El amor no repara en castas ni el sueño en cama rota.
Salí en busca del amor y me perdí.
Proverbio hindú
Todo hombre
debiera ceñirse a su propia casta, raza y educación, en cualquier
circunstancia. Que vaya el blanco con el blanco y el negro con el negro.
En tal caso, cualquier problema que pueda presentarse estará dentro del
curso ordinario de las cosas: no será repentino, ni ajeno ni
inesperado.
Ésta es la historia de un hombre que deliberadamente traspasó los
límites seguros de la vida decente en sociedad, y lo pagó muy caro.
En primer lugar, sabía demasiado, y en segundo lugar vio más de la
cuenta. Se interesó en exceso por la vida de los nativos, pero nunca más
volverá a hacerlo.
En el recóndito corazón de la ciudad, tras el bustee de
Yitha Megyi, se encuentra el callejón de Amir Nath, que muere en una
tapia horadada por una ventana con una reja. A la entrada del callejón
hay una vaquería, y las paredes a ambos lados carecen de ventanas. Ni
Suchet Singh ni Gaur Chand aprueban que sus mujeres se asomen al mundo.
Si Durga Charan hubiera sido de la misma opinión, hoy sería un hombre
más feliz, y la pequeña Bisesa habría podido amasar su propio pan. Daba
la habitación de Bisesa, a través de la ventana enrejada, al angosto y
oscuro callejón, donde jamás entraba el sol y las búfalas se revolcaban
en el lodo azul. Era una joven viuda, de unos quince años, y día y noche
suplicaba a los dioses que le enviaran un nuevo amante, pues no le
gustaba vivir sola.
Cierto día, el hombre —Trejago se llamaba— se adentró en el
callejón de Amir Nath mientras deambulaba sin rumbo y, tras pasar junto a
las búfalas, tropezó con un gran montón de forraje.
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