Textos más populares este mes de Roberto Arlt disponibles que contienen 'b' | pág. 7

Mostrando 61 a 70 de 91 textos encontrados.


Buscador de títulos

autor: Roberto Arlt textos disponibles contiene: 'b'


56789

La Cadena del Ancla

Roberto Arlt


Cuento


Cuando a fines del año 1935 visité Marruecos el tema general de las conversaciones giraba en torno a las actividades de los espías de las potencias extranjeras. Tánger se había convertido en una especie de cuartel general de los diversos Servicios Secretos. En Algeciras comenzaba ya esa atmósfera de turbia vigilancia y contravigilancia que se extiende por toda África costera al Mediterráneo.

Entre las verídicas historias y aventuras de espías que me fueron narradas, ésta que se titula "La cadena del ancla" es la que conceptúo la más terrible.

Estaba una noche sentado en la mesa de un café de ese patio de calle que se llama el Zoco Chico de Tanger, en compañía de un hombre uniformado con el modestísimo traje azul de agente de hotel. Este hombrecillo, de ojos repletos de malicia, miraba pasar los burros de los indígenas entre las mesas, al tiempo que me decía caritativamente:

—En África no hable nunca de política. Desconfíe siempre y de todo el mundo.

Por seguir su consejo, empecé a desconfiar de él.

Hacía el servicio de corredor de hotel entre dos importantes establecimientos de Algeciras y Tánger. Es decir un pie en España y otro en África. Su verdadero oficio era de policía. Lo que ignoro es a qué policía servía, si a la inglesa, a la francesa, a la española o a la italiana. Él era muy amigo de otro hombre que atendía el surtidor de nafta, estratégicamente ubicado a la salida del camino que conduce de Tánger a Tetuán.

El hombre del surtidor de nafta era un ciudadano de cara sonrosada, ojos celestes y sonrisa estúpida, que hablaba en francés, inglés y… árabe.

De este ciudadano modesto, que con el conocimiento de tres idiomas se consagraba al cuidado de un surtidor de nafta, me dijo un día Sergia Leucovich:

—Fíjese usted. Ese hombre en el sitio que trabaja controla la filiación de todo el pasaje que va de Tánger a Melilla a Ceuta o Tetuán.


Leer / Descargar texto

Dominio público
9 págs. / 16 minutos / 97 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Accidentado Paseo a Moka

Roberto Arlt


Cuento


Cuando el "Caballo Verde" salió del puerto de Santa Isabel, el noble anciano, apoyado de codos en la pasarela del paquete, cargado de negros hediondos y pirámides de bananas, me dijo al mismo tiempo que miraba entristecido cómo la isla de Fernando Poo empequeñecía a la distancia:

—¡Cómo ha cambiado todo esto! ¡Cuánto! Y de qué modo!

Clavé los ojos en el rostro del noble anciano, que en su juventud había sido un conspicuo bandido, y moví también la cabeza, como si participara de sus sentimientos. El viejo continuó:

—Fue allá por el año 80. Entonces no existía el puerto que usted ha visto ni la catedral con sus dos torres de cemento, ni el hospital, ni la Escuela de Artes e Industrias, ni alumbrado eléctrico en la calle de Sacramento, ni negros en bicicleta. No. Nada de eso existía.

Fijé la mirada en el lomo de una ballena que se sumergía y luego lanzaba un surtidor de agua al espacio, pero el viejo bandido no vio a la ballena. Su mirada estaba detenida en el pasado. Emocionado, prosiguió:

—Cuando llegué a Fernando Poo, la aduana era una valla de bambú y la Casa de Gobierno una choza al pie de la colina. Algunos indígenas descalzos, embutidos en fracs donde habían zurcido charreteras de oro y sombreros de copa, desempeñaban funciones burocráticas con un puñal en el cinto y un paraguas en la mano En el mismo paraje donde se levanta hoy la catedral de Santa Isabel conocí al rey de los bupíes, un granuja pintado de ocre amarillo que se pavoneaba, semidesnudo, por el islote, cubierto con un sombrero de mujer y diez collares de vértebras de serpiente colgando del cuello. Cuando comía en presencia de forasteros, una de sus mujeres, de rodillas frente a él, soportaba en sus manos el plato de madera, en el cual él y yo hundíamos los dedos para recoger puñados de arroz, que antes de comer apelmazábamos en una bola, porque ésa era la costumbre.

El noble anciano movió la cabeza.


Leer / Descargar texto

Dominio público
10 págs. / 18 minutos / 151 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

Divertida Aventura de Míster Gibson

Roberto Arlt


Cuento


Míster Gibson había sido proveedor del colegio San Francisco Javier, en Calcuta; pero ahora no lo era. Antes de haber sido proveedor del colegio San Francisco Javier (legumbres y verduras), míster Gibson había desempeñado innumerables oficios y corrido numerosísimas aventuras. Pero, indudablemente, la más conmovedora e inofensiva de sus aventuras fue la de estarse al pie de su verdulería recitando mentalmente un poema de Kipling, mientras un cartero indígena, aproximándose, le entregaba una carta. Gibson (tenía entonces cuarenta años) abrió la carta y, mediante este simple acto, se enteró que su honorable tío acababa de reventar. En consecuencia, entraba en posesión de una razonable suma de libras esterlinas.

Otro hombre que no hubiera sido míster Gibson hubiese echado a correr por las calles de Calcuta, pero míster Gibson no echó a correr. Llamó a un cooli que arrastraba un maltrecho cochecillo de mimbre y bambú y cuya única vestimenta era un andrajo atado en torno de los riñones, y le dijo:

—Llévame al colegio San Javier.

Una vez en el colegio San Javier míster Gibson, en vez de llamar respetuosamente a la cancela, como acostumbraba, pasó frente a las narices del bedel asombrado, se metió en un corredor oscuro, abrió una anchurosa puerta y, deteniéndose ante el administrador del educativo establecimiento (un hombre con la cara larga como un jamón y la nariz afilada como una navaja), le dijo:


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 27 visitas.

Publicado el 15 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

Una Aventura en Granada

Roberto Arlt


Cuento


Esteban cargaba su pipa, fingiendo estar entregado exclusivamente a este trabajo. Sin embargo, su pensamiento estaba en otra parte. Adiviné el proceso mental con tanta seguridad, que le afirmé:

—¿Estás cavilando si contarme o no tu secreto?

—¡Oh!, esto sí que es gracioso.

—No, no es gracioso. Tú has cambiado mucho, amigo Stifel. Desde que has regresado de España eres otro hombre.

—¿Qué dices?

—Cuando te fuiste eras un hombre jovial, despreocupado. Aquí, en Fleet, no había camarada más agradable que tú.

Esteban se aproximó pensativamente al ventanal y miró la calle de agua, a cuyo final, entre la neblina, se distinguía la torre de la iglesia de San Miguel. La sirena de un transatlántico que abandonaba el puerto de Hamburgo resonaba en la noche, y Esteban, alejándose pensativamente del ventanal, sentóse frente a mí y suspiró:

—Nunca debí haber ido a España.

—¿Por qué?

—No te has fijado...

“Clink”, y el barrilito de agua destilada que había en un rincón del consultorio cayó reventado al suelo. Sin sobresaltarse, rápidamente, Esteban apagó la luz y me dijo:

—Vamos adentro.

—¿Qué ha pasado?

—Han intentado matarme otra vez.

—Otra vez... ¿Por qué?

—Vamos adentro.

Le seguí, y ya en el interior del viejo edificio, entramos en una biblioteca. Cerró la puerta y me dijo:

—No te extrañe que no salga a la calle a buscar al que ha intentado matarme. Ya está lejos.

—Pero, ¿por qué quieren matarte?

—¡Oh! Es una vieja historia que está relacionada, precisamente, con el viaje de España. Escucha:


Leer / Descargar texto

Dominio público
10 págs. / 18 minutos / 31 visitas.

Publicado el 10 de febrero de 2024 por Edu Robsy.

Una Clase de Gimnasia

Roberto Arlt


Cuento


—Un... dos...; pierna izquierda adelante...; manos a la nuca...

La fila de hombres, con pantalón azul hasta la rodilla, alpargatas enyesadas y busto desnudo, avanza en puntas de pie por el tablado del gimnasio. Los brazos del profesor resaltan como las bielas de un motor sobre el rojo de su camisa y el azul de su pantalón prendido con presillas bajo el arco de las zapatillas. Los alumnos de gimnasia caminan dificultosamente, tensos los músculos del cuello por el esfuerzo que hacen al mantener la punta de los dedos envarados sobre la nuca.

—Pecho adelante, barba recogida, doblen bien las rodillas...

Caminan como si nunca lo hubieran hecho, y más padecen los de gigantesca estatura que los pequeños y esmirriados.

Simoens, el telegrafista, cierra los ojos, luego los abre, y no pierde nunca la noción de la distancia. Después del poste donde se marcan los puntos que se hacen jugando al “baseball”, está la barra; después las escaleras horizontales; luego el estante con las clavas y los bastones; después las poleas. Un “puchimball” cuelga en un ángulo su pelota de cuero ennegrecido por los puñetazos, y Simoens se divierte cada vez que pasa frente al “puchimball” en lanzarle un golpe al soslayo. Esta travesura de escolar es imitada por alguno que otro hombre. Todos tienen más de veinte años de edad y distintos motivos para hacer gimnasia.


Leer / Descargar texto

Dominio público
5 págs. / 10 minutos / 65 visitas.

Publicado el 19 de diciembre de 2023 por Edu Robsy.

La Jugada

Roberto Arlt


Cuento


Emilio Kraisler falleció de un balazo que recibió en la cabeza, a causa de su excesivo amor a la ciencia de la psicología.

El crimen no sorprendió a ninguno de sus amigos. Kraisler, en vida, había anticipado siempre semejante final con estas palabras:

—Sí; alguien tendrá un día que matarme. ¡Y qué curioso! La muerte, que en otros tiempos me causaba tanto horror, ahora me deja indiferente.

De manera que su asesinato constituye, en cierto modo, una prueba a favor de los presentimientos y su confirmación.

A Kraisler parecía divertirle la perspectiva de semejante final. Incluso lo matizaba:

—Me gustaría que me matara Enriqueta. De pronto, aparecería ante mí envuelta en un tapado de pieles, abriría nerviosamente su cartera, yo me quedaría fumando tranquilamente. Posiblemente para escarnecerla le echara una bocanada de humo a la cara; ella, encogiendo el brazo, esgrimiría el revólver, y juro que no me movería una pulgada del sitio donde me encontrara.

A veces el tenor del diálogo sufría una ligera variante.

—Pudiera ser que en vez de Enriqueta fuese Ofelia la que me asesinara. En ese caso ella me tiraría por la espalda. Entra en su estilo y en su carácter. O si no, Julia. Pero Julia le tiene tanto horror a las armas de fuego que utilizaría cianuro. Es una devota de la bioquímica.

No se puede negar que Kraisler era un hombre razonable. Su único defecto consistía en estar enamorado alegremente de la psicología experimental.

Pero no era su único defecto. Su segundo defecto consistía en sonreír siempre. Una sonrisa dulce, infantil, con una chispa de malicia en el fondo de los ojos y cierta gula de faunito en las arrugas faciales que se le trazaba en torno a la boca.

Alguien dijo una vez que esa sonrisa suya, tan personal, era una defensa contra sus emociones rápidas, y Kraisler cortó secamente la conversación. Los psicólogos le resultaban odiosos.


Leer / Descargar texto

Dominio público
7 págs. / 13 minutos / 43 visitas.

Publicado el 22 de diciembre de 2023 por Edu Robsy.

El Embrujo de la Gitana

Roberto Arlt


Cuento


Amenazadores, los muros bermejos de la Alhambra recortaban el cielo en la altura del monte. Abajo, los amantes, acodados en el pretil de un puentecillo de piedra sobre el Darro, que corre a los mismos pies de La Roja, no miraban en redor. Soslayados por la luz verdosa del farol granadino, tampoco seguían sus ojos los espesos nubarrones encrespados en los torreones de la Alcazaba. Más allá, frente a ellos, cruzaban el río otros grises y vetustos puentes de piedra. De una taberna de vidrios ahumados escapaba el pespunteo de una guitarra.

Y ya no había luz en las ventanas de los caserones de tres pisos, levantados en la propia orilla del Darro, porque era muy entrada la noche. El río, bajo los arcos de piedra, zumbaba un acuático atorbellinamiento; a veces, al desplegarse el tejido de los nubarrones, se veía allá arriba la luna corriendo tumultuosamente sobre el bosque del Generalife.

Lenta y cautelosa pasó una pareja de la guardia civil. El hule de sus tricornios lució con luz verdosa al soslayo del farol, y ambos miraron de reojo el perfil atezado de la pareja, acodada en la piedra del puente. Ella era netamente del Albaicín, con una enjabonada mecha de pelo renegrido pintándole el signo de interrogación en el centro de la frente y arracadas de plata muerta junto a las mejillas aceitunadas. Él, con su sombrero de alas planas y la chaqueta corta, debía ser dueño de algún cortijo de los alrededores de Motril.

Por última vez, Pedro Antonio propuso:

—¿Quieres que vaya y le provoque?

Soledad apartó la mirada del río. Encendidos los ojos, repuso violenta:

—¡He dicho que no y no! ¡Vaya tu talento y el beneficio! Si él te mata, yo te pierdo; si tú le matas, te veré en el presidio.


Leer / Descargar texto

Dominio público
11 págs. / 20 minutos / 59 visitas.

Publicado el 30 de diciembre de 2023 por Edu Robsy.

El Bastón de la Muerte

Roberto Arlt


Cuento


Si alguien me hubiera dicho que aquellas señoras y caballeros, plácidamente arrellanados en sus butacas, dentro de un cuarto de hora tratarían de matar al orador con el cabo de sus paraguas, no lo hubiese creído.

Tampoco lo imaginaba (así lo supongo) el orador, míster Getfried, socio honorario del club, y cuya conferencia se titulaba “Un curioso caso de transmisión del pensamiento en la isla de Sumatra”.

El club (yo lo he llamado inapropiadamente club) no era club, sino la Sociedad de Investigaciones Psíquicas de Castelnau Levántate y Anda.

Todos los sábados un ciudadano diferente, por supuesto, y que tuviera algo que informamos respecto a la telepatía, rabdomancia, ciencias ocultas, magia o teosofía, ocupaba la cátedra de Levántate y Anda. De esta manera la población de Castelnau entró en conocimiento de numerosas particularidades del más allá.

El último orador es decir, el penúltimo, fue el capitán de equitación Soutri, quien a mi modesto juicio ha sido uno de los oradores que mejor nos ilustraron sobre las actividades psíquicas de la raza caballar comunicándonos sus experiencias personales con la yegua Batí, a la que era posible sugerirle órdenes hasta a cien metros de distancia. Una curiosa estadística de los experimentos permitía confeccionar un gráfico de la sensibilidad de la yegua. Esta evidencia, por otra parte, impresionó de tal manera al cochero Carlet, que desde entonces Carlet se abstuvo de castigar a la potranca que arrastraba su carruaje.

Claro está que todos esperábamos con sumo interés la conferencia de Getfried. Getfried había vivido algunos años en la Malasia; de la isla de Java había pasado a la de Sumatra por razones que jamás explicó, pero que atañían a los representantes de la justicia de su graciosa majestad, y desde entonces Getfried se acogió al bondadoso amparo de su nueva soberana, la reina Guillermina.


Leer / Descargar texto

Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 40 visitas.

Publicado el 31 de enero de 2024 por Edu Robsy.

La Taberna del Expoliador

Roberto Arlt


Cuento


Alguien me ha preguntado por qué habiendo estado durante tanto tiempo en tierras de España, tan poco frecuentemente me acuerdo de ella en mis cuentos; y es que me parte el alma hablar de España, y recordarla cómo fue, y saberla tan despedazada.

Pero no quisiera que se me quedara en el tintero una historia que me fue narrada en Toledo por un fino y alto caballero, que al tratarlo me recordaba las figuras del Greco, y en especial a uno de los personajes del Entierro del conde de Orgaz.

Como los caballeros del Entierro, era este toledano una equitativa mezcla de moro, de judío y de cristiano, cual lo son casi todos los hombres de la España que se extiende desde la línea de Madrid hasta la costa mediterránea. Y yo conocí a este señor, que se llamaba don Miguelito, y que para su entretenimiento tocaba muy dolorosamente la guitarra y que, además, era erudito en cosas de vejez de Toledo; lo conocí, como digo, en la Taberna de la Sangre, donde es fama que don Miguel de Cervantes y Saavedra escribió una de sus novelas ejemplares.

Estaba la Taberna de la Sangre a pocos pasos de la plaza Mayor (¡Ay, que ya no debe existir ni taberna ni plaza Mayor!), y este don Miguelito tenía por costumbre ir a sentarse allí a beber un chato y, por lo general, quedábase conversando con los forasteros que le caían en gracia, y muchas veces, muy gentilísimamente, se ofrecía para acompañarles a conocer las veneradas antigüedades de la muy noble ciudad.

Y él, siendo toledano, hijo de padres y abuelos y bisabuelos toledanos, tenía algo de personaje de historia, arrancado del Entierro, y juro que la primera vez que lo vi, me dije:

“Yo lo conozco a este señor de alguna parte, pero no puedo precisar de dónde.”


Leer / Descargar texto

Dominio público
7 págs. / 12 minutos / 27 visitas.

Publicado el 31 de enero de 2024 por Edu Robsy.

Historia del Señor Jefries y Nassin el Egipcio

Roberto Arlt


Cuento


No exagero si afirmo que voy a narrar una de las aventuras más extraordinarias que pueden haberle acontecido a un ser humano, y ese ser humano soy yo, Juan Jefries. Y también voy a contar por qué motivo desenterré un cadáver del cementerio de Tánger y por qué maté a Nassin el Egipcio, conocido de mucha gente por sus aficiones a la magia.

Historia ésta que ya había olvidado si no reactivara su recuerdo una película de Boris Karloff, titulada "La momia", que una noche vimos y comentamos con varios amigos.

Se entabló una discusión en torno de Boris Karloff y de la inverosimilitud del asunto del film, y a ese propósito yo recordé una terrible historia que me enganchó en Tánger a un drama oscuro y les sostuve a mis amigos que el argumento de "La momia" podía ser posible, y sin más, achacándosela a otro, les conté mi aventura, porque yo no podía, personalmente, enorgullecerme de haber asesinado a tiros a Nassin el Mago.

Todo aquello ocurrió a los pocos meses de haberme hecho cargo del consulado de Tánger.

Era, para entonces, un joven atolondrado, que ocultaba su atolondramiento bajo una capa de gravedad sumamente endeble.

La primera persona que se dio cuenta de ello fue Nassin el Egipcio.

Nassin el Mago vivía en la calle de los Ni-Ziaguin, y mercaba yerbas medicinales y tabaco. Es decir, el puesto de tabaco estaba al costado de la tienda, pero le pertenecía, así como el comercio de yerbas medicinales atendido por un negro gigantesco, cuya estatura inquietante disimulaba en el fondo oscuro del antro una transparente cortinilla de gasa roja.


Leer / Descargar texto

Dominio público
6 págs. / 11 minutos / 89 visitas.

Publicado el 23 de octubre de 2020 por Edu Robsy.

56789