La noche que sentimos
que la tierra se abriría,
lo hicimos, tomado de la mano,
en pos nuestro venirse.
Porque lo amábamos con el amor
aquel que conoce pero no entiende.
Y cuando de la montaña
el estallido percibióse,
y todo hubo caído
como lluvia extraña,
lo salvamos nosotros,
nosotros, pobre gente;
pero, ¡ay! siempre
permanece ausente.
¡Gemid! Lo salvamos,
pues también aquí,
entre esta pobre gente,
hay sinceros amores.
¡Gemid! No despertará
nuestro hermano.
Y su propia gente
nos echa de nuestro remanso.
(Canto elegíaco de los langures.)
En la India había una vez un hombre que era primer ministro de uno de
los estados semi—independientes que hay en el noroeste del país. Era un
brahmán de tan alta casta, que las castas ya no tenían ningún
significado para él; su padre había tenido un importante cargo entre la
gentuza de ropajes vistosos y de descamisados que formaban parte de una
corte india a la antigua.
Pero, conforme Purun Dass crecía, notaba que el antiguo orden de
cosas estaba cambiando, y que si cualquiera deseaba elevarse, era
necesario que estuviera bien con los ingleses y que imitara todo lo que a
éstos les parecía bueno. Al mismo tiempo, todo funcionario debía
captarse las simpatías de su amo. Algo difícil era todo esto, pero el
callado y reservado brahmancito, ayudado por una buena educación inglesa
recibida en la universidad de Bombay, supo manejarse bien, y se elevó
paso a paso hasta llegar a ser primer ministro del reino; esto es,
disfrutó de un poder más real que el de su amo, el Maharajah.
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