A la señora doña Amalia Segni
Dedicatoria
Mi buena Amalia:
Tú no puedes quedar olvidada en este libro, cuyas páginas son
testimonio de amistad y gratitud para los pocos seres que, llevando en
sus almas un dolor sincero, velaron a la cabecera de mi cama en aquellas
terribles noches en que el frío penetrante de la infección palúdica, al
llegar a mi corazón, lo avecinó en las teleras de la muerte. Tú
también, con lágrimas de penas en los ojos, pasaste tu pañuelo por mi
frente cuando el sudor de nieve me dejaba en mortales síncopes, y entre
aquellas contadísimas almas que se agrupaban a mi lado, pensando con
infinita amargura que pronto dejarían de verme, tu nobilísima y tierna
alma ocupó dignamente un lugar. Aquí en estas páginas, primeros
escarceos que hace la imaginación al salir del mundo del dolor físico
para tomar otra vez puesto de viviente en el mundo del dolor moral,
tienes también tu sitio. Que te sea grato este cuento que te dedica como
brevísima prueba del afecto y gratitud que te guarda, tu amiga
Rosario
Septiembre 1892
Todos tenían un alma; un alma pequeñita, sutil, indivisible e
impalpable que no se sabe cómo había ido formándose cuando las varillas
de pino se habían encontrado con aquellas borlitas de pelo de marta,
sedosas y flexibles, sujetas por un canutito de metal.
Entonces, del contacto de aquellos tres productos de la Naturaleza,
puestos en vibración simultánea, había surgida un átomo consciente,
pensante, y he aquí las almitas de aquellos pinceles que, en apretado
haz, estaban tendidos sobre una paleta rebosante de hermosísimos
colores.
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