Textos más vistos de Théophile Gautier | pág. 2

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autor: Théophile Gautier


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Onuphrius

Théophile Gautier


Cuento


Croyoit que nues feussent pailles d’arain, et que vessies feussent lanternes.

Gargantúa, lib. I, cap. XI
 

¡Clin, clin, clin!

No hubo respuesta.

—¿No estará? —dijo la joven.

Tiró por segunda vez del cordón de la campanilla; no se oyó ningún ruido en el apartamento: no había nadie.

—¡Qué extraño!

Se mordió el labio, un rubor de desagrado le pasó de la mejilla a la frente; comenzó a bajar las escaleras una por una, muy despacio, como a disgusto, volviendo la cabeza para ver si se abría la puerta fatídica. Nada.

Al doblar la esquina de la calle, vio a lo lejos a Onuphrius, que caminaba por el lado del sol, con el aspecto más despreocupado del mundo, deteniéndose a cada paso para ver cómo se peleaban los perros y los chiquillos jugaban al castro, leyendo las inscripciones de las paredes, deletreando los carteles, como el hombre que tiene una hora por delante y no siente la necesidad de apresurarse.

Cuando llegó junto a ella, el asombro le hizo abrir desmesuradamente los ojos: no contaba con encontrarla allí.

—¡Cómo! Eres tú… ¿ya? Pero ¿qué hora es?

—¡Ya! La palabra es muy galante. En cuanto a la hora, deberías saberla, y no me corresponde a mí decírtela —contestó en tono serio la muchacha, cogiéndole del brazo—; son las once y media.

—Imposible —repuso Onuphrius—. Acabo de pasar ante Saint-Paul y no eran más que las diez; no hace ni cinco minutos, pondría la mano en el fuego; apuesto cualquier cosa.

—No pongas la mano en ninguna parte y no apuestes, perderías.

Onuphrius no quiso dar su brazo a torcer; como la iglesia sólo estaba a cincuenta pasos, Jacintha, para convencerle, aceptó ir hasta allí con él. Onuphrius estaba triunfante. Llegaron ante el pórtico.

—Y ahora, ¿qué? —le dijo Jacintha.


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34 págs. / 1 hora / 64 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

Viaje por Rusia

Théophile Gautier


Viajes


I. El invierno en Rusia

Moscú. Apuntes de viaje

Aunque la vida en San Petersburgo resultaba agradable, nos espoleaba el deseo de ver la verdadera capital rusa, la gran ciudad moscovita, empresa que el ferrocarril hacía fácil.

Estábamos lo bastante aclimatados como para no temer un viaje a veinte grados bajo cero. Habiéndose presentado la ocasión de ir a Moscú en agradable compañía, nos dispusimos afrontar su blanco manto de hielo y nos endosamos la típica ropa de invierno: pelliza de visón, gorro de piel de castor, botas forradas que subían por encima de las rodillas. Un trineo se hizo cargo de nuestro equipaje, otro recibió a nuestra persona debidamente empaquetada y pronto estábamos en la inmensa estación a la espera de la salida del tren, la cual estaba señalada a las doce del día; pero los ferrocarriles rusos no alardean como los nuestros de puntualidad cronométrica. Si algún personaje importante debe formar parte del tren, la locomotora modera su impaciencia algunos minutos, un cuarto de hora si hace falta, para que le dé tiempo a llegar. A los viajeros los acompañan familiares y amigos; y la separación, cuando suena la última campanada, no tiene lugar sin antes un montón de apretones de mano, abrazos y palabras tiernas, a menudo entrecortadas por las lágrimas.

Incluso a veces todo el grupo saca billetes, sube al vagón y acompaña al que se va hasta la próxima estación, para volver en el primer convoy.


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83 págs. / 2 horas, 25 minutos / 111 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

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Théophile Gautier


Novela corta


I

Nadie podía comprender la enfermedad que minaba lentamente a Octave de Saville. No guardaba cama y llevaba un tren de vida normal; jamás una queja salía de sus labios, y sin embargo se desmejoraba a ojos vistas. Examinado por los médicos que le obligaba a consultar la solicitud de sus parientes y amigos, no acusaba dolencia concreta alguna, y la ciencia no descubría en él ningún síntoma alarmante: su pecho, al ser auscultado, emitía un sonido normal, y el oído aplicado a su corazón apenas sorprendía algún latido demasiado lento o demasiado precipitado; no tosía, no tenía fiebre, pero la vida se alejaba de él y huía por una de esas rendijas invisibles de que el hombre está lleno, según Terencio.

A veces un extraño síncope le hacía palidecer y quedarse frío como el mármol. Durante uno o dos minutos se le podía creer muerto; luego su mecanismo de relojería, detenido por un dedo misterioso, recobraba, ya sin obstáculo que lo impidiera, su movimiento y Octave parecía despertar de un sueño. Le mandaron a tomar las aguas; pero las ninfas termales no pudieron hacer nada por él. Un viaje que hizo a Nápoles no produjo mejores resultados. Su hermoso y famoso sol le había parecido negro como el del grabado de Alberto Durero; el murciélago que lleva escrita en su ala esta palabra: melancolía, azotaba aquel resplandeciente cielo azul con sus polvorientas membranas y revoloteaba entre la luz y él; se le heló el corazón en el muelle de la Mergellina, donde los lazzaroni medio desnudos se tuestan y dan a su piel una pátina de bronce.

Entonces volvió a su pequeño apartamento de la calle Saint-Lazare y recuperó, aparentemente, sus antiguas costumbres.


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101 págs. / 2 horas, 57 minutos / 288 visitas.

Publicado el 20 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Caballero Doble

Théophile Gautier


Cuento


¿Quién pone a la rubia Edwige tan triste? ¿Qué hace ahí sentada, con la barbilla en la mano y el codo en la rodilla, más apenada que la desesperación, más pálida que la estatua de alabastro que llora sobre una tumba?

De uno de sus ojos brota una gruesa lágrima que se desliza por su delicada mejilla, una sola, pero que no se seca jamás; como esa gota de agua que rezuma de las bóvedas rocosas y que a la larga desgasta el granito, esa única lágrima, al caer sin cesar de sus ojos a su corazón, lo ha horadado y traspasado completamente.

Edwige, rubia Edwige, ¿ya no crees en Jesucristo el dulce Salvador? ¿Acaso dudas de la indulgencia de la Santísima Virgen María? ¿Por qué llevas sin parar al costado tus manitas diáfanas, delgadas y delicadas como las de los elfos y las willis? Vas a ser madre; era tu mayor deseo: tu noble esposo, el conde Lodbrog, ha prometido un altar de plata maciza y un copón de oro fino a la iglesia de san Euthbert si le das un hijo varón.

¡Ay! ¡Ay! La pobre Edwige tiene el corazón atravesado por las siete espadas del dolor; un terrible secreto pesa sobre su alma. Hace varios meses, un extranjero llegó al castillo; hacía un tiempo espantoso aquella noche: las torres temblaban en toda su estructura, las veletas chirriaban, el fuego trepaba por la chimenea, y el viento golpeaba los cristales como alguien inoportuno que quiere entrar.

El extranjero era bello como un ángel, pero como un ángel caído; sonreía dulcemente y miraba dulcemente, y sin embargo su mirada y su sonrisa hacían temblar de miedo e inspiraban el espanto que se experimenta al asomarse a un abismo. Un encanto perverso, una languidez pérfida como la del tigre que acecha su presa, acompañaban todos sus movimientos; fascinaba como la serpiente fascina al pájaro.


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10 págs. / 18 minutos / 520 visitas.

Publicado el 20 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

Dos Actores Para un Papel

Théophile Gautier


Cuento


I. UNA CITA EN EL JARDÍN IMPERIAL

Eran los últimos días de noviembre: el Jardín imperial de Viena estaba desierto, un aire cortante arremolinaba las hojas color azafrán, secas a causa de los primeros fríos; los rosales de los arriates, castigados y rotos por el viento, arrastraban su ramaje por el barro. Sin embargo el gran paseo, gracias a la arena que lo recubre, estaba seco y practicable. Aunque devastado por la proximidad del invierno, el Jardín imperial no carecía de un cierto encanto melancólico. El largo paseo prolongaba hasta muy lejos sus arcos rojizos, dejando adivinar confusamente al fondo un horizonte de colinas ya invadidas por los vapores azulados y la bruma de la noche; más allá, la vista se extendía sobre el Prater y el Danubio; era un lugar muy a propósito para un poeta.

Un joven, con señales visibles de impaciencia, iba y venía por el paseo; su atuendo, de una elegancia un poco teatral, consistía en una levita de terciopelo negro con galones de oro ribeteada de piel, pantalones grises de punto, botas suaves de borlas, que llegaban hasta media pierna. Podía tener de veintisiete a veintiocho años; sus rasgos pálidos y regulares estaban llenos de delicadeza, y la ironía se ocultaba en los pliegues de sus ojos y las comisuras de su boca; en la Universidad, de la que parecía recién salido, porque todavía llevaba la gorra con hojas de roble de los estudiantes, debía haber dado mucha guerra a los filisteos y brillado en la primera fila de los veteranos y los novatos.

El pequeñísimo espacio en el que circunscribía su paseo demostraba que estaba esperando a alguno o más bien a alguna, porque el Jardín imperial de Viena, en el mes de noviembre, no es muy adecuado para las citas de negocios.


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9 págs. / 17 minutos / 96 visitas.

Publicado el 20 de marzo de 2017 por Edu Robsy.

El Nido de Ruiseñores

Théophile Gautier


Cuento


En torno al castillo había un hermoso parque. En el parque había pájaros de todo tipo: ruiseñores, mirlos, curucas; todos los pájaros de la tierra se habían dado cita en el parque. En primavera era tal el tumulto que no permitía entenderse; cada hoja ocultaba un nido, cada árbol una orquesta. Todos los pequeños músicos emplumados se esforzaban a cual mejor. Los unos pipiaban, los otros arrullaban; éstos hacían trinos y cadencias perfectas; aquéllos recortaban sus gorgoritos o bordaban calderones: músicos auténticos no lo habrían hecho mejor.

Pero en el castillo había dos bellas primas que cantaban mejor aún que todos los pájaros del parque, una se llamaba Fleurette y la otra Isabeau. Ambas eran bellas, deseables y hermosas, y los domingos, cuando lucían sus lindos vestidos, si sus blancos hombros no hubieran demostrado que eran auténticas chicas, se les habría tomado por ángeles; sólo les faltaban las plumas. Cuando cantaban, el anciano señor de Maulevrier, su tío, las tomaba a veces de la mano, por miedo a que no tuvieran la fantasía de echarse a volar.

Les dejo imaginar los hermosos lances que se hacían en las fiestas de armas y en los torneos en honor de Fleurette y de Isabeau. Su fama de belleza e inteligencia había dado la vuelta a Europa, pero no por eso eran más orgullosas; vivían retiradas sin ver a más personas que al pajecillo Valentin, un hermoso niño de cabellos rubios, y al señor de Maulevrier, anciano canoso, curtido y muy quebrantado por haber llevado durante sesenta años sus pertrechos de guerra.


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5 págs. / 9 minutos / 170 visitas.

Publicado el 20 de septiembre de 2016 por Edu Robsy.

Retrato de Balzac

Théophile Gautier


Biografía, crítica


I

Hacia 1835 ocupaba yo una habitación compuesta de dos cuartitos, en el callejón del Doyenné, situado más o menos en el sitio que hoy ocupa el pabellón Mollien. Aunque situado en el centro de París, frente a las Tullerías, a dos pasos del Louvre, el lugar era desierto y salvaje, necesitándose en verdad tener sumo empeño en ello para descubrir mi residencia. Sin embargo, una mañana vi traspasar mis umbrales, dando excusas por presentarse a sí mismo, a un joven de maneras distinguidas, de franco e inteligente aspecto. Era Jules Sandeau; venía a buscarme de parte de Balzac para invitarme a colaborar en La crónica de París, un periódico semanal que acaso no haya sido olvidado, pero que no tuvo el éxito pecuniario del que era digno. Me dijo Sandeau que Balzac había leído La señorita de Maupin, la cual a la sazón acababa de aparecer, y había admirado mucho su estilo; que por ese motivo deseaba contar con mi colaboración en el semanario patrocinado y dirigido por él. Se concertó una entrevista para ponernos en contacto, y desde ese día data entre nosotros una amistad que sólo la muerte pudo romper.


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81 págs. / 2 horas, 21 minutos / 158 visitas.

Publicado el 18 de febrero de 2018 por Edu Robsy.

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