Textos por orden alfabético de Rosario de Acuña publicados el 28 de agosto de 2019

Mostrando 1 a 10 de 12 textos encontrados.


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autor: Rosario de Acuña fecha: 28-08-2019


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El Amor a la Lumbre

Rosario de Acuña


Cuento


I

El sol se oculta entre las rojas brumas de una tarde de invierno; con su luz se va ese dulce calor que aviva nuestra sangre y desarruga las últimas hojas que aun se columpian en los desnudos árboles; dentro de pocos instantes la noche, y con la noche el hielo, envolverá en frío capuz de tinieblas y de escarchas esta tierra donde reposa la  muerte y lucha la vida… apresuremos el paso, que muy pronto el cierzo azotará, con sus agujas de nieve, nuestro aterido rostro. En la huerta todo es ya sombra; los negruzcos sarmientos de las parras se enroscan simulando gigantescas serpientes alrededor del invisible alambre; el cardo se columpia  como ramillete de espinas, destacando, con sus tintas grises, sobre la rizada acelga, que ante la vaga luz del crepúsculo parece un águila dormida sobre los húmedos surcos del huerto; las cañas entrelazadas para abrigar las plantas aun tiernas, gimen con áspero chirrido, y con sus hojas largas y secas figuran alineadas banderas hechas jirones en medio de encarnizada lucha; los gorriones buscan ansiosos el rincón que abandonaron al percibir la aurora, y en confusa gritería se ahuecan y recogen entre los ruinosos ladrillos de la tapia, o en algún agujero de un tronco carcomido; el vencejo sale de su escondite para rozar con sus plomizas alas el rostro del importuno que le espantó con su presencia, y allá, a lo lejos, la esquila del ganado, el estridente grito de la lechuza, y la melancólica canción de algún pobre que vuelve a su vivienda, anuncian a los sanos de corazón que es menester recogerse al amor de la lumbre.

II

Vengan los gruesos troncos del olivo, ese buen amigo del hombre que con la dulce savia de sus fibras da alimento, luz y calor; enciéndase la llama en la espaciosa chimenea y viéndola revoltear en azulados espirares, soñemos, puesto que para vivir es menester soñar.


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El Baratero

Rosario de Acuña


Cuento


El mocito se las traía. Vivía en un barrio popular, pero en una casona grande y vieja, cuyo piso principal lo tenía alquilado un clérigo, vara alta en la parroquia, con vistas a Roma, y bien cubierto de peluconas, y en el piso segundo vivía un retirado de la milicia, cojo de la pata derecha, por lo que andaba siempre torcido, y manco de la misma mano, por lo que se manejaba zurdamente; con un ojo menos, con lo que no veía más que a tres palmos de las narices, y lleno el pecho de cruces y de medallas, de tal manera, que vivía en grande con los que le rentaba.

El mocito habitaba encima de estos vecinos, y así abarcaba más horizonte y tenía mejor aire; era un ricacho, gracias a los gatuperios de sus progenitores, y se alocaba al lado de su madre, una beata viuda, que cuando mandaba la Iglesia comer de vigilia, ayunaba a pan y agua, y cuando prescribía ayuno, se comía una tajada de bacalao seco y luego no bebía agua en todo el día; de tal manera se le figuraban pocas todas las mortificaciones de ritual para salvar su oscura alma, no se sabe si de los remordimientos o de las pesadillas de un cerebro tocado de monomanía religiosa. El mocito había hecho toda su vida lo que le había dado la real gana; en confesando, comulgando y rezando, cuando venía a cuento, su mamaíta le había criado en libertad, como a los caballos del circo, y él, claro, se había plantado en mandar, y mandaba que era un portento. Con cabriolas y graciosismos de truhán tenía embobados al clérigo y al militar, y como en el barrio eran quien cobraba el barato, los dos vecinos de campanillas, que, en realidad, estaban entre aquella populachería como moscas en leche, se ceñían al mocito y decían: «¡Bah! Tenemos la mejor casona de todas, y o porque nos temen, o porque temen al chico, ello es que todos se nos quitan el sombrero y nos hacen zalemas, y se dejan mansamente esquilmar de nosotros en cuantos asuntos ...


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El Cañamón Dorado

Rosario de Acuña


Cuento


Se erguía la mata de cáñamo sobre todas las del vallejo. Cuando las frescas brisas del anochecer bajaban por la cañada sembrando los perfumes del heno sobre los apretados cogollos de cañamones, se llenaba toda la hondonada de rumores como si de planta a planta se cruzaran besos de amor y suspiros de esperanza.

Entonces el hada de los prados, la que desparrama el rocío en perlitas de cristal sobre el cáliz de las campanillas y las hojitas del trébol; el hada pequeña y esbelta que vuela sostenida por alas de mariposas azules y blancas para proteger la vida de las plantas humildes empezaba a descender desde las alturas posándose, con delicadezas de libélula, sobre las cimbreantes hojas del cáñamo. A cada mata le hacía una caricia y, mientras besaba los capullos con sus antenas, iba recogiendo los deseos de todas aquellas menudas almas que, al fin como almas, ambicionaban algo fuera de sí. El hada oía, sonreía y volaba. Así llegose a posar en la soberana de la heredad.

La noche cerraba el horizonte de sombras; había llegado la hora de los misterios augustos, cuando la espiga ya madura, resquebraja, con último esfuerzo, su película para caer fecunda al primer beso del sol; había llegado la hora de las germinaciones desconocidas, de las vehemencias ignoradas, de las transformaciones sutiles, de todo ese vivir del mundo vegetal que se estremece, con incógnitas vibraciones, para ofrecerse a la aurora, rebosante de color y de perfume.

La planta de cáñamo sobre la que se posó el hada sobresalía por encima de todas y sacaba su apretada cabeza de cañamones, en cuyo remate se veía uno lustroso y rollizo que apenas cogía en su envoltura de hojuelas vestidas de pelusilla blanca. Al sentir el peso del hada se balanceó la planta y el cañamón sacó su piquillo saludando con gracioso desparpajo. El hada al verle se sonrió y le dijo: «Hermoso y robusto eres; ¡lástima que no goces ventura! Yo soy poderosa, si puedo dártela pide cuanto quieras.


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El Cazador de Osos

Rosario de Acuña


Cuento


Estamos en Espinama. El escenario es digno de los personajes. Al norte, la gigantesca cordillera de los Picos de Europa, con sus lastrones de piedra cortados a pico sobre torrentes y ventisqueros coronados por el coloso morrón de Peña Vieja; bloque inmenso, de más de un kilómetro, que, como las antiguas esfinges egipcias, se eleva inmóvil sobre un basamento de granito, dominando con su majestad indescriptible las provincias de Santander, Oviedo, León y Palencia, gracias a sus 2605 metros de estatura, que a tanto alcanza su nevada cabeza sobre el nivel del Océano.

A derecha e izquierda del gigante, y en gradería monstruosa, escalonados hasta hundirse en los bosques, toda aquella familia de picos, conocidos por Las Granzas, Puerto Remoña, pico Riel, Peña Ándara, Alto de las Montañas, etcétera, cerrándose en anfiteatro sobre la verde y tersa pradera de Fuente De, en uno de cuyos repliegues burbujea y brota, filtrada desde las neveras inmediatas, el agua del Deva, cristalino arroyo sobre aquella meseta alpina y más tarde torrente espumoso que atraviesa todo el abrupto valle de La Liébana, para convertirse en ancho y profundo río en Buelles y Molleda, y formar en Unquera su abrazo con el mar, denominado ría de Tina Mayor.

Al sur, bosques inmensos y espesísimos revistiendo montañas que serían elevadísimas sobre otra cordillera que no fuese aquella espantosa mole de piedra.

Sobre los bosques, alzando sus crestones estriados de nieve, la masa conocida por Torre Cerrado, émula y rival de Peña Vieja, que, contando algunos metros menos de elevación que aquella reina de los Picos, se levanta enfrente de ella como provocándola a eterno desafío con sus pedrizas verticales y sus despeñaderos revestidos de finísimo heno, para hacer más peligrosos y más atractivos sus abismos inmedibles.

Al oriente, las ondulaciones de la primera meseta del valle de La Liébana, revestida...


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El País del Sol

Rosario de Acuña


Cuento


¡Hasta la nieve cuaja en sus montañas! ¡Tiene todo cuanto la tierra puede dar para hacer feliz y hermosa la vida del hombre! Sus flores y sus frutos son los más bellos y exquisitos del mundo. Desde el cedro y la palmera hasta el pinabete y el roble crecen en sus bosques; por sus valles cruzan ríos de agua purísima filtrada de los hielos de sus cumbres. En sus mesetas se cimbrean las mieses ubérrimas de espigas, y desde el airoso faisán hasta la ovejuela merina de sedosa lana; desde el potro, de engallado cuello y finos remos, hasta el gran mastín, guardador y noble, sustenta todas las especies de animales útiles y benefactores del hombre…¡Los humildes hermanos menores de la criatura racional pueblan de alegrías y bienestares las moradas de las almas selectas!...

Los senos de sus cordilleras, que lo cruzan en solanas y umbrías (ofreciéndole así flora y fauna de todos los climas) esconden veneros riquísimos de metales preciosos, tesoros por los cuales las civilizaciones se fundan y se engrandecen.

El mar lo baña por todos sus confines con sus corrientes más tibias y sus vientos más fecundantes y  en guirnaldas de escollos sus costas, vierte a montones por sus abras, deltas y playas, la cosecha pesquera, avanzando orgullosamente por el océano entre dos continentes, como una promesa de fraternidad para la ruta de las generaciones humanas.

Mas en el País del Sol, se habían instalado tres monstruos, generados por concreciones de sucesivas conquistas. Los tres tenían tentáculos opresores de una potencia extrema y, con ventosas o garras, lo sujetaban furiosos.

El primero era un Sumo Sacerdote, selección fatídica de todo lo atrasado biológicamente. Corcovado y caduco a fuerza de llevar sobre sus lomos la escoria de todos los fanatismos; polvoriento y roñoso, con las extravagancias deístas que las infantilidades humanas amontonaron; de sensualidad rastrera...


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El Pedazo de Oro

Rosario de Acuña


Cuento


Allá por los años de la conquista americana, llegó de Nueva España un valiente y aguerrido soldado, natural de las montañas asturianas.

Venía del Nuevo Mundo, ya libre del servicio patrio, trayendo, por toda riqueza, una inmensa pepita de oro, que era, relativamente a la pobreza de su familia, una verdadera fortuna.

Estaba el buen soldado tan gozoso de su carga y tan impaciente por llegar a su aldea y sacar de la escasez a sus parientes y deudos, que no se paró en considerar que aquel pedazo tosco y grande del valioso metal, no podría ser cambiado fácilmente entre los solitarios habitantes de las montañas, y sin otro cuidado, gastando en mesones y posadas la poca moneda que traía, llegó a su aldehuela  por fin.

Era ésta como de una veintena de casas, reunidas allá en los picachos más altos de un monte sombrío y adusto, rodeado en sus faldas de nogales y castaños, y tan colgada materialmente estaba entre las breñas y peñones, que a no ser de las águilas, de nadie había sido visitada.

Llegó el soldado a su hogar, y después de aquellas justas y alegres expansiones de la familia, y después del paseo triunfal por entre vecinos y compañeros, llegó el turno de las especulaciones financieras, y contada la prosopopeya y engreimiento del caso, sacó nuestro viajero el colosal pedazo de oro.

Allí había que ver las exclamaciones de los muchachos, el persignarse de las viejas y el regocijo de toda la familia, que se juzgaba completamente poderosa al verse dueña de tan inmensa riqueza. Pasó también el turno de las alegrías inesperadas, y una vez sola la familia del soldado comenzaron los planes para su futuro engrandecimiento.

Hubo profunda deliberación sobre los medios, y al fin se convino en hacerse con buenos robledales y campos de manzanos que en la localidad se vendían, conformes todos en que, sin salir de aquellos queridos lugares, podían llegar a un completo bienestar.


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El Primer Día de Libertad

Rosario de Acuña


Cuento


Viajero que pasas, si te detienes junto a esas piedras que bordean el camino, recoge estos apuntes que te dejo entre las finísimas hebras de mis plumas; párate y escucha las últimas frases de mi agonía, escritas entre los píos de mis postrimeros gorjeos; ¡ojalá que medites al terminar lo que leyeres!, ¡ojalá que busques entre el terroso polvo que pisas, algún tenue hueso de aquel que fue mi cuerpo!; y ¡ojalá que, al tender tu mirada en el espacio de los cielos, no envidies el poder de las alas que allá en tu fantasía, quisieras tener para cruzar, como el pájaro, la región infinita sin fijar tu planta sobre la áspera tierra…! ¡Escucha…!

Yo nací en jaula de oro; entre las suspendidas pajas de un nido hecho de filigrana, abrí mis ojos a los rayos del sol de mayo; todo era luz en torno mío; un tibio invernadero daba vigor a exóticas plantas abrigando con sus delicados efluvios la tenue vida que en mí nacía ante el suave calor de mis enamorados padres; volteadores compañeros mandaban a las vibradoras ondas del aire su confuso tropel de trinos y gorjeos, y sobre las arqueadas ramas de un simulado sauce de plata, piaban a porfía mis hermanos de otra nidada, aprendices del canto de nuestros mayores que, en tonos destemplados, intentaban formar armónicas escalas y desprendidas notas. Mi pluma fue de oro como mi jaula; cuando pude tenerme sobre el argentino árbol, me fije vanidoso en las ondas del cristalino arroyuelo que por la pajarera cruzaba, y con el orgullo de mi belleza, alisé mis plumas en orden minucioso con todo el primor del que ama la hermosura, y en sí mismo la ve. Aprendí a cantar; mis trinos dominaban con su agudo poder, las voces de mis asombrados compañeros, y cuando al ponerse el sol le despedía desde las más altas ramas del sauce, todos los pájaros que conmigo vivían, escuchaban con religioso silencio, el inspirado himno de mi amor.


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

El Secreto de la Abuela Justa

Rosario de Acuña


Cuento


Dedicado a los hijos de Bonafoux
 

Mis pequeños amigos: A vosotros, que tan inteligentes sois, dedico este cuento; leedle, aprendedle bien, ya que, por dicha vuestra, nacisteis en un hogar alejado de la infecta atmósfera en que se desarrolla la ferocidad salvaje de la mayoría de los niños españoles. Que vuestras almitas ansíen llegar a poseer el secreto de la abuela Justa; sed muy amantes ahora que sois niños, para ser luego justos cuando seáis hombres; elegid entre las sabidurías la que brota del corazón; con ella llegaréis a poseer la que surge de la inteligencia; preferid la gratitud del humilde, del pobre, del desvalido, al homenaje del fuerte, del poderoso, del soberbio; el amor de los pequeños podrá enseñaros algo, y siempre os dejará el corazón tranquilo, y la mente serena; el de los grandes secará vuestras ternuras y nunca os enseñará nada. Volved los ojos y el pensamiento a todas las hermosuras de la Naturaleza: el pájaro tejiendo su nido; la hormiga que arrastra la paja; la rosa cambiando su manto de nácar por un cáliz de oro, fecundo por las caricias de la abeja… que sean a vuestra curiosidad infantil las más preciadas páginas de la sabiduría. Uniros, con todos vuestros sentimientos delicados, a la existencia de la Tierra; en ésta, nuestra amorosa madre, de la cual nacemos y a la que vuelve nuestra vida cuando el sueño de la muerte nos entrega al descanso, se encierra toda nuestra felicidad; glorificadla con la inteligencia; adoradla con el corazón; ella os dará, en cambio, horas deliciosas de paz y de ventura; no cansaros jamás de contemplarla; los espectáculos que nos ofrece, siempre distintos y siempre magníficos, dotarán a vuestras almas de una serenidad inmortal. No hay gloria social ninguna que presente más deleite al espíritu humano que inundarse con la gloriosa luz del sol cuando surge en Oriente sobre un trono de fuego o se apaga en el Océano...


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

La Gota de Agua y la Estrella

Rosario de Acuña


Cuento


El crepúsculo de una tarde de junio envolvía entre vagas sombras la hermosa vega de Córdoba; anchos festones de rojizas atmósferas acariciaban con sus flotantes pliegues la joya más preciada de la corona de Abd-er-rahman, joya que entre la filigrana de su ojivas enseña a nuestra generación la mano bárbara de los profanadores del arte o de los envidiosos de nuestras riquezas...

Córdoba dormía agobiada por el sofocante calor de su clima, esperando los habitantes que la noche viniera con sus brisas para salir a recogerlas en huertas y paseos: hora tranquila y de silencio me convidaba a la reflexión, y apenas recostada en movible mecedora, me dejaba llevar por el pensamiento hacia los horizontes del recuerdo, fijando la mirada en la humilde fuente que esparcía suave murmullo por el reducido patio de mi casa: ocho columnas blancas ceñidas por enredadoras campanillas, dejaban en la sombra el ancho corredor que lo circuía donde las golondrinas gorjeaban, buscando con giros indecisos un sitio donde plegar sus alas: un pedazo de cielo (permítaseme la frase) rigurosamente cuadrado por la construcción de la casa me servía de dosel, mientras algunas amapolas, cuyas semillas acaso trajo el viento entre las grietas de los ladrillos, se inclinaban al tin-tan de mi butaca; la noche se acercaba, el cielo tomaba el diáfano azul de un infinito eterno, y yo vivía entre las sombras de un pasado querido. De pronto, y cual nuevo huésped de aquel recinto, un rayo de luna vino a lucir en mi frente como la inoportuna sonrisa de la infancia luce entre el grave aplomo de la vejez. No sé si enojada, pero de seguro sorprendida, alcé los ojos, y al encontrarse mi pupila viajera en el espacio, quiso hacer la primera estación en una estrella que sola y brillante tachonaba como desengarzado zafiro en el aterciopelado azul del cielo... ¿Qué poder levantó en mi inteligencia (poco antes medio dormida) el furioso...


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Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

Melchor, Gaspar y Baltasar

Rosario de Acuña


Cuento


Érase una tarde del mes de noviembre; recios copos de nieve caían en las extensas llanuras de La Mancha, vistiendo de blanco ropaje los humildes tejados de un pueblecito, cuyo nombre no hace al caso, y cuyos habitantes, que apenas pasaban de trescientos, tenían fama por aquella comarca de sencillos y bonachones.

–Apresuremos el paso, que el tiempo arrecia y aún falta una legua –decía un jinete caballero en un alto mulo a un labriego que le acompañaba sobre un pollino medio muerto de años; arreó el labriego su cabalgadura, y con un mohín de mal humor, sin duda porque la nieve le azotaba el rostro, se arrebujó en su burda manta, encasquetándose el sombrero hasta la cerviz, y diciendo de esta manera:

–Vaya, vaya con don Gaspar, y qué rollizo y sano que se nos viene al pueblo; ya verá su merced qué contento se pone don Melchor cuando le vea llegar tan de madrugada; según nos dijo ayer, no se esperaba a su merced hasta esotro día por la tarde; nada, lo que yo digo, esta Nochebuena estamos de parabién; todas las personas de viso se nos van a juntar en la misa del gallo; digo, si no me equivoco, porque parece que también el señor don Baltasar está para llegar de un momento a otro…

–Es cierto, Martín –le contestó el llamado don Gaspar–. Mi hermano Baltasar ya estará en camino para el pueblo, según lo que me escribió a Santander… pero arrea, que tengo gana de abrazar a mi hermano Melchor, después de dieciocho años de ausencia.

El que así había hablado tendría unos treinta y cuatro años [la autora, por entonces, unos treinta], y era un mozo gallardo, de buena cara y buena presencia, que se expresaba con soltura y facilidad, como todo aquel que vive en el bullicio de la sociedad, y ya que no otra cosa, recibe de ella cultura y gracia; su fisonomía correcta y expresiva pudiera ser simpática sin la viva luz de unos ojos negros y relucientes donde se...


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24 págs. / 42 minutos / 32 visitas.

Publicado el 28 de agosto de 2019 por Edu Robsy.

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