mismo paraje donde se levanta hoy la catedral de Santa Isabel
conocí al rey de los bupíes, un granuja pintado de ocre amarillo
que se pavoneaba, semidesnudo, por el islote, cubierto con un
sombrero de mujer y diez collares de vértebras de serpiente
colgando del cuello. Cuando comía en presencia de forasteros, una
de sus mujeres, de rodillas frente a él, soportaba en sus manos el
plato de madera, en el cual él y yo hundíamos los dedos para
recoger puñados de arroz, que antes de comer apelmazábamos en una
bola, porque ésa era la costumbre.
El noble anciano movió la cabeza.
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